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El tatuaje, esa huella indeleble

Foto: Kaloian Santos.

El tatuaje es arte milenario. Nacido en culturas antiguas ha pasado por etapas de mitos históricos, ritos ancestrales, leyendas marineras, modas underground, pasajes irreverentes y hasta estigmas de criminalidad.

Se cree que la primera persona tatuada existió en el 3300-3200 a.C. Se trata del célebre “hombre de hielo” encontrado en 1991 en los Alpes de Ötzal, en Suiza. Luego de varias pruebas se logró establecer que se trataba de un pastor del neolítico, con 61 tatuajes en forma de líneas en todo su cuerpo. El “hombre de hielo” murió hace más de 5000 años. 

En Japón también se conservan pruebas milenarias de la práctica del tatuaje. Cerámicas en tumbas que datan de hace 3000 años a.c. contienen dibujos de personas con tatuajes en el rostro. 

De esa región asiática es emblemático el horimono, un tipo de tatuaje completamente artesanal, en colores y realizado con una técnica y estética particular. El horimono era usado en forma de protesta por las clases oprimidas japonesas del siglo VII.

Lo sofisticado de la técnica de tatuaje tradicional japonesa radica en un procedimiento enteramente manual. Se conoce como “Tebori”. Para tatuar, se usan solo agujas y tintas vegetales. El tatuador estira la piel y de manera rítmica golpea con las pequeñas estacas de las agujas mojadas en tinta. Son trabajos muy dolorosos, que cubren gran parte del cuerpo, llevan largas sesiones de trabajo y son sumamente caros. 

En occidente, por otro lado, el arte de tatuar se conoce gracias a las crónicas de viaje de Banks, artista y científico británico, que viajó a la Polinesia en 1769 a bordo de una flota capitaneada por el marinero británico James Cook.

En ese periplo por el Pacífico Sur, los forasteros navegantes pusieron especial atención en el proceso del tatuaje, una desconocida costumbre para ellos. Les llamaría entonces la atención lo elaborado y embellecido de los dibujos. 

Los polinesios también se expresaban por medio de esta simbología y, de hecho, la jerarquía de cada persona en sus comunidades se correspondía a la cantidad de tatuajes que llevaban en el cuerpo. 

Luego de estudiar la información recabada por los marinos en esos periplos, en 1858, el lexicólogo francés Émile Littré incluiría la palabra “tatuaje” en el Diccionario de la Lengua Francesa. En el idioma tahitiano, tatuar significa “golpear”, que a su vez deriva de la expresión “Ta-Atua”, una combinación de la raíz “Ta”, que significa literalmente dibujo escrito en la piel, y la palabra “Atua”, que significa espíritu. 

En el imaginario mundial, si hablamos de tatuajes no pueden faltar los marineros. Recordemos al universal Popeye, el marino, el personaje de cómic con un ancla tatuada en uno de sus antebrazos. 

Entre los motivos que se estampaban en la piel los marineros se hicieron populares figuras femeninas, que simbolizando el amor conquistado en algún puerto; las golondrinas, que representaban las grandes millas navegadas en alta mar y el más clásico el ancla, que apuntaba a la fuerza, firmeza y llegada a un puerto conquistado. 

El acto de tatuarse aún es una ceremonia, un ritual exorbitante, que puede durar hasta varios días en pueblos indígenas del continente americano.

Philippe Erikson, director del Laboratorio de Etnología y Sociología Comparada de la Universidad de Nanterre, en Francia, explica sobre el proceso de tatuar en su libro El sello de los antepasados: Marcado del cuerpo y demarcación étnica entre los Matis de la Amazonía:

El tatuaje se hace con agujas mojadas en una especie de pasta negra, una mezcla de mamon (resina), wisute y hollín obtenido al quemar hojas de nimen y de timpa (plantas no identificadas). El procedimiento, del que se comenta que es más doloroso en la frente y las sienes que en las mejillas, se vive como una prueba penosa y peligrosa, de la que resulta ensangrentada la cara, cierto, pero llena de orgullo al haber probado su valor a los ojos de toda la asistencia, y en particular, de los decanos mariwin”.

El ambiente carcelario es otro mundo asociado al tatuaje, por ser un espacio lleno de prejuicios y lugares comunes. Arkady Bronnikov estudió por más de treinta años la iconografía del tatuaje de reclusos rusos. De su investigación publicó varios artículos, libros y una exposición con 180 fotos titulada Russian Criminal Tattoo Files. 

Bronnikov comenta en una entrevista que “la mayoría de los tatuajes están hechos de una forma primitiva y dolorosa. El proceso puede llevar varios años hasta su conclusión, pero una figura pequeña puede crearse con cuatro o seis horas de trabajo ininterrumpido. El instrumento preferido es una máquina de afeitar eléctrica adaptada, donde los prisioneros sujetan unas agujas y una ampolla de tinta líquida. Así, un puñal atravesando el cuello indica que un criminal ha asesinado a alguien en prisión y que está disponible para hacer otros”.

Aunque la historia del tatuaje presenta capítulos enrevesados, portarlos ya no es necesariamente motivo de exclusión social. Sepultados quedaron aquellos tiempos en que una persona tatuada era señalada como un paria. 

Ahora, los estudios de tatuajes, que antaño funcionaban casi de manera clandestina, están instalados a la vista de todos, con carteles de neón, en lugares cool. Representan revolución y libertad en la modernidad. Esos sitios no son sólo frecuentados por los jóvenes irreverentes, esos que el sistema ninguneó y señaló despectivamente alguna vez por dibujarse la piel. Ahora, por allí desfila un amplio abanico etario y social.

Del mismo modo, cada año se realizan alrededor del mundo un sinnúmero de convenciones dedicadas al tatuaje, como la que protagoniza estas fotos, realizada en la ciudad de Buenos Aires, meses antes que la pandemia desembarcara en el mundo. 

Ha sido tan potente el reconocimiento del tatuaje en los últimos años que ya existen museos que cuentan su historia y tendencias. Tal es el caso del Museo del Tatuaje “El Templo”, en España; el “Triangle Tattoo Museum”, en Estados Unidos y el “Tattoo Museum” en Amsterdam.