Un refugio de lo mejor de la nación cubana

Ilustración de Iván Alejandro Batista

Yo comienzo a ir a la universidad alrededor de 1953.1 No tenía nexos con nadie, con ninguna organización, no tenía antecedentes. Era muy joven y estudiaba en un colegio de curas. Simpatizaba con la Ortodoxia2, pero venía del mundo de mi colegio en Guanabacoa.

Mi familia simpatizaba con Batista. A mis amigos del colegio no les interesaba la política. Estaba loco por hacer contacto. En una manifestación conocí a Fructuoso [Rodríguez]. Fue mi primer conocido entre los revolucionarios.

La Universidad y la guerra de grupos

Durante el período posterior a la revolución contra Machado la Universidad [de La Habana] sufrió mucho, pues se convirtió en un objetivo para todos los grupos políticos del país. Eso la degradó hasta niveles realmente importantes. Buena parte de la gente que hacía vida política estudiantil buscaba una especie de palanca, un trampolín para tener un acta de representante, tras aprovecharse del prestigio que otorgaba la tradición universitaria.

Pienso que la revolución de 1930-33, con perdón de [Raúl] Roa, se “fue a bolina”, pero sin ella no hubiésemos existido. Las conquistas sociales de la Revolución del 33 no se han valorado en justicia. Sabemos que se frustró, pero su semilla quedó. Entre los muros de la universidad se formó la mayor parte de los dirigentes revolucionarios de este país: [Julio Antonio] Mella, [Antonio] Guiteras, Fidel [Castro Ruz].

Con el golpe de estado [1952], Batista creó una situación cualitativamente distinta. Él no se dio cuenta, pero fue un parteaguas, para bien y para mal. Muchos de estos dirigentes siguieron durante los primeros años jugando a la oposición a Batista, haciendo demagogia con las manifestaciones estudiantiles y con las posiciones insurreccionales.

La situación iría produciendo definiciones. Mucha gente de la llamada “guerra de grupos” [el bonchismo o gangsterismo]3 —no me atrevo a asegurar que la mayoría, pero una buena parte— se fue con Batista. Lo hizo gente muy destacada, entre ellos algunos de los tipos más inteligentes de entonces, como Rolando Masferrer.

En el período de 1953 a 1956 la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) ganó la pelea contra esos viejos hábitos. Fue una contienda muy difícil, cenagosa. En un contexto así, con la mejor de las intenciones puedes caer en un pantano y terminar como muchos hicieron en los 1940, en una guerra de grupos en medio de la lucha contra Batista.

Ese era un peligro que teníamos sobre nosotros y se sorteó con una inteligencia increíble. Se sacó de la Universidad a los representantes de la corrupción, de la guerra de grupos, de la politiquería. Otros se sacaron a sí mismos, pues quedaron aislados. Y se ganó sin un tiro dentro de la universidad. Insisto: no fue una pelea fácil ni pacífica. Fue terrible.

Tres bustos situados dentro del recinto de la Universidad de La Habana. De izquierda a derecha: Ramiro Valdés Daussá (obra de Tony López), José Antonio Echeverría (s/info) y Manolo Castro y del Campo (s/a). Valdés Daussá y Manolo Castro murieron a manos del “bonche”. El primero fue miembro del DEU de 1930, vio morir a dos hermanos suyos asesinados por la tiranía machadista, estuvo encarcelado en El Príncipe y Presidio Modelo y fue uno de los fundadores de Izquierda Revolucionaria y del Partido Agrario Nacional. Castro y del Campo es una figura poco conocida y con muchas leyendas acerca de su muerte. Jorge Domingo ha escrito un esbozo biográfico de calidad sobre su figura. En ese texto, Domingo cita a Alberto Baeza Flores, que situaba a Manolo Castro “como uno de los dos o tres líderes del futuro de Cuba”. En época de Echeverría, la FEU logró erradicar el “bonchismo” dentro de la Universidad. Fotos: Julio César Guanche

El lugar de la insurrección

Algo que los historiadores actuales subestiman mucho es el contenido de la discusión ideológica central de aquella etapa. Lo que definió todos los debates casi hasta la caída de Batista fueron los métodos de lucha, más que el programa futuro.

