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Cuando uno escucha a Milada Milhet es fácil caer en una trampa de especulaciones sensitivas. ¿Don divino? ¿Genialidad mundana? o ¿tal vez un ensamble entre materia y espíritu que termina con la dicotomía de siempre para dar un híbrido irreconocible en un universo paralelo?
Para salir de esa maraña de hipótesis hay opciones. De momento, se recomienda escuchar “Duele”, “La era”, “Yolanda” o “Demasiada sal”, entre algunas de sus versiones más poderosas y rematadas por el éxito de un estilo tectónico. Una suerte de crooner al femenino que trepida en la cuerda de una Tanya Rodríguez o una Beatrix López. Nada que ver con la tanda de voces ñoñas y frágiles de las últimas décadas en la isla.
Otra perspectiva. Para aquellos que practican las tradiciones hindúes, budistas y védicas, la vocalización del Om es la vibración original del universo, el principio de toda creación. Ciertas voces humanas, sin embargo, también poseen esa cualidad que abarca un espectro de frecuencias —el Do grave sobresale— remitiendo tal vez a su carácter cósmico. Milada parece haber nacido tocada con la misión de hacernos sentir un big bang sentimental donde todo comienza o recomienza. Una y otra vez. Un ritornello con cada canción.

Nacida en Baracoa, ciudad primada de la isla y cundida de apellidos franceses, como el Milhet, en un secreto año del siglo pasado, su trayectoria artística se nutre de una herencia familiar profundamente musical y de la efervescencia cultural de Santiago de Cuba, donde compartió escenarios con trovadores y agrupaciones que marcaron época.
Sin embargo, más allá de sus influencias y de su formación académica, hay un momentum que define su carrera: el encuentro con Luis Carbonell (1923-2014), el “acuarelista de la poesía antillana”. Santiaguero incorruptible, pese a su habaneridad trashumante, Carbonell no solo fue su maestro, sino también su mentor espiritual en la música. Fue él quien le enseñó a amar y comprender el bolero, quien le transmitió la importancia de la interpretación auténtica y, sobre todo, quien le dio su visto bueno cuando Milada decidió dar el salto hacia el pop rock sin malla protectora con su versión de una joya de la sentimentalidad nacional: “Duele”, del dúo autoral Piloto y Vera.
Ese gesto de aprobación, cargado de autoridad y sensibilidad, fue para Milada una consumación bautismal. “Ese día nací otra vez”, confiesa. La bendición de Carbonell le otorgó legitimidad y confianza para explorar nuevos caminos sin perder la esencia de la canción cubana. Desde entonces, su voz se ha curtido en fusiones arriesgadas, en versiones que se escuchan como originales y en composiciones propias que nacieron en tiempos de recogimiento y esperanza.
Hoy, Milada se presenta como una artista madura, con más de tres décadas de vida artística, que ha sabido encontrar su identidad en el cruce de tradiciones y modernidades. Su nuevo disco, Renacer, concebido en plena pandemia y trabajado junto a su esposo, el músico, fotógrafo e ingeniero de sonido danés Jessie Petersen, es testimonio de esa búsqueda: un repertorio autobiográfico donde el amor, la memoria y la visión de un mundo mejor se entrelazan en una trama melódica que confirma que, para ella, la música siempre será un ejercicio de verdad e introspección.

