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Turismo: mucho más que edificios-hoteles

Varadero, Cuba. Foto de archivo.

Cuando usted toma la carretera desde la rotonda, cerca de la Universidad, hasta Guardalavaca, en Holguín, se admira de ver unos quioscos llenos de diferentes variedades de frutas tropicales, en algunos conté más de diez (guayabas, piñas, mameyes, mangos en sus diferentes variedades, plátanos frutas al menos dos variedades, papayas, melones) además de otros vegetales —unos tomates de exposición o de televisión, que es casi lo mismo.

Luego se sorprende cuando no ve esa variedad de frutas en las mesas bufets de los hoteles del lugar, varios de ellos cuatro y cinco estrellas. Pero no hay ningún misterio, ocurre que los campesinos ¡no quieren venderles a los hoteles! Y ocurre que los hoteles ¡no pueden comprarles a los campesinos! Y lo que es todavía más sorprendente, al contrario de lo que ocurría hace unos años atrás, unos y otros tienen “permitido” hacerlo.

Pero lo que pasa es que a las precios fundamentados en la tasa de 24 cup por un dólar, que es a la que los hoteles pueden pagar, los campesinos no venden, mientras que a los precios que a ellos les “conviene” vender, fundamentados en la tasa informal o de mercado negro, que es alrededor de 100 cup por dólar, los hoteles verían sus fichas de costo irse a bolina. Es un simple problema de distorsión cambiaria que hace que nuestros hoteles, estos y prácticamente todos los otros, tengan el peor surtido de frutas tropicales de todo el Caribe.

Echar a andar nuevamente el turismo internacional después de la pandemia, con la desventaja de tener muy limitado el acceso al mercado norteamericano, con las secuelas del “ordenamiento” y con una escasa capacidad para pagar insumos es una odisea que de alguna forma se compara con aquella otra que iniciara el sector desde finales de los años ochenta. Se parece aún más a ;la odisea de los noventa, que llevó al turismo cubano desde prácticamente no aparecer en los mapas de los destinos del Caribe a posicionarse entre los cuatro primeros de la región y lograr estar entre los diez más importantes destinos de las Américas.

Se hizo prácticamente desde la nada, con apenas unos edificios que habían sido hoteles antes pero que estaban lejos de los estándares del turismo internacional, con una infraestructura muy alejada de las necesidades de esa industria, con muy poca “cultura” de los estándares de servicio que se exigían a nivel mundial, con una red extrahotelera —si así se le podía llamar— con muy poca variedad y calidad. Se hizo dentro un concepto que aislaba al turista de la población y viceversa, pretendiendo confinarlo a los límites invisibles de los predios hoteleros. Se hizo sin que los cubanos pudieran entrar a aquellos hoteles y todavía hoy no se sabe si era para cuidar a los cubanos de los turistas o viceversa. Se hizo con el tremendo prejuicio de ver primero los malos derrames del turismo —prostitución, proxenetismo, hábitos y costumbres de la “sociedad de consumo”— antes que aquellos otros: empleo efectivo, ingresos por exportaciones en frontera, derrames efectivos hacia empresas del país y sobre todo y por encima de todo, imagen Cuba, estos contribuían a que el país pudiera enrumbar la senda del crecimiento económico.

Fueron tantas las prohibiciones que atentaban con la competitividad del sector, que a veces cuesta creer que haya alcanzado un espacio tan importante en la región.

Pero sobre todo se hizo compitiendo con aquellos otros destinos que habían llegado al “negocio turístico” mucho antes y por lo general de la mano de compañías internacionales que los habían colocado en el mapa mundial del turismo. Experiencia que nuestro naciente sector turístico repitió, casi como única posibilidad de colocarse en ese mapa o como diría un economista, de ubicarse en la cadena global.

Y se hizo, y llegamos a tener 4,7 millones de turistas en un año (2018), con alrededor de 64 000 habitaciones en hoteles “estatales” y otras 20 000 habitaciones en el sector privado.

