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Hablando del Partido (II)

Plaza de la Revolución. Foto: Kaloian

Antes apunté que el Partido Comunista de Cuba (PCC) se fundó desde el poder revolucionario, que enfrentó desde 1959 una espiral de violencia impuesta por sus descontentos; una guerra civil que radicalizó el proceso y polarizó a la sociedad toda.

Esas tensiones sobrevivieron a la descomunal insurgencia interna apoyada por EEUU, derrotada en 1965 cuando el Partido se constituyó, pocas semanas después de que 42 mil marines desembarcaran en Santo Domingo, menos de 500 kilómetros al este de Guantánamo.

Nacido en un contexto marcado por las acciones paramilitares desde el Norte, el bloqueo y el aislamiento internacional, el primer Congreso en 1975 representó, entre otras cosas, la celebración por haber prevalecido, a pesar de todo. Esa sobrevivencia tuvo altos costos, que solo una historia documentada y ecuánime podría restablecer.

Otra gran diferencia del PCC con los demás Partidos comunistas fue su integración. La amarga experiencia del sectarismo en aquella primera organización unitaria, las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) entre 1961-1962, dio paso a la construcción del Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) sobre nuevas bases. Aunque sus reglas establecían que la organización aprobaba o rechazaba el ingreso de sus aspirantes a miembros, la norma primordial que la diferenciaba de otros Partidos en el mundo era el mecanismo para el ingreso, basado en un debate público sobre cada aspirante y el aval de “la masa”, como se decía entonces.

El primer paso para ingresar, tanto al PURS como luego al PCC, era una asamblea donde el colectivo proponía y votaba a los trabajadores ejemplares. Vale apuntar que la ejemplaridad implicaba mucho más que apoyar a la Revolución. Además de defender su política, había que trabajar muy bien y sin limitarse al horario laboral; integrar la milicia, la reserva de las Fuerzas Armadas, o alguna modalidad de la defensa por centros de trabajo o barrio; participar en las movilizaciones, especialmente el trabajo agrícola, durante fines de semana o meses.

También exigía estar “superándose” constantemente; término surgido en una época inaugurada por la campaña de Alfabetización (1961), que implicaba asistir a cursos de enseñanza general, calificación laboral, idiomas, o cualquier otra actividad dirigida a adquirir conocimientos. Además, el ejemplar debía mantener relaciones fraternales con sus compañeros, incluidos quienes desempeñaban las tareas más humildes, lo que conllevaba no solo buen trato, sino solidaridad, cooperación y apoyo, tanto dentro como fuera del centro de trabajo.

Sin importar la jerarquía del propuesto, todos podían expresarle sus críticas en torno a los elementos apuntados anteriormente, así como acerca de su conducta moral y cívica, en la misma asamblea de ejemplares o dirigiéndose al Partido en privado. La asamblea de ejemplares también evaluaba cuán crítico sobre los problemas del centro de trabajo y del país era el propuesto; y cuán capaz de identificar sus propios defectos. Finalmente, la asamblea votaba si era digno o no de ser evaluado por el Partido para integrar sus filas, es decir, si era realmente ejemplar.

A partir de ese punto, el aspirante a militante debía someter a evaluación del Partido una detallada biografía, con los lugares donde había residido, las escuelas a las que había asistido, sus empleos e inicio de actividades sociales y políticas, con el fin de facilitar una indagación anónima sobre cada momento de su vida anterior y actual, con vecinos, compañeros de clase y de trabajo, personas que lo acompañaron en momentos cruciales de la Revolución. En la jerga de la época, esta biografía se conocía como el “cuéntametuvida”.  

Para hacerse una idea de aquel examen de conciencia y su significado íntimo —ajeno a una cultura totalitaria— léase Las iniciales de la tierra (1987), de Jesús Díaz, escrita en su primera versión a raíz de la zafra de 1970. La estructura de esta novela, originalmente titulada Biografía de un militante, corresponde exactamente con el «cuéntametuvida» que llenaban los aspirantes al Partido.

El autor, que había ingresado en agosto de 1969 a sus filas, y con quien compartí afanes intelectuales y literarios en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana entre 1970 y 1972, transmite en sus páginas, con alta fidelidad artística, el significado humano y los sentimientos asociados al ingreso en aquel Partido Comunista.

Según un clásico de la ciencia política como Maurice Duverger, existen Partidos de masas y Partidos de cuadros. Esta clasificación básica no los distingue por el número de sus miembros, sino por su estructura y funciones. Por ejemplo, los estadounidenses —demócratas y republicanos— surgidos como corrientes electorales dentro de la élite política, y basados en financiamiento, manejo de recursos y aparato movilizativo, se clasifican como “Partidos de cuadros”. Los Partidos socialistas europeos estarían entre los de masas, considerando su sostén, representación y base social de trabajadores.

Atendiendo a la concepción bolchevique como organización de revolucionarios profesionales, Duverger ponía a los comunistas en una variante particular de la categoría de cuadros. Sin embargo, una vez en el poder, el propio Lenin había propuesto incorporar gente de “abajo”, tanto a sus filas como a su Comité Central, donde sus voces se pudieran escuchar.

Aunque las organizaciones políticas cubanas que le hicieron la guerra a la dictadura no se identificaban como leninistas (salvo el Partido Socialista Popular), su estructura de combate insurreccional no sería la misma que demandaba mantener el nuevo orden instaurado por la Revolución, y dotarlo, no solo de cuadros, sino de una base social más amplia y representativa.

