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Juntos en la misma calle

Ilustración: Guillo.

Ilustración: Guillo.

Mi padre era empleado de la Compañía Eléctrica; pero, como no tenía aún plaza fija, eventualmente trabajaba como vendedor de fritas y empanadas, pintor de brocha gorda, fotógrafo, cortador de caña y en cuanta cosa digna pudiera agenciarse el dinero para mantener a su recién formada familia. Era diciembre de 1958, él tenía veintiséis años y era electricista, oficio que hoy, octogenario, todavía ejerce.

En diciembre de 1958 ya Mataguá era territorio libre de Cuba y con frecuencia pasaban aviones de la dictadura batistiana disparando sobre las casas del pueblo. Cuando mis padres escuchaban acercarse la avioneta se metían conmigo debajo de la cama y, con sus cuerpos, me defendían de un posible impacto. Por suerte ninguno de los tres salió herido, aunque me dicen que en más de una ocasión las balas taladraron el suelo de nuestra casa.

En diciembre de 1958 yo tenía dos meses de nacido y mi padre, en lugar de irse a Camagüey a hacer la zafra, había decidido quedarse junto a mi madre y a mí. Buscándonos el sustento.

En Navidad ya habían cesado los tiroteos y los rebeldes se paseaban por el pueblo a la luz del día. Entonces mi padre tuvo la gran idea: organizaría el primer baile de negros y blancos en la historia del poblado.

El Liceo de Mataguá, resguardo de la sociedad de blancos del pueblito, fue el lugar escogido por mi padre, Pito Luna, el adelantado, para con el lema de “Se acabó el abuso en Cuba” celebrar la fiesta.

En realidad, con aquella celebración pretendía dos cosas: una, indefectiblemente, era echar algunos pesos en su maltrecho bolsillo; la otra, ser la avanzada de los nuevos tiempos de igualdad que anunciaba la radio insurgente.

Mi padre siempre ha sido un insuperable organizador de festividades. La cumbre de su experiencia la alcanzaría durante sus muchos años como presidente del Comité número ocho “Camilo Cienfuegos”, en la calle Real de Santa Clara, donde nos fuimos a vivir después de mi tercer cumpleaños. Allí, con el cojo René Vargas en la retaguardia, entre otras hazañas logró convertir un solar yermo en cabaret para celebrar el X aniversario de los CDR y cambiar el aspecto de aquel callejón de piedra hasta convertirlo en una efímera avenida, con dos vías separadas por una guirnalda de luces de colores, en la celebración de un 26 de julio.

Pero, en diciembre de 1958 Pito Luna, el adelantado, ya acumulaba cierta experiencia en estos menesteres festivos. Para concretar su idea consiguió que un amigo le prestara 10 pesos y se dispuso a organizar aquel baile que haría época en Mataguá.

El dinero lo invirtió de la siguiente manera: con 4 pesos contrató un septeto de Ranchuelo muy famoso en toda la zona, desde Jorobada hasta El Hoyo de Manicaragua. Los Mataperros habían tocado en Seibabo la noche anterior, y mi padre habló con su primo El Nano, que manejaba un fotingo del año treinta y pico, para que los trajera hasta Mataguá con instrumentos y todo. Con otros 4 pesos compró un lechón mediano y lo mandó a asar en la panadería. Los 2 pesos restantes sirvieron para un rollo de treinta y seis exposiciones para su cámara fotográfica, y un poco de lechada que él mismo se encargó de untar en las paredes del salón principal del Liceo. También entregó un real a un par de chiquillos, que a gritos anunciarían el evento por todo el vecindario.

A las 8 de la noche del 26 de diciembre de 1958, con los huesos rotos de trabajar durante todo el día en los preparativos de la fiesta, vistiendo camisa y delantal blancos, tocado con un gorro de cartón y con su cámara fotográfica colgada al cuello, mi padre se puso detrás de un mostrador sobre el que exhibía un espléndido lechón asado. Esperaba la entrada del primer bailador, negro o blanco, al Liceo de Mataguá.

