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Todo se ha vuelto tan amargo, que en La Habana de hoy lo dulce prácticamente no existe. Pero cuando Cuba tenía fiebre de azúcar, aunque casi nadie lo sepa o pocos lo recuerden, la ciudad capital también maravilló por su batey de antología.
Un valle fértil —en lo que es ahora municipio de Marianao— prometía fortuna a quienes se atrevían a domar la tierra y el tiempo. Allí se erigió el central Toledo como un faro de prosperidad, su fulgor de presea fue la envidia de muchos y, antes de ser condenado a pieza sosa, dio medida de la influencia determinante que tuvo la industria azucarera en el progreso de un país sentenciado por el monocultivo.
El desaparecido central Toledo fue el “único” que operó en los perímetros de la capital. Esta ha sido la clásica afirmación repetida con gozo de estribillo. Siempre que se diga, sin embargo, será un argumento frágil. En un interesante estudio titulado “Los ingenios de azúcar en La Habana del siglo XVII (1640-1700)”, el investigador Alejandro de la Fuente García —con la asesoría de Manuel Moreno Fraginals— sostiene que “por 1603 en La Habana existían ya unos treinta ingenios establecidos o en construcción”.
Varios arrancaron como trapiches de poca monta, compuestos por tres unidades básicas: las casas de molienda, calderas y purga; e incluso con dotaciones extremadamente reducidas de cinco y diez esclavos. Pero por años exprimirían el jugo a la caña y el sudor a la mano de obra secuestrada para capitalizar a una sacarocracia feroz y cimentar el emporio del oro blanco que por mar dio la vuelta al mundo.
Si bien es de suponer que el espacio geográfico aludido incluía de seguro ingenios radicados en partidos de lo que se dio en llamar “Habana Campo” —hoy Artemisa y Mayabeque—, algunas evidencias confirman que el primer ingenio de La Habana se construyó en 1595, y que desde inicios del siglo XVII el territorio ocupado por la actual capital estuvo circundado por el verdor infinito de cañaverales altivos. Por solo citar un par de ejemplos estuvieron el ingenio San Pedro (Cojímar) y el San Miguel (San Miguel del Padrón); mientras en corrales de Guanabo y Santiago de las Vegas los ingenios se contaban por decenas. Hubo más.
En resumen, el Toledo no sería el primero ni el único, pero sí el que trascendió cuando la mayoría de esas haciendas azucareras desaparecieron engullidas por la urbanización. Lo que está documentalmente probado es que llegó a ser el más antiguo del país activo en su sitio fundacional, aunque por supuesto, sin rastros de sus versiones primigenias. Visto así, clasifica sin duda como unicornio del patrimonio azucarero local.

Raspadura y turrón
Raspadura produjo en sus inicios, cuentan. Macheteando en el cañaveral de la historia, topamos con que la “raíz del plantón” estuvo en un primitivo trapiche de nombre San Andrés fundado por Diego Franco de Castro, director de coro eclesiástico. La primera referencia del ingenio —asegura un suplemento “Caña y Azúcar” del Diario de la Marina (noviembre de 1959)— quedó contenida en la escritura de imposición que doña Juana de Sotolongo suscribió en septiembre de 1675 ante el notario público don Leonardo de Heredia, por valor de 1 375 pesos y a favor de la capellanía que allí había ordenado establecer el susodicho don Diego fundador.
Tiempo después el cabildo de La Habana mercedó al presbítero Francisco Zayas Bazán aquel terreno “distante de esta ciudad tres leguas al sur”, para que fundara poblado. Al efecto, el cura se hizo acompañar por frailes dominicos, agustinos y belemitas para levantar la aldea en 1719. Apenas se aclimataban aquellos buenos de Dios cuando un incendio del diablo peló sus chozas hasta las estacas. Del siniestro los moradores se dividieron: unos marcharon hacia el norte a fomentar el vecindario La Ceiba, y los que quedaron rehicieron el caserío bajo el patronímico de Quemados, el cual arrastró hasta devenir barrio del Marianao contemporáneo.
Lo mismo que la jurisdicción, el ingenio cambió de titulación y dueño, sucesivamente. Un certificado de hipoteca fechado el 8 de junio de 1730 precisaba que el antiguo San Andrés había sido renombrado Nuestra Señora del Carmen, “lindando con los herederos del Padre D. Lucas Franco, la estancia de D. Juan Díaz de León y el río de la Chorrera” (dígase, el Almendares).
Desde 1738 lo administró Gabriel González del Álamo, quien le agregó el apelativo San Esteban, pero este no fijó y se perdió como palabra al viento. Su descendencia lo mantuvo hasta el siglo XIX. Así lo recibió Julián Martínez Campos, de este lo heredó Nicolás Campos y como papa caliente lo cedió al Conde de Santovenia, quien tampoco demoró en venderlo —en abril de 1850— al licenciado Marcelino del Allo. Ocho años más tarde pasó a la copropiedad de Francisco Durañona, José Pascual de Goicochea y Antonio Tuero.
No queda clara la fecha exacta, pero es de presumir que se le rebautizó Toledo en algún momento de ese “trapicheo” de medio siglo —entre 1801 y 1850—, pues al efectuarse el traspaso a la firma Goicochea, Durañona y Tuero afloró en los papeles el rótulo “Nuestra Señora del Carmen (a.) Toledo”. Quién sabe si respondiera a un apellido “de camino” o si se tratara de una evocación a la homónima ciudadela a la que el gran Cervantes dedicó un apasionado elogio: “Toledo, peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades”. El hecho es que se acuñó como definitivo este nombre, al que dieron más vueltas que a un turrón.

