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La Yuli de Cuba: “Siento cierto placer en escandalizar”

Yuliet Pérez Calaña, “La Yuli de Cuba”. La Habana, 2017. Foto: cortesía de la entrevistada.

Yuliet Pérez Calaña (Niquero, Granma, 1986) es Yuliet PC, y ambas son La Yuli de Cuba. A Yuliet PC la siguen en las redes 7381 personas; a La Yuli de Cuba, 10.000; y a las tres la siguen los hombres por la calle, piropeadores más o menos procaces que se sienten “agredidos” por su sandunga y su exuberancia, contenida a penas en la mítica licra amarilla que no se sabe a cuál de ellas pertenece…

Las tres “Y” son una mezcla explosiva de capacidad comunicativa, simpatía y convicciones. Disfruto sus crónicas de la serie Una guagua es un país, que espera por un milagro en la editorial Áncora para convertirse en libro; hubiera podido publicarlo por otras casas editoras de las que ha recibido reclamos, pero ella se aferra a esa, de la Isla. Son piezas costumbristas sobre el día a día de la autora, cosas que suceden en el ómnibus abarrotado que la traslada de La Fe a Gerona para cumplir su trabajo en Isla Visión, donde se encarga de los temas deportivos.

Valga decir que muchas de las crónicas de Yuliet son virales. Se reproducen a gran velocidad, como las flores silvestres después de la lluvia. Su mirada tiene filo; y su palabra, fuego. A veces me sonrojo con sus cosas. Y no solo por lo que dice ni por cómo lo dice, sino porque es una mujer la que escribe sin ambages, empeñada en destruir atavismos, conceptos ranciamente patriarcales y cualquier manifestación velada de machismo; algo a lo que no estamos acostumbrados por estos lares. Para decirlo con sus propias palabras: ella escribe como y de lo que le sale del bohío.

Yuliet se licenció en Periodismo en 2009, en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Desde entonces, ha recibido múltiples premios por su labor profesional. Recientemente fue incluida en la antología Objetos textuales no identificados. Narrativas emergentes en los nuevos entornos digitales de Cuba, de Ariel Camejo.

De Niquero a la Isla de la Juventud. ¿Cómo fue ese traslado familiar? ¿Qué lo motivó? ¿De tiempo en tiempo regresas a Niquero? ¿Niquero es un lugar mítico para la familia? ¿Cómo te reconoces, como granmense o como “juventina”?

Llegué a la Isla con tres años porque mi mamá tuvo que venir a cuidar a un tío que estaba enfermo; y cuando se recuperó, ya ella y yo estábamos perdidamente enamoradas de Santa Fe, de su gente, de la Isla toda —que era en aquel entonces un lugar muy pródigo— y mi mamá, además, del Rolo, mi padrastro. Éramos vecinas de Mongo Rives, siempre había música y fiesta, así que decidimos quedarnos, echar raíces, y hasta morirnos aquí nos gustaría. 

Ya no me queda ninguna familia en Belic, así que nunca más he vuelto, pero sí recuerdo con mucha nostalgia la primera casa donde viví: rodeada de árboles frutales y extensos terrenos para correr.

El hospital de Niquero —donde nací— lleva el nombre de un hermano de mi abuelo, Gelacio Calaña, que luchó en la Sierra. Mi abuelo, Ángel Calaña, era una persona muy prestigiosa en Belic, como una especie de alcalde. Me cuentan que todos los hombres lo respetaban y las mujeres soñaban meterse en su cama. Mi abuela les bajaba la calentura a él y a ellas en un santiamén. 

El recuerdo más nítido que tengo de la última vez que visité Belic es de mi abuelo demente, en su lecho de muerte, contando las anécdotas de la Sierra más increíbles que he escuchado, mezcla de verdad y delirio, del protagonismo que tuvo y del que le hubiese gustado tener.

En realidad él bajó como primer teniente, liberó ese poblado y ahí se quedó. Supongo que es el karma de mi familia: quedarse en los pequeños lugares, y tal vez por eso, aunque adoro esta historia, yo me considero pinera y no granmense.

