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Yo soy un tigre

Foto: hdfondos.eu.

Foto: hdfondos.eu.

Fue una tarde de abril, hace más de una década, en el Escambray villaclareño. Celebrábamos el Festival del Libro en la Montaña. Después de una jornada de presentaciones de libros en los más recónditos parajes de la zona, nos entregábamos al placer del buen trago y la tertulia.

Rememorar historias de un tiempo pasado que siempre fue más divertido, es típico en circunstancias como esas. Así, aquella tarde comenzaron a desfilar anécdotas.

Alguien recordó la noche en que un amigo poeta metió la yegua de un guajiro en la piscina del Hotel Hanabanilla, en medio de una jornada provincial de debate de talleres literarios. Otro lo superó al recordar a un par de socios que se fueron al monte a cazar metáforas hasta que el ejército los metió presos, acusados de acampamiento ilícito y caza de animales en peligro de extinción.

Y le siguió otra historia.

Y otra.

Y otra más.

Cada una más graciosa, según metíamos ron entre pecho y espalda.

Entonces, alguien se acordó de cuando convirtieron al manicaragüense Mario Brito en un león.

Fue en la gloriosa década del 80, durante un encuentro de escritores en una villa turística de la playa Jinaguayabo, en el municipio de Remedios. Los victimarios: el Club de los Jodeosóficos. La víctima, ya lo dije, Mario Brito, un guajirito de Manicaragua que llegaba a confrontar por primera vez sus cuentos con personas que suponía serias.

El cuento de Mario tenía un tono místico y abordaba el tema de la magia negra. Después de un debate en el que ni el cuento ni el cuentista novato salieron muy bien parados, el Gran Maestro de los Jodeosóficos, acompañado de su corte, se acercó al aprendiz de narrador y le dijo:

—Yo puedo ilustrarte en eso de la magia negra.

Se fueron todos a una cabaña, y tras aplastar a Mario con todo su arsenal teórico sobre la hechicería y el encantamiento, el Gran Maestro se puso de pie, tomó a uno de sus discípulos por el brazo, lo empujó hacia el baño y dirigiéndose a su nuevo alumno dijo:

—Ahora vas a ver cómo convierto en sapo a este comemierda.

Se encerraron en el baño. Afuera se escucharon palabras mágicas y gritos de horror.

—¡Por favor, maestro, no me haga eso!

Hubo un minuto de silencio, después el Gran Maestro salió con un sapo en la mano y lo puso ante los ojos desorbitados del guajirito aspirante a escritor. Finalmente, lanzó al sapo fuera de la cabaña.

—¡Y a ti, porque me caes bien, te convertiré en león! –le dijo a Mario y soltó su andanada de palabras mágicas.

—Pero yo me veo igual.

—Tú sí, pero los demás no. Ahí está la magia –respondió el Gran Maestro al tiempo que los demás jodeosóficos huían a la desbandada gritando:

—¡Un león! ¡Un león!

Durante toda la noche se paseó el león Mario Brito por aquella villa, creyendo que asustaba a la gente cuando en realidad era víctima de una teoría de la conspiración a escala local, muy bien tramada por el Club de los Jodeosóficos.

Y digo víctima, porque ser león podía tener sus ventajas, pero eran más los inconvenientes: nadie se le acercaba, tuvo sed y no le quedó más remedio que ir al río a beber agua turbia, la hora de la comida la vio pasar con las puertas del comedor cerradas y un cartel afuera que decía: “Peligro, un león anda suelto”. Por más que trataba de gritar su verdad, los complotados juraban escuchar rugidos atronadores que les llenaban de horror.

Recordábamos la historia de Mario El León y gozábamos todos. Él mismo, narrador ya hecho, se regodeaba agregándole detalles fantásticos.

René Batista. Foto: Vanguardia.

Entonces René Batista, a quien todos los días extrañamos, tuvo la idea de bautizarnos con nombres de fieras. Fue un ejercicio de gozadera intelectual, de esos que con frecuencia se le ocurrían al más cercano y fiel de los discípulos de Samuel Feijóo. A uno le tocó ser La Pantera, otro El Puma, El Lince, El Chacal…

Iba René a bautizarme en el momento que Alberto Pérez, El Pija, amigo fiel que en esos momentos llevaba la Dirección de Cultura en el municipio de Manicaragua, me pidió que lo acompañara en su carro a buscar unas botellas de ron que ayudarían a completar la tertulia.

—Vete y no te preocupes. Cuando tú vengas vas a saber qué fiera eres –me dijo René.

El viaje fue breve: lo que demoró el comienzo de la noche. Llegamos entre dos luces.

Al detener el carro, pudimos sentir la expectativa. Y no era precisamente por el ron que traíamos, pues junto a René y los demás colegas, esperaba un grupo de niños y muchachones de las casas cercanas a nuestro albergue.

Yo me tiré del carro con un grito de júbilo:

—¡A beber, caballeros!

Entonces se escuchó la voz de René:

—¡Ese es el tigre Lorenzo! ¿Oyeron como rugió? Miren sus rayas amarillas.

Y los chiquillos se mandaron a correr gritando:

—¡Un tigre! ¡Escóndanse que ahí está el famoso tigre Lorenzo!

Esta vez no había sido una simple conspiración entre socios. René había manipulado, ciertamente, a aquellos muchachos.

Con René Batista pasamos momentos gloriosos en los Festivales del Libro en la Montaña, durante aquellos tiempos que, por pertenecer ahora al pasado, eran más divertidos.

De René guardo muchas enseñanzas. Una de ellas es que el escritor debe tener algo de fiera. Por eso, cuando me siento a escribir siempre le recuerdo, y antes de apretar la primera tecla de mi ordenador me digo:

—Yo soy un tigre.

Y me lo creo.