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Vladimir Cruz: Los cubanos somos todos cubanos

Foto: Internet

Existe un parque en el corazón del Vedado que cambia de nombre en dependencia de la esquina por la que le entres.

Casi todos lo conocen como 21 y H, y los chotas le llaman El Parque de Los Tarros: coto de adúlteros y masturbadores nocturnos, muchos se preguntan cómo, entre tanto árbol abonado con putrefactas brujerías y visiones libidinosas, puede funcionar durante el día un Círculo Infantil…

Cerca de la rústica glorieta central, sentado a la sombra de una ceiba premiada, me encontré hace poco a Vladimir Cruz. Yo pasaba camino a otro trabajo, y lo vi conversando con un camarógrafo que lo entrevistaba para un documental por los 20 años de Fresa y Chocolate.

Con mi entrevista a Jorge Perugorría aún fresca, el destino me ponía a “David” en bandeja de plata, acabado de llegar de España casi, dispuesto además a regalarme 10 minutos para que le soltara mis impertinencias…

Esperé pacientemente a que terminara lo que hacía, mandé al diablo el otro compromiso, y de santaclareño a santaclareño, conversé con Vladimir Cruz sobre el personaje que lo consagró junto a Pichi como otro imprescindible del cine cubano: David.

¿Qué significó para ti Fresa y Chocolate?

Cuando la película fue estrenada yo me había graduado del Instituto Superior de Arte, y llevaba ya como cinco años trabajando en el teatro, por eso me negaba a decir que Fresa y Chocolate me había cambiado totalmente la vida.

Al principio me resistía, porque yo le pongo el mismo esfuerzo y cariño a todos mis proyectos, pero realmente el cambio fue brutal. Casi todo lo que hice después, tanto en Cuba como en el extranjero, se debe a Fresa y Chocolate. Fue una maravillosa puerta de entrada al mundo del cine.

¿Qué te aportó el personaje de David?

Durante el rodaje reflexioné sobre muchas cosas, sobre cuestiones de mi generación. A través del personaje comencé a ver de otra manera algunos temas, alejándome de ciertos prejuicios con los cuales había sido educado.

Eso influyó inevitablemente en mi vida. Cuando uno hace una película se compromete con su papel: si interpretas a un valiente, después en la vida real te cuesta ser un cobarde porque es como si el personaje te estuviera mirando. Eso queda para siempre.

¿Ser de Santa Clara, haber estado becado te ayudó a interpretar a David?

Tal vez me acercó a Senel Paz (guionista), que también es del centro. Quizá también me permitió asumir la sensibilidad con que enfocaba al personaje. Sobre todo me ayudó a interpretar cuestiones vigentes de mi generación y todo lo que se vivía en esa época.

Por ejemplo, mi experiencia en el preuniversitario vocacional Che Guevara fue un poco el sustrato que estaba detrás del personaje y los problemas de la beca. Sin embargo, no fue fácil, a veces es más difícil hacer algo cercano a ti que algo bien diferente. Pero sin lugar a dudas, toda mi vida estuvo detrás de David: la beca, aquellos años de la Revolución, mi generación, Santa Clara…

¿Te parece que Fresa y Chocolate es vigente? ¿Por qué?

Primero, estoy muy contento con que 20 años después la película siga viva y sea recordada, pero también me hace muy feliz el hecho de que nosotros, los del equipo, sigamos siendo amigos y trabajando juntos.

Creo que la película se mantiene por sus valores y por el tema, muy importante para la sociedad cubana, pero esencialmente por el contenido humano de los personajes.

 ¿Puede el artista cambiar la sociedad?

El artista puede influir en la forma de pensar de una sociedad, pero no puede cambiarla porque es un ente demasiado complejo. Pero el arte está ahí y su sentido es enseñar pensar a la gente, enseñar a vivir. En ese sentido sí se puede hacer mucho, si uno tiene ese compromiso y es generoso.

El cine cubano tiene esa vocación de dialogar con la sociedad y creo que hay muchos artistas cubanos que se sienten comprometidos con apoyar y aportar a que Cuba avance y sea un país mejor.

 A veces son los tiempos los que cambian…

Exacto. Por ejemplo, cuando en la película Diego le dice a David que se va del país, él lo toma como una traición. Ahora tú le dices a un amigo “me voy del país” y te dice “coño qué rico, cuándo viras, qué vas a hacer”. Creo que en eso Fresa y Chocolate puso su granito, en insistir que los cubanos somos todos cubanos, y que tenemos que estar unidos si queremos hacer una Cuba mejor.

¿Sería posible una segunda parte de Fresa y Chocolate?

Depende de muchas cosas, no sólo de la idea. Se necesita un buen guión y darle algún enfoque acorde con la Cuba de hoy.

¿Qué representó para ti trabajar con Gutiérrez Alea y Tabío?

Fue una experiencia de lujo. Titón me enseñó a ver el cine como lo veo hoy. También Tabío: son dos maestros del cine cubano que me enseñaron el A-B-C de este arte.

Pichi pinta…¿Te atreves con otras manifestaciones artísticas?

Hace como 5 o 6 años empecé a escribir guiones de cine, y lo veo como una forma de hacer literatura, aunque no esté destinada a ser publicada. Creo que la realización en cine es un proceso que viene con la edad y la experiencia. Cuando has estado mucho en un set como actor, te sientes con más fuerzas para dirigir una historia propia. Sigo vinculado al teatro. Lo que más me importa realmente es contar una historia con un sentido para la gente y el medio es lo de menos.

 ¿Qué proyectos tienes actualmente?

Ahora trabajo en un guión de cine para una película que quiero dirigir. Ya hice una codirección con Pichi, en un largometraje, y también he dirigido un par de cortos. Como actor estoy haciendo una gira por España con una obra de Virgilio Piñera, Electra Garrigó. También me han propuesto dirigir para teatro una obra de Bertold Bretch y estoy muy ilusionado.

 ¿Alguna vez fuiste encasillado?

Mira, después de David casi todo lo que me ofrecían eran tipos idealistas, románticos. Uno trata de diferenciar cada nuevo personaje de los anteriores, y de ti, intentando hacerlos lo más creíbles posible. Pero me proponían muchos roles del tipo de David. Ya no. Ahora hago más de villano, sobre todo fuera de Cuba. Dice Senel que ya perdí la inocencia de la mirada…