Hasta 1956 la dirección de la oposición contra Batista no estaba en manos de los insurreccionales, ni de los revolucionarios, ni siquiera de Fidel Castro. Ese es un elemento clave del escenario. La posición insurreccional era propia de un grupo minoritario. Estábamos aislados incluso dentro de los oposicionistas.

En el asalto al Moncada [1953] no había políticos viejos. Toda la vieja política condenó esa acción. Todos los partidos la condenaron —todos, sin excepción— igual que condenaron después el ataque a Palacio [Presidencial, en 1957].4 Nos trataron de locos, gánsteres, asesinos, anarquistas, trotskistas.

En el Parque conocido como “de Palatino” se encuentra esta tarja, colocada en diciembre de 1959, dedicada a la memoria de Antonio López Camero. El texto de la tarja consigna, según los autores del homenaje al “Cholo”, cuáles eran las organizaciones revolucionarias en lucha contra Batista: el Directorio Revolucionario, la Organización Auténtica y el MR 26-7. Foto: Julio César Guanche

El pacto que supuso la Carta de México [1956] fue una gran crisis dentro de la FEU, de las mayores que experimentamos.5 Cuando se supo del comunicado, y que se había firmado por parte de la FEU, fue terrible, pues no teníamos la mayoría en la organización.

Dentro de la Universidad, de los cerca de 13 mil estudiantes matriculados en la época, ni una tercera parte —digamos— estaba por la lucha armada, ni por la insurrección, ni por la revolución.

No es que fueran batistianos. Batista, realmente, nunca tuvo auge entre los universitarios, ni tampoco en el pueblo cubano. Yo diría que la mayor parte del estudiantado universitario era “apolítico”. No le interesaba la política.

El Proceso a Marcos Rodríguez (“Marquitos”) —1964—, delator de Humboldt 7, hizo públicas varias de las diferencias existentes entre las fuerzas revolucionarias desde los 1950. Jiménez tuvo una presencia relevante en el juicio. El documental Los amagos de Saturno, de Rosario Alfonso Parodi, dedicado a este tema, tiene a Jiménez como una de sus fuentes principales.

La cultura política

La situación era de frustración total en el pueblo de Cuba. Se había creado un cinismo muy agudizado. El escepticismo y la frustración eran comunes a todo el mundo.

La política se veía como cosa sucia. La gente practicaba la política del avestruz: “no me interesa la política, eso mancha y además no conduce a nada”, “todos los políticos son iguales, todos quieren lo mismo, todos quieren llegar para robar, mientras están en la oposición son revolucionarios, cuando llegan…”.

Esas ideas estaban difundidas entre los seis millones de cubanos de entonces, desde el campesino analfabeto que vivía marginado en una zona recóndita hasta el negro jodido que estaba en La Habana, pasando por todas las clases sociales, porque la burguesía también “le vendió” a la política. Después de la caída de Machado la burguesía, como clase, no se metió en la política. Se la dejó a los aventureros políticos.

Jiménez concibió una obra historiográfica muy singular, a la vez que extraordinaria, que tuvo en su centro de análisis la burguesía cubana. A raíz de la muerte de Jiménez (8 de mayo de 2020) aparecieron varias reseñas sobre la calidad y perfil de su trabajo intelectual, entre ellas de la Academia de la Historia de Cuba, de la filósofa María del Pilar Díaz Castañón y del historiador Rafael Rojas.

Ese conjunto explica cómo la presencia de José Antonio [Echeverría] consiguió algo crucial: revivir la esperanza entre una amplia serie de sectores de la población cubana a través de algo que siempre tiene un efecto histórico tremendo: el ejemplo.

Quiero enfatizar algo que se olvida. La policía nos entraba a golpes y la gente decía: “mira a estos imbéciles, qué tontos son”. Nosotros íbamos desarmados a fajarnos. Sin embargo, la situación fue escalando. Aunque fueran apolíticos, a mucha gente les molestaba, y repudiaba el abuso por valores humanos y universales.

