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Sentimiento Mordzinski

Durante más de cuatro décadas ha tejido, casi sin estridencias, el mapa visual más completo de la literatura en español. Lo llaman "el fotógrafo de los escritores".

por
  • Kaloian Santos
    Kaloian Santos
febrero 21, 2026
en Por el camino
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Silvio Rodríguez y Daniel Mordzinski. Foto: Kaloian.

Silvio Rodríguez y Daniel Mordzinski. Foto: Kaloian.

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El día que conocí al fotógrafo Daniel Mordzinski, en 2018, durante una prueba de sonido de Silvio Rodríguez en un microestadio de la ciudad de Córdoba, lo escuché pronunciar una frase que, con el tiempo, entendí como una clave de su oficio. Miraba en la pantalla las imágenes recién tomadas y dijo, casi en voz baja: “Siento que esa puede ser la foto”. No había euforia ni grandilocuencia en su tono. Era, más bien, una constatación íntima. En otra ocasión, frente a otra serie, sentenció lo contrario: “Ahí no está. No la siento”.

Lo decía sin énfasis, como quien reconoce algo que ocurre en un plano difícil de traducir en palabras. Con los años —y para mi fortuna— volvimos a cruzarnos en distintos escenarios y compartimos trabajos, conversaciones, silencios de set. Una y otra vez le escuché repetir la misma idea: sentir o no sentir una foto.

Desde entonces me acompaña esa certeza esquiva: hay un instante en que la fotografía parece anunciarse antes de ser examinada con detenimiento. Late. Se impone como una intuición nítida que antecede al análisis técnico y a la edición rigurosa. Como si, antes de convertirse en imagen definitiva, ya supiera que lo es.

Daniel Mordzinski. Foto: Kaloian.

No se trata de un asunto puramente técnico. La luz, el encuadre y la experiencia son herramientas indispensables, pero no bastan. Lo decisivo ocurre antes: en la conversación, en el silencio compartido, en esa espera que parece improductiva y que, sin embargo, va preparando el terreno. Mordzinski no se limita a retratar; establece un vínculo. Escucha. Acompaña. Se instala en la escena sin violentarla. Su cámara no irrumpe: permanece. Y en esa permanencia hay una ética muy propia.

Esa manera de entender el oficio atraviesa su más reciente libro, Silvio Rodríguez. Diario de un trovador, publicado por Editorial Planeta y presentado en el Hay Festival Cartagena 2026 con la participación del propio Daniel; Silvio, de manera virtual desde La Habana; y el actor cubano Jorge Perugorría como maestro de ceremonias. El volumen trasciende la idea de un simple cuaderno de viajes: es un recorrido afectivo por conciertos, ciudades y encuentros que, a lo largo de una década, fueron consolidando una relación.

El libro no nació de una estrategia editorial ni de un contrato apresurado, sino de la reiteración de los encuentros. Así lo explicó Silvio durante la charla: fue algo que “creció a partir de los viajes y las coincidencias”, desde aquel primer cruce en República Dominicana hasta las giras compartidas por España, Argentina, Chile, México y otras estaciones latinoamericanas. El trovador subrayó cómo esas coincidencias sedimentaron un vínculo que dejó de ser únicamente profesional para convertirse también en personal.

Foto: Kaloian.

Con el tiempo, la acumulación de imágenes comenzó a insinuar una forma. Daniel enviaba fotografías después de cada viaje; muchas, recordó Silvio, estaban atravesadas por un humor cómplice que los retrataba sin solemnidad. Hasta que llegó la propuesta directa: “Un día Daniel me dijo que quería que hiciéramos un libro”. Y remató con ironía: si un fotógrafo como él te propone algo así, “hay que ser bobo para decir que no”.

Desde el lado de Mordzinski, la aproximación tuvo desde el inicio un carácter narrativo. Confesó que creció escuchando a Silvio y que siempre consideró sus cancioneros como verdaderos poemarios, porque en cada canción habita una pieza de poesía autónoma. Acompañarlo en conciertos, en la intimidad familiar y en diálogos con otros creadores le permitió comprender que cada retrato era apenas un fragmento de una historia mayor. “Toda fotografía contiene un relato”, explicó. A él le interesa, sobre todo, ese territorio invisible que rodea la imagen: lo que ocurre antes y después del clic, cuando la vida aún fluye y la memoria comienza a tomar forma.

Hablar de Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) es hablar de una paciencia convertida en archivo. Durante más de cuatro décadas ha tejido, casi sin estridencias, el mapa visual más completo de la literatura en español. Lo llaman —con justicia, aunque la etiqueta resulte insuficiente— el “fotógrafo de los escritores”.

Por su lente han pasado figuras mayores como Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa, pero también voces emergentes que, gracias a su mirada, encontraron un primer retrato a la altura de su obra. Más que acumular rostros, Mordzinski ha construido una memoria afectiva de la cultura iberoamericana, donde cada imagen es el resultado de un vínculo y cada disparo, la síntesis de un encuentro.

Foto: Kaloian.

Cuando Daniel afirma “siento que esa es la foto”, el verbo no es casual. Antes que mirar, percibe. Detecta el instante en que el personaje público se repliega y asoma la persona. Sabe que la verdad rara vez coincide con el gesto más espectacular; suele habitar en un ademán mínimo, en una mirada distraída, en una respiración que se afloja. Ese momento es frágil y breve. Requiere paciencia.