En la actualidad Cuba cuenta con 77 mil 809 habitaciones hoteleras, de las que el 44,5 por ciento tienen categoría de cinco estrellas, 29,6 de cuatro estrellas, 13,6 tres y 12 por ciento otra clasificación.
El 48 por ciento de las instalaciones de alojamiento pertenecen al Grupo Gaviota, el 22 por ciento a Cubanacán, 18 por ciento a Gran Caribe y 12 por ciento a Islazul.
De esas cifras, 50 mil habitaciones tienen administración de importantes compañías hoteleras extranjeras, principalmente Meliá, Iberostar, BlueDiamond, Roc, Barceló, Blau, Kempinski, Accor, NH, Axel, Be Live y Sirenis.

Tenemos más habitaciones que nunca antes, pero no tenemos turistas suficientes. En el primer trimestre del año la ONEI reportaba una tasa de ocupación de 13,9% para todo el país.

Más hoteles ¿más turistas?

Conseguir turistas en una región tan competitiva, no parece ser tarea fácil. A diferencia de Cuba otros destinos del Caribe han logrado una recuperación más acelerada. Las razones de cómo lo han logrado pueden discutirse, pero es un hecho con el que hay que contar.

Pero el turismo es mucho mas que edificios-hoteles. El turismo sigue necesitando de muchas otras cosas “no turísticas”.

Supongamos entonces que el ordenamiento funcionó para bien en el turismo, que Biden permitió mas de lo que ha permitido y que los impagos a proveedores no son tales y que los arribos se comportan de otra manera y en vez de estar alrededor de un 25% de los turistas recibidos en el año 2018 estamos al 50%. Entonces nos quedarían viejas deudas por saldar.

Pensemos, por ejemplo, en algo tan viejo y de tanto impacto como el Aeropuerto internacional de la Habana. La primera y la última impresión de un turista. ¿Acaso tienen el confort que debe? Tener buenos aeropuertos, con un confort de primera y un servicio de primera es casi un requisito sin el cual resulta difícil competir en nuestra región. Es sin dudas una desventaja con la cual nuestro turismo debe lidiar día tras día.

Y los autos de renta, esos que ahora mismo con solo un 13,9% de ocupación, cuesta tanto encontrar y arrendar. Esos autos tienen posiblemente la tarifa más cara de todos los países de la región del Caribe. No son para nada precios competitivos. Quién decide esas tarifas solo puede hacerlo a sabiendas de que tiene un mercado cautivo y por lo tanto puede imponer cualquier precio por un auto. Acaso no hacen falta varias otras empresas que den ese servicio y que compitan con el oligopolio. ¿Qué sería mejor para Cuba como país turístico?

A estos viejos, muy viejos problemas, se suman otros nuevos que afectan a los turistas y al turismo, pero que como los anteriores escapan de las manos de las autoridades del sector, de las empresas y de los trabajadores turísticos. Ellos incluyen desde la nueva dualidad cambiaria y la existencia de una moneda “plástica”, la MLC, hasta aquellos otros asociados a servicios sensibles para el turista, como el transporte interno, el urbano o el aéreo.

Y si bien una parte del tiempo del turista transcurre en el hotel, en especial de todos aquellos que se hospedan bajo la modalidad de “todo incluido”, ese otro tiempo que pasa fuera del hotel cada vez resulta más decisivo.

Que hay que hacer mucho hacia dentro del sector, sin dudas es verdad, que el sector necesita que su entorno inmediato mejore y así poder competir con sus iguales de la región no hay dudas.

Lo cierto, como afirma el Profesor Perelló, es que estamos transitando por una nueva época y debemos tener presente que existe un nuevo viajero que no ve televisión, reserva su propio vuelo, selecciona su hotel, organiza sus excursiones y que su teléfono móvil es una extensión de su propio cuerpo. 

¿Estamos preparados para ese nuevo viajero o seguimos pensando en el viajero tipo del siglo XX?