Con todos los hierros
Tras romperse la sociedad Goicochea, Durañona y Tuero, en agosto de 1865, Pancho Durañona se adjudicó el ingenio. A esas alturas había crecido en área al comprar 37 caballerías y 270 cordeles del vecino ingenio Purísima Concepción. Las tres hermanas Durañona Otamendi y sus esposos, tres hermanos Goicochea, asumieron la gerencia hasta venderlo al magnate Juan Aspuru Isasi cerrando la primera década del siglo XX.
Bajo la presidencia de Aspuru quedó constituida, a mediados de julio de 1909, la Compañía Azucarera Central Toledo. Fue él quien construyó para residencia familiar una mansión de mampostería, de altos y bajos, del tamaño de una manzana, con un jardín de rosas y palmas a la entrada, galerías interiores repletas de jarrones, muebles y cuadros valiosos, cochera y demás comodidades comunes en esas quintas palaciegas. La Virgen de Begoña, patrona de Vizcaya —de donde era oriundo el hacendado— tenía su altar solemne.


Desde el porche de columnas señoriales podía verse el exuberante movimiento del central. El secreto era muy sencillo: estaba en primera fila.
Le llamaron la Casa Blanca. Curiosamente, allí almorzó el vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, durante su visita a la isla en febrero de 1955. “Richard Nixon traspasó la talanquera para conocer en términos de hombre y de trabajo los problemas de Cuba. Prefirió huir de los rigores protocolares, pues quería escuchar el latido de la tierra y llevar su mensaje al cañaveral mismo”, encomiaba un reportaje de Bohemia. Dada su cercanía al centro urbano y el placer de una excursión cómoda y pintoresca, el central Toledo fue un lugar muy visitado por personalidades y turistas interesados en conocer el espectáculo fabril por dentro.

Los nuevos propietarios se abocaron a ejecutar un proceso de modernización mecánica y mejoramiento de las dinámicas productivas. Una edición especial del Diario de la Marina (agosto de 1918) reseñaba que el central de Marianao sobresalía entonces como uno de los más eficientes. Poseía una extensión de 756 caballerías de tierras y en temporada de zafra empleaba —entre jornaleros, técnicos y personal de oficina— alrededor de 2500 personas. Siete locomotoras y cientos de carros cerrados formaban el parque ferroviario que tiraba a la barriga del central la caña cristalina del campo. Allá era donde estaba la verdadera aventura y la explotación rayaba el colmo, abriendo trochas a pulmón de machete y sufriendo en pellejo propio los latigazos de un sol despiadado. Sus zafras llegaron a durar 150 días.
Las dinámicas productivas del ingenio eran una sinfonía en la que cada engranaje y esfuerzo jugaba un papel crucial. El entramado de rutinas y rituales de trabajo se complementaba con la maquinaria instalada en la casa-ingenio. Entre los principales avances tecnológicos y servicios disponían de desmenuzadora alemana Krajewsky, descargador de carros, tándem Fulton, centrífugas con motores Westinghouse y planta eléctrica. Asimismo, renovaron molinos, tachos, baterías de calderas, conductores, cristalizadoras, envasadoras, bombas de guarapo, y lo habilitaron de una refinería que llegó a ser la sexta de importancia en el país.
Disponer de todos “los hierros” posibilitó mejorar la capacidad productiva a 480 mil sacos de azúcar —casi medio millón—, aunque su rendimiento industrial no clasificaba de elevado. Ocupó el puesto 23 en el ranking de centrales, especifica Guillermo Jiménez en Las empresas de Cuba. Informes anuales de la Secretaría de Agricultura —consultados para este texto— detallan que en la zafra de 1916-1917 el Toledo produjo 37 mil toneladas. A la siguiente procesó 28 mil arrobas para producir 319 mil sacos de azúcar y 2 500 galones de miel. En la molienda de 1923-1924 ascendió a 330 mil sacos, y cerró 1959 con 47 mil arrobas molidas y 542 mil sacos elaborados. Otras de sus estadísticas récords fueron una plantilla máxima de 4500 trabajadores y las mil cien caballerías que alcanzaron zonas de Bauta, Caimito, San Antonio de los Baños y Boyeros.
Mas, los gigantes —el central, en este caso— también caen vencidos en el campo de batalla. Aquel coloso de hierro fue derribado por el catastrófico ciclón del 26, y sufrió tan graves daños en su estructura que los tesoneros dueños no tuvieron más remedio que reconstruirlo completo para retomar su ruta de éxito.

