Icono del sitio OnCubaNews

Las fotos de la valla de 12 y 23

Cuando empezó la pandemia del coronavirus en Cuba, el mundo estaba casi completamente infestado. La humanidad corría un peligro real y millones de personas podrían morir.

En aquellos primeros momentos de pánico me dio por pensar que la patria era el universo y se me ocurrió que si era así, todos debíamos unirnos ante el enemigo común sin mirar a los lados, solo al frente. Recordé mi foto de la batalla de Playa Girón, desplegada en la valla de la céntrica encrucijada de las calles 12 y 23 en El Vedado habanero.

Calles 23 y 12, en El Vedado habanero.

En la imagen, los milicianos caminan por el centro de una carretera donde hay unos autobuses ardiendo, después de un bombardeo y esperando un próximo golpe, pero eso no les importaba. Marchaban a la línea de fuego sabiendo que la posibilidad de triunfar era casi nula porque estaban allí para enfrentarse al ejército más potente del mundo. Por lo menos eso era lo que les dijeron cuando marcharon al combate. Nada los hacía detenerse, ni  ver los estragos en los ómnibus ni a sus compañeros muertos. Su misión era chocar con el enemigo y liquidarlo.

Esos muchachos marchaban con la idea de lo que se había dicho y denunciado: que nos iban a invadir el primer día con unas brigadas cubanas de más de dos mil hombres y que después de asentarse en el sitio escogido, en esas dos playas de la Ciénaga de Zapata —Girón y Playa Larga—, se crearía un gobierno provisional que solicitaría la intervención estadounidense para que sus tropas helitransportadas tomaran el resto de la Isla.

Playa Girón

Esto sucedía el martes 17 de abril de 1961 a las 6 de la tarde, a menos de 15 kilómetros del último lugar que defendían los invasores: Playa Girón. Ya desde horas tempranas del martes, en la carretera que va del central Australia hasta Playa Larga yacían los cadáveres del teniente Antero, jefe del puesto de Jagüey Grande, y de dos milicianos muertos por los ataques aéreos. Combatientes de la Escuela de oficiales de Matanzas, uno con el nombre de Garay en su solapín. Al otro no se le veía el nombre, pero estaban uno al lado del otro, boca abajo, cada uno con la cabeza apoyada sobre sus brazos, como si estuvieran durmiendo.

Llegando al entronque de la entrada de Playa Larga estaba el tanque del oficial López Cuba, al que le habían arrancado una estera y aparecía tumbado y con su parte derecha inclinada a un hueco que servía de trinchera a los invasores. Allí se encontraban cuatro de ellos tirados hacia atrás, boca arriba detrás de una ametralladora calibre 30. Evidentemente, algún disparo del cañón del tanque T-34  había logrado golpear el nido de ametralladoras del enemigo, a pesar de perder su estera.

Esto lo había visto esta tropa que en esos instantes cruzaba al lado de los autobuses. A pocos metros ardían milicianos que habían sido alcanzados por los tanques auxiliares de combustible de los aviones de propulsión a chorro.

Aunque las tropas que desembarcaron más de 24 horas antes habían tenido un espacio donde podrían haber creado un gobierno provisional, no lo habían hecho. Pero eso no quería decir que no lo fueran a hacer.

Alrededor de las 2 o 3 de la tarde la caravana de autobuses había partido de una de las concentraciones de tropas más grandes desde que comenzó la batalla. Esto fue en el parqueo de Playa Larga. Allí había tanques de guerra, camiones, no se cuántas tropas, autos, y más de 10 autobuses y 17 camiones, con sus ametralladoras cuatro bocas cada uno, más su dotación.

De ese punto partieron los ómnibus, y detrás los 17 camiones a prudencial distancia rumbo a Playa Girón. Todo estaba tranquilo en los camiones. Los autobuses iban bastante distanciados entre sí cuando  empezaron a oírse gritos: «¡avión!, ¡avión!, ¡aviones!, ¡aviones!». Los vehículos iban despacio. No obstante, los frenazos fueron tan fuertes que el sonido de los golpes de los engranajes de las ametralladoras que las sujetaban a los camiones competía con el de más de cien pares de botas chocando contra el pavimento al saltar la tropa desde los camiones, desenganchando las armas y colocándolas en el suelo. Los choferes los lanzaron de cabeza a las cunetas para protegerlos con los árboles.

Milicianos con el paracaídas del primer invasor muerto. Su hermano era miliciano y peleó en Playa Girón.

Mientras tanto, al descubrirnos los aviones dieron tremenda trepada, giraron a su derecha para dejarse caer en picada sobre nuestros vehículos y armas. Era como si todos se hubiesen puesto de acuerdo. Ellos hicieron su maniobra para atacar y los nuestros se prepararon de forma tal que cuando venían descendiendo, ya 17 ametralladoras y cuatro bocas los esperaban; es decir, había 68 bocas de fuego disparando al unísono en posición desventajosa porque estaban en una carretera recta, montadas en fila una detrás de otra y a menos de diez metros de distancia. Para esos cinco aviones era muy fácil barrerlas, pero en cuanto los vieron esos muchachos abrieron fuego con todo. Se oía de vez en vez: «¡son aviones americanos!, ¡son americanos!, ¡ahora sí viene la invasión!». Y a pesar de que al ver el tremendo fuego de las amas cubanas los aviones giraron rápidamente y se marcharon, a ninguno de los que estaban allí les quedó duda de que la invasión vendría en cualquier momento o de que ya estaba ocurriendo en algún lugar.

Las «cuatro bocas» emplazadas en la carretera de Playa Larga a Girón.

 

El primero que identificó los aparatos y dijo que eran aviones norteamericanos F 105 fue el periodista Bob Taber, quien venía en el segundo camión de las ametralladoras. Bob, que le hizo la entrevista y reportaje de mayor audiencia a Fidel Castro, cuando estaba alzado en la Sierra Maestra, trasmitido de costa a costa en Estados Unidos, había venido con nosotros a cubrir la noticia y al otro día en que se combatía en Girón fue herido en el muslo por un obús.

El corresponsal Bob Taber, quien fue herido en uno de sus muslos.

Toda esa idea de que los americanos venían fue la que estuvo en la mente de la mayoría de los milicianos que combatieron en Playa Girón. También en este grupo de combatientes a quienes les hice esta foto, premiada con medalla de bronce en un concurso internacional de fotografía de la Unión Soviética en 1962.

Pero los americanos no vinieron. No sé bien a quién hay que darle gracias por eso. Por lo pronto, se la doy a Dios. Sé que tuvo que ser su mano la que empujó. Pero lo importante es el concepto de por qué cosas los humanos han estado dispuestos a morir. Viendo la foto, pienso que muchos hubiesen reaccionado igual: la patria primero.

Por eso digo que en este momento todos somos como ellos. Debemos luchar unidos por esa gran casa de todos que es el mundo, la humanidad. Hay que estar juntos para acabar con esta terrible plaga: la pandemia del coronavirus.