Ciertas vaporosas cuestiones engorrosas de comentar

"Políticamente correcto", instalación del cubano Wilfredo Prieto.

"Políticamente correcto", instalación del cubano Wilfredo Prieto.

 

                                                                                                                                                                                   El hombre de las eras fabulosas –decía Frónesis sin ninguna exaltación, pues siempre rehusaba todo problematismo sexual, el sexo era para él, como la poesía, materia concluyente, no problemática- tendía a reproducirse en la hibernación, ganaba la sucesión precisamente en la hibernación del tiempo.

Lezama Lima

June Fernández, periodista vasca, vino a Cuba en 2012, y encontró en el baile de reguetón, en el perreo, otro modo de expresión feminista. Aplicó esa inteligente estrategia que consiste en apropiarte del discurso o del poder simbólico del contrario y reconfigurarlo a tu favor. En su espectacular artículo, Si no puedo perrear, no es mi revolución, June dice algo como esto: “Para muchas feministas, que una de las suyas disfrute restregando voluntariamente su culo contra el paquete del maromo de turno puede generar un cortocircuito interesante.”

Y aquí queda planteado el dilema. Muchas feministas, muchos activistas de género, lo único que hacen durante sus arduos y extenuantes años de lucha cívica es ir de cortocircuito en cortocircuito. O sea, ir de molestia en molestia, de denuncia en denuncia, lo cual les permite librarse de una delicada tarea. Ejercitar el pensamiento. Los activistas de género parecen muy cómodos detrás de un par de tópicos que ellos consideran infalibles, y desde allí disparan a ráfagas, como un pelotón en cuadro apretado, convencidos de su inmunidad.

Ahora, el caso de June Fernández, por ejemplo, sería un poco más difícil de batir, porque June Fernández es mujer, y es feminista, y uno de los principales rasgos por el que este tipo de activistas identifica a sus fieles, es precisamente por el género o por la condición sexual, y no por la veracidad o no de su propuesta. Es como un truco que tienen. Ya que el terreno de las ideas puede volverse pantanoso (un terreno donde quizás no tengan mucho que decir), para ellos resulta preferible activar otros filtros. Si June Fernández fuese hombre, y no fuese feminista (¿puede haber hombres feministas, verdad?), los activistas de género tomarían su idea del perreo como una herejía. El reguetón ha sido una música sexista y misógina por antonomasia, el blanco perfecto de sus críticas. Y aun cuando una tesis tan arriesgada les parezca sospechosa, lo cierto es que June Fernández cumple con todas los aptitudes que según los activistas debe tener alguien para decir sobre el tema algo que valga la pena. Por lo que no les queda otra que morderse la lengua.

La primera conclusión, por tanto, es simple. Si lo que los activistas buscan (sea cuales fueren estos activistas) es la igualdad, obviamente tendrá que llegar el momento en que no sostengan tanto su causa sobre la diferencia de géneros, o de razas, o de elección sexual; en suma, sobre la exclusión, porque pueden correr el riesgo de no ir hacia ningún lugar, y de creer, por otra parte, que sí lo están haciendo. Y esto, o es cinismo, o es candidez. Si lo que buscan es igualdad, tiene que haber determinados espacios donde los activistas comiencen a pensarse como iguales, no como víctimas, donde anulen, desde sí mismos, la disyuntiva ontológica, y donde comiencen a revascularizar sus anémicos y postrados argumentos. No hay, lo sabemos por experiencia nacional, mayor barricada que el lamento sostenido. Y si le tomamos el gusto, ya nunca querremos salir de ahí.