¿Cómo ves que a pesar de que le cambiaron el nombre a la Isla en 1978, el gentilicio sigue siendo “pineros/as”?

El nombre actual lleva implícita la hermosa historia de jóvenes de todo el país que llegaron en los años 60 a la Isla, tras el paso del huracán Alma, “a recuperar lo perdido y a avanzar mucho más”. Gran parte de la Isla que tenemos se la debemos a ellos —muchos continúan hoy aquí haciendo por la Isla—, sin embargo, el gentilicio siguió haciendo alusión al nombre anterior y a ese árbol que tanto nos distingue; y a mí, la verdad, me encanta. No imagino definiéndome con otro (gentilicio) que no sea ese que, a su vez, se divide en dos grupos: “pinero/a pinero/a” se les llama a los nacidos aquí y “pineros de corazón”, a quienes no nacieron, pero viven aquí o sí nacieron, pero están lejos y siguen amando a la Isla. 

¿Cuándo visitas La Habana por primera vez? ¿Qué impresión te causó la ciudad?

Tendría seis o siete años. Me causó la misma impresión que cuando visité por primera vez el Presidio Modelo: algo te aplasta, te avasalla y te sobrecoge. Imagínate el asombro ante La Habana de esta guajira que venía de un lugar donde no hay semáforos y el edificio más alto era de nueve plantas. 

¿Cómo fue tu paso por la Facultad de Comunicación de la UH? ¿Qué es lo primero que te viene a la mente cuando piensas en esos años? ¿Es La Habana un lugar a donde te gusta regresar? ¿Tienes un sitio preferido en La Habana?

Los mejores años de mi vida. Un lustro para zapatear La Habana, seducirla y que me sedujera, para romper reglas, probar cosas prohibidas, experimentar en el amor y los negocios, perder la inocencia provinciana con la que llegué, y aprender mucho de todo…más fuera del aula que dentro de ella.

De la Facultad de Comunicación me quedaron amistades para toda la vida, algunos amores tormentosos también, profesores que admiro, el gran abismo entre lo que te enseñan de periodismo en la Facultad y lo que te encuentras en las redacciones. Allí comencé a escribir crónicas muy parecidas a las que escribo hoy en mis redes, llenas de ironía y “choteo”, en un periódico que tenía mi grupo que se llamaba El Parvulario. Es algo que recuerdo con mucho cariño.

A La Habana siempre regreso. Es donde me oxigeno de la claustrofobia que a veces produce la Isla, un lugar que después que sale el último barco o avión es una cárcel de agua y de aire.

Mi sitio preferido de La Habana es donde pueda estar con mis amigos, con la gente que amo y me ama, porque yo soy más de la compañía que del lugar, por tanto unas veces es una azotea, otras el Malecón y otras un bar lujoso. 

En tu caso, ¿vale hablar de vocación? ¿Has devenido comunicadora por azar o has desarrollado con el tiempo un oficio para el que ya venías “diseñada”?

Mi primera formación vocacional hacia la escritura fueron los talleres de repentismo de Mongo Rives, a los que asistía de niña. Allí aprendí de sinónimos y antónimos, de rimas asonantes y consonantes, y descubrí la riqueza y belleza del lenguaje y todo lo que se podía lograr a través de él.

En esos talleres yo escribía mucho, pero casi todo Mongo se lo daba a cantar a otros niños, así que me encabroné y me fui. Él me fue a buscar a la casa para que regresara, y le dijo a mi mamá que yo cantante no iba a ser, pero periodista o escritora sí.

Desde entonces mi mamá no paró de llevarme a cuanto círculo de interés, taller literario o cosa semejante apareciera, y de comprarme libros, muchos libros.

En 12 grado, en la boleta para optar por carreras universitarias, puse una sola opción, corriendo el riesgo de quedarme en el aire. Para mí fue Periodismo o nada, y aquí estoy, 12 años después, siendo lo que avizoró Mongo. 

¿Cómo te conviertes en periodista deportiva? ¿Habías practicado algún deporte antes de ejercer el periodismo? ¿Tenías predilección por algún deporte en particular? ¿Estableces un distingo entre fanáticos y aficionados?