Una conversación que comienza hablando de luces
“Las odio”, dice Milada cuando entra al estudio traída de la mano del investigador y director radial Carlos Fornés y se ve iluminada por un baño de leds que emiten luz blanca. “No son buenas, no favorecen. La luz amarilla es la que te calma. Eso lo aprendí de mi esposo que es fotógrafo”.
Le respondo que no soporto la luz amarilla, que me remite a las antorchas de las cavernas o las novelas de Proust, siempre relamidas de melancolía. “Pues mira, es la mejor”, retrueca.
¿Cómo te presento a los lectores?
Milada, de Santiago de Cuba.
¿Puedes confesar el año de tu nacimiento?
Eh, no, no. Lo dejamos así. Yo soy del equipo de Irela Bravo. Como dice una gran profesora que tuve: “La artista tiene dos edades. La biológica y la de apariencia.”
Siempre pregunto a mis entrevistados dónde buscar el origen de lo que hacen…
El origen siempre viene del instinto creativo, de lo que tienes en tu corazón y en tu alma.
Algunos suponen que naciste en Santiago de Cuba, lo cual puede ser un privilegio musical…
No, yo nací en Baracoa. Pero desde los dos años me crié en Santiago de Cuba. Me siento santiaguera, aunque Baracoa está en mi corazón. Y sí, la música en Santiago te rodea desde que amaneces hasta que te duermes.
Toma de decisiones y favoritos en el dial
¿Tu familia influyó en tu vocación musical?
Sí, vengo de una familia musical. Mis tíos cantaban boleros y feeling. Mi mamá era muy afinada. Mi tío Rafael fue cantante de la orquesta Baracoa.
¿Ejerciste como docente?
Sí, estudié Filosofía e Historia en el pedagógico de Santiago y ejercí dos años. Pero mi mamá me dijo: “Tienes que definirte,” porque entre las clases y el canto estaba acabando con mi voz. Y me decidí por la música.
¿Cómo comenzó tu carrera artística?
Fui vocalista del grupo Soneto en Santiago de Cuba, con fusión de trova, jazz, bolero y música tradicional.
¿Qué música escuchabas?
De todo: Michael Jackson, Van Halen, Celina González, Omara Portuondo, Madonna, Ana Belén. Luego viví seis años en España y me marcó el rock acústico y melódico: U2, Eric Clapton, Sting, Beatles, Dire Straits.
¿Metalera alguna vez?
No tanto. Me fascina más el melodismo, aunque admiro baladas de Metallica y de Ozzy Osbourne.
¿Cómo llegaste al rock melódico?
En 2006, tras volver de España, donde grabé el álbum Cautivos, publicado en 2001, descubrí que quería hacer trova rock. Con el arreglista Roberto Miranda inicié esa etapa.
Carbonell, mentor y benefactor
¿Qué opinaba tu maestro Luis Carbonell?
Me llamó una noche a casa, después de la novela que él siempre veía. Aprobó mi versión pop rock de “Duele”. Me felicitó y me dijo: “Eso es lo que tú tienes que hacer. Ahí está tu identidad.”
Primer disco. Nuevo disco. Cuarentena y más
Cuando conocí ese primer disco tuyo que eran covers fue tan revelador para mí que las versiones, de tan únicas, no me incitaran a las comparaciones con las originales. Las disfrutaba sin buscar sus antecedentes, como si las hubieras despojado de sus orígenes.
Sí, ese disco se tituló “Travesías” (2013). Era un disco independiente hecho en casa, con versiones de clásicos como “Yolanda” “La era”y “Pero qué será de mí”.
Ahora has grabado un nuevo disco, ¿cómo es la cosa?
Desde 2020 sentí necesidad de componer. Mi esposo Jessie Petersen, músico danés, me animó. Compuse “Corona” como canto a la esperanza.
¿Fue durante la cuarentena por la pandemia cuando surgió esa necesidad de componer?
Sí, exactamente. Ese período de recogimiento fue muy fuerte. Estábamos encerrados, con miedo, con incertidumbre, y yo sentía que debía hacer algo con todo lo que estaba pasando. Los artistas no podíamos quedarnos quietos. Fue ahí cuando nació mi primera canción, “Corona”, como un canto a la esperanza, al amor, a la fe de que todo aquello iba a pasar.
Milada recuerda que grabó un demo en casa y lo compartió en redes en pleno confinamiento.
“No soy instrumentista, pero las melodías me bajaban a la cabeza y las grababa en el teléfono metida en el baño de la casa. Era como un desahogo, una manera de sobrevivir emocionalmente a la pandemia”, explica. Ese momento marcó el inicio de su faceta como compositora, después de décadas dedicada a la interpretación.

