Icono del sitio OnCubaNews

El mercado interior, el comercio exterior y la polémica en curso. Una reacción rápida y breve

Foto: Kaloian

Vista de manera general, la reciente decisión de abrir el comercio interior a la inversión extranjera es, a mi juicio, una medida positiva, en la dirección en la que debe moverse la economía. De hecho, coincide con la propuesta que varios economistas hemos sostenido y argumentado en diversas y numerosas ocasiones desde hace bastante tiempo.

Sin embargo, el problema vuelve a ser la gradualidad, la secuencialidad, la lentitud. La reforma que necesita la economía es integral y fundamental, además de urgente. Ya no son suficientes unas medidas por aquí, un grupo por allá. Y el tiempo corre. Por cierto, en este sentido la profunda reforma de la empresa estatal —sector principal, aunque no único de la economía—, resulta esencial y ahí continúa pendiente. Si no se avanza en estos predios, todo lo demás se traba.

Abrir el comercio interior a la participación de la inversión extranjera es fundamental en la situación actual del país, donde es perentorio superar el desabastecimiento y la inflación, además de incentivar la producción, lo cual resulta un punto crítico y esencial. Esta apertura es la vía (probablemente la única inmediata en esta compleja coyuntura) para mantener los mercados razonablemente surtidos de los más diversos productos, garantizando, por supuesto, los beneficios que persigue esa inversión; de lo contrario esta no se realizaría. De ahí que el primer escalón está en los espacios de oferta en divisas.

Con una visión sistémica, de integración de mercados, con un manejo adecuado y completo de la política monetaria, cambiaria y fiscal, la operación podría abarcar también y rápidamente los mercados en moneda nacional hasta que todos estén integrados; de ahí la importancia de un mercado de divisas operativo y adecuadamente regulado. Mantener la oferta en divisas es totalmente posible mientras en la economía exista demanda en esas monedas. Se trata de un mercado que si articula bien su ciclo, se financia a sí mismo, a la vez que dejaría importantes ingresos al país (vía renta de espacios —que serían restaurados—, impuestos comerciales, etc.) para invertirlos en otras prioridades, entre ellas contribuir al abastecimiento del mercado en moneda nacional, punto determinante para la satisfacción de las necesidades de la inmensa mayoría de la población. Precisamente por la importancia de esas prioridades —salud, educación, seguridad social, mercado interno, etc.—, es tan necesario mantener abastecido el mercado en MLC. Se puede hacer y conviene hacerlo.

Por otra parte, la posibilidad de conectar a los productores con un mercado mayorista que les provea de materias primas y medios de producción en general, resulta esencial para incentivar la producción, sobre todo —aunque no únicamente— en la agricultura. Esta decisión sin dudas contribuye a eso, es correcta. Pero se puede y se debe ir más allá: ¿por qué la autorización a que se extienda al mercado minorista tiene que ser “por excepción” y a “discreción”? Es un paso que habrá que dar más tarde o más temprano. ¿Cuál es la razón para dilatarlo en un momento de tantas carencias? Avanzar en esa dirección no pone en riesgo el control del Estado sobre la economía, ni favorece la restitución de la hegemonía del capital; o sea, no son medidas que “por definición” favorezcan una “restauración capitalista” de la economía cubana. Si las cosas se hacen de manera integral y bajo los conceptos y regulaciones correctas y razonables, ese riesgo no tiene por qué existir.

De igual manera, la insistencia en el control total del Estado sobre el comercio exterior no facilita la dinámica que la economía requiere aquí y ahora. No es demostrable que esa es, necesariamente y “por definición”, la vía “más eficiente” para esta actividad comercial, fundamental para cualquier economía, esto depende de qué operación se trata, de la escala, del sector, etc. Por supuesto, el Ministerio del Comercio Exterior y sus empresas son estructuras imprescindibles y deben ocuparse de las operaciones estratégicas de la economía. Pero de ahí a hacerse cargo y ser intermediarios obligatorios de cuanta cosa la economía necesite importar o pueda exportar, hay una notable diferencia. Se debe diferenciar la regulación de la gestión, regularlo todo, gestionar directamente solo lo que se justifique.

Una vez más, creo que el problema está en la necesidad de superar visiones absolutas. Hay importantes zonas de la economía, tanto estatal como cooperativa y privada, que se favorecerían mucho con el acceso directo a los mercados internacionales, sin que eso deje de estar regulado o se pierda el control sobre las operaciones estratégicas que deben permanecer en manos directas del Estado. El bloqueo está ahí como la agresión criminal que es. Continúa siendo tarea urgente contrarrestarlo dándole oxígeno y dinamismo a la economía, no manteniendo limitaciones innecesarias que, lejos de contrarrestarlo, lo hacen más dañino.

Un nuevo peldaño en una larga escalera

A propósito de este tema ha surgido una polémica acerca de si el “monopolio del comercio exterior” es un “principio del socialismo” y de si una definición así está en el pensamiento de los marxistas clásicos, aquellos que con brillantez pensaron hace más de cien años el socialismo como alternativa al sistema capitalista de producción. En ese sentido, considero que se debe tener no solo en cuenta, aunque también, lo que figura en los textos clásicos, además de la experiencia histórica, el avance de las tecnologías y las condiciones concretas de cada país en cada momento. Sin esa adecuada combinación de factores y razones, cualquier conclusión no rebasaría los dogmas. Claro que la teoría clásica es muy importante. Por cierto, en ningún lugar establece que el comercio exterior debe ser un monopolio del Estado central. Lo primero que hay que superar son los dogmas y las parálisis paradigmáticas. El socialismo es un proceso de creación y construcción.

Más allá de lo que alguien dijo o dejó de decir, están las evidencias de qué es mejor para la economía, para la sociedad, para el progreso, para la justicia social y la inclusión en un lugar concreto y en un tiempo concreto, que en este caso es la Cuba de 2022, y a partir de ahí tomar con audacia, conocimiento, responsabilidad y compromiso las decisiones que sean necesarias. Si hubieran tenido esas ataduras, si se mantuvieran amarrados a esos atavismos, dónde estarían hoy China y Vietnam.

A los grandes pensadores hay que leerlos siempre, y hacerlo con profundidad, pero también con capacidad crítica, sin ataduras, como ellos mismos nos aconsejaron tantas veces. Si nos fuéramos a ceñir a la letra de todo lo escrito, como los fanáticos, entonces, por ejemplo, tendríamos que ver que los clásicos concebían el socialismo en países desarrollados y como parte de un proceso internacional, no en países subdesarrollados y menos aislados. A partir de ahí, es obvio que las condiciones para Cuba no pueden ser más diferentes a las previstas en esos textos. ¿Acaso por eso vamos a renunciar a la necesidad del socialismo? Claro que no, pero hay que repensar qué es el socialismo en estas condiciones, qué es lo posible, sin dogmas, cómo avanzar. Y eso, créanme, no se va a encontrar en ningún libro histórico, por importante e imprescindible que sea.