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Poesía es lo que nos salva

Foto: Alain L. Gutiérrez Almeida

Foto: Alain L. Gutiérrez Almeida

El primer poema que recuerdo nítidamente hablaba de una mariposa de oro rozando la hierba. Acaso porque podía ver sus alas en mi propio patio. Lo había escrito un niño vietnamita, Tran Dang Khoa, y el libro había llegado de manos de mi primera maestra.

Martí me hizo saltar cuando la pequeña ardilla pone en su sitio a la montaña, orgullosa de su destino superior, oronda de su tamaño: “Ni yo llevo los bosques a la espalda / ni usted puede, señora, cascar nueces”.

No me volví a encontrar algo que me calara tanto hasta que leí al turco Nazim Hikmet: “Hace diez años largos / Morí en Hiroshima / Pero sigo teniendo siete años / Los niños muertos dejan de crecer (…) Una niña que ha ardido cual si fuera papel / No come caramelos”.

Me ha perseguido esa imagen. Aún me obsesiona. Hikmet sujetó el océano en una gota; el dolor, en una frase. La poesía es una revelación, un rapto.

Cada vez que imagino el trágico siglo diecinueve cubano, aparece ante mi Luisa Pérez de Zambrana. Se alza una mujer estoica, augusta, que vivió la muerte de cada uno de sus hijos. Su orgullo nunca fue el oro ni el rostro, sino su infinita sed de aprender. El poema “A mi amigo A. L”,  resulta un fresco, una caricia. Sobre todo, una lección:

“No me pintes más blanca ni más bella / píntame como soy, trigueña, joven,

modesta y sin beldad (…) Píntame en torno / un horizonte azul, un lago terso /

Píntame así que el tiempo poderoso / pasará velozmente, como un día / y después que esté muerta y olvidada / a la sombra del árbol silencioso / con la frente inclinada / me hallarás estudiando todavía”.

Guantánamo fue un aprendizaje definitivo. En 1991 me enfrenté por vez primera al periodismo profesional en el oriente del oriente. Fueron tiempos duros, muy duros. Muchos amigos habían cruzado las aguas. Todo empezaba a nublárseme.

Minutos antes había comprado un breve cuaderno de poemas. Teresa Melo era la autora. En el parque Martí abrí la página. Leí por inercia:

“Los locos encontraron cerrada la puerta del jardín / Los cuerdos también la encontraron cerrada / Los cuerdos / Se tendieron allí  sin llaves / y sus cuerpos se llenaron de hormigas / y hojas secas / Los locos  —los locos― / rieron / mirando con fijeza / y pasaron todos a través de la puerta”.

Aquel poema fue mi escala para volver. El exceso de cordura no permite ver las puertas.

Salté hasta Matanzas. Cada chispa del tren eléctrico de Casablanca a Hershey alumbraba el camino. Corrí a Calzada de Tirry 81; pero allí no sería el encuentro. Debí aguardar hasta una noche en Pinar del Río, para preguntar a la novia de Cuba.

¿Qué oportunidad le queda a la poesía en el mundo de hoy, cuando hay tanto que se le contrapone, que parece anularla?, le solté a Carilda. Me miró, me escrutó con la mirada. Y entonces, se lanzó a fondo:

“La poesía no hay que buscarla en la envoltura de un libro. A aquellos seres absurdamente normales que no varían sus días, o que han tenido un problema en sus vidas que los ha dejado amargos o traumatizados, la poesía se les aparece inesperadamente en un gesto, en una frase. Sin matemáticas, no habría puente ni pirámides; ni las habría sin poesía. Poesía es lo que nos salva”.