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Las perlas del Edén

Bailando con Margot, filme de Arturo Santana

Bailando con Margot, filme de Arturo Santana

Con la filosófica ecuanimidad que emana de la certeza de su resurrección, termina el 37 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Ha sido un buen Festival, renovado, con el espíritu de los viejos tiempos. Y no sólo porque el público volviera a hacer colas que doblaban la esquina y formara matazones, o porque resulta raro ser presentado a Ethan Hawke a la entrada del ICAIC u ocupar la mesa adyacente a la de Joely Richardson en el Bar Esperanza, el último que cierra. Lo verdaderamente excepcional, por muchas razones, fue la muestra cubana.

Por primera vez en muchos años hay casi una decena de largometrajes cubanos en competencia, y más de la mitad de ellos fueron producidos de manera independiente. Por primera vez en mucho tiempo el nivel de calidad de la producción nacional es, con alguna excepción, de bueno pá´rriba. Y por primera vez en demasiado tiempo hay variedad de géneros y temas, los realizadores dejan atrás la obsesión por denunciar el mundo homosexual, la represión y la marginalidad que indudablemente son parte, y parte dolorosa, de la realidad cubana, pero no constituyen su totalidad ni muchísimo menos.

Hace falta que esto no sea casualidad, sino tendencia. Hace falta que comprendamos que no hay unos temas más cubanos que otros, como también que el cine cubano no tiene que hablar sólo de Cuba.

El acompañante, de Pavel Giroud

Empecemos por El acompañante, de Pável Giroud, y Bailando con Margot, ópera prima de Arturo Santana. La primera es un drama con un guion de oro, conmovedor, bien actuado y dirigido, que cuenta la historia del acompañante de un enfermo de SIDA y la relación entre ambos. La segunda, para mí la nueva Bella del Alhambra, tiene el fausto y el glamour de una superproducción hollywoodense, devuelve al cine nacional la virtud del espectáculo; se trata de una película de cine negro, con explícitos homenajes a The maltese falcon de John Huston y una factura inédita en el cine cubano, por lo menos, desde Un hombre de éxito (1986) de Humberto Solás.

Un segundo grupo estaría constituido por Espejuelos oscuros, de Jessica Rodríguez (una especie de drama sombrío en que nada es lo que parece, con estilizadas actuaciones de Laura de la Uz y Luis Alberto García), Café amargo de Rigoberto Jiménez (otro drama, este en la Sierra Maestra de 1957, donde cuatro hermanas viven solas… and then he came) y la comedia á la Allen La cosa humana del veterano Gerardo Chijona, que nos hace ver cuán sutiles pueden ser las diferencias entre un agente literario, un artista y un delincuente cultivado.

Cuba Libre, de Jorge Luis Sánchez

Cuba Libre, de Jorge Luis Sánchez, es un drama histórico ambientado en la Cuba de fines del siglo XIX, durante la ocupación norteamericana. Se agradecen el tema, la investigación histórica, algunos buenos momentos (como el del nacimiento del trago homónimo), pero sobre todo el regreso de las películas de mambises. Se lamenta la dirección de actores, algunas escenas redundantes y bamboleos del guión, el pésimo inglés de varios norteamericanos. Es una película desigual, qué duda cabe, pero necesaria.

Buena para los críticos y los festivales resulta La obra del siglo, de Carlos M. Quintela. Realizador hábil, buen director de actores, nos cuenta de tres hombres (abuelo, padre e hijo, interpretados los primeros por dos Marios, Balmaseda y Guerra) que conviven incómodamente en un apartamento, nada menos que en la Ciudad Nuclear de Juraguá; su historia se entrevera con imágenes documentales del proceso de construcción de la CEN. Las dos líneas de la película, la documental y la de ficción, corren por separado sin imbricarse a derechas.

Caballos, de Fabián Suárez

Al final están Caballos, de Fabián Suárez, y Vuelos prohibidos, de Rigoberto López. Para no perderse, en otras áreas, el largometraje documental El tren de la línea Norte, de Marcelo Martín, y el corto La nube, de Marcel Beltrán.

La película irlandesa Viva, de Paddy Breathnach, filmada en Cuba y con estupendas actuaciones de Héctor Medina, Jorge Perugorría y Laura Alemán, tiene producción, posproducción y factura de primer nivel, pero a nivel de guión no rebasa los clichés más resobados de la cubanidad. Como el corto Tiznao, del dominicano Andrés Farías, continúan esa tradición de extranjeros viniendo acá a contar lo que para ellos es Cuba: un país de travestis, deportistas y bailarines en ambiente sórdido, donde todos quieren irse y todos alegremente, jinetean.