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Maine: el desastre a flote

Un fantasma nunca muere ni se va del todo. En los disimulados ciclos de la Historia, el Maine parece reflotar con su drástica influencia de Caballo de Troya en el Caribe.

por
  • Igor Guilarte
febrero 21, 2026
en Historia
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Instante del hundimiento definitivo en alta mar. Foto: El Fígaro, 24 de marzo de 1912.

Instante del hundimiento definitivo en alta mar. Foto: El Fígaro, 24 de marzo de 1912.

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A las 9:40 de la noche del 15 de febrero de 1898 dos estruendos consecutivos sacudieron al USS Maine, acorazado de segunda clase que flotaba quieto en la bahía de La Habana. En cuestión de segundos un símbolo del poder estadounidense volaba por los aires, provocando una lluvia de escombros, más de 260 tripulantes carbonizados y una bola de fuego sobre el agua. Roto en dos por la deflagración, el barco de 6700 toneladas, torretas blindadas y casco blanco impoluto, acabó hincado en un lecho de fango.

¿Sabotaje o accidente? La polémica que embotelló al Maine desde ese día aciago no ha disminuido, y las salpicaduras de su explosión siguen llegando hasta hoy en las corrientes submarinas del tiempo. El gobierno de Estados Unidos quiso fijar la causa de la tragedia y cuatro días después la US Navy organizó la Court of Inquiry, una junta encabezada por el capitán de navío William T. Sampson para estudiar el incidente.

Los restos del Maine durante las labores de recuperación. Foto: Cuban Heritage Collection/UM.

Sin embargo, llevada a toda carrera, la investigación no pasó de la superficie y, centrándose en una plancha del fondo de proa que hallaron combada como una lengua metálica hacia adentro del casco, los peritos convinieron que el buque había sido víctima de un golpe exterior. Los periódicos de Hearst y de Pullitzer pusieron el resto. Preso de la cólera, Estados Unidos juró venganza y al grito jingoísta de “Al diablo con España… Recordemos el Maine”, emprendió una guerra que los hizo imperio y reconfiguró la geopolítica mundial.

La novela breve del Maine, desde su arribo a Cuba hasta su triste desaparición tres semanas más tarde, es bastante conocida. Poco podría aportar sobre sus circunstancias y consecuencias. En cambio, menos se habla de cómo fue extraído de la rada habanera y vuelto a hundir mar afuera con honores militares. Así fue la increíble intervención ingeniera que sacó a la luz el desastre y llamó la atención del mundo entero.

Operación reflote

Doce años después de aquella dramática e incendiaria noche de 1898 que desembocó en la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana, el Maine continuaba visible a media agua en la bahía de La Habana, como un esqueleto mendigo.

Así se veía el lugar del hundimiento en 1905. Foto tomada por Jack London durante su breve viaje a La Habana. Foto: Álbum London/Biblioteca Huntington.

Si bien era negocio para los boteros de entonces que remaban hasta allí con turistas, tenía el hándicap de entorpecer la navegación para buques de mayor porte, razón por la cual las autoridades cubanas insistían en su retirada. Por su parte, España aún esperaba por la limpieza de honor con la verdad de lo ocurrido. Mientras que los titulares pendencieros del 98 fueron reemplazados en la prensa estadounidense por reclamos de reflotar el navío, pues el pueblo deseaba recuperar los restos de setenta marines que habían quedado atrapados y pedía una segunda exploración para desenmarañar aquel estallido que giró el timón de la Historia.

Bajo esos influjos, hacia mayo de 1910 en el Capitolio de Washington se autorizó un crédito para la remoción del Maine y se encargó el trabajo al cuerpo de ingenieros navales. Enseguida hicieron maletas rumbo a la capital cubana y ya a inicios de diciembre grúas de la compañía Lacawanna Steel daban sus primeras paletadas in situ. Se sumó la draga cubana “Cayo Buba”, que extrajo un ancla en marzo y mucho después la proa. Además, fueron contratados 275 operarios, cifra que pronto resultó insuficiente debido a la cantidad de “trabajo sucio” por hacer.

El mástil que había signado las postales del paisaje náutico fue la primera reliquia del Maine enviada a Estados Unidos. Sembrado como estandarte en el famoso cementerio de Arlington, hoy rinde tributo a los muertos en la voladura. El recuerdo solo formaba parte del plan.

Uno de los proyectos trazados para el reflote. Aunque la realidad fue distinta, el dibujo refleja que manejaron conceptos avanzados para la época. Foto: Archivo del autor.

La idea era dejar el Maine al descubierto. Con la esperanza de materializar ese objetivo construirían un cofferdam o ataguía provisional, especie de cerco o encofrado para “represar” el pecio. Luego bombearían el agua al exterior y liberarían el casco. También había que limpiar el área de aparejos, máquinas, armamento, pertrechos y demás enseres que, esparcidos por las corrientes, ya constituían un fondo peligroso. Sin embargo, dejar “en seco” a un acorazado de cien metros de eslora tras pasar una década sumergido representaba un desafío colosal. En los anales de la ingeniería no figuraba un proyecto de semejante envergadura.

