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Gobernar significa crear las condiciones para que las personas vivan mejor, para que puedan trabajar, producir y prosperar sin vacilaciones ni obstáculos innecesarios. Cuando la vida diaria se convierte en una lucha por lo básico, pedir más esfuerzo sin ofrecer soluciones concretas demuestra un problema de conexión con la realidad actual.
Cuando digo esto, no implica que rompa con nada ni con nadie. Tampoco es un giro discursivo ni un desmarque. Es una postura que he sostenido durante años, de manera pública y coherente.
No estoy de acuerdo con el discurso reciente del presidente cubano Miguel Díaz-Canel. El llamado reiterado al sacrificio de un pueblo que ya vive al límite, por muy valiente, resiliente y comprensivo que sea, resulta insuficiente para el momento que atraviesa el país. La épica del sacrificio permanente deja de sostenerse cuando no viene acompañada de cambios reales, medibles y visibles para conseguir nuevas formas de vivir.
Criticar no equivale a renunciar al país ni a traicionar convicciones. Renunciar al país sería aceptar que Cuba no puede ser mejor.
Mis convicciones no se fundamentan en ideologías ni lealtades políticas, ni en la defensa de un sistema de gobierno en particular. Pasan por la aspiración a una Cuba mejor y más próspera, por un país más abierto, más plural, más inclusivo y más democrático; por la búsqueda activa de la reconciliación, al menos mediante una mejora sustancial de las relaciones entre mi país adoptivo y mi país natal, que incluya la reintegración de su diáspora y la posibilidad real de regresar, contribuir y reconstruir.
Seguir con Cuba es, precisamente, no renunciar a esa visión y defender que el futuro deje de ser una promesa siempre postergada.
En mi caso, la postura se vuelve más compleja porque disiento tanto de decisiones internas que considero injustas o ineficaces como de políticas externas que han contribuido a profundizar el sufrimiento cotidiano del pueblo cubano. Lo he hecho muchas veces de manera directa y en entornos públicos. Es un derecho que no requiere permiso ni validación de quienes exigen definiciones absolutas.
La presión económica, tal como se aplica hoy, no castiga a un sistema abstracto, castiga a la gente. A familias concretas. A madres, hermanos, hijos, abuelos y amigos que sobreviven en una precariedad constante. Y también a quienes vivimos fuera, porque aunque no padezcamos la escasez diaria, la sentimos. La cargamos. Nos pesa.
¿Hasta cuándo?
Esto no se detiene con más sacrificios, ni con consignas repetidas, ni con discursos. Se detiene con acciones concretas y con decisiones difíciles.
En ese contexto, hay un elemento que merece ser analizado sin prejuicios. El presidente Trump ha mostrado más decisión para actuar en relación con el tema Cuba que cualquier otro presidente anterior.
Obama pudo haber gestionado el acercamiento mucho antes y llevarlo más lejos. Biden no hizo nada. Ambos estuvieron condicionados por el temor al political backlash. Trump, en cambio, está dispuesto a pagar el precio de negociar con un gobierno que, según su propia Administración, es dañino para la seguridad nacional de los Estados Unidos. Se trata de una oportunidad que no debe desaprovecharse.
Desde La Habana también hablan de disposición al diálogo, pero llegarán a la mesa —si se concretara— con un país a punto del colapso económico en el que durante décadas pudieron haberse hecho reformas que no se hicieron y quizás pudieron haber evitado el actual escenario límite.
Esta idea la he expresado muchas veces, en voz alta, con personas de interés en ambas orillas. Lo he publicado también: “La modernización institucional que Cuba necesita no es un gesto retórico ni una concesión formal, sino la admisión de que el diseño institucional vigente está agotado. Más que una discusión doctrinal, el dilema cubano es práctico: un modelo que no resuelve los problemas centrales del país ha dejado de ser operativo. Persistir en su defensa como si el tiempo no hubiese pasado no protege al país, lo expone”.
Cambiar no es rendirse. Es reconocer que hay un pueblo al que todos decimos amar y que no puede esperar más.
Es un pueblo que desea esos cambios con ansiedad y no puede seguir inmolándose.












Muy de acuerdo con este articulo. Cuba necesita del aporte de sus hijos, dentro y fuera. Los que estan fuera no solo que aporten capital ni recursos como el gobierno cubano desea. Tambien que puedan participar ACTIVAMENTE en la vida social y politica del pais. Y que los gobernantes aprendan a escuchar aquellos que ofrezcan otras visiones diferentes de como construir una Cuba mejor entre todos. Que el PCC no se crea que el unico que quiere un pais mejor son ellos ni que solamente bajo su liderazgo eso es posible. Mas bien, que miren bien en donde han fallado y tengan la valentia politica de reconocerlo y rectificarlo.
Sr Hugo muy acertada su reflexión, el.modelo económico cubano no evoluciona.
Por que no negociar, por que si estamos tan seguros que el pueblo nos sigue no hacemos elecciones democráticas, por que aferrarse al poder a costa del sacrificio.
Esta opción ‘ 0’ va a ser más cruel que la de los años 90 pues en esa época veníamos de una etapa donde existió algún desarrollo y se contaba con reservas, ahora venimos de una miseria espantosa y vamos a penetrar en más miseria, y ya no existe el fervor revolucionario de esas epoca,
El modelo Socialista fue un fracaso en el mundo.
Es una buena reflexión, pero soy pesimista. El actual gobierno de Cuba, es decir, las personas que tienen el verdadero poder, que no son los que están dando la cara, no van a buscar ninguna solución negociada. ¿Apertura, dice Cancio?, ¿respeto a la pluralidad de opiniones?, !¿democracia?!
A quién le habla, ¿al régimen? Porque si es así, que sepa que nadie escucha y, peor aún, no tienen interés alguno en escuchar. El régimen ha decidido morir matando (a la gente, se entiende) y toda “negociación” solo será aparente, para buscar tiempo, esperando poder superar esta crisis. Lo único que puede cambiar eso es que se convenzan que la fuerza les va a alcanzar (de verdad) o que el pueblo que no es soberano ahora decida finalmente y de manera desesperada lanzarse a la calle y ponerse a merced de las balas. Pero ambas cosas, hasta hoy, son inciertas, sobre todo la segunda, que es al final la verdadera fuerza. Si eso no ocurre, no pasará nada.