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El “conflictivo” es imprescindible

El enemigo existe, pero definirlo es un proceso más complejo de lo que se supone. También existen varias formas de lidiar con él. Muchas de ellas son incompatibles entre sí, tienen consecuencias diferentes y comprometen de distinto modo la ética que lo enfrenta.

Lo primero es lo primero: ¿qué es el enemigo? Una forma fatal de definirlo es la que reduce toda la lógica de lo político al antagonismo entre “amigos y enemigos.”

 “Amigo-enemigo”: el enemigo es la propia democracia

A partir de los 1920, la aparición de la democracia de masas propició una discusión sobre el fenómeno de una política crecientemente “impura”. El escenario era el de sectores que buscaban espacio y poder frente a sus antiguos “superiores” y “directores” sociales.

La Rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset; la teoría política de las elites —Mosca, Pareto, Michels— y las tesis de Carl Schmitt fueron respuestas conservadoras al desafío de la democracia de masas y de las demandas y posibilidades que abría “desde abajo”.

En conjunto, propusieron esquemas metodológicos para la compresión sociológica de la política que se usan hasta hoy, al tiempo que, en su contexto, eran ideas críticas contra el liberalismo, la democracia, el parlamentarismo y los partidos.

Por ese camino, Carl Schmitt defendió la supremacía de la política por encima de cualquier otra dimensión de la vida social. El fundamento de la política se encontraba en el poder de tomar decisiones, y de definir al enemigo hasta tener la capacidad de aniquilarlo.

Su lógica, conocida como de “amigo-enemigo”, entendía la política como guerra. La guerra era el prisma para entender las nociones de pueblo soberano, la resolución de conflictos, la voluntad y la contención del poder, el espacio del adversario, la ética de la ciudadanía, la estructura de la vida social y las dimensiones constitucionales e institucionales.

Esa visión es antipluralista: no reconoce espacio a desigualdades de clase ni a otras formas de diferenciación social y apoya la doctrina de “todo dentro del estado, nada fuera del estado”, según la frase de Benito Mussolini. La política no encuentra término medio entre la guerra y la paz y solo tiene frente a sí enemigos externos e internos.1

Esa idea no es una tesis solitaria ni arcaica.

El jurista cubano Harold Bertot ha explicado cómo “juristas y destacados académicos y catedráticos universitarios alemanes de las ciencias penales y criminológicas”, comprometidos con el régimen nazi, prestaron apoyo a ideas similares a las de Schmitt.

Variantes de la lógica amigo-enemigo han sido utilizadas por la Iglesia Católica, el estalinismo y por versiones extremistas del Islam. En los 1990, la idea de “Derecho Penal del Enemigo” defendió el recorte de las garantías procesales del acusado y la posibilidad de sancionar conductas sin conexión directa con la lesión de un bien jurídico.

Seguir la línea del amigo-enemigo compromete toda ética de la justicia por más real y peligroso que sea el enemigo que enfrenta. Los enemigos, sin embargo, existen. Y también existen maneras democráticas de identificarlos y tratarlos.

La posición del profesor español Gregorio Peces-Barba es interesante en este sentido. En desacuerdo con la visión que presenta a la tradición islámica como una “cultura del enemigo sustancial”, fundamentó la defensa de los derechos humanos a partir del Corán y encontró en ella visiones pluralistas y “muchas líneas esperanzadoras de cultura democrática y liberal”.

Para el marxista italiano Antonio Gramsci, contemporáneo de Schmitt, la política, la cultura, la acción social, la economía, la ética, el Derecho, no son esferas aisladas entre sí. La política las atraviesa, pero no las somete a su sola dimensión. La elaboración de hegemonía y la crítica de la “estadolatría” fueron fundamentos de su concepción.

Las ideas de Peces-Barba y de Gramci tienen diferencias entre sí, pero ambas rechazan la lógica de Schmitt.

La intransigencia de José Martí

José Martí es un caso arquetípico de respuestas democráticas sobre la cuestión del enemigo. El Apóstol tuvo enemigos: el colonialismo, el imperialismo, la esclavitud, las castas, el despotismo, el racismo; la expansión, expropiación e injusticia propias del capitalismo; la falta de derechos y de libertades, la desigualdad, la discriminación y un largo etcétera.

