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La nieve en los Alpes suizos fue testigo de algo más que debates económicos esta semana. Entre el 19 y 23 de enero, el Foro Económico Mundial de Davos celebró su 56ª edición bajo el lema “Un Espíritu de Diálogo”, pero lo que realmente se desplegó ante los ojos de más de 2500 líderes mundiales fue algo distinto: una especie de funeral del orden internacional conocido durante las últimas siete décadas.
El elefante en la sala alpina
No hacía falta pronunciar su nombre para que Donald Trump dominara cada conversación en Davos. El aniversario de su retorno a la Casa Blanca, que coincidió con el inicio del foro, marcó el tono de un encuentro donde la incertidumbre geopolítica opacó hasta los avances más prometedores en inteligencia artificial y energía.
El discurso de Trump el 21 de enero fue, como siempre, un espectáculo hilvanado con exageraciones, omisiones, enfoques engañosos. Mientras tuvo el micrófono el presidente estadounidense hizo de todo: se llamó a sí mismo “el presidente más exitoso”, amenazó con aranceles del 39 % a Suiza, se burló de las gafas de sol de Macron (quien padecía un daño ocular menor), confundió repetidamente Islandia con Groenlandia, y afirmó que gracias a la intervención de Estados Unidos, “Venezuela hará más dinero en los próximos 6 meses que en los últimos 20 años”.
Pero sobre todo, dejó claro que su país está “abierto a los negocios”, pero solo bajo sus propias reglas. Anunció la retirada del Acuerdo de París que busca limitar el aumento de la temperatura global, prometió desregulación masiva, y explicó con orgullo cómo había reducido en 270 mil empleados la burocracia federal en un solo año, “la mayor reducción anual del empleo público desde el final de la Segunda Guerra Mundial”.
“Cuando Estados Unidos prospera, el mundo entero prospera. Ha sido la historia. Cuando va mal, va mal, todos ustedes nos siguen hacia abajo y nos siguen hacia arriba”.
Mark Carney y la declaración de independencia del “resto del mundo”
Pero fue Mark Carney, primer ministro de Canadá, quien articuló con mayor claridad lo que muchos pensaban pero pocos se atrevían a decir. En su discurso del 20 de enero, el exbanquero trazó una radiografía descarnada de la nueva realidad geopolítica.
“Estamos en medio de una ruptura, no una transición”, afirmó Carney sin ambigüedad. Más sorprendente aún fue su mea culpa sobre el viejo orden: Occidente ha estado cómodo con reglas globales que le beneficiaban mientras hacían sufrir a los países del segundo y tercer mundo durante décadas.
Su mensaje fue directo: las potencias medias deben unirse. Como declaró: “Si no estamos en la mesa, estamos en el menú”. Explicó que “las grandes potencias han comenzado a usar la integración económica como armas, los aranceles como apalancamiento, la infraestructura financiera como coerción, las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar”.
El primer ministro concluyó con un mensaje sobre la necesidad de enfrentar la realidad: “El viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero creemos que a partir de la fractura, podemos construir algo más grande, mejor, más fuerte, más justo”.
El mensaje de Carney resonó porque articuló lo que muchos países del Sur Global han señalado durante años. Recibió una ovación de pie. Trump, predeciblemente, reaccionó con furia: “Canadá vive gracias a Estados Unidos. Recuérdalo, Mark, la próxima vez que hagas tus declaraciones”. Y días después, Trump retiró su invitación a Carney para unirse a su “Junta de Paz” para Gaza.
Trump amenaza a Canadá con altos aranceles si concreta un pacto comercial con China
En su red social Truth, el mandatario de EEUU desplegó una nueva amenaza contra Canadá: “Si el gobernante Carney cree que va a convertir a Canadá en un puerto de embarque para que China envíe bienes y productos a Estados Unidos, está muy equivocado. China se comerá a Canadá, lo devorará por completo, destruyendo sus negocios, su tejido social y su estilo de vida en general. Si Canadá llega a un acuerdo con China, se le aplicará inmediatamente un arancel del 100% a todos los bienes y productos canadienses que ingresen a Estados Unidos”.
La inteligencia artificial: ¿salvación o nuevo campo de batalla?
Mientras la geopolítica dominaba los pasillos, en los auditorios se discutía fervientemente sobre inteligencia artificial. Y aquí las noticias fueron tanto emocionantes como inquietantes.