Cuando llegué al servicio social en Isla Visión, en el Departamento Informativo no había nadie que hiciera deportes de manera permanente, como sí ocurría con otros sectores; se lo rotaban, así que decidí asumirlo, algo que agradecieron los demás —la mayoría mujeres, que no les gustaba hacerlo—.

En aquel entonces, mi novio atendía la página deportiva del periódico de acá de la Isla y me apoyó y enseñó muchísimo. Esa fue una fuerte motivación para establecerme en el tema.

Con Mijaín López, cuatro veces campeón olímpico de lucha grecorromana, en la Gala Nacional de la Lucha, Isla de la Juventud, 2019. Foto: cortesía de la entrevistada.

Jamás he practicado sistemáticamente un deporte. Siempre he tenido sobrepeso. Lo más que hago son caminatas a campo para combatir la ansiedad, que me hace su presa con bastante frecuencia. En mi vida de estudiante llegué a odiar la Educación Física porque era la asignatura que me bajaba el promedio. Eso sí, desde niña disfrutaba el deporte como espectadora. En pocas cosas encuentro más placer que en ver un buen partido de béisbol o donde intervenga uno de mis equipos preferidos que son, por lo general, perdedores. No pocas veces me sube la presión por eso, y puedo pasar muchas horas debatiendo sobre un resultado. Podría decirse que soy fanática del béisbol. El fútbol me gusta, pero puedo disfrutarlo de manera más sosegada, distante e imparcial. Podría decirse que del fútbol soy aficionada.

Cobertura al “hit” 2000 de Michel Enríquez como refuerzo del equipo de Pinar del Río, 2017. Foto: cortesía de la entrevistada.

¿Cómo nace La Yuli de Cuba? ¿Cómo ha ido evolucionando? ¿Tiene un tipo definido de seguidor/a? ¿Cuáles son los temas que más gustan? ¿Recibes opiniones adversas? ¿Tu forma desembozada de referirte a la sexualidad en general y a la sexualidad femenina en particular, te ha ocasionado problemas con familiares, vecinos, compañeros de trabajo?

La Yuli de Cuba nace de la sugerencia de muchos amigos de que me abriera una página para aumentar el número de seguidores, el alcance de los contenidos y aprovechar las estadísticas que te ofrece este formato para orientarlos y posicionarlos mejor. Lilian Cid, de DeporCuba, fue quien me la abrió.

Nació como un espacio para dialogar sobre el día a día del cubano desde el humor, teniendo como plato fuerte mis crónicas costumbristas y los memes, pero poco a poco se fue convirtiendo, además, en un espacio para hablar sin sonrojos ni tapujos de sexualidad, sobre todo la femenina. Actualmente, estos son los contenidos que más pegan; y, por supuesto, me siguen en mayor número las mujeres.

Yuliet vista por Duchy Man Valderá. Foto: tomada de Facebook.

Es una página muy heterogénea en casi todos los sentidos: edad, raza, género, credos, posturas políticas, profesiones u oficios, orientaciones y preferencias sexuales; exceptuando la nacionalidad, pues la inmensa mayoría somos cubanos, radicados en el país o en los lugares más insospechados de este mundo.

Es imposible tener visibilidad en las redes sin que aparezcan los haters 1, pero debo decir que me los tropiezo poco.

En La Yuli de Cuba podemos debatir y reírnos de cualquier tema, sin marginar ninguna posición. Ahora, si noto que alguien en particular lo que intenta es molestar, pues procedo al “bloqueo”, que es una opción muy saludable en estas ocasiones. Ni vivo de la página ni aspiro a tener un número específico de seguidores, por tanto no le aguanto “paquetes” a nadie, ni estoy dispuesta a hacer concesiones en mis contenidos para ganar likes. Para mí lo más importante es aprovechar esa retroalimentación instantánea que tengo con mis lectores y mantener la armonía del espacio, que mucho trabajo me ha costado crear en medio de tantas fracturas entre cubanos, y que ya ha cuajado fuera de lo virtual en proyectos hermosos como “Vengo a ofrecer mi corazón”, que se dedicó a gestionar medicamentos y dinero para enfermos de COVID-19 en los días más duros de la pandemia en Cuba.