Del rol de víctima, los activistas pueden pasar fácilmente a detectives. Son como perros sabuesos que andan olisqueando todo lo que les parezca discriminatorio. Vienen con una hipótesis en la cabeza, y luego adaptan los hechos a esa hipótesis de tal manera que quedan convencidos de su intuición y su eficacia. Puede que no haya crimen, puede que el crimen resida ya, de antemano, en la cabeza de los activistas, solo ahí, y que estén todo el tiempo pecando de lo mismo que quieren culpar al resto. Pero esa es una posibilidad que nunca estarían dispuestos a contemplar porque, volvamos sobre el punto, estos activistas o son negros, o son mujeres, o son homosexuales. Es decir, son, según sus muy particulares parámetros, confiables, y están libres de error. Cuentan con todas las cualidades que consideran indispensables. Elemental paradoja: exigen y valoran desde el esquema que pretenden suprimir.

En realidad, los activistas desconocen la naturaleza de su función. Ignoran que surgen a partir de una atrofia. Existen porque el camino se ha torcido tanto que debemos luchar por cosas que no debiéramos estar luchando. Derechos que anteceden cualquier debate. Negro o blanco. Homosexual o heterosexual. Mujer u hombre. No hay un dilema de fondo, pero los activistas creen que sí. Una vez -bastante poco original, debo admitirlo- le dije a Guillén negro bembón y un lector –otro entre tantos- se insultó conmigo. Yo no había hecho más que decir de Guillén exactamente lo que era, y si alguien creyó que había en ello un acto de racismo, evidentemente lo creyó porque el racista era él.

Para los activistas, declararse heterosexual es, per se, un intento desesperado de declararse no homosexual. Se alimentan de la dicotomía y ansían sembrarla incluso allí donde no la hay. Reducen todo a un estereotipo que es, lógicamente, fácil de condenar, un estereotipo ante el que no lleva demasiado esfuerzo salir victorioso, pero lo reducen porque no saben boxear en otro frente que no sea el frente de la condena y la denuncia y la pancarta, ni ante un rival que no sea el blanco racista o el sujeto machista enfáticamente heterosexual. No saben moverse entre dos aguas. Su filosofía, su arma mortífera, su granada de mano es, simplemente, la queja. Salen a quejarse, adoloridos, por la humanidad prejuiciosa, aunque a veces, cuando no andan en papel de víctimas o de peritos, se asumen como curas benévolos, dispuestos a iluminarte para que te despojes de todos los prejuicios que tú no sabes que tienes, pero que ellos pueden ver en ti.

La pelea contra gobiernos, contra las élites, contra la policía represiva, contra la moral judeo cristiana, contra sociedades patriarcales, contra culturas homófobas, son siempre peleas coyunturales. Los activistas, pobres, quieren batirse en terrenos más complejos con las mismas armas con las que van a discutir a un parlamento. Pero el problema de focalizar tanto a un contrincante es que terminas ajustado a su medida. De ahí que ciertos activistas no sean más que enemigos íntimos de ciertos funcionarios políticos. Y de ahí que, si ciertos activistas te emplazan, debieras a toda costa evitar el duelo, porque no te estarías enfrentando más que a un funcionario, con toda la precariedad en el debate que ello implica.

Dice June Fernández: “Si hay un reparo ante el reguetón que me gusta rebatir es el de que resulta un baile machista porque la mujer se mueve para darle placer al hombre. Es curioso porque, bajo una premisa aparentemente feminista, una vez más se niega la sexualidad y el placer de las mujeres. ¿O sea que si yo me froto contra un tío es para darle gustito a él? ¿Acaso no creen que frotarme contra una pierna o un paquete me da gustito a mí?” Y luego agrega: “…un activismo desde el placer, y no solo desde el enojo.”

Imagino a los activistas cubanos, siempre tan seriotes, intentando digerir una tesis de este tipo. Pero ahí está la escena: reguetón a pulso, la jeva en cuatro, muy feliz, dando cintura, y ellos armando sus soporíferos discursos de denuncia, incapaces realmente de sacar partido. Los activistas contumaces deben recordar, por más que les desconcierte, que hay ciertas zonas de libertad donde nadie los ha invitado, porque no tienen razón de ser.

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