Al cubano no le gusta el abuso. Y no veían a un delincuente, a un bolitero, a un proxeneta, sino a un estudiante siendo golpeado.

Ficha policial de Guillermo Jiménez Soler. Tomada de la página de Facebook de Rosario Alfonso Parodi.

Varios podían pensar si esos estudiantes estaban equivocados, o no, si eran más o menos idealistas al punto de fajarse con sus manos con aquella violenta policía que entraba a golpes, tiraba tiros, hería gente, pero fue una visión que hizo recapacitar a mucha gente.

El papel esencial de la FEU, a partir de José Antonio, es llenar el vacío que se va produciendo en el país, en que la oposición contra Batista estaba en manos todavía de los viejos políticos corrompidos, más otros sectores que si bien podían no estarlo, creían en la posibilidad de diálogo con Batista.

La Universidad logró sacar la lucha estudiantil revolucionaria a la calle. Es esa escalada tremenda la que va formando un estado de opinión y conciencia en todas partes del país.

En la imagen, dos obras contemporáneas que dialogan con la historia del DR. A la izquierda, el artista plástico Gólgota Gómez toma como referente expreso el crimen de Humboldt 7. A la derecha, Yamel Santana usa el simbolismo de Palacio en una de sus series fotográficas (título de la foto: Come´n git it).

Las relaciones entre las organizaciones revolucionarias

El movimiento estudiantil revolucionario emergió dentro de un campo de lucha combinada. Existía una comunicación estrecha entre la FEU de José Antonio y los compañeros de todas partes, incluyendo a Frank País. Muchas veces con coordinación, otras sin ella, pero cuando sucedía alguna acción revolucionaria por parte nuestra o por parte de Santiago [de Cuba] enseguida se respaldaba.

El periodo que comienza el 27 de noviembre de 1955 y termina en enero de 1956 con la huelga azucarera, es el de más alto nivel en la lucha estudiantil. Personalmente, es la primera y única vez que vi en mi vida lo que tanto se lee en los libros, y que rara vez ha ocurrido en la historia: que las masas se lancen espontáneamente, sin organización ni dirección previas, a enfrentarse en esa escala a las fuerzas represivas.

Tarja en el conocido como “Parque del Buró”. (Espacio donde estuvo ubicado el Buró de Represión de Actividades Comunistas.) Es un homenaje (2003) a los combatientes de la clandestinidad, sin distinciones ni las filiaciones de los movimientos en que participaron. El Parque se ubica en 25, entre 30 y 32, muy cerca del Puente Almendares, en Plaza de la Revolución.

La capacidad de lucha de la gente sencilla, que nunca antes se ha enfrentado, ni le ha pasado por la mente que sea capaz de hacerlo, es increíble una vez que se encuentra en situaciones de esa naturaleza.

En esa época no existían las diferencias que habría luego entre el Directorio Revolucionario 13 de Marzo (DR) y el Movimiento Revolucionario 26 de Julio (el 26).6 El objetivo era la lucha insurreccional, no importaba de quién se tratara. Si había un compañero que había participado en el Moncada, todo el mundo lo miraba con respeto.

Después de Palacio, el DR se reestructura. La persecución es intensa, no hay recursos, no hay medios. Además, teníamos encima el peso moral por la muerte de José Antonio y los otros compañeros. A la mayor parte del DR la lucha estudiantil los había “quemado”, como se decía. Era gente muy conocida, bien por la participación pública o porque habían sido reprimidos. Ese era un lastre tremendo para la lucha clandestina.

Edificio No. 7, de la calle Humboldt, lugar donde fue masacrado el grueso de la dirección del DR constituida tras el ataque a Palacio. (Vista actual). Foto: Julio César Guanche

En el tiempo en el que yo estuve al frente del DR aquí en La Habana, tuvimos encuentros con miembros de la dirección del 26. Por ejemplo, con Marcelo [Fernández Font] en momentos en que estaba preso Faustino [Pérez]. También estuve en contacto con los jefes de acción y sabotaje y las Brigadas del 26.

