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Sin embargo, los cubanos

Foto: Kaloian Santos (Archivo)

El Embargo no es un mito. Es real. Abrumadoramente real. Un agobio. Manto invisible pesando sobre la existencia cotidiana. Pregúntenle sino a los millones de cubanos cuyas vidas, en la isla, son estructuradas en torno a la constante búsqueda de alimentos, medicinas, productos de aseo. Pregúntenle a quienes dependen de los dólares enviados regularmente por sus parientes en los Estados Unidos, que de súbito hallaron truncada esta entrada a causa de las nuevas restricciones sobre las remesas implementadas durante la administración de Donald Trump.

Pero no debe olvidarse que concomitante al Embargo va el inseparable Contraembargo —como podríamos llamar a las reacciones por su parte lanzadas por el gobierno cubano: una extensa lista de medidas y acciones dentro de las que se incluyen la opacidad e improvisación de las políticas financieras y económicas, la errática distribución de productos de consumo y recursos energéticos, el desorganizado comercio interior, el desatino agrícola.

Atrapados en la intrincada red tejida dentro de la trasnochada Guerra Fría, por décadas cubanos en una y otra orilla del estrecho de la Florida lamentan la ausencia de padres, hijos, hermanos, esposos, amantes, amigos. Es asimismo indiscutible que los obstáculos restringiendo la libre circulación monetaria, de bienes y personas, afectan a la mayoría de los cubanos, dentro y fuera de la isla. Nunca sobra entonces volver a preguntarnos dónde ha quedado el origen de este demasiado largo y doloroso impasse. Habiéndose iniciado en los tempranos 1960s, ¿se han borrado ya las condiciones que posibilitaron la fragua del Embargo y el Contraembargo? ¿Podrían estas haber sido absorbidas por la historia, o persisten inmutables? En otras palabras, ¿qué o quiénes mantienen vigentes la confrontación original, la polaridad generadora del Embargo y el Contraembargo? Y, más importante aún, ¿por qué lo hacen?

Excepto durante aquellos raros días en que a Obama le dio por aflojar tiranteces, las retóricas oficiales se mantienen más o menos invariables desde los años 1960. La presión ejercida por ambos gobiernos persiste en su sostenido pugilato.

En el medio, comprimido, queda siempre el pueblo. Aguardando. En interminables colas. Y mientras esperando se agotan, hablan entre sí: de huracanes, de los estragos de COVID, de telenovelas, de lo mala que está “la cosa” … Todo menos aludir directamente al Embargo, al que parecen mirar como un quiste demasiado antiguo que nadie consigue extirpar. Mientras, avanza la gangrena.

Al Embargo se le menciona, por otra parte, ad libitum en el Noticiero y la Mesa Redonda, en Granma y La Jiribilla, en tribunas y sesudas o tendenciosas, rápidas o mesuradas entrevistas. Recurren a él políticos de la izquierda y la derecha, actrices, académicos, expresidentes y cantantes. Hace pocos días, en absoluto desconocimiento del extenso trabajo de historiadores y científicos sociales, culturales y políticos hubo quien presentó al Embargo como razón primera de la pervivencia del racismo en la isla. Casi al unísono, otros declaran con aplomo que no debe facilitarse el envío de remesas, porque no resultará beneficiada la población negra. Todos, en definitiva, quieren su caramelo cuando al final de tan intenso tironeo se rompa la piñata: Embargo sí, Embargo no. ¿Quién va a ganar? Cualquiera, pero ¿será el pueblo cubano?

Curiosamente, ese pueblo, que es quien más descarnadamente sufre el Embargo, poco lo nombra con todas sus letras. Tal vez, porque intuyen que no son para ellos los caramelos contenidos en la piñata. Nunca lo han sido. Saben que no es en el interminable careo en torno al Embargo que se resolverán todos sus problemas. Que hay más, mucho más que transformar en el seno de la sociedad cubana. El pueblo en las calles —esperando en colas o buscándose la vida como puede o protestando porque sabe que merece una vida mejor— es consciente de que las soluciones sólo pueden emanar cuando se abandone la rígida oposición ideológica y se abracen posibilidades situadas más allá de la obsoleta y opresiva polaridad en que hasta hoy se ha mantenido la vida insular.

“Pero entiéndelo, brother, tómalo como quieras: la política no cabe en la azucarera”, cantaba ya en 1995 Carlos Varela. Y toda la compleja sencillez del dilema cubano quedaba encerrada en una sola frase.

El futuro del pueblo cubano, no el de los políticos que nunca han escuchado a consciencia a Carlos Varela y desde uno y otros bandos insisten en utilizar en provecho propio su miseria y su dolor, fuerza y resistencia, exige una osadía mayúscula: desasirse de los acostumbrados binarismos. Se impone acabar de dar el salto por encima de la sempiterna confrontación entre la izquierda y la derecha. Toca echar al basurero discursos de toda una vida, olvidar los slogans y reconsiderar pactos y promesas sellados a la ligera, por costumbre —todas las mañanas en que repetimos, “¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Ché!” ¿De veras? ¿Por qué serlo? ¿Por qué lo seríamos todos? ¿Por qué el Ché, o el comunismo?

Todo podría ser o no ser. Es la propuesta fundamental hacia una vida sin los asideros de siempre, esos que por ahora no nos han traído hasta ningún puerto seguro. Ni Embargo ni Contraembargo. Mejor apostar por los territorios todavía desconocidos que se alojan detrás de la disquisición obstinada, por los espacios que sólo puede engendrar la imaginación desenfrenada. Si nos quedamos solamente culpando al Embargo de todos los males de Cuba y esperando que su levantamiento opere milagros, perdemos la oportunidad de mejorarnos. Hay que vencer de una vez el temor a mirarse desnudos en el espejo. ¿Embargo no? ¿Embargo sí?  Lo que importa es escuchar y responderle humanamente al pueblo; que ahí está, que ahí sigue, sin embargo.