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“Algo en mi ADN pertenece a Cuba más allá de mi papá”, es una de las primeras respuestas categóricas que ofrece Arturo O’Farrill cuando coloco un micrófono frente a él, aprovechando su reciente estancia en La Habana, adonde regresó una vez más para participar en el Festival Internacional Jazz Plaza.
Los vínculos del pianista y compositor estadounidense con Cuba son, en un inicio, sanguíneos: es hijo de uno de los músicos más grandes que ha dado esta isla. Sin embargo, no fue hasta después de la muerte de Chico O’Farrill que Arturo visitó Cuba por primera vez y comenzó a tejer otros lazos, tanto emotivos como profesionales.
“Mi papá falleció, completamente destruido del corazón, llorando en sus últimos años porque nunca pudo regresar al Vedado. Y yo pensaba que tenía que completar eso, pero cuando vine me encontré en mi casa. Yo vine para él, pero me encontré a mí”, nos dice sobre su llegada a una isla de la que nunca ha podido desprenderse.
En 2016, las cenizas de Chico llegaron a Cuba y, de manos de su hijo, fueron depositadas en el cementerio de Colón. Ese es otro de los vínculos vitales que lo atan a esta tierra.
“Mi papá era uno de esos cubanos que era de sangre irlandés y alemán. Era un caballero, y nunca habló mucho de nada, pero la única vez que yo vi a mi papá llorar fue cuando estaba recordando su niñez en el Vedado”.

“Yo tenía como 6 o 7 años, y le escribí una carta, y le dije, ‘papi, yo te voy a llevar al Caribe, yo te voy a llevar a Cuba’. Por eso regresé las cenizas de mi papá y están en el cementerio Colón, al lado de las cenizas de mi mamá. Tener a papi y mami aquí, en Cuba, es una de las cosas más bonitas de mi vida, y regreso también a tener un momentico con ellos”, cuenta el músico, quien además ha convertido a Cuba en un sentimiento familiar.
“Yo he traído a mis hijos por muchos años, casi desde el principio yo regresé con mi mujer, con mis hijos, mi hermana, su esposo, porque yo sé que ellos sienten la conexión. Que conozcan Tapaste, de donde vino mi papá, que conozcan Santiago de Cuba, yo quiero que tengan orgullo de la familia, de ser de sangre latina y más de sangre cubana. Porque pienso que lo más bonito de mi vida es ser latino, yo soy mexicano, soy de pueblo, soy cubano. Me gusta ser músico, pero ser latino, ser de Cuba, eso es mi regalo de Dios”, asegura.
Cuba en el jazz de Arturo O’Farrill
Su participación en el evento cubano ya no es una sorpresa: es uno de los artistas que siempre regresa. Aun así, su presencia genera expectativas, pues más allá del privilegio de contar en escena con un músico de su talla y trayectoria, Arturo presenta cada año una propuesta especial concebida para la ocasión.
Este año, su agenda se concentró en los primeros días del festival, teniendo como presentación principal un concierto el martes 27 de enero en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional de Cuba. Fue un programa breve pero intenso, de cerca de 50 minutos, en el que compartió escena con su hijo Zack O’Farrill y con los músicos cubanos Jorge Coallo, Roberto Álvarez y el cuarteto de cuerdas Café.

El concierto retomó otra de las líneas que el pianista y compositor ha explorado en su diálogo con la cultura cubana: la colaboración con agrupaciones danzarias. En esta ocasión lo hizo junto a la compañía Orozco Contemporáneo, dirigida por Liliet Orozco.
Además, acompañó al bajista taiwanés Vincent Hsu en un concierto en la Sala Tito Junco del Centro Cultural Bertolt Brecht y ofreció una presentación íntima en una galería del Vedado.
“Lo que traigo aquí es mi niñez. Yo soy un infante de nuevo aquí. Cada vez que vengo, aprendo más. Lo que traigo es lo que tengo, y te lo dejo con todo mi corazón”, resume sobre la preparación diversa con que siempre construye sus estancias en el Jazz Plaza.
Hace un año, en una breve entrevista concedida a este diario, Arturo calificó al festival cubano como “el más importante y prestigioso del mundo”.
“Yo me acuerdo del primer año que vine, estaba Leonardo Acosta vivo, y le dedicaron el festival ese año. Yo fui a visitarlo, fue como una peregrinación, tú tienes que ir a los pies de Leonardo Acosta, como a los pies de Bobby Carcassés, que son los verdaderos dueños de la historia del jazz en Cuba”, rememora.
“No sé qué piensa Bobby, pero yo sé que si Leonardo ve lo que ha pasado en el Jazz Plaza, va a llorar de alegría, porque este es un tesoro mundial. Ahora la gente viene de todos lados del mundo para ver los músicos del jazz de aquí, pero te voy a decir algo: es bonito tener extranjeros que vienen a tocar aquí, pero los jóvenes de Cuba están tocando el jazz más fuerte que nunca he visto en mi vida. Tengo mucho orgullo de ellos”, valora hoy.
Arturo se retroalimenta y se reencuentra consigo mismo y con el legado de su padre a través de Cuba, la música y los músicos cubanos. Asegura que aquí están sus propias esencias, el sentido de su camino y su concepto musical.
“En este país, los músicos son los más finos del mundo, porque están entrenados clásicamente, están enamorados del jazz y tienen esa sangre afrocubana, y eso resuena mucho conmigo, porque yo siento que no tienen que ser músicos clásicos, no tienen que ser músicos de jazz, no tienen que ser músicos afrocubanos. Puedes serlo todo y puedes entender la conexión entre todos los mundos”.