En algún momento incluso hice algún pacto con la jefatura de la Brigada para trabajar en conjunto en un plan de atentados y agitación en La Habana. Teníamos mucha y constante colaboración mutua. No había divisiones. Con Faustino tuve coordinaciones, pero no a nivel personal, sino a través de intermediarios.7 Llegaba un momento en que éramos los mismos todos.

El cierre de la Universidad lo veo hoy como un error clave para el DR. La universidad era la base, el ambiente natural de la organización.

Al cerrarse la Universidad, los estudiantes de otras provincias del país no podían permanecer en La Habana, salvo excepciones. Toda esa gente perdió contacto con su organización celular. La situación clandestina formada en La Habana tras el atentado [de Blanco Rico], fue horrible para el DR. La persecución sobre los dirigentes estudiantiles más conocidos fue horripilante.

Se perdieron así la estructura y los contactos. Entonces esos compañeros se fueron integrando a lo que se encontraron en sus respectivos lugares, mayoritariamente al 26. Algunos empezaron a trabajar con ellos y terminaron allí como dirigentes.

En Santa Clara fui a ver a algunos de los compañeros que eran del DR, y estaban ya trabajando de responsables en cosas del 26. A Chiqui Gómez Lubián y al hermano de Quintín, Julio Pino, les voló una bomba que estaban preparando. Chiqui y ese grupo preparaba en ese momento un alzamiento.

Gladys Marel García Pérez, sobreviviente de la acción de la bomba que menciona Jiménez, al momento de ser detenida tras la explosión. Foto cortesía de Gladys Marel García Pérez y Fidel de Jesús Requeijo Gual.

Fructuoso se opuso de modo terminante a reabrir la Universidad. Hubo reuniones para discutir el tema, muy candentes. Yo veía el asunto igual que él. ¿Cómo se concretaba el asunto del cierre de la Universidad? Pues dijimos que no se podía abrir y no había quien la abriera. Se formó una gran discusión con el consejo universitario. Si fue un error, en todo caso fue un error compartido, pero ciertamente terminamos aislándonos nosotros mismos.

La invitación de Fidel Castro al DR para la Sierra Maestra

Hubo contactos entre Fidel y el DR después del Pacto de México. Antes de Palacio, un mes antes, en febrero, Fidel le mandó una carta a José Antonio. En ese momento, Fidel y la guerrilla estaban en uno de sus peores momentos. No se trataba de una situación como la de Alegría de Pío, pero todavía estaban “cogiendo aire”.

El mensaje de Fidel consignaba, entre otras cosas, la necesidad de cumplir los compromisos contraídos en la Carta de México. La carta impresionó mucho a José Antonio.8

Ya después de abril [antes de la masacre de Humboldt 7] baja Haydee [Santamaría] de la Sierra. Armando [Hart] y Faustino estaban presos. Yo estaba en La Habana. El encargo que traía Haydee era reunirse con nosotros para entregar otro mensaje de Fidel: que nos fuéramos para la Sierra a unirnos con él. En caso contrario, que mandásemos un delegado permanente del DR para la Sierra.9

Hasta ese momento, la línea estratégica del DR, producto de la comprensión que teníamos sobre el país y sobre las posibilidades reales del éxito de la lucha, era sostener nuestra actividad revolucionaria en las ciudades.

Estábamos imbuidos de la tradición universitaria de la lucha de los 1930, que fue muy importante en nuestra formación. Conocíamos gente que había participado en acciones del Directorio Estudiantil de aquella época. En la universidad se respiraban esas cosas. Existía conciencia sobre su viabilidad. En ese momento, no estaba planteada la dicotomía entre la lucha clandestina, por un lado, y la guerrillera, por otro.

Por ello, la invitación de Fidel no fue aceptada por la dirección del DR. Pensé entonces y sigo creyendo que fue un error. Después de ello, no se mantuvo comunicación regular y oficial entre el DR y la Sierra, como debió hacerse.

