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El Festival Internacional Jazz Plaza es la reunión más grande de la música en Cuba. Cada año asisten al evento cientos de artistas extranjeros, participan un número superior de músicos cubanos y, entre ellos, están muchos creadores de la isla que viven y hacen carrera en el exterior y que encuentran en esta semana intensa de música un motivo para regresar a sus escenarios natales.
Ese es el caso de Dayramir González, quien desde 2010 llegó a Estados Unidos como el primer cubano merecedor de la Beca Presidencial en Berklee College of Music y desde entonces se estableció en Nueva York, desde donde ha desarrollado la mayor parte de su carrera.
Antes de eso, el pianista, compositor, arreglista y productor musical ya había ganado el JoJazz, evento que por décadas fue la cantera del jazz cubano, y había lanzado en Cuba su primer disco Dayramir & Habana enTRANCé, ganador de tres premios Cubadisco.
Dayramir regresó este 2026 al Jazz Plaza, tal como lo ha estado haciendo en los últimos años, siempre con una propuesta que ha formado parte importante en el programa del evento, como fue en 2020 su concierto homenaje a Juan Formell; pero también se ha convertido en un colaborador del evento, propiciando que nombres importantes del piano estadounidense como Emett Cohen, Aaron Golberg y Christian Sand hayan llegado al evento cubano.
Este año Dayramir ha ofrecido varias presentaciones, acompañado de diferentes formatos musicales; ha impartido talleres en escuelas de arte, como también acostumbra a hacer; y este domingo 1ro de febrero, en la última jornada del evento, ofrecerá un gran concierto en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional en homenaje a Arsenio Rodríguez.
¿Por qué Arsenio Rodríguez?
El proyecto vino a través de una idea que me dio José Dumet, el director del conjunto “Arsenio Rodríguez”, y además este año se cumple su 115 natalicio. Entonces quisimos hacer un disco, un documental y un concierto que pudiera balancear cómo fue Arsenio en los años 50, con qué vivió desde el punto de vista social y cómo lo ve Dayramir hoy.
Arlety Veunes, realizadora: Un documental para Arsenio Rodríguez
Desde el punto de vista musical, es importante recalcar, tanto para quienes saben como para quienes no, que Arsenio Rodríguez marcó un antes y un después en la música cubana. Tuvo la visión, como cronista social, de añadir al tres del septeto tradicional el piano, con Lilí Martínez; al bongó le incorporó las tumbadoras; a una sola trompeta añadió más trompetas, y así creó lo que se conoce como el sonido del conjunto.
En los años finales de los 40 y los 50, la Sonora Matancera conformó un movimiento sonoro que después, cuando se mudaron a Nueva York, junto con Tito Puente y otros músicos, dio origen al movimiento de la salsa neoyorquina. Y, por otro lado, acá, Chucho Valdés e Irakere. Entonces, toda esa negritud social, esa ebullición social, fue una simbiosis maravillosa de colores y sonidos, pero fue Arsenio Rodríguez el creador de todo eso.
Cuando empecé a trabajar más a fondo la experiencia de quién fue Arsenio, pensé que esta era una oportunidad de oro para que los jóvenes conozcan mejor quién fue el precursor del sonido de la salsa y del sonido de la música cubana más contemporánea de hoy en día.
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¿Por qué regresar siempre a Cuba y especialmente al Jazz Plaza?
Todos los años me creo cuatro proyectos grandes que me quiten el sueño y me motiven, porque la carrera de uno, si no se cuida de una forma muy consciente y cuidadosa, se puede abandonar.
La necesidad de buscar dinero, la necesidad de sobrevivir, muchas veces te lleva a tener trabajos como profesor que te consumen muchas horas, y hay que hacerlo para asegurar ese dinerito. Pero, al mismo tiempo, hay que recordar que uno es artista y que esa alma no se puede perder. Yo la cuido haciéndome al menos tres o cuatro proyectos grandes al año, y uno de esos siempre lo reservo para mi Habana Jazz Plaza, con mi gente, con mis cubanos, con los míos.
Es como un compromiso moral, una conexión espiritual, porque siempre trabajé muy duro y conscientemente para ser un artista que tuviera voz en su propio país.