Fue el suceso del año. No pasó una semana sin que el Diario de la Marina, El Fígaro o La Discusión graficaran los vaivenes de la operación de reflote. Hasta una compañía teatral se apropió de la trama para llevarla a escena. Desde el mismo enero de 1911, el teatro Molino Rojo puso en cartelera la divertida zarzuela “La extracción del Maine”, cuyas funciones se extendieron por más de seis meses y según el Diario de la Marina “cada día gusta más”.

Vista panorámica de la ataguía compuesta por veinte cajones cilíndricos. Foto: Cuban Heritage Collection/UM.

Un cadáver en la tina

Desde un principio la prensa local reveló la complejidad de las maniobras en la bahía. Primero debían clavar con martinetes mecánicos 3190 estacas de acero laminado, a 23 metros en el suelo marino. Esas barras —con ranuras de machihembrado, sistema Boardman— servirían de base para ensamblar veinte cajones cilíndricos —de 25 metros de altura y 15 de diámetro— que a modo de pilotes contiguos delineaban el encajonado elíptico alrededor del Maine.

Interior de la ataguía donde se aprecia la muralla de piedras vertidas para reforzar los cilindros. Foto: Cuban Heritage Collection/ UM.

El foco de interés apuntó a los ángulos de unión entre los cilindros ubicados tangencialmente, dados los recelos de que el empuje externo del agua y del barro terminara por derrumbar las paredes de la enorme barrera. Previendo ese riesgo, los especialistas reforzaron los puntos de enlace con estacas de madera protegidas por una pequeña escollera en forma de arco. Tanto los cilindros —huecos en el centro— como los cierres dispuestos entre ellos, fueron rellenados con grava y arcilla compactadas. Esto aportaría mayor solidez y hermeticidad.

La cimentación de la ataguía pareció no tener prisa y pasaron meses antes de expulsar el primer chorro de agua. Surgieron varios problemas, la armazón no resultó lo suficiente hermética de acuerdo con los cálculos, sufrió aguaceros tropicales, y en ocasiones las faenas quedaron en suspenso al agotarse las partidas de dinero concedidas. Aun así, con tenacidad y eficacia sorprendentes, la comisión de los ingenieros militares Black, Patrick y Ferguson, bajo la supervisión del brigadier Bixby, fue orillando problemas hasta anclar una confianza absoluta.

Desde el punto de vista técnico, la ataguía significó para los estadounidenses un éxito tan apoteósico, que el periódico Chicago Inter-Ocean pidió rellenarla hasta crear un pequeño islote, donde se levantara un monumento a la redención del Maine. Por el contrario, el Diario de la Marina del 4 de agosto ironizaba: “Es verdaderamente el colmo de la seguridad. Hasta al maloliente fango se le pide ayuda. De modo que el éxito del proyecto de ataguías con encofrados cilíndricos no ha podido ser más brillante. Pero el caso es que, a pesar de la plena seguridad que pregonan a diario, los directores de la obra siguen escamadísimos”.

Una inspección dio el visto bueno al recinto ovalado para iniciar el drenaje del agua contenida, que se hizo bajo extrema vigilancia y con potentes bombas. A medida que el volumen disminuía el Maine iba develando su caos de grandes proporciones. Recordaba un cadáver ladeado en una tina gigante.

Esquemas del recinto de planta simétrica al inicio y al final de los trabajos de extracción. Nótese a la derecha la cantidad de apuntalamientos añadidos. Foto: Diario de la Marina.

El Maine al desnudo

Para mediados de junio de 1911 podía verse el puente de popa con sus pasadizos enlodados, los camarotes de la oficialidad y la torreta con sus cañones de grueso calibre. En el curso de semanas salió la quilla destrozada y se confirmó que desde la cuaderna 41 se había perdido toda la proa. Asimismo, fueron emergiendo 58 tripulantes desaparecidos, objetos personales, entre otras evidencias.

Pero con la disminución del nivel de agua también empezaron a advertirse las temidas flexiones en el muro. ¿Resistirá? La cuestión saltaba de boca en boca. Como muchas edificaciones de la “moderna” Habana Vieja, la ataguía terminó con apuntalamientos de pinotea de punta a cabo y engordada con lomas de tierra.

El Diario de la Marina del 10 de agosto daba cuenta de la peripecia: “Los cilindros que forman la ataguía siguen inclinándose cada vez más debido a la fuerte presión externa, pero según opinión del ingeniero encargado de las obras no hay temor de que por ahora reviente alguno y ocurra una catástrofe. Sin embargo, como medida preventiva, cada media hora se examinan los indicadores colocados en cada uno de los veinte caissons. Hasta el presente se han arrojado unas 20 mil toneladas de piedra dentro de la ataguía y se está construyendo otro muro interior para impedir que el fango siga pegado al casco”.

