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Cada vez que en Cuba (o en cualquier lado) se pronuncia la palabra “pueblo”, se activa algo más que una definición. No es un término neutro ni una simple referencia demográfica. Es una palabra cargada de historia, de promesas, de épica y también de desgaste. Decir “pueblo” es entrar en una zona sensible donde se cruzan la política, la vida cotidiana y las emociones colectivas.
Al pueblo se le suele presentar como el gran sujeto de la historia, un protagonista del cambio, depositario de la justicia social, garante moral de cualquier proyecto sociopolítico. Esa noción cumple una función decisiva, sobre todo en países marcados por desigualdades profundas y por una voluntad explícita de transformación. El pueblo es mayoría, futuro y legitimidad.

Hablar del pueblo cubano implica asumir que no existe una experiencia única ni una voz homogénea. La sociedad está atravesada por fracturas visibles: económicas, generacionales, territoriales. La Cuba de hoy no se vive igual en La Habana que en el oriente del país; no piensa igual quien recibe remesas que quien no; no se imaginan igual el futuro quienes planean irse y quienes saben que se quedarán. Es el mismo pueblo y a la vez diferente, el de aquellos cubanos que viven en Cuba y los millones de compatriotas desparramados por otras latitudes.
Desde una mirada sociológica, el pueblo no es una esencia, sino una relación. Se construye en las condiciones materiales de existencia, en las prácticas compartidas, en los modos de enfrentar la escasez. En Cuba, eso se traduce en una vida cotidiana organizada alrededor de redes informales, favores cruzados, saberes prácticos. El pueblo está en la cola para conseguir la subsistencia diaria, en los apagones, en la vecina que te da un buchito de café, en el trueque improvisado que permite resolver lo urgente.





Esa dimensión rara vez aparece en los discursos solemnes. Sin embargo, es allí donde se sostiene la vida. Lejos de la retórica, el pueblo existe en la gestión diaria de la incertidumbre, donde hay una acumulación de estrategias para seguir.
En el plano político, el pueblo continúa siendo una palabra central y disputada. Se le invoca para justificar decisiones, pedir sacrificios y lealtades. Pero esa invocación convive con una distancia creciente entre el relato y la experiencia concreta. El pueblo del discurso no siempre coincide con el pueblo real: el que se cansa, el que duda, el que no encuentra respuestas claras a sus problemas inmediatos.

También está el cansancio. En los cuerpos que envejecen trabajando sin garantías, en las mujeres que sostienen hogares enteros, en los jóvenes que miran al exterior como horizonte posible. Esa dimensión, profundamente política, suele quedar fuera de los relatos oficiales. Sin embargo, atraviesa de manera decisiva el presente cubano.
La cultura ofrece pistas más elocuentes. El humor popular, la música y el lenguaje cotidiano funcionan como termómetros sociales. La ironía, el doble sentido, la burla compartida, son formas de decir lo que no siempre puede decirse de manera directa. No hay romanticismo ahí: hay elaboración simbólica de la crisis. Reírse del problema no lo resuelve, pero permite soportarlo.

En entonces cuando aparece una pregunta incómoda pero inevitable: ¿quién habla hoy en nombre del pueblo cubano? ¿Desde qué lugares se le define, representa e interpreta? Las respuestas no son simples. Hay adhesiones sinceras, críticas silenciosas, desencantos que no se convierten en ruptura, lealtades que conviven con malestar. El pueblo no se expresa de una sola manera ni al mismo volumen.





Hablar del pueblo hoy exige abandonar las simplificaciones cómodas. No es una masa uniforme ni un sujeto siempre consciente de sí mismo. Es una multiplicidad de vidas que conviven, se contradicen y se adaptan. Es memoria y presente, pertenencia y deseo de fuga, resistencia y agotamiento.

Tal vez el desafío sea devolverle al pueblo su densidad real: sacarlo del eslogan y reconocerlo no como una palabra cerrada, sino como un proceso en movimiento. Porque en Cuba, seguir viviendo —con dignidad, humor y preguntas abiertas— sigue siendo una forma de acción política.
Y el pueblo, lejos de agotarse en una consigna, se reinventa todos los días en la práctica obstinada de existir.