Sol de batey
En el citado suplemento “Caña y azúcar” el reportero del Diario de la Marina describía así su visita a finales de 1959: “Entramos al batey del central Toledo como quien entra en una apacible y bella población campestre, sin salirse de los límites de la gran ciudad congestionada. Cruzamos una hermosa verja abierta de par en par, donde comienza la propiedad del Toledo. El auto cruza raudo de la ciudad de Marianao al campo fértil donde naciera, la hiciera y la hace progresar. A la primera mirada encontramos un poblado de casas individuales en número muy crecido, con floridos jardines al frente, sembradas como a voleo; un hermoso parque donde se muestran las salvaderas coposas, las delicadas arecas y los troncos cilíndricos de los laureles”.
Casitas alineadas como cuadrilla militar albergaban a los trabajadores, el batey también disponía de escuela, zona comercial, un edificio sede del sindicato gremial, el Club de Empleados y un moderno estadio de beisbol con alumbrado eléctrico. Además de constituir una de las principales fuentes de empleo de la comarca, el Toledo benefició a la población de Marianao con obras de carácter social y recreativo. Puertas afuera el central desparramó sus mieles apadrinando los talleres de la Escuela Electro-Mecánica de Belén y con un viejo tanque —construido en forma octogonal en su era de ladrillo— almacenaba agua de manantial para luego brindarla a la vecindad circundante.

La familia Aspuru —primero Juan, que murió en 1917, y luego su hijo Manuel— retuvo el central hasta 1960, cuando fue nacionalizado y llamado Manuel Martínez Prieto, en homenaje a un mártir del sector azucarero. Ese mismo año sobrevino el proyecto de construir en sus terrenos una ciudad universitaria (la Cujae) y urbanizar la superficie sobrante.
Para los cubanos un central azucarero nunca ha sido una fábrica cualquiera. Es el alma del pueblo. Con sus ciclos inquebrantables, la producción de azúcar marcaba el pulso de la nación, tajando el calendario en época de zafra y tiempo muerto. Bajo ese sino el central Toledo no fue un mero coloso de acero y motor económico, sino el corazón de una comunidad que encontró en sus palpitaciones una razón de ser. El silbato del ingenio resonaba al amanecer de cada jornada como un canto ancestral.
Al principio la campana fue el sonido de la esclavitud. En sus entrañas, el central Toledo albergaba un crisol de culturas y afanes, cuajado desde que los primeros negros obligados por el mayoral al corte esparcieron entre aquellos linderos sus caracoles y costumbres. Desde el fondo de los siglos, en ese microcosmos la fatiga de los macheteros se mezcló con el vapor de las calderas en una danza de precisión. Las familias, unidas por lazos de sangre y por las faenas ante la caña desafiante, compartieron el peso de las estaciones, celebraron las cosechas con alegría y tuvieron que afrontar con resiliencia las horas de adversidad.


Empecinadamente vivo
Hasta mediados de los años noventa el Toledo respiraba por la chimenea de concreto armado que la Heine Chimeny Co. de Chicago alzó hasta los 210 pies de altura.
En una ínsula de ingenios legendarios, poseía el mérito indiscutible de ser el más antiguo en su emplazamiento entre todos los activos. Ningún otro central podía arrebatarle esa primacía, pues ninguno había molido a lo largo de cuatrocientos años y subsistido para contarlo. Cada cristal de azúcar brotado de sus máquinas era un espejo de la historia.
Pero desde la década de 1980 la empresa emitía señales de deterioro e ineficiencia, incumplía su plan de producción, quemaba toneladas de petróleo y presentaba serios problemas de inestabilidad del personal.
Empecinadamente vivo se mantuvo el central Toledo hasta que una voz abrupta lo declaró dinosaurio chatarra e inició su carrera de paralización.
El acta de defunción se firmó casi una década después, cuando la sombra de la Tarea Álvaro Reynoso, proceso de “reordenamiento” que obligó a muchos azucareros a recalibrar sus manos y que dejó extintas tantas chimeneas, se presentó con la orden de su desmantelamiento; o “canibaleo” progresivo, al decir popular.
Hasta hace unos años la simbólica chimenea era lo poco que quedaba en pie. No tengo idea si continúe allí, como ruinoso monumento al espíritu de quienes con sacrificio y esperanza edificaron una leyenda de cuatro siglos, y aportaron un sui géneris dulzor a La Habana.











