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Encerrados en la oscuridad mientras se agotan las baterías y se derriten las velas, haciéndole digestión a la paciencia, ¿a quién le puede interesar la decisión del director de un equipo de béisbol? ¿Qué importancia tiene el nombre del campeón de una Liga (a mí me gusta seguir llamándola Serie Nacional) donde a los uniformes se les caen los números como calcomanías vencidas, los árbitros olvidan los conteos y los jugadores, tantas veces, se comportan como aprendices?
Son las preguntas del pensamiento pragmático, las que dicta el sentido común en tiempos de crisis y supervivencias.
No hay combustible para los ómnibus, ni para la generación eléctrica ni para el riego en la siembra. Suben los precios de los servicios, la cotización del dólar en el mercado informal y en los bancos llega a cifras escandalosas para el trabajador modesto. Las escuelas ajustan sus horarios. Salimos afuera a tomar aire, miramos al cielo y vemos que las nubes se mueven sobre un país en pausa. ¿Hay tiempo para pensar en un juego, en el desarrollo de un campeonato de muchachos que ya no sueñan con “hacer el equipo Cuba”, sino con jugar en ligas extranjeras?
Vivir en la incertidumbre del mañana es una experiencia solitaria, porque las respuestas no están en ningún lado, y aunque los otros cargan con las mismas dudas, todas pesan demasiado como para ir compartiéndolas.
En aquellos años “duramente humanos” del Período Especial, yo era un niño de allá, de la calle San Rafael de Matanzas. Sentado en la puerta en medio del apagón, podía ver las luces encendidas del estadio de béisbol donde el equipo Henequeneros quedó campeón en 1991. Aquellas lámparas blancas sobre las inmensas torres, resaltaban a las afueras de una ciudad silenciosa y oscura. Solo a ratos se escuchaba el eco de la algarabía por el jonrón de algún matancero o seguramente un ponche importante.
A veces, junto a mi abuela, esperaba a que se apagaran aquellas luces de lejos para que, con suerte, se encendieran las de casa.
En esos 90s tampoco había combustible ni comida. Mi abuelo materno viajaba con su carné de chofer en los únicos dos ómnibus de la semana que pasaban cerca del central donde vivía, para traerme leche, un poco de carne y caña.
Mi abuelo paterno “resolvía” comida con amigos del trabajo. Fue él quien me llevó por primera vez al estadio. No puedo saber si en aquellos años le quedaban esperanzas, no puedo saber de su dolor callado. En la infancia uno percibe otras cosas porque los buenos adultos ocultan la tristeza y la frustración, para que los niños vivamos como en el paraíso.
Pero algo es seguro, a mi abuelo le quedaba la pasión: tenía el ron, el dominó y el béisbol.
Incluso cuando Henequeneros desapareció y se convirtió en el Matanzas derrotado, el estadio seguía encendido en las noches para que, por tres o cuatro horas, las personas como mi abuelo jugaran también a ser niños; tuvieran el derecho a gritar de euforia o de rabia, y olvidaran la despiadada realidad cuando su equipo, milagrosamente, ganaba el partido.
Heredé la pasión de mi abuelo y hoy llevo a mis hijos al estadio a que sientan la adrenalina de saltar en grupo con un batazo o un fildeo. Ellos ríen a carcajadas, aunque no entienden por qué la conga suena ahora, ni por qué los otros aplauden. Observan a los que bailan, al hombre vestido de león o de cocodrilo que levanta los brazos y “camina raro”.
Mi hija tiene los ojos muy abiertos, mueve la cabeza de un lado a otro, se acerca a mi oído y grita: “¡Papá, aquí todo el mundo es feliz!”
Yo debería explicarle, pero quiero ser un buen adulto. Le doy un beso y me levanto a saltar con ella, y ya me da igual si pierde o gana Matanzas.
Todavía nos queda el béisbol, aunque ya no enciendan los campos en la noche, y la “gran final” se juegue en un “estadio neutral” y otros abuelos no puedan ver en vivo a su equipo favorito, ahorren baterías para escuchar los partidos en la radio, porque tampoco tienen electricidad para la televisión.
Todavía nos quedan el dominó, el ron, algunos festivales para el jazz, la trova y el cine. Todavía hay que guardar fuerzas para que los niños no descubran que este paraíso no existe.











