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La felicidad no es un arma tibia

Ethan Crumbley, 15, asesinó a cuatro estudiantes de Oxford High School, Michigan, e hirió a otros seis y a un maestro. Foto: The Independent.

El pasado martes 30 de noviembre un adolescente de 15 años, Ethan Crumbley, asesinó con una pistola semiautomática Sig Sauer de 9 mm a cuatro estudiantes de la Oxford High School, en Michigan, habiendo salido de un baño y sacado el arma de su mochila, donde la tenía escondida. Fue detenido casi inmediatamente por las fuerzas del orden, no si antes herir a seis condiscípulos más y a un maestro.

“El peor incidente de ese tipo desde que en mayo de 2018 fueron asesinados ocho estudiantes y dos maestros en Santa Fe High School, Texas”, comentó CNN.

El problema de la violencia armada es una de las recurrencias de la cultura estadounidense. Con cada matanza notificada por los medios se está en presencia, en lo fundamental, del reciclaje de una vieja discusión, inevitablemente cruzada por el lugar específico de sus actores/emisores en el espectro político.

Este debate tuvo un punto crítico durante la  llamada “era Reagan”, cuando el pensamiento a ella asociado responsabilizaba a los medios de difusión, en particular a la industria hollywoodense —y un poco más tarde, a los juegos electrónicos— de ser los causantes del problema. Una idea que los liberales —y no solo los directores y guionistas de la “fábrica de sueños”— rechazaban con el argumento de que estos no hacían sino reflejar la violencia existente en las calles, por lo demás fuertemente enraizada en la historia y la cultura nacionales: comenzó por el exterminio de los americanos nativos, pasó por una cruenta guerra de liberación contra los ingleses, siguió con otra guerra engendrada para arrebatarle a México una enorme tajada de su territorio, continuó por una violentísima colisión entre el Norte y el Sur, y culminó con las expansiones territoriales de fines del XIX y  principios del XX —una lista a la que, sin dudas, se podrían agregar sucesos de ese tipo hasta el día de hoy. Y en medio de todo, el rol de ciertos héroes en la psicología y el imaginario populares: comics de colonos con arcabuces vs. indios con flechas, el lejano Oeste, Billy “The Kid”, Wyatt Earp, Bonnie and Clyde, Al Capone…, personajes todos que, para conseguir sus propios fines, acudían a artefactos que empezaban por un Colt 38 y terminaban en una ametralladora Thompson, puesta a sonar alegremente en las calles del Chicago de la Gran Depresión y la Ley Seca.

Bonnie and Clyde. Foto: Archivo.

De entonces a acá, el discurso social sobre el tema a menudo viene escoltado por un razonamiento lógico-formal: “no son las armas las que matan, sino las personas”. O lo que es igual: “las armas no pueden dispararse por sí mismas”. Pero si se va a la raíz, uno se percata de que esta formulación suele encontrarse (aunque no limitarse) en personajes ligados a la Asociación Nacional del Rifle y, sobre todo, a los fuertes dividendos que deja el negocio de la venta de armas y municiones: en enero pasado, después del asalto al Capitolio nacional por turbas trumpistas, los comerciantes de armas reportaron haber vendido más de 2 millones de armas de fuego. Esto significa un aumento del 75% sobre los 1,2 millones de armas que se comercializaron en ese mismo periodo en 2020. Uno de los hilos que, fuera de toda duda, ha trabado la discusión en el Congreso. Ese hilo se llama National Rifle Association.

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La segunda enmienda a la Constitución de Estados Unidos, de 1791, garantiza el derecho de los ciudadanos estadounidenses a portar armas. Está inscrita en piedra, constituye un componente del “excepcionalismo americano” y ha sido ratificada dos veces por la Corte Suprema en el pasado reciente (2008 y 2010). Como es así y por lo tanto no se le va a tocar ni con el pétalo de una rosa, las acciones a proponer suelen gravitar sobre la regulación y control de la venta de rifles de asalto y otros fierros duros, en el entendido de su abrumador poder destructivo. En efecto, aquel joven Adam Lanza, el de la matanza de Sandy Hook (2012), armado con dos fusiles semiautomáticos AR-15, una pistola Sig Sauer y una Glock, solo necesitó cinco minutos para matar a veinte niños de entre 6 y 7 años en un aula de Connecticut. Y lo hizo después de volarle los sesos a su madre mientras dormía y de asesinar a cinco personas más.

Uno de los AR-15 utilizados por Adam Lanza en la masacre de Sandy Hook. Foto: PBS.

El problema consiste en que esa no es la solución, algo que saben muy bien los congresistas en Washington DC. Ahí operan otros factores: alienaciones, pandemia de coronavirus, inseguridades, crisis económica, despidos, traumas, divorcios, estrés y sobre todo mucho miedo, un sentimiento social en el que los estadounidenses son verdaderos expertos, y que demasiado a menudo lleva “a disparar primero y a preguntar después”, como dice el refrán.

Y es un parche porque el país tiene la mayor concentración de armas en manos privadas en todo el mundo: 120 por cada 100 habitantes. Unas ocho veces más que en la Unión Europea (15 por cada 100 habitantes). En 2020 las muertes por armas de fuego en Estados Unidos fueron 21.570. En otros términos, fueron asesinadas 6,5 personas por cada 100.000 habitantes (en 2019 fueron 5 por cada 100.000). Y la compra de armas ha ido in crescendo. De acuerdo con el FBI, entre enero y junio de 2021 en Estados Unidos se han comprado legalmente 22 millones de nuevas armas, un aumento del 15% respecto al mismo periodo del año anterior.

Limitar la cuestión al armamento grueso tendría poco impacto sobre el hecho de que las muertes de esas 6.5 personas al día por tales armas no necesaria ni principalmente ocurren con hierros de alto poder, sino convencionales. Y esta cifra no incluye a los caídos de manera accidental por esas mismas armas y a quienes se suicidan utilizándolas. La sumatoria de estas tres categorías es tan dramática como aterradora. Son alrededor de 30.000 víctimas anuales, otra expresión de excepcionalismo, pero crecientemente incómoda: en Estados Unidos mueren cada dos años, a plomazo limpio, más personas que en la guerra de Vietnam.