Me ha traído problemas el abordaje sistemático de tópicos sexuales, porque aún en Cuba es un tema tabú y hay mucha mojigatería y moralina, y, sobre todo, porque soy periodista, lo que algunas personas asocian con encartonamiento, grisura y lo “políticamente correcto”, como si hablar de sexo no lo fuera. Pero nada que no haya podido manejar.

Cuando una mujer me dice que gracias a mí y a mi comunidad hoy disfruta su sexualidad más plenamente, eso borra toda mala experiencia.

¿Te consideras feminista? ¿De qué tipo?

Me encanta que la pregunta parte de reconocer que no es el feminismo y sí los feminismos. En una entrevista que me hizo Milena Recio, describía el mío como “un feminismo ácrata, que no milita, pero pone contra las cuerdas algunos de los tópicos más rancios del patriarcado”. Me gustó eso, así que lo asumo y te lo doy por respuesta.

Mi lucha mayor es por ser todo el tiempo la mujer que quiero ser, la que me place y me complace, porque lo personal es político. Pero también sé que ese individualismo debe cuajar en agendas comunes con otras mujeres, y por tanto mi felicidad está atravesada por la necesidad de accionar en función de que otras también alcancen la suya con plenitud de derechos.

Trascender el intimismo es necesario, entre otros motivos, porque hay muchos tratando de convencernos de que el feminismo es un sentimiento y no algo más poderoso.

¿Cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en las crónicas que recoges bajo el título Una guagua es un país?

Todas mis crónicas parten de historias reales que me ocurrieron a mí o a otras personas que no se atreven o no tienen la habilidad para contarlas, y entonces me las regalan; y yo las asumo en primera persona. A veces caricaturizo personajes y situaciones buscando provocar la risa, cambio nombres y lugares, pero siempre parto de una base real.

En la ruta 31 (La Fe-Gerona), “agarrada al tubo”. Selfie, 16 de septiembre de 2019. Foto: tomada de Facebook.

Estas de transporte público son, de hecho, las más verídicas, porque para escribirlas me subía a las guaguas con la grabadora del celular encendida y registraba la banda sonora del trayecto. En la madrugada —que es cuando suelo escribir— escuchaba todo y transcribía. A veces de un mismo viaje sacaba tres y cuatro crónicas. Es increíble la Cuba que late en una guagua: la gente que te lleva el bolso, los repelladores, los buenos y malos olores, los baches, el “avanza pá trá” del chofer. Hace mucho que no escribo del tema, porque con el teletrabajo ya no monto guaguas, y la verdad no las extraño. 

Una guagua es un país. Foto: Rafa Valiente.

¿Cómo te ven tus lectores y conocidos cercanos? ¿Cómo quisieras que te vieran? ¿Cómo te ves tú?

Si por algo no me preocupo yo es por cómo me ven los demás, porque entonces no tendría vida. Mis lectores, como te dije, son muy diversos, así que deben tener muchas versiones de mí. Claro, a favor tengo que cuando escribo de temas personales suelo desnudarme, de ahí que, a lo mejor, algunos tienen visiones bien cercanas a la realidad.

Mi centro de gravedad son mi familia y mis amigos, y creo que me conocen al dedillo. Y lo que es más importante: me respetan y me quieren como soy.

Quisiera que quienes me adoran y me creen capaz de lograr cualquier cosa le bajaran un 50 % a esa admiración, y que quienes me odian y me creen capaz de hacer cualquier cosa, pero en sentido contrario, hagan lo mismo, así les quedaría lo que en realidad soy: humana.

Yuliet Pérez Calaña, “La Yuli de Cuba”. Foto tomada de Facebook.

Los que te leemos, admiramos de ti, además de tu gracia y de tu gran capacidad de comunicadora, el optimismo imbatible y cierta “impudicia” que te permite tratar con desenfado muchos temas considerados “tabú” por la sociedad cubana. ¿Es una tarea intelectualmente asumida o un modo de exorcizar a los demonios atávicos que cercan aún a la mujer cubana en general y a Yuliet en particular?