Como todo artista, uno sueña con viajar por el mundo, triunfar en Nueva York, en París, ser acogido en espacios internacionales, pero el regocijo espiritual que siento al llegar a mi país y ser reconocido por los jóvenes, tocar para mis vecinos y ver que todas las generaciones de cubanos me dan un espacio a mí y a mi arte es maravilloso.
Es volver a ser yo y no olvidarme de quién soy, esté donde esté. A veces los trabajos te obligan a permanecer más tiempo fuera de lo que uno quisiera; entonces, este Festival de Jazz es el encuentro perfecto para reconectar con la esencia de Dayramir.
Y aunque uno recibe la bendición de poder vivir en una sociedad distinta, en Nueva York, que es musicalmente tan rica, sigue sin ser lo tuyo. Por eso yo siempre digo que Nueva York es un lugar de trabajo y que La Habana es mi casa.
Una parte de tus programas en Cuba está dedicada a los estudiantes de música. ¿Buscas ejercer en la isla el magisterio como lo haces en Estados Unidos?
Yo siempre tuve la visión de que toda esa oportunidad que tuve —fui seleccionado entre tantos jóvenes que, como yo, tienen el mismo talento— era un compromiso: si estaba absorbiendo toda esa cantidad de jazz desde el primer nivel, con Bobby McFerrin, con Joe Lovano, con Danilo Pérez, recibiendo los colores específicos de cómo suena una big band, toda esa espiritualidad maravillosa que me fue dada, tenía el deber de devolverla a los jóvenes que no tuvieron esa oportunidad.
La parte educativa para mí también es un elemento muy importante, porque quien enseña refuerza lo que sabe y es, además, una forma de compartir con los jóvenes cómo organizar el proceso de estudio. La música puede ser bastante exigente en cuanto al tiempo y la dedicación que requiere. Si no tienes un ecosistema que te ayude a mantenerte enfocado, es muy fácil salirse del camino.
Un ecosistema significa tener un instrumento, tener padres que se ocupen de que ese niño tenga la paz y el espacio para poder estudiar. Significa contar con un conservatorio de música, con los elementos necesarios para que esa flor crezca. Un ecosistema también implica tener acceso —como nosotros, que somos unos privilegiados— a la cultura sin que te rompa el bolsillo. Entonces, nuestro privilegio como cubanos es que tenemos un ecosistema listo para que ese niño talentoso pueda seguir caminando.
A esto hay que añadir que se necesita un balance, porque, en su mayoría, nuestros educadores no son necesariamente artistas de escenario. Son muy buenos educadores, pero no han vivido la experiencia de ser artistas sobre un escenario. Por eso, es importante también compartir con el joven que, cuando te sientas a tocar, tienes que llevar el escenario con abundancia: llegas, haces contacto visual con tu público, que viene a verte y a recibirte; tú lo recibes, tomas tu instrumento y todo ese espacio es tuyo, y vas a tocar con maestría y preparación. Cuando terminas de tocar, esperas a que ese público te aplauda, porque diste toda tu alma, y recibes esos aplausos con mucha humildad, pero también con orgullo, porque las bendiciones se reciben. Agradeces al público por venir y regresas.
Recuerda —siempre se lo digo a los alumnos— que hay que estar listos musicalmente, porque uno es tan bueno como su último concierto. Según la forma en que cuides tu música, ella te cuidará a ti.
En los últimos años has estado ejerciendo como una especie de mediador que impulsa la visita al Festival de artistas estadounidenses. ¿Por qué asumir esa tarea?
Tengo la suerte de escuchar a muchos genios alrededor del mundo que tienen una voz muy firme, y quiero que mis cubanos también tengan la oportunidad de escuchar el talento de Christian Sands, Aaron Goldberg o Emmet Cohen.
Es una oportunidad de oro traerlos a La Habana y compartir esos colores armónicos, esos compositores y esos pianistas que ya tienen una voz y un arte reconocidos alrededor del mundo.
Tienes una formación académica muy amplia y, a la vez, ese vínculo pedagógico que mantienes hasta hoy. ¿Consideras que en la música es más importante la escuela o la calle?