El huevo o la gallina
¿Qué va primero, el texto o la música?
Primero la melodía. Soy muy melódica, creo que la letra necesita una melodía convincente para llegar. Hay muchos compositores que componen la melodía primero.
Y cuando tienes la melodía, ¿la llevas al papel pautado?
No, no. Esto es estilo Benny Moré. No hay ningún papel pautado. Yo estudié solfeo en la escuela de música, pero en cursos por encuentro, todo muy cogido con alfileres. Además no toco ningún instrumento. Entonces son inspiraciones que tengo. Recuerdo la anécdota, salvando las distancias, de cómo McCartney concibió “Yesterday” al tirarse de la cama una mañana. Comenzó a tararearla. Eso pasa y hasta a veces sueñas con una música y si la recuerdas, puedes reproducirla.
¿Temáticamente de qué trata el nuevo disco?
El denominador común es el amor. Hay canciones dedicadas a Baracoa, a mi madre, y una visión existencial sobre un mundo mejor.
¿Está pensado para sonido de banda?
Sí, es un disco con concepto pop y pop rock.
¿Y dónde lo grabaste?
En nuestro estudio Havana Recording. Así lo hemos bautizado y así fue entregado a la convocatoria al premio Cubadisco 2026. Y, por supuesto, no me niego a tocarle la puerta a alguna disquera a la que le interese, algún licenciamiento o algo así.
¿Nunca has intentado con el blues? A veces, cuando te escucho, descubro reminiscencias de la Joplin.
Grabé una balada blues basada en un poema de Nicolás Guillén, “Rima amarga”, junto con los sobrinos de Carbonell, Ernesto y Francisco. Este segundo desafortunadamente ya no está entre nosotros.

Elecciones e ídolos
¿Feeling o bolero?
Estoy más apegada al bolero tradicional. Más a “Dos gardenias” que a “Tú, mi delirio”. ¿Me entiendes? El tema de Isolina logra sacarme mucha fuerza interpretativa.
¿Ídolos en tus altares?
John Bon Jovi, que tiene unas baladas que te parten el corazón. Brian Adams es otro. Joe Cocker…
“You are so beatiful”, cómo olvidar eso…Le temblaba la voz al decirlo, porque apenas lo cantaba.
Todas aquellas canciones son preciosas. Y por supuesto, Beatles, Rolling Stones, el mismo Led Zepellin tiene baladas hermosas.
Y ellas, ¿dónde están?
Tina Turner es una de mis grandes ídolos y referencias a estudiar. Es mi maestra, como también lo es Cher, por ejemplo. Ana Belén y Elena Burke también. Todas tienen en común que defienden la música con un rigor y con una verdad que estremecen.

¿Otro salmón?
Tus creaciones tienen lugar en medio de un océano de música “repartera”, esa variante cubana del reguetón que coloniza desde hace más de veinte años espacios juveniles y también extrajuveniles y que va desde el argot a la escatología. ¿Cómo se inserta tu propuesta en una escena dominada por ese fenómeno? ¿Te ves como una rara avis, una maquinista de un tren a vapor?
Mira, yo respeto todas las expresiones musicales porque cada una responde a una generación, a un contexto y a una necesidad. El reparto tiene su público, tiene su energía, y no se puede negar que forma parte del paisaje sonoro actual de Cuba. Pero mi camino es otro. Yo vengo de la trova, del bolero, del rock melódico, de la canción que apuesta por la melodía y por la interpretación.
Milada hace una pausa y reflexiona.
Yo creo que lo importante es que haya diversidad. Que el público pueda elegir. Mi música no compite con el reparto, porque son lenguajes distintos. Lo que sí me interesa es que los jóvenes descubran que también pueden emocionarse con una canción melódica, con un bolero, con una trova rock. Y me siento feliz cuando veo que, incluso en medio de ese océano de reguetón, hay quienes se acercan a mis canciones y las hacen suyas.
Y hay que seguir haciendo buena música para la gente, para que no nos perdamos en ese desierto vacío de banalidad y superficialidad. Hay que ayudar a la gente también a no perderse y decirle, “Aquí hay otra música. Ven a mí, escúchame.” Yo no creo en las modas. Yo creo en la música.

Concierto a la vista y confesión final
¿Qué va a pasar en el concierto de Bellas Artes el sábado 7 de marzo a las 5 de la tarde?
Quiero hacer un concierto en el que no solamente presente el nuevo disco Renacer, que son diez temas de mi autoría y uno a cuatro manos con mi esposo (El bosque de Lugo). También volveré a las viejas versiones y tendré invitados que me guardo para que sean sorpresa.
¿Cuál es el sueño de una cantante como tú?
Presentarme en el Roskilde.
Una última cuestión: ¿cuál es tu gran temor en la vida?
Una pregunta difícil, ¿eh? Mi gran temor en la vida es que no pueda cantar. El tiempo pasa para todos.