De los siete músicos habían llegado cinco al pueblo. Uno andaba huyendo con una guajirita que le había levantado a un colono de Seibabo y otro se reponía aún de la curda de la víspera. Por suerte los ausentes eran los del tiple y el güiro, nada importante. El cantante –un poco disfónico– estaba en su puesto; también lo estaban el tresero, el de la guitarra, el del contrabajo y el de los timbales…

A las 10 de la noche mi padre les pidió a los músicos que sonaran la primera pieza para ver si alguien se animaba a entrar al baile, pero luego de tres picantes guarachas de Ñico Saquito y dos larguísimos sones montunos ningún cristiano, negro ni blanco, había puesto sus pies en el purísimo recinto del Liceo de Mataguá.

Mi joven papá ignoraba la máxima de que en una revolución la lucha más dura no es la de las armas. Ningún blanco de Mataguá pondría sus pies en un salón de baile donde también pudiera un negro poner los suyos. Tampoco se atrevería algún moreno a pisar una tierra que, aunque prometida, le había sido negada por los años y la tradición.

A las 11 de la noche Pito Luna, el adelantado, se metió la mano en el bolsillo y les pagó sus honorarios a los músicos, que salieron rodando en el fotingo de El Nano rumbo a Manicaragua.

Con su lechón asado íntegro y su cesta de pan, regresó mi padre a casa y se tiró en la cama, junto a mi madre, a pensar de qué manera podría pagar la deuda en que se había metido.

Sacando cuentas que nunca daban y con la esperanza puesta en un milagro escuchó al reloj dar la medianoche. Pero después de la última campanada llegó a sus oídos una música inusual en el pueblo a esa hora: Daniel Santos cantaba “Bigote de gato”.

Después de Daniel Santos vino la voz de Celia Cruz acompañada por La Sonora Matancera. Entonces mi padre decidió salir a ver qué pasaba.

Era la victrola del bar de Macho Fuentes.

En la esquina más céntrica del pueblo, frente al bar, la gente bailaba. La semilla que mi padre había intentado plantar en el marmóreo suelo del Liceo de Mataguá germinaba en el estrato más favorable para ella: la calle.

Macho se acercó a mi padre a la carrera: “¿Qué hiciste con el lechón, Pito Luna? ¡Tráelo que esta gente está muerta de hambre!”

Enseguida buscó el lechón y los panes, y metido nuevamente en su impecable atuendo, plantó su mostrador junto al de un hombre que ya vendía frituras de bacalao.

Al amanecer, mi entusiasta papá encargaba otro lechón para asar. También había pagado su deuda.

Dicen que la fiesta no paró durante todo el día. Y que continuó por la noche. Cuentan que vinieron guajiros del Pendejeral, Guabina y Manzanillo, de Provincial y Seibabo, de Báez y Biajaca. De Minas Ricas y Minas Bajas…

Y que, juntos en la misma calle, bailaban los negros con las negras y los blancos con las blancas.

Solo una pareja rompió la norma. Llegaron de Minas Bajas en la madrugada del 28 de diciembre: ella era una viuda blanca y cuarentona, maestra de la escuelita del lugar, él un negro que había llegado a aquel poblado con un circo ripiera y que se quedó por esos lares para buscarse la vida haciendo cualquier cosa. La gente murmuraba que algo había entre esos dos. Pero ellos nunca se atrevieron a mostrarse en público hasta aquella noche. Muchos los miraron con asombro, otros no disimularon su disgusto al verlos seguir el compás de la música tomados del talle. Alguien los admiró, en silencio.

Era la mañana del 28 de diciembre de 1958, Benny Moré sonaba en la victrola, los gallos cantaban al amanecer y Pito Luna, el adelantado, anunciaba su pan con lechón con una frase que todavía muchos recuerdan por aquella zona: “¡Se acabó el abuso en Cuba!”