Retirada por completo la tapia de mar, el otrora vistoso barco se mostró como un amasijo de hierros oxidados y piezas desflecadas, una bestia prehistórica con corteza de escaramujos. Los obreros —vaya trabajo penoso y largo el que les tocó— limpiaron con agua a presión el casco y los compartimentos inundados por el cieno, rescataron los últimos restos humanos y cortaron con sopletes de acetileno las partes más dañadas. Por último, sellaron las grietas, diseñaron un sistema de válvulas y adosaron —a mitad de camino entre la proa y la popa— un mamparo de madera y cemento para facilitar la puesta a flote de la nave.

Esta obra de ciencia e ingenio humano permitió mantener el Maine en una suerte de pozo a cielo abierto por seis meses, tiempo suficiente para dibujar diagramas con varias perspectivas y captar imágenes en detalles del estado real del pecio. El propio Bixby aseguró al Diario de la Marina que habían tomado cuatro mil fotografías (y cuatro mil copas de whisky). Esa documentación minuciosa sería un invaluable asidero para los investigadores del futuro. El 26 de enero de 1912 se dio por concluida la recuperación. Había costado casi un millón de dólares.

A pesar de tener el Maine al desnudo —a diferencia de la primera comisión— y examinar otras pruebas con mayor detenimiento, el equipo investigador de 1911 sencillamente repitió la teoría de su homólogo de 1898: la susodicha mina. Hubo que esperar hasta 1975 para que el almirante Hyman G. Rickover —considerado padre del submarino nuclear estadounidense— aportara nuevos argumentos. Al retomar el caso, Rickover y su grupo de expertos refutaron las conclusiones de ambos expedientes desarrollados bajo presión, apuntando al incendio de una carbonera adyacente al depósito de municiones de reserva como origen más probable de la detonación. En otras palabras, lo atribuyó a una chispa fortuita y no a un ataque premeditado.

Dos días antes de cumplirse el aniversario decimocuarto del siniestro abrieron la compuerta del dique para que el agua retornara de a poco a sus dominios. Sacudiéndose la profunda modorra, el coloso mutilado comenzó a subir pesadamente. Ya no lucía el donaire marcial del navío de guerra que el 25 de enero de 1898 se amarró a la boya número 4 en el puerto habanero, para velar por los intereses de sus conciudadanos en días de tensión. Ahora tenía el aspecto de una patana, de un ataúd flotante. Solo faltaba arrastrarlo a su destino final.

Aspecto fantasmagórico del Maine tras ser reflotado. Foto: El Fígaro, 24 de marzo de 1912.

Entre espumas y flores

El 16 de marzo de 1912 tuvo lugar el remolque del Maine hacia su irreversible sumersión. La víspera, encontrándose ya fuera de la ataguía, fue muy visitado y acondicionado para su última travesía. Lo adornaron con flores y una bandera. Sobre las dos de la tarde se deslizaba con parsimonia de funeral hacia la boca del puerto. Desde el Morro una banda militar tocó a su paso una marcha de despedida, mientras la batería de La Cabaña disparó salvas de reglamento.

El mar estaba bastante movido. El Maine escoraba a estribor y babor como cabeceando va el soldado agonizante a caer en la tumba. El casco hacía agua, por lo que ubicaron una bomba de achique. Ofreciéndole guardia de honor iba un rosario de embarcaciones comandadas por el acorazado North Caroline, el crucero Birmingham, los guardacostas cubanos Hatuey, Yara, Enrique Villuendas y 10 de Octubre; seguidos por decenas de remolcadores, vapores como el Saratoga y el Olivette, yates y lanchas. Una banda a bordo del North Caroline tocaba la romanza de Tosca “Adiós a la vida”.

Postal que recoge el momento en que el navío maltrecho es remolcado a su destino final, la tarde del 16 de marzo de 1912.

El cielo, que había brillado azul horas antes, se fue encapotando en el transcurso de la solemne ceremonia. A casi cinco millas de La Habana, el North Caroline dio tres toques en señal de detener máquinas. Los barcos escoltas se ubicaron en semicírculo, hicieron sonar sus sirenas y algunos dispararon cañones en febril homenaje; al tiempo que los mecánicos destapaban las entradas preparadas al efecto y procedían a dinamitar la venerada mole. Instantáneamente el agua se precipitó hacia sus entrañas, desalojando a borbotones el aire comprimido.

Sobre las 5:20 de la tarde, ante cien mil miradas piadosas que llegaban desde el litoral hasta aquel horizonte de muerte, un océano plomizo se tragó al infortunado barco que había luchado contra las olas como un monstruo mitológico negado a ser presa del ahogamiento. Se hundió mostrando las hélices —caprichoso paralelismo al icónico adiós del Titanic— y cayó en diagonal a un abismo de 1 150 metros. Un remolino de espumas y flores marcó su huella encima del mar. Pero, un fantasma nunca muere ni se va del todo. En los disimulados ciclos de la Historia, el Maine parece reflotar con su drástica influencia de Caballo de Troya en el Caribe.

Etiquetas: Historia de CubaPortada
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Igor Guilarte

Igor Guilarte

Santiago de Cuba, 1983. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (2007). Periodista e investigador histórico. Premio en Concurso Nacional de Periodismo Histórico 2020 y 2022.

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