Poema de Guillermo Jiménez dedicado a Mario Reguera (“Reguerita), asesinado por la dictadura batistiana.

El Frente del Escambray

El Frente del Escambray del DR lo organicé yo.

El DR fue casi exterminado. En el camino, voy viendo algo que me impactó mucho. Me empiezo a dar cuenta de lo que está haciendo Fidel. Comienzo a ver la lucha de la Sierra Maestra no ya solo como una cuestión militar.

La guerrilla proveía una forma de subsistencia, que era importante, pero también creaba una base inexpugnable para llegar a la población, una base de agitación política permanente. Nada de ello lo permite la lucha clandestina. La guerrilla no estaba aislada, como lo demostró. En el proceso, fue formándose el mito de la guerrilla.

En La Habana, la confrontación se hacía imposible. No podíamos subsistir. Las tres cuartas partes del tiempo se nos iba en mantenernos vivos. No hay tiempo para ponerte a pensar, a elaborar estrategias.

Con muchísima menos inversión, lo que podíamos obtener con la guerrilla sería tremendo política y militarmente. Y también lo sería para el desarrollo de la gente. La guerrilla lo permite. La ciudad era un terreno totalmente ocupado por el enemigo.

Enrique Rodríguez Loeches, destacado dirigente del DR, dejó testimonio de la creación y desarrollo del Frente del Escambray.

Concebí y comuniqué la propuesta del Frente del Escambray, pero era difícil procesar las decisiones. La gente estaba distribuida por muchos lugares. Además, estando yo en Miami, defendiendo la idea del Frente, recibimos información de las acciones de Eloy [Gutiérrez Menoyo], que conspiraba con Carlos Prío.

Varios compañeros unieron su subestimación por la estrategia guerrillera —por lo que he comentado antes sobre la lucha en las ciudades—, con estos elementos sobre Eloy. En consecuencia, plantearon que no vendrían para el Escambray, sino para La Habana.

En ese período se preparaba lo que sería la huelga de abril de 1958. Habíamos logrado una cantidad respetable de armas. Hasta el último momento se mantenía la opinión de no venir para el Escambray. Logré que Alberto Mora me apoyara, y con él, otros me apoyaron. En resumen, se llegó a un acuerdo ecléctico: un grupo de gente vendría para La Habana y otros se quedarían en el Escambray.

Guillermo Jiménez en el Frente del Escambray, tomada de Rumbo a Escambray, de Enrique Rodríguez Loeches.

Al llegar la expedición que nos traería, yo marcharía para La Habana, por dos razones. Primero, porque era el último que había estado en Cuba, y conocía la organización en todas partes del país. Segundo, mis condiciones personales no me permitían ir a la guerra de guerrillas: tenía cuatro operaciones intestinas, tenía muchos problemas y estaba muy delicado todavía.

Faure [Chomón], Enrique [Rodríguez Loeches] y Julio [García Oliveras] vendrían para La Habana. En el Escambray se quedaría Alberto Mora de coordinador por la dirección nacional del DR. Como jefe militar, estaba Rolando [Cubela]. Otros compañeros permanecerían también allí, como Tavo Machín y [Humberto] Castelló. Se dividieron las armas: las más adecuadas para el Escambray y las otras para La Habana, en preparación para la huelga.

Desembarcamos las armas por una playita en Nuevitas. Salvo cuatro o cinco de nosotros que nos quedamos en una casa con las armas, el resto de la expedición siguió para Camagüey. Teníamos una organización muy fuerte en esa provincia. Todo estaba previsto en la zona y funcionó como un reloj.

Por otra parte, la llegada al Escambray fue terrible. Los compañeros fueron sorprendidos por el Ejército. Los que vinimos para La Habana tuvimos el desastre de la ocupación de las armas. Habíamos hecho un esfuerzo tremendo para traer ese cargamento. Vinimos sin comida para gastar hasta el último kilo en armas y nos las cogieron.

La Universidad, y José Antonio Echeverría

Vuelvo atrás, para resumir lo que vengo diciendo desde una visión más panorámica.

