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En anteriores artículos he presentado manuscritos o publicaciones que vamos encontrando en los archivos del centro cultural donde trabajo. He pretendido con ello integrar esta columna al quehacer que abarca casi toda mi vida: divulgar el universo contenido en la Casa Vitier García Marruz —ese universo sin tamaño cuyo nombre es Cuba, y que tanto la cotidianidad como la lejanía pareciera que pugnan por desfigurar.
Hoy, 28 de enero, quiero recordar el magisterio diáfano de Medardo Vitier con una evocación de Martí. Medardo fue el primer cubano que escribió un libro sobre Martí, titulado Martí, su obra política y literaria (1911). La página que elegimos, sin embargo, pertenece a su libro Estudios, notas, efigies cubanas (1944).
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José Martí
La vida del Apóstol cubano fue breve en el tiempo (1853-1895), pero la llenó de sentido humano, de tal suerte que biógrafos y críticos la estudian todavía.
Estudió, sufrió, viajó, predicó la Revolución, juntó a los hombres, fundó un partido, preparó la guerra, vino a ella y cayó de los primeros en la contienda.
Inmensa fue su experiencia del mundo porque estaba dotado para penetrar las almas, en las cuales descubría aposentos de luz junto a las potencias maléficas.
Temprano decidió echar su suerte “con los pobres de la tierra”. Escogió la vía del sacrificio, es decir, renunció al disfrute de la existencia, para darse a una causa pública. Lo hizo todo con perseverancia, sin desfallecimiento, sin odio.
Peregrinó por el mundo mientras maduraba su plan y se afirmaba en los métodos con que iba a influir en la Historia. Era una fuerza que funcionaba para edificar. Creía en la realidad del bien. Creía en la eficacia del amor para vencer el poder de las tinieblas.
Quiso con afecto filial a España, “la España de allá”, como él decía; y tanto, que lo testifica:
Amo la tierra florida,
Musulmana o española,
Donde rompió su corola
La poca flor de mi vida.
Eso es. Dos palabras: “poca flor”, nos dicen que se privó de los goces del mundo y que si alguno experimentó, fue allá, en la tierra de su padre, el buen valenciano rudo, don Mariano.
En Madrid y Zaragoza hizo estudios universitarios. Volvió graduado. Residió en México, en Centroamérica, en Venezuela, en los Estados Unidos. Estuvo en Santo Domingo, donde lo atraía Máximo Gómez, cuya voluntad rindió para que viniera por segunda vez a dirigir la Revolución. A su paso por Haití, camino de la muerte, pues venía a Cuba, escribió un diario de viaje, publicado hace poco, que exhibe la prosa más depurada y serena de su obra literaria.
Venía fatigado, doloroso, con la lucidez extraña que le da al hombre superior la proximidad del final. El idioma, cuyos secretos aprendió leyendo en la biblioteca del Ateneo de Madrid, a Cervantes, a Quevedo, a Calderón, le franqueó, blando y sumiso sus registros, en esas páginas de crepúsculo. Nunca las había escrito tan bellas, ni aún en el elogio de Bolívar, o en el ensayo sobre Cecilio Acosta, o en el de Walt Whitman, o en el discurso de “Los pinos nuevos”.
Rubén Darío, cuando supo la noticia de la muerte de Martí, exclamó: “¡oh Maestro, qué has hecho!” La admirable página del poeta de Nicaragua se halla en su libro Los raros.
Desde entonces empezó a vivir entre nosotros. Sí. Había la inefable sugestión de su ser. Los que se le acercaron en Tampa, en Cayo Hueso, en Nueva York se sintieron sobrecogidos ante el misterio de un hombre puro y avasallador. Pero aquí, para nosotros, el caso era una leyenda y una larga fama cuyo resplandor iluminó a Dos Ríos. Los cubanos de acá no lo habían visto, al menos la generación del 95. Por eso, al difundirse su obra escrita, que es copiosa, empezó una nueva vida del Apóstol. Su ideario ha ido rodando (no digo penetrando) en las conciencias. De todos modos, y aunque no prevalezca, se ha creado una atmósfera en torno a su memoria que no la genera ningún otro prócer de América. En algunos individuos es signo de conducta. Algo denota ya que prende en pocos la maravilla…
Estos hombres de misión espiritualizada no seducen sino a pocos. Encantan, sí, a los más, pero lo arduo es ceñirse, en lo cotidiano, a los módulos éticos del fundador. Su eticismo le hace enseñar que “la política virtuosa es la única útil y durable”.
Se sitúan estos hombres en la esfera que corresponde a su estatura moral. Nuestra visión abarca el solemne conjunto de esas normas, pero la adhesión real, sacrificada, no se da. Los más de los hombres tienen como programa triunfar, llegar a una meta de bienestar práctico, y con frecuencia, sin reparar en los medios empleados. Entonces, luce raro Profeta allá en sus alturas…
Sin embargo, lo amamos, le sentimos la hechura divina, porque en todos hay elementos superiores que duermen mientras los instintos manden.
“¡Maestro, qué has hecho!”. Pero agrega Darío que la voz grave del caído le reprende…
Hoy está Martí donde él contempló un día a los héroes, mudos, en reposo, con “los ojos de piedra, las manos de piedra” … Su obra escrita gana devoción en América. A los cubanos nos va incitando como a los emigrados ayer. No importa, por ahora, que no prevalezcan los modos austeros del fundador.
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Acumular silencio uno quisiera, más que añadir algo a la difícil brevedad que ilumina lo esencial. “Bienaventurados los que tenemos maestros”. Sólo resta continuar.