Elon Musk advirtió que la IA podría ser “más inteligente que cualquier humano al final de 2026”, y para 2030, más inteligente que toda la humanidad combinada.
“Si tenemos una IA ubicua que sea esencialmente gratuita o casi gratuita y una robótica ubicua”, dijo, “tendremos una explosión en la economía global que verdaderamente no tendrá precedentes”.
Jensen Huang de Nvidia fue optimista sobre el impacto laboral, señalando que en lugar de destruir empleos, la IA creará “muchos más empleos manuales” relacionados con oficios como plomería y electricidad, con salarios que “casi se han duplicado”.
https://www.facebook.com/watch/?v=4570082776647915
Pero la pregunta incómoda la plantearon Dario Amodei de Anthropic y Demis Hassabis de Google DeepMind. Anticiparon que la inteligencia artificial general (IAG) podría superar las capacidades humanas en uno a cinco años. Describieron este momento no como una evolución tecnológica normal, sino como “una ‘adolescencia tecnológica’ crítica para la supervivencia de la especie”.
Amodei fue particularmente tajante sobre riesgos geopolíticos: criticó duramente la venta de semiconductores avanzados a China, comparándolo con “vender armas nucleares a Corea del Norte” solo por beneficios empresariales.
Hassabis, señaló que alcanzar IAG requiere superar barreras técnicas aún sin resolver: “Tal vez hacen falta uno o dos avances importantes, principalmente en memoria, aprendizaje continuo y razonamiento a largo plazo”. Enfatizó la necesidad de sistemas que puedan “aprender en el mundo real, personalizarse y cambiar con el tiempo, y eso todavía no se ha resuelto”.
Por su parte, Satya Nadella de Microsoft fue tajante sobre el desafío energético: “El crecimiento del PIB en cualquier lugar estará directamente correlacionado con el coste de la energía para usar IA”. Advirtió que “perderemos rápidamente incluso el permiso social para usar energía para generar estos tokens, si estos tokens no están mejorando los resultados en salud, educación, eficiencia del sector público y competitividad del sector privado”.
El cambio climático: relegado pero no olvidado
Y aquí llegamos a una de las paradojas más reveladoras de Davos 2026. El Informe de Riesgos Globales 2026, publicado antes del foro, mostró un cambio dramático en las prioridades.
Por primera vez en años, la confrontación geoeconómica desplazó al clima como el principal riesgo a corto plazo. El 18 % de los encuestados considera que es el riesgo con mayor probabilidad de desencadenar una crisis mundial en 2026. Los fenómenos meteorológicos extremos, que ocupaban el segundo lugar en 2025, cayeron al cuarto puesto.
Pero esto no significa que el clima deje de ser urgente. Según el Servicio de Cambio Climático de Copérnico, 2025 fue el tercer año más caluroso registrado. A largo plazo (10 años), el cambio climático sigue siendo el mayor riesgo identificado.
La paradoja es brutal. Trump se retiró del Acuerdo de París argumentando que “necesitamos el doble de la energía que actualmente tenemos para que la IA sea tan grande como queremos que sea”. La misma tecnología que promete resolver la crisis climática mediante mejores modelos predictivos demanda cantidades astronómicas de electricidad.
Clara Thompson de Greenpeace denunció la contradicción: “Los líderes que abandonan la acción climática, amenazan con la confrontación económica y agravan la desigualdad son tratados como líderes mundiales, mientras que los costes se trasladan al resto de la población”.
¿Nuevo orden o nuevo desorden?
Entonces, ¿es cierto que hemos pasado a un nuevo orden mundial? La respuesta es más matizada de lo que sugieren los titulares.
Lo que estamos presenciando no es tanto un nuevo orden como una transición caótica hacia lo que el informe de Davos llama “una era de competencia”. El 68 % de los encuestados cree que durante la próxima década el entorno político global se volverá más fragmentado y multipolar. Solo el 6 % espera un resurgimiento del orden internacional de la posguerra.
Como resume el análisis: El mundo que describe el WEF ya no es uno que falla ocasionalmente en cooperar. Más bien emerge un sistema que comienza a organizarse en torno a la rivalidad.