La Universidad, en la era de José Antonio, pasó a ser, de verdad, el primer espacio de los revolucionarios. No hablo solo de los universitarios. Esto es importante. No se habla de ello y se confunde mucho. La Universidad era una trinchera política, revolucionaria y cultural, de todo un sector de la población cubana. Era ese un abanico muy heterogéneo, compuesto por todo aquel que tenía esperanzas de cambio, sin saber cómo ni a dónde llegar.

El punto de partida era la necesidad imperiosa de cambiar el rumbo de la política cubana, que era un desastre desde la independencia. La Universidad fue un refugio de lo mejor de la nación cubana. La universidad de José Antonio no fue solamente el lugar de manifestaciones políticas fabulosas. Fue también un baluarte cultural. Todo el que se oponía a Batista, pero también el que chocaba con el sistema, iba para la universidad.

Declaración de Principios. Federación Estudiantil Universitaria. 14 de marzo de 1952. (Fragmento)

La Universidad era una especie de república aparte. La autonomía era su clave. Batista era un gobernante muy complejo. No era ningún tonto. Su figura no tiene precedentes en los dictadores de los 1950 en América Latina. Era superior en ese sentido, más culto y astuto, con gran habilidad en el empleo de todas las herramientas políticas.

Batista respetó la autonomía, que rompió en dos o tres ocasiones. Por ello, la universidad era una especie de zona franca. Adquirí una gran experiencia personal, muy polifacética, en tal medio. Tuve la suerte de entrar allí en ese momento.

El papel que han jugado los estudiantes cubanos, durante el siglo xx en la política y en la historia nacionales no tiene paralelo, creo, en América latina. Por supuesto, en el continente existen importantes movimientos estudiantiles, empezando por la reforma de Córdoba [Argentina, en 1918], pero son de distinta naturaleza.

Cartel publicado el 13 de marzo de 1960 en Combate, periódico del DR, del que Guillermo Jimenéz fue primero subdirector y luego director.

He leído aquí en libros escolares de texto que cuando Batista dio el golpe de estado, “respaldado por la embajada americana, todos los sectores se alzaron, los partidos políticos, los sindicatos”. Recuerdo que mi hijo, al leer tal cosa en su escuela, me hizo una pregunta que nunca se me ha olvidado: ¿si toda esta gente se opuso, por qué Batista pudo dar el golpe de estado? La pregunta se cae de la mata.

Desgraciadamente, el discurso de la revolución en el poder ha estigmatizado una serie de ideas claves sobre aquellos grupos y personas, que luego se han repetido sin más.

La imagen dulce, rosada, de que en la universidad todos éramos revolucionarios y que todo el pueblo de Cuba estaba contra Batista es una versión muy dañina para la comprensión de la historia de este país.

***

Notas:

1 Guillermo Jiménez Soler (“Jimenito”) nació el 22 de agosto de 1936. Se graduó de Derecho y de Historia en la Universidad de La Habana. Inició, pero no terminó, estudios en la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling. Fue un miembro destacado de la insurrección cubana contra Fulgencio Batista y uno de los dirigentes del Directorio Revolucionario 13 de Marzo. Fue subdirector de la revista Alma Mater. Sufrió varias detenciones. En 1956 fue gravemente herido en un enfrentamiento con la policía. Tras 1959, fue Comandante del Ejército Rebelde, del MINFAR y del MININT, dirigió el periódico Combate, ocupó cargos directivos en el MINREX, el MININT, el Banco Nacional de Cuba, administró una fábrica en la Empresa de Muebles y Envases y otra en la Empresa de Jabonería y Perfumería durante más de 10 años. Desarrolló una importante obra historiográfica con Las empresas de Cuba 1958 y Los propietarios de Cuba 1958, que concibió como estudio del capitalismo cubano.

La cobertura que recibió su muerte (8 de mayo de 2020) en medios oficiales cubanos, generó otro de los debates en que se vio involucrada su vida, marcada por la defensa razonada e inclaudicable del papel del Directorio Revolucionario 13 de marzo en la historia cubana y de la memoria de sus compañeros de lucha.