Hay que tener un balance entre las dos. Tener la escuela es importante. Yo digo que hay que tener un 60 % de escuela, porque la formación te da el pensamiento, la organización, el vocabulario, el cuidado de las frases, los diferentes tipos de toques; para cualquier instrumentista, eso te lo da el conservatorio.
Pero la calle te da la capacidad de tomar decisiones cuando lo que planeas no sale como quieres. Ahí tienes que utilizarla: armónicamente estabas haciendo un solo, te equivocaste y encontraste otra forma. La calle te enseña que, si estás tocando con tres tumbadoras y te falta una, entonces lo haces de otra manera. También te da la estructura del baile, porque no hay forma de que puedas tocar la música cubana si, como creador, compositor, arreglista, orquestador o director de orquesta, no conoces ni sientes esos sonidos.

¿Cómo visualizabas ser un artista cubano cuando estabas en Cuba y cómo lo visualizas, entiendes y defiendes hoy siendo un artista cubano fuera del país?
Cuando uno está dentro de Cuba, sueña. Mi visión siempre fue ser líder dentro de La Habana. Ya, desafortunadamente, no existen ni La Zorra y el Cuervo ni el Jazz Café en Paseo. Eran los dos sitios más importantes del pináculo del jazz en Cuba. Todos nosotros nos criamos ahí y, en aquel momento, venían muchos extranjeros, y uno tenía ese sueño de tocar desde Cuba y se preguntaba qué música haría para que el oyente foráneo escuchara lo mejor desde acá.
Ahora que lo vivo desde fuera, siento que tengo una responsabilidad aún mayor, porque soy como un embajador consciente de la música cubana. Yo lo he asumido de esa forma.
Ser un embajador depende de cómo uno defina su patria, porque todos tenemos nuestra propia Cuba, con todo lo que eso conlleva. Pero cuando tú me preguntas qué creo de Cuba, yo me enfoco en todo lo lindo que sigue teniendo el país.
Desde las personas, que siguen siendo maravillosas, su comida, su música, sus escuelas, su resiliencia, su capacidad de imponerse a lo que tenemos y a lo que no, y de crear más con lo que tenemos.
Tu país es lo que te representa en París, en Nueva York. Tú eres un pianista cubano, eres cubano. Y esa cubanía implica también que, cuando te preguntan por tu Cuba, por tu amor por ella, es como hablar de tu madre. Nuestra Cuba somos nosotros, nuestra identidad es lo que nos define. Entonces, si eso te define, hay que seguirlo potenciando.
¿Qué le deseas al futuro de la música cubana?
Hoy goza de muy buena salud desde el punto de vista creativo: siguen existiendo muchos proyectos muy originales. Lo único que nos falta es que el mundo se siga abriendo para que nuestra música esté en plataformas respaldadas por grandes discográficas.
A ese catálogo maravilloso de tanto talento lo único que le falta es tener una plataforma y que sea escuchado de una manera más comercial. Por eso tengo el compromiso de traer todos los años a músicos estadounidenses a Cuba, para que vivan de primera mano cómo está la música cubana y cómo están tocando hoy los jóvenes.

¿Qué ha sido lo más duro de ser un artista cubano fuera de Cuba?
Lo más duro para mí ha sido no dejarme influenciar por tanta gente que te dice: “Quédate aquí, olvídate de eso, habla mal de Cuba”. Lo más difícil ha sido mantener ese nivel de compromiso cultural y social conmigo mismo: elegí ser un cubano que visita la isla, que bebe de ella de primera mano, no un cubano que se disocia. No estamos criticando a quien se desarraiga del país, pero como yo elegí ser una voz dentro de Cuba y alguien que tiene fuerza en su propio país, lo más difícil ha sido defender mi posición con honestidad.
Nadie te puede criticar por ser honesto contigo mismo, por defender tu propia voz y lo que representa Cuba para mí, lo que representan mis profesoras de música, mi Cerro natal.
No se puede tener miedo a decir que cada uno tiene su propia experiencia con Cuba. Yo tuve la de una Cuba distinta. Fui un privilegiado. Soy un negro privilegiado. Tuve un talento que contó con un ecosistema en el que pudo florecer, y de alguna forma siempre tuve la visión de que Cuba y yo somos uno, dondequiera que esté.