“Eso para mí es de las cosas significativas de la vida de Chico O’Farrill, el por qué es un genio, porque conectó la música de Mozart con la música de Bola de Nieve, con la música de Dizzy Gillespie. Él entendió que esa línea va directamente a los tres mundos, es la misma música. Diferentes lados de esa música, pero los mismos doce tonos cromáticos están entre todos los mundos.
“Yo no soy pianista, yo no soy compositor, yo soy un bebé que estoy perdido en un mar infinito que se llama música. Yo no quiero nunca encontrar el destino porque el viaje es súper interesante, y aquí yo siento que la gente está en ese mismo viaje. Las posibilidades en la música clásica, en la música jazz, en la música afro-cubana son sin límites”, reflexiona.
El artista ante la realidad
Desde su primera visita en 2002 y hasta la llegada de Trump al poder en su primer mandato, Arturo O’Farrill viajó a Cuba entre cuatro y cinco veces cada año. Luego redujo la frecuencia de sus visitas, pero nunca las eliminó completamente de su agenda.
“Yo vengo a Cuba y yo sé que mi gente aquí está sufriendo, pero también hay una generosidad que nunca he visto en ningún lado del mundo. No se entiende, pero aquí en Cuba tú ves en la cara de la gente el futuro del mundo, porque hay tanta sangre mezclada aquí y el mundo se está convirtiendo en eso. Un día no va a ser blanco, negro, chino, no va a ser nada, va a ser la humanidad. Y eso yo lo veo ahorita en la cara de mi gente.
“Cuba está en un tiempo muy peligroso, este momento en el mundo es terrible en todas partes, y sin embargo yo vengo a Cuba y veo en mi gente generosidad, sensibilidad, el pueblo lleno de alegría y calor, y yo no sé cómo lo hacen, pero es un tesoro del mundo y para mí es nutrición, es sostén para mi alma. Yo voy a seguir regresando a Cuba hasta mi muerte, porque aquí es donde yo encuentro la vida”, asegura, y de paso mira también su propia realidad.
“El presidente de los Estados Unidos es un hombre feísimo, es un fallo de los Estados Unidos que votaron a este desgraciado presidente. Te voy a decir la verdad: para aquí, para Cuba, para el mundo, el presidente de los Estados Unidos es un terrorista, es un imbécil, es un violador. Cuando ganó esta elección, yo lloré por las mujeres de mi vida. ¿Cómo se pueden sentir de conocer que en tu país votaron a un violador? Y pensábamos que este primer año iba a ser terrible, pero ha sido peor”, nos dice un artista que ya ha acostumbrado a sus seguidores a no desligar su arte y su pensamiento de la realidad social de su país y del mundo.

Arturo se encontraba en la isla cuando, el 17 de diciembre de 2014, Obama y Raúl Castro anunciaron lo que él mismo define como “un tiempo tan bonito para Cuba”. También acababa de participar en el evento cubano de esta semana cuando Trump declaró la “emergencia nacional” respecto a la isla y anunció la imposición de aranceles a los países que le suministren petróleo.
El músico no solo no ha sido ajeno a este proceso, sino que ha vivido en carne propia lo que representan las tensiones políticas y sociales entre su país y La Habana.
“Yo no tengo problemas con el gobierno mío, que está matando sus ciudadanos, pero me dejan entrar, me dejan salir, pero con mi gente de Cuba, que viven allí, sí. Los cubanos que se van de aquí me han hablado muy fuerte. Paquito de Rivera me insultó públicamente de una manera tan grosera que no lo entiendo. También he tenido problemas con Arturo (Sandoval). Yo no vengo aquí a apoyar a nadie, ni la ideología política. Yo no me meto en esa mierda. Yo amo a mi gente”, asegura a OnCuba.
“Pienso que el problema es una tristeza que tienen porque no quieren regresar y esa tristeza se manifiesta con el odio, enojándose, y qué lástima. Yo no voy a insultar a Paquito, ni a Arturo, ni a nadie. La vida es muy corta para tener ese odio”, expone su postura.
Tres preguntas para terminar
¿Cómo sueñas la relación musical entre Cuba y Estados Unidos?
Tengo el sueño de que un día el músico afrocubano y el músico de jazz no se vean separados. Que se vean como herederos de la misma herencia, porque hay una visión de que el jazzista está arriba y los jazzistas ponen el afrocubano arriba y no se ven como iguales. Yo pienso que eso va a cambiar un día, cuando enseñen las dos disciplinas al mismo nivel.
Porque todavía allí tocamos somos latin jazz, somos abajo. Para el latin jazz, un concierto del festival, un capítulo del libro, abajo, como nos tienen a todos. En los Estados Unidos, el latino está abajo.
Yo pienso que un día no va a ser latin jazz o jazz, va a ser música de las Américas, creada de un desastre que se llama esclavitud, pero llena de esperanza por lo que hemos logrado para el tratamiento de igualdad de todo el mundo.
Cuando te preguntan por Cuba, ¿cómo la describes?
Aquí hay una pobreza, seguro, hay; no quiero pintar las cosas: hay mucho que necesita la gente de Cuba y hay mucho que tienen los Estados Unidos. A 90 millas de aquí hay mucho, pero la gente tiene hambre del espíritu, del alma; tienen hambre en su corazón de algo que aquí tienen en abundancia.
El cubano aquí, con su pobreza, tiene más que el norteamericano con todo lo que tenemos. Camina en las calles, oye cómo la gente habla, oye a los niños, a la familia. Es una cosa que deseamos en los Estados Unidos, pero con todo lo que tenemos, no tenemos nada.
¿Qué le desea al pueblo cubano?
Les deseo que sigan con orgullo y que nunca se olviden de que son unas de las gentes más lindas del mundo. Nunca se olviden de que aquí hay una nobleza que no tiene igual en todo el mundo. Nunca se olviden de que son reyes.