Las potencias emergentes ya no aspiran a ser “puntales de un orden único centrado en Estados Unidos”. India, Brasil, Turquía, Indonesia o Sudáfrica se piensan como potencias importantes, como centros, no como periferia. Y eso cambia radicalmente la arquitectura del poder global.
Kristalina Georgieva del FMI lo expresó con claridad: “No estamos en Kansas más”. Y añadió: “Mi mensaje para todos es aprender a pensar en lo impensable y luego mantener la calma, el mundo ahora es verdaderamente, genuinamente, multipolar”.
Las cinco preguntas definitorias
A diferencia de años anteriores, Davos 2026 se estructuró alrededor de cinco preguntas fundamentales. Las sesiones mismas llevaban títulos interrogativos: ¿Todos nos estamos quedando atrás? ¿Quién está ganando en seguridad energética? ¿Quién media la confianza ahora? ¿Está la democracia en problemas? ¿Tendremos alguna vez un Tratado Global de Plásticos? ¿Puede Europa defenderse a sí misma?
Este cambio metodológico es revelador. Como observó un analista, citando al poeta Rainer Maria Rilke: el foro no pretendió dar respuestas, sino crear las condiciones para “vivir las preguntas ahora”, para abrazar la incertidumbre como condición necesaria para eventuales respuestas.
Para el mundo en desarrollo
Para países como Cuba y, en general, América Latina, este nuevo escenario presenta desafíos y oportunidades contradictorias.
Por un lado, el debilitamiento del multilateralismo estadounidense podría abrir espacios de autonomía. El discurso de Carney sobre potencias medias unidas resonó particularmente en el Sur Global. La idea de que “no se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo a través de la integración, cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación” es algo que muchos países en desarrollo han experimentado durante décadas.
Por otro, un mundo fragmentado en bloques comerciales y tecnológicos podría forzar elecciones binarias imposibles. La presión para “elegir bando” se intensificará dramáticamente.
Además, la revolución de la IA plantea interrogantes urgentes. ¿Cómo evitarán nuestros países convertirse en meros consumidores de servicios de IA, sin capacidad de desarrollar infraestructura propia? ¿Cómo prepararemos nuestras economías para una disrupción laboral masiva cuando ya lidiamos con desempleo estructural y sistemas educativos precarios?
El desafío energético es particularmente agudo. Si, como dice Nadella, el crecimiento futuro estará directamente correlacionado con el costo de la energía para la IA, ¿qué futuro tienen economías que ya luchan con infraestructura energética deficiente?
Greenpeace argumenta que ninguno de los riesgos discutidos en Davos puede resolverse sin reformas sistémicas de las normas fiscales globales, promoviendo mecanismos para que los superricos y las empresas contaminantes paguen su parte justa.
La nostalgia no es una estrategia
Mark Carney lo dijo mejor: “Tomamos activamente el mundo como es, no esperamos el mundo que deseamos que sea”. No tiene sentido lamentar la pérdida del viejo orden liberal si este nunca funcionó equitativamente para la mayoría del planeta.
Lo que emerge de Davos 2026 no es un panorama alentador, pero tampoco está completamente desprovisto de esperanza. Sí, las instituciones multilaterales están en crisis; las grandes potencias priorizan sus intereses nacionales sobre la cooperación global; la transición tecnológica y energética generará ganadores y perdedores.Pero también es cierto que el diálogo continúa, incluso en las condiciones más adversas.
La tecnología avanza a velocidades vertiginosas, las alianzas regionales y Sur-Sur ganan tracción: la conversación sobre equidad, aunque tímida, está sobre la mesa.
El sentimiento entre los expertos es marcadamente negativo: el 50 % anticipa un panorama “turbulento” para los próximos dos años, cifra que empeora al 57 % mirando hacia la próxima década. La incertidumbre se ha convertido en el tema definitorio.
Pero como señaló Georgieva: “Si das un paso atrás, ¿qué quiere la gente? Quieren paz y bienestar para ellos, para sus familias”.
El nuevo orden —o desorden— mundial ya está aquí. La pregunta no es si nos gusta, sino cómo navegaremos sus aguas turbulentas. Y para países pequeños y medianos, la respuesta probablemente no esté en Washington, Bruselas o Beijing.
Algunos en Davos 2026 reconocieron que el rey está desnudo y que muchas de las viejas certezas se han desmoronado.












