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¡Seamos hijos agradecidos! ¡Seamos puentes de amor!

Carlos Lazo describe su proyecto Fábrica de Sueños como "un puente de amistad entre Estados Unidos y Cuba". Foto: cortesía del autor.

Llegó la hora. Nos vamos a la Casa Blanca. Cruzaremos Estados Unidos, de un extremo a otro, en bicicleta. Será como pedalear cinco veces la distancia que va de La Habana a Santiago de Cuba. Y aunque nuestra ruta no pasa por El Cobre, la Virgen de la Caridad —¡nuestra Cachita!— estará con nosotros.

Iremos desde Seattle hasta Washington D.C. Vamos a hablar con el presidente de Estados Unidos o con quien quiera escucharnos. En estas jornadas maratónicas, ciudadanos norteamericanos y cubanoamericanos recorreremos más de 3000 millas, casi 5000 km.

Visitaremos pueblos y ciudades. Hablaremos con los hombres y mujeres de Estados Unidos, que es también nuestra nación: rubios, negros, mestizos, republicanos, demócratas, sin distinción de raza, credo o ideología. En cada rincón de la Unión que visitemos, abogaremos por tender puentes de amor entre nuestros dos pueblos.

Esta peregrinación para llegar a la capital tomará varias semanas. Cuando lleguemos, compartiremos nuestro mensaje de reconciliación y paz con senadores y congresistas, representantes electos o por elegir. La mayoría del pueblo norteamericano y de los hombres y mujeres de buena voluntad del mundo desean que cese la política de confrontación entre nuestros dos países. Este pedido se hace más imperioso en tiempos de la COVID-19.

Sesenta años de discordia entre Cuba y Estados Unidos solo han traído miseria, dolor y resentimientos. Los cubanos de a pie, sin distinción de ideologías, han sido los más perjudicados. Las sanciones económicas a la Isla son una soga que asfixia a nuestra gente. En los últimos tiempos, el nudo se aprieta cada vez más. Todo este recrudecimiento del embargo ocurre en medio de una pandemia. ¡Como si la plaga del coronavirus no trajera ya su propio sufrimiento! ¿Cómo apoyar semejante crueldad? ¿Cómo arrodillarnos a comulgar con Dios en la iglesia los domingos, y al mismo tiempo aplaudir o ignorar el dolor que se inflige a nuestro prójimo, al “hermano castigado más allá de sus culpas”?  

Llevamos en el corazón a la tierra que nos vio nacer, y también a la otra patria: la que nos adoptó como hijos. En aquella reposan los restos de nuestros abuelos. En esta, como si fuéramos raíces extendidas por el mundo, descansarán un día nuestros propios huesos. Es nuestro deber, como hijos agradecidos, ser puentes de amor. 

Carlos Lazo (en el centro) llegó a Estados Unidos en 1991. Foto: cortesía del autor.

Por eso, y más, hemos organizado esta ruta de amistad y esperanza. Seremos parranda y party, “Guantanamera” y “Amazing Grace”. ¡Vamos a hacer que nuestras dos naciones —padre y madre— se estrechen las manos y trabajen juntas por el bienestar de sus hijos! Pedalearemos miles de kilómetros, sudando, cantando, rezando y sumando gente de aquí y de allá. Será como pagar por adelantado una promesa que se va a cumplir.

Oraremos para que se imponga el sentido común. Imploraremos para que por fin llegue un tiempo de paz y esperanza para nuestros pueblos. ¡Ampáranos, viejo Lázaro! La estación de la hermandad ha arribado y vamos a recoger la cosecha. ¡Ya llegó el guateque! Bienaventurados sean los pacificadores. En esta ruta de esperanza, todos los que desean la paz serán bienvenidos. Y el amor dirá la última palabra. ¡El amor!  

11 de julio de 2020

Carlos Lazo