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A la caricatura cubana le falta valentía

Ramsés Morales, caricaturista.

Ramsés Morales, caricaturista.

Si no fuera por los ejemplares de The New Yorker y las Selecciones Reader’s Digest conservadas por el abuelo que emigró de España en tiempos de la Guerra Civil, Ramsés Morales Izquierdo nunca hubiese caído de bruces ante la caricatura.

Que su nombre figuraría entre los más reconocidos del gremio, que sus incisivas interpretaciones sobre asuntos de Cuba y el mundo encontrarían espacio fijo en  Cartoon Movement, una de las plataformas de caricaturas políticas de alta calidad y cómics periodísticos más importantes en Internet; que además de dibujante sería autor de libros, profesor… eran apenas fantasías de chiquillo deslumbrado por calcar los dibujos de las publicaciones extranjeras.

Ramsés es un hombre de manías: debe realizar dos obras diarias y siempre lleva consigo una hoja en blanco y varios lápices, aunque también dibuje con dispositivos electrónicos. “Nunca sabes dónde se va a alumbrar el bombillo. ¿Y si llega la caricatura de tu vida y te agarra desprovisto?”.

La vena hilarante la encontró en Santa Clara, donde nació. Mas, Trinidad pulió sus dotes en la extinta Academia de Artes Plásticas Oscar Fernández Morera. “Debo ser franco: por esos años fui más pintor que caricaturista, aunque sí agradezco a la escuela muchas herramientas, pese a no incluir en su perfil la formación de caricaturistas”.

—De hecho, todavía constituye una deuda en las academias cubanas…

—“Una deuda grandísima. Da la casualidad que la vanguardia en Cuba a principios del siglo XX no recayó en la pintura precisamente, y que este país fue cuna, entre otros grandes, de uno de los dibujantes más prestigiosos de Latinoamérica: Conrado Walter Mazaguer. ¿Cómo entender entonces que no exista una academia para formar profesionales de este tipo? Y te menciono a Mazaguer para no hablarte de Eduardo Abela o René de la Nuez.”

Radicado en la Oficina del Conservador de la Ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios, comenzó la búsqueda del estilo que hoy lo distingue con el color bautizado como verde Ramsés (mezcla de amarillo con negro) para ilustrar la amargura de los hechos. Empezó, además, la formación de una suerte de ejército de artistas, talleres gráficos en la Escuela de Arte entre otras iniciativas que naufragaron por ausencia de recursos, pero que le permitieron alentar vocaciones en quienes hoy cosechan triunfos en lides internacionales como el multipremiado caricaturista espirituano Osvaldo Pestana Montpeller (Montos).

—¿Por qué prefieres la caricatura editorial, la caricatura política?

—Prefiero llamarlo dibujo editorial porque a veces no da risa, sino llama a la reflexión. La caricatura es hacer noticia con imágenes. Apuesto por un dibujo simple, festinado… y es que el hombre comenzó a comunicarse a través de rasgos. Ahí está en la esencia de la comunicación humana. Si el dibujo no establece conversación, reacciones, incluso rechazo, las cuestiones técnicas sirven de poco. El sentido máximo de la caricatura es transmitir.

—¿Cuánta osadía crees existe en las caricaturas publicadas en la prensa cubana actual?

—Muy poca. Depende de los editores y las políticas de los medios. No considero que una caricatura acerca de pelota pueda ser osada, sin ofender. A la caricatura cubana le falta valentía. Debemos ser todavía más incisivos con la realidad. No es mirar la llaga, sino ofrecer soluciones.

—¿Te han censurado algún trabajo?

—Me he topado con personas que no les gusta mi punto de vista, sobre todo en cuestiones religiosas y sociales, lo cual no significa que me moleste con ellos. Uno es responsable de lo que hace. Ese requisito tiene que marcar tu trabajo. Los caricaturistas tenemos mucha influencia en la formación de la opinión pública. Dicen que una imagen transmite más que mil palabras. Eso casi siempre se aplica a la televisión o la fotografía, pero también le sirve a la caricatura.

—Desde 2007 formas parte de Cartoon Movement…

—Ha sido una experiencia distinta. Es una escuela dura, pero una buena escuela. Envías dibujos acerca de los temas más importantes y calientes del momento junto a cerca de 150 artistas del mundo. Luego seleccionan el mejor o los mejores del día para enviarlos a medios internacionales. Hay que trabajar y no pensar que todo está garantizado, pero así es como se forma un buen dibujante. Lo más importante es que tienes plena libertad para crear. De cierto modo, me ha despertado un ánimo de trabajar que nunca antes había experimentado. Además, la retribución económica también vale.

Ahora los días le transcurren hilvanando el discurso de una trilogía de dibujos editoriales inspirados en el cuidado del patrimonio universal, primicia que confía a OnCuba.

“El primer tomo está completamente diseñado, se llama El libro blanco del Patrimonio —detalla—. Le seguirán el color rojo y el azul, en alusión a la bandera cubana. Cada volumen tiene 100 caricaturas. Esta vez los dibujos independientes son más oportunos que una historieta para trasmitir un mensaje más fuerte. Para mí resulta preocupante lo que sucede con el patrimonio mundial y los intentos de borrar toda huella de culturas pasadas. Por eso a través de las páginas se establece una guerra por preservar la memoria histórica y sensibilizar a los lectores acerca de la necesidad de defender lo heredado de los antepasados”.

—¿Crees que los caricaturistas reciben el reconocimiento que merecen desde el punto de vista profesional y monetario?

—Al menos en Cuba (si te hablo de otros países, serían solo especulaciones)  falta un poco para eso, sobre todo desde el punto de vista económico. Por desgracia, algunos periódicos no ven todavía la opinión gráfica como algo importante, sino como un elemento pintoresco. Por eso alabo las publicaciones que nos otorgan un espacio. A veces uno pasa horas intentando resumir miles de pensamientos en una imagen, pero siempre hay quien ve un ‘pintamuñequitos’ en la punta del iceberg. Nadie sabe cuánta investigación hay detrás de cada trabajo. Si razonaran bien, nos cogerían miedo porque un dibujo puede ofrecer un mensaje más efectivo que diez cuartillas. Si alguien opina diferente, lo respeto, pero yo no me veo como una rémora tirada por el barco, sino como un tripulante, construyendo una historia a la par de quienes escriben, pero sin palabras.