Martí los consideró enemigos por razones claras: consideraba que se oponían a la libre determinación de las personas y de las naciones, porque eran contrarios a la cultura de la dignidad, a la moralidad de la libertad, a la ética de la justicia, al valor de la democracia, a la virtud republicana.

Al mismo tiempo, la obra martiana contiene abundante uso de expresiones acerca del “equilibro republicano”, de la “conciliación”, la “moderación” y la “cordialidad” patrióticas, del “compromiso” entre actores sociales —en su crítica al poder de las facciones—, entre otros fundamentos que identifican el enemigo, pero no aceptan la idea de “amigo vs enemigo”.

Martí se mostró intransigente respecto a los compromisos entre la colonia y la república, tanto como respecto al imperialismo estadunidense. Con similar intransigencia, defendió, según Paul Estrade, el “equilibrio” basado en el respeto y el mutuo reconocimiento de los grupos sociales. Lo hizo a la vez que postuló el carácter expresamente popular de su República.

No es una contradicción: era su deber democrático con el pluralismo y con la equidad, a la vez que con su renuncia al culto del dinero. Por ello, no prometió recompensas para amigos ni venganzas contra enemigos, reclamó la defensa del respeto al pensamiento de sus adversarios y concibió la propia guerra como “de métodos republicanos”.

La democracia es siempre conflictiva

La comprensión democrática sobre el enemigo no es una visión “ingenua” de vocación suicida, incapaz de reconocer el peligro frente a sí. Lo supieron Gramsci y Martí, que murieron literalmente a manos de sus enemigos. El enemigo existe, pero su sola presencia no otorga carácter democrático a quienes lo enfrentan.

Es necesario exigir a la democracia defenderse ante sus enemigos, y también que los enfrente democráticamente.

Cuba, como nación, tiene enemigos. Son similares a los que tenía Martí. Algunos son muy poderosos, como la política imperial estadunidense y la trayectoria de dependencia del subdesarrollo. Identificarlos y enfrentarlos es crucial, así como identificar sus agendas, repertorios políticos y la forma en que condicionan el desenvolvimiento nacional.

Sin embargo, tratar como enemigos a actores críticos con agendas sociales nacionales —por demás diversas, y a veces paralelas o contrarias entre sí— no tiene nada que ver con la defensa de la soberanía nacional ni con el socialismo ni con la expansión de la democracia.

Reconocer la legitimidad del conflicto es punto de partida del pensamiento y la práctica democráticos. Las ampliaciones democráticas no existen al margen de la acción colectiva sobre los conflictos sociales.

La democracia —como ha argumentado George Eley— “no se da ni se concede. Requiere conflicto, a saber: desafíos valerosos a la autoridad, riesgos y temerarios actos ejemplares, testimonio ético, enfrentamientos violentos y crisis generales en las cuales se desmorone el orden sociopolítico dado. […la democracia] avanzó porque masas de personas se organizaron colectivamente para exigirla”.

El conflicto no es el enemigo. La crítica no es el enemigo. El desacuerdo no es el enemigo. El que el lenguaje político cubano llama “el conflictivo” no es el enemigo.  

Llamar “enemigo” al mosquito aedes aegypti puede contener algo de verdad, pero es una inercia retórica. Calificar de enemigos a sectores sociales cubanos —sean zonas de pensamiento o acción política crítica o simplemente grupos de “coleros”—, contiene algo muy peligroso.

Definir al enemigo no es distribuir una etiqueta a granel entre todo lo que se considere “incómodo”. Atribuir ese término es un ejercicio político que involucra el carácter y la calidad de la ética política de lo que se defiende y el tamaño del consenso y la inclusión que se promueve.

La defensa del pluralismo, la condena de la desigualdad y la discriminación, la promoción de la ciudadanía como ideal igualitario, el compromiso con la dignidad humana y el derecho justo es un compromiso con la democracia, que incluye el respeto por el “conflictivo”, una definición justa del enemigo y una manera justa de enfrentarlo.

La ética martiana de la convivencia entre libres e iguales es el horizonte.

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Nota:

1 Giorgio Agamben, parte de un sector de izquierda académica, ha recuperado a Schmitt para explicar problemas de la democracia contemporánea. Un artículo como este puede prescindir de discutir su enfoque.