En su aproximación hay una voluntad explícita de no invadir. No busca imponer una pose ni fabricar una escena. Observa, ajusta lo indispensable y espera. Esa economía no responde solo a la técnica, sino al respeto. No dispara por ansiedad ni por acumulación: fotografía cuando percibe que algo genuino está ocurriendo. Esa contención es, en el fondo, una postura moral.

Confieso algo detrás de escena de este libro. 

Entre las muchas cosas que admiré de Daniel Mordzinski —de estar a su lado, de sostener gustosamente la tela negra sin fin, de armar un set improvisado en los lugares más inverosímiles para un retratista— hubo una lección silenciosa que entendí con el tiempo: Daniel no gasta sus balas. Digo mejor: no desperdicia sus disparos. No fotografía por ansiedad. Espera. Observa. Se mueve apenas lo necesario. Y cuando siente que “ahí podría estar la foto”, entonces sí: ahí sucede. Esa economía no es técnica: es ética. Es una forma de relacionarse con el otro. De no invadir. No atropellar el instante. De ahí proviene, creo, ese “sentir” del que habla. No es intuición mágica; es atención sostenida. 

Y luego está el retratado de este libro: Silvio Rodríguez. Poco dado a las fotos. Más bien introvertido, sencillo, humilde hasta el hueso. No es de quienes se entregan fácilmente al lente. Su territorio es la canción, detrás de una guitarra o una cámara, no en la pose. Pero cuando se compromete, cumple. Y con Daniel algo se relaja: se distiende el gesto, baja la guardia, aparece una respiración más auténtica. ¿Por qué Daniel lo logra? Porque no va en busca del ícono, sino del ser humano. Porque no se impone sobre el personaje. Porque sabe esperar el momento en que el trovador deja de ser figura pública y vuelve a ser hombre. Y eso, en alguien como Silvio, no es poca cosa. 

Daniel Mordzinski tira fotos durante un ensayo. Foto: Kaloian.

Pero también hay cómplices en esas fotos que ahora componen este libro. Cómplices invisibles que sostienen el clima. Pienso en Niurka González. Soy testigo de que, así como es virtuosa con la flauta, lo es como aliada. Cada vez que a Daniel se le ocurría una foto, cada vez que proponía un encuadre “alocadamente” hermoso o pedía un gesto más, Niurka era esa otra pata de la mesa que proponía el momento justo. Una complicidad decisiva.

Porque las grandes fotografías rara vez son un acto solitario. Aunque el disparo lo haga una sola persona, alrededor hay una red de gestos, silencios y complicidades que lo hacen posible. En Silvio Rodríguez. Diario de un trovador se siente: no son imágenes arrancadas; son imágenes concedidas. Y quizás ahí esté la clave. Las fotos, entonces, no solo se hacen: se tejen.

Foto: Kaloian.

En este libro, además, la palabra ocupa un lugar central. Silvio aporta fragmentos de diarios, comentarios a las fotografías y versos que dialogan con las imágenes. Aquí no se cumple el lugar común de que “una imagen vale más que mil palabras”: texto y fotografía se complementan hasta formar una unidad. El sentimiento que Daniel invoca no es una intuición mística, sino el resultado de una atención sostenida.

Foto: Kaloian.

En el prólogo, el propio Silvio recuerda un encuentro fortuito en París y agradece a Daniel con palabras que revelan algo más que admiración profesional: hablan de admiración mutua. Ese vínculo explica por qué las imágenes no parecen arrancadas, sino concedidas. No hay asalto ni captura forzada, sino un consentimiento tácito.

Foto: Kaloian.
Foto: Kaloian.
Foto: Kaloian.
Foto: Kaloian.
Foto: Kaloian.
Foto: Kaloian.

Después de recorrer el libro, la frase inicial adquiere otro sentido. La foto “está” o “no está” según la calidad de la relación que la precede. La cámara es apenas el instrumento; lo decisivo ocurre en el intercambio humano. El sentimiento del que habla Mordzinski no es un arrebato inexplicable: es la consecuencia de haber estado verdaderamente presente.

Foto: Kaloian.

La pregunta, entonces, deja de ser cómo fabricar una imagen con emoción y se transforma en algo más simple —y, a la vez, más complejo—: cómo situarse frente al otro. Daniel parece haber encontrado su respuesta en la paciencia, en la humildad y en una atención que convierte el oficio en una forma de vida. Existe, sin duda, un “sentimiento Mordzinski”, del mismo modo que existe un instante decisivo a lo Cartier-Bresson: un punto exacto e irrepetible en el que la imagen no solo se compone, sino que se siente. Silvio Rodríguez. Diario de un trovador es prueba elocuente de esa certeza.

Etiquetas: PortadaSilvio Rodríguez
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Kaloian Santos

Kaloian Santos

Holguín, 1981. Licenciado en Periodismo por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Desde el año 2000 se dedica a la fotografía y desde 2003 ejerce el fotoperiodismo. Es autor de los ensayos fotográficos Con luz propia (Editora Abril, 2012) y Cuba viva (Ocean Sur, 2016). Colaborador de varios medios de comunicación. Docente. 

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