No me propongo escribir textos optimistas, algo que sí hago con el humor que ante la plana en blanco digo: esto es para que se orinen de la risa”; lo que sucede es que soy una persona optimista —aunque con los pies en la tierra— y supongo que eso se refleja en lo que escribo.

Te digo más. Yo tuve que volverme una persona optimista porque padezco con frecuencia de crisis de ansiedad, que si no me pongo dura me incapacitan para llevar una vida normal, y he tenido que reinventarme de muchos modos. Esto de tomármelo todo suavecito y con humor ha sido uno de esos modos.

En cuanto a lo otro, vivo en un pueblo pequeño, rural, donde hay mucho machismo y conservadurismo, pero me encanta vivir ahí porque tiene otras cosas maravillosas. Así que a derribar estereotipos se ha dicho, que la vida es muy corta para andar con el bohío triste. También, te confieso, siento cierto placer en escandalizar. 

¿En qué se diferencian Yuliet y La Yuli?

La Yuli de Cuba es más performática, más construida, más personaje; invicta en todas las batallas. Y Yuliet gana y pierde, es más auténtica; bueno, es la original.

Autorretrato.

¿Te consideras feliz? ¿Tines una definición de la felicidad?

No soy infeliz, ni hiper-feliz, que es igual de dañino. Creo que la felicidad muta de persona a persona y no es un estado permanente, ni absoluto. Digamos entonces que abrazo los momentos de felicidad que me reporta estar la mayoría del tiempo en el lugar que quiero, con quienes quiero y haciendo cosas que quiero y que compensan, en alguna medida, a otros aspectos con los que no me siento a gusto o que me frustran, como la precarización de la vida en el país, por ejemplo. Ante esos lastres a la felicidad no me resigno, trato de incidir en ellos de algún modo porque encuentro también mucha dicha en transformar.

***

Vitamina C

Por: La Yuli de Cuba

En la mañana, cuando me fui a tomar la vitamina C, se me cayó y no la encontré por ningún lugar. Algo súper raro, porque no estoy hablando de una pastillita, sino de un pastillón que te atraganta y, además, de color naranja.

Así que me tomé otra y me fui para casa de un guajiro a resolver limones, ahora que, además de un perro catarro, tengo miel. Juntar estas dos cosas en Cuba es un acontecimiento. El catarro sí es común.

Cogí un camión de esos que de tantos brincos que das te bajas hecha postas. Iba sentada y frente a mí venía de pie un hombre, de pequeña estatura, que parecía muy avergonzado porque durante todo el trayecto no levantó la cara. Lo vi hasta con intenciones de quedarse a vivir dentro de mi ajustador.

Cuando se venía el bache más grande del poblado que, por cierto, no era lo único que se venía, pues ya el tipo estaba a punto de caramelo, me sujeté muy fuerte de la baranda, pero, ¡qué va!, aquello hizo CUCHUPLÚN, mis tetas se pegaron al techo y de dentro de ellas saltó con tremenda potencia la vitamina C directo pa’ la boca del mirón, que estuvo atragantado como tres minutos. Mientras, aproveché para componerme y guardarme el gaznatón que ya iba a gastar en él. Hasta los gaznatones hay que ahorrar aquí, porque estudios recientes demuestran que nos toca lidiar con más de un idiota al día.

Lo mejor del día fueron las caras de las personas mirándome, así, entusiasmadas, como lo hacían con Ubre Blanca, pero esperando que de mis pechos, en lugar de leche, brotaran antibióticos, antihipertensivos, antialérgicos y por ahí pa’llá, y también que ahora ya sé el paradero de todo lo que se me cae de las manos y desaparece.

 

Nota:

1 En español, “odiadores”. Según Google, hater es una etiqueta utilizada para referirse a las personas que usan comentarios y comportamientos negativos y críticos para abatir a otra persona, haciéndola sentir mal. Estos comentarios hirientes y negativos pueden hacerse en persona, en Internet, por medio de mensajes de texto y aplicaciones.