Desde sus orígenes, y con el paso del tiempo, el Partido Comunista de Cuba (PCC) suministró cuadros al nuevo Estado. Sin espacio para comentar aquí lo que significaba entonces un cuadro, solo anoto que para el Che Guevara, quien le dedicó mucho tiempo a por qué y cómo formarlos, no se trataba precisamente de un burócrata o un aparatchik. El Che caracterizaba al cuadro, en 1962, como “un creador, un dirigente de alta estatura, un técnico de buen nivel político, […] un individuo que ha alcanzado el suficiente desarrollo político como para poder interpretar las grandes directivas emanadas del poder central, hacerlas suyas y transmitirlas, capaz de percibir los “deseos y motivaciones más íntimas” del pueblo; “dispuesto siempre a afrontar cualquier debate, […] con capacidad de análisis propio, lo que le permite tomar las decisiones necesarias y practicar la iniciativa creadora de modo que no choque con la disciplina”.   

Como parte de la institucionalización del sistema político, que ya el Che avizoraba como imprescindible para el socialismo cubano, el Partido perfilaría entre 1975-1976 su estructura orgánica, en un modo muy parecido al actual. Esa estructura, que empieza donde terminan los núcleos y Comités del Partido, integrados por militantes de fila, y sube desde los municipios hasta el aparato auxiliar del Comité Central, está compuesta por cuadros profesionales, y formada por departamentos paralelos a las áreas del Estado y el gobierno: industria y construcción, turismo, transporte y servicios, agricultura y alimentación, educación, deportes y ciencia, relaciones internacionales, cultura; así como algunos específicos de la actividad partidaria como organización y política de cuadros, ideológico, propaganda, escuelas de cuadros, prensa del PCC, entre otros.

De manera que, cuando un cubano dice “el Partido”, puede estar hablando en particular de alguno de los tres cuerpos, diferentes entre sí y, en rigor, también del liderazgo histórico: la militancia de fila, en primer lugar, la estructura organizativa y el aparato auxiliar, en segundo; y en tercero, el Comité Central y el Buró político.

Como es obvio, derivar la composición, funcionamiento y problemas específicos de cada uno a partir de los Estatutos del PCC, o de una crítica al Artículo 5 de la Constitución, sería como querer descifrar los nudos del sistema político y sus instituciones mediante glosas escolares al texto constitucional.

En un estudio sobre la estructura demográfica de las instituciones de poder en Cuba, publicado hace unos años, me referí a la composición del Partido en sus diferentes niveles, desde el enfoque de la sociología política. En el breve espacio de este artículo me limitaré a comentar algunos problemas en su funcionamiento orgánico.

La máxima dirección del propio Partido ha juzgado críticamente el funcionamiento de la organización. Raúl Castro, que en breve dejará de dirigirla, ha sido quien ha llamado a naturalizar la discrepancia y la diversidad de ideas, no cuando se convoca especialmente, sino como norma; y a desterrar la vieja mentalidad, fundida en dogmas y criterios obsoletos.

Entre las principales deficiencias señaladas se encuentra la superficialidad y el formalismo del trabajo político-ideológico, el uso de métodos que subestiman el nivel cultural de los militantes, las agendas inflexibles bajadas “de arriba” sin tomar en cuenta la diversidad de la sociedad en que viven, la catarata de efemérides y conmemoraciones formales, con discursos retóricos sin contenido real, que solo provocan disgusto y apatía entre sus miembros. Esta estructura padece de poca creatividad y vínculos con la ciudadanía, métodos burocráticos de dirección, y pérdida de autoridad y ejemplaridad, provocadas por actitudes negativas e incluso corruptas.

Se precisa además que los órganos encargados de orientar la comunicación no logran concebir mensajes que reflejen la heterogeneidad de una sociedad donde conviven adultos mayores con jóvenes que conocieron el socialismo en su versión de Período Especial. Al contrario de lo que se repite, esos menores de 40 años no solo tienen un nivel escolar superior, sino que llevan consigo una cultura política heredada mucho más compleja y crítica que la de sus padres y abuelos. En lugar de dialogar con ellos, se les estigmatiza porque no responden a una pedagogía paternalista y tutelar.

Ese diálogo será todavía un buen deseo mientras el Partido y el resto de las instituciones que éste orienta no consigan un ambiente propicio al respeto y la confianza, a debatir, criticar y asegurar un estilo verdaderamente participativo y democrático en la toma de decisiones; a fin de ejercer su papel hacia las organizaciones de la sociedad civil, respetando su funcionamiento democrático y autónomo.

Una meta por alcanzar plenamente sigue siendo el uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones no solo para fomentar la ciencia y la economía, sino la actividad ideológica; así como fortalecer el control popular y el enfrentamiento a la impunidad, la violencia familiar y de género, en barrios y comunidades, no solo ni especialmente con la ley y el orden, sino con recursos políticos que vayan a su raíz.

Al PCC le toca desarrollar políticas contra todos los prejuicios —raciales, de género, antirreligiosos, de orientación sexual, etc.— que limitan los derechos de las personas en el desempeño de cargos públicos, políticos, o en organizaciones e instituciones armadas. Le corresponde, también, facilitar la participación activa de intelectuales y artistas en un clima de entendimiento y libertad.

Si el anterior ha sido el examen autocrítico del Partido, la proximidad del VIII Congreso propiciaría una reflexión más profunda sobre su papel en un nuevo socialismo. Para decirlo con las palabras de Raúl Castro, si vamos a tener un solo Partido, debe ser el más democrático, empezando por las propias filas, donde todos tengan el derecho a criticar y nadie esté exento de ser criticado.

Ahora bien, ¿qué significa ser el Partido de la nación cubana? ¿Defender el interés nacional es lo mismo que el de todos los nacidos aquí? Dado que no hay democraticidad ilimitada, ¿cuáles son los límites de la cubana? ¿Cómo determinarlos?

Valdría la pena detenerse aquí, para poder seguir.