Este testimonio es un breve fragmento realizado a partir de un conjunto de entrevistas que realicé a Guillermo Jiménez, y a un amplio número de combatientes del DR, en la primera década de los 2000. Consciente de la ética necesaria al publicar testimonios de personas ya fallecidas, he usado exclusivamente en este texto pasajes que Jiménez autorizó a utilizar y he agregado algunas notas con citas de otros protagonistas que confirman sus palabras sobre puntos polémicos.

2 Nombre con que es conocido el Partido del Pueblo Cubano, fundado por Eduardo Chibás.

3 Esta es una explicación sobre el “bonche”: “Al interior de la Universidad un proceso degenerativo la asoló y la ensombreció. Surgida de las luchas contra las dictaduras de Machado y de Batista como la institución emblemática de la pureza de ideales y de defensa de la democracia, de los preceptos constitucionales, de la honestidad pública y de los intereses del pueblo y de la nación, fue objeto de espurios intereses de grupos. En 1940 apareció el llamado «bonche» universitario, cuyos miembros, con el uso de las pistolas, amenazaban a profesores y alumnos, obtenían notas, procuraban sueldos públicos sin trabajar, popularmente llamados «botellas», y desarrollaban actos de vandalismo.” El patrimonio cultural de la Universidad de La Habana; coords. Claudia Felipe y José Antonio Baujín. La Habana: Editorial UH, 2014, p. 51.

4 Sobre la posición del arco reformista moderado en relación con el régimen de Fulgencio Batista, Jorge Renato Ibarra Guitart tiene varias investigaciones. Sobre la postura, en particular, del PSP (Partido Comunista) en relación con la lucha armada en los 1950, ver textos de Caridad Massón Sena y de Gladys Marel García Pérez.

5 Un tratamiento de fondo sobre la Carta de México en particular, y sobre el DR en general, es la tesis doctoral de Frank Josúe Solar Cabrales (2016), reelaborada luego como libro (2019).

6 Cuando realicé la serie de entrevistas que sirven de base a este texto aún no había aparecido publicada (2010) una carta de Fidel Castro a Ernesto Che Guevara sobre el DR, que contribuyó decisivamente a hacer públicas esas diferencias. El investigador Frank Josué Cabrales ha calificado la publicación de ese documento como un “sismo de baja intensidad” que “sacudió los cimientos de la historiografía sobre la Revolución Cubana”.

7 Mario Mencía recogió el testimonio de Faustino Pérez respecto a sus contactos con la dirección del DR en La Habana: “Se les veía angustiados, desesperados por desarrollar acciones armadas decisivas […] Hablamos de la posibilidad de abrir un frente guerrillero en el Escambray, pero predominó la decisión del ataque al Palacio […], plan que tenían muy adelantado”. Mario Mencía: “La Carta de México”, Bohemia, La Habana, 17 de septiembre de 1976, p. 93.

8 Julio García Oliveras comenta el contenido de esta carta, que llevó a José Antonio Echeverría a pedir “que aceleráramos los preparativos para llevar a cabo el plan acordado” [ataque a Palacio] en Contra Batista, Ciencias Sociales, 2006, La Habana, pp. 311- 312.

9 La existencia y contenido de esa carta está confirmada a su vez por testimonios de Ricardo Alarcón de Quesada y de Enrique Rodríguez Loeches.

Por Julio César Guanche

Profesor e investigador. Ha escrito varios libros y un número largo de ensayos y artículos. Hubiera querido ser trompetista, pero la vida es como es. Siente la misma pasión por el cine, la historia, la música y la cultura popular. Descree, en profundidad, de quien no sepa cocinar. Investiga temas de política, historia y derecho, pues cada cual se divierte como puede.

1 comentario

  1. Francamente muy interesante. Tanto que descubro cosas, nombres que prácticamente no conocía. Es que excepto lo hecho por el M-26-7 nunca se ha difundido nada en CUba. Gracias por el artículo tan bien fundamentado.

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