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A los once años, la muerte de su padre hizo algo que Daniel Alejandro Barrera todavía no consigue explicar del todo, y el hecho despertó en él una certeza, la de que escogería el camino de las artes escénicas. Hasta entonces, como tantos niños, había imaginado para sí mismo una vida llena de posibilidades: podría ser abogado, astronauta, “inventor de cosas”, como solía decir. Ser actor no estaba entre sus planes. Sin embargo, después de aquella pérdida decidió que quería dedicarse a la interpretación. Y aunque todavía hoy no sabe exactamente qué lo llevó a escoger el arte, sospecha que en esa decisión tuvo algo que ver la cercanía de su padre con el reconocido dramaturgo Héctor Quintero.
Desde entonces, Barrera ha construido su trayectoria entre el teatro, la televisión y el cine, aprendiendo que el talento necesita también disciplina, constancia, preparación y dedicación. En la televisión, su trabajo en telenovelas como El derecho de soñar, Renacer y Entre aguas le ha permitido ganar visibilidad y asumir personajes cada vez más complejos. Pero es sobre las tablas donde encuentra una de sus principales escuelas: ese “coliseo romano” en el que, dice, el actor debe enfrentarse solo a los leones.
Su relación con la actuación parece estar marcada precisamente por esa disposición a enfrentarse a lo desconocido. Cada personaje, según cuenta, supone volver a empezar, descubrir nuevas energías, formas de pensar y maneras de habitar una vida ajena. Y en ese proceso también encuentra una posibilidad de conocerse a sí mismo, de explorar emociones y hasta de exorcizar sus propios demonios.
Para Daniel, la actuación es una forma de vivir y, quizá también, una manera de escapar por un instante de la realidad. “Es pedirle al personaje permiso para vivir un momentito de su vida y olvidarme de la mía”, afirma.
En esta conversación, el actor habla de sus comienzos, de las personas que marcaron su camino, de los desafíos de interpretar personajes como Jean y Ernes, de las dificultades de trabajar en las actuales condiciones de la producción audiovisual cubana y de su deseo de seguir encontrando historias que le permitan asumir nuevos retos.

Tu padre trabajó junto a Héctor Quintero. ¿Esa cercanía terminó siendo determinante para que escogieras el camino de la interpretación?
Definitivamente, fue lo que me llevó a este camino, aunque es algo irónico: cuando mi padre trabajaba con Héctor, nunca me pasó por la cabeza ser actor. Como casi cualquier niño, quería ser muchas cosas: abogado, inventor de cosas, como le decía, hasta astronauta… Pero con once años, su muerte activó en mí algo casi sobrenatural.
No sé por qué, pero decidí ser actor. Hasta el día de hoy no sé qué fue lo que me hizo elegir el arte, pero siento que Héctor tuvo algo que ver.
Te formaste en el teatro. ¿Consideras que las tablas son el medio más desafiante para un actor?
El teatro es donde crecí. Las tablas son un coliseo romano donde tienes que enfrentarte solo a los leones. Es un reto cada función. Cada día que uno sube al escenario es intimidante.
Pero no me gustaría ser tajante en mi respuesta: todos los medios tienen sus desafíos, de diferentes maneras. Lo que sí puedo asegurar es que el teatro es una escuela. Nunca dejaré de hacer teatro.

En una profesión donde no siempre llegan las oportunidades cuando uno las espera, ¿también hay que aprender a tener paciencia?
Sí, definitivamente. Uno es joven y muchas veces te gana la impaciencia, pero sí, hay que saber esperar. Sobre todo, hay que vivir el proceso y solamente ser feliz con lo que haces, y ponerle el corazón a cualquier cosa que se haga. Lo demás vendrá o no; eso ya le toca a la vida.
Tu participación en El derecho de soñar marcó un momento importante en tu carrera. ¿Qué cambió a partir de ese proyecto?
Obviamente, fue el primer proyecto en televisión en el que tuve una participación importante. Eso hace que la gente te empiece a conocer. Además, trabajar con grandes actores y con un gran director como Alberto Luberta te hace crecer y te abre puertas, porque al estar al lado de grandes nombres, el público presta más atención, sobre todo la gente del propio medio.

¿Sientes que cada personaje te enseña algo nuevo sobre el oficio de actuar?
Cada uno. Cada vez que tengo un proyecto nuevo, siento como si hubiera olvidado actuar. Cada personaje es un mundo nuevo, diferentes energías, diversas maneras de pensar, y no todos los personajes se abordan de la misma manera a la hora de estudiarlos. Depende del personaje en sí y de lo que se quiere lograr en el proyecto. Es un nacimiento.
¿Qué encontraste en Renacer para decidir que querías formar parte de la telenovela?
La posibilidad de trabajar en un personaje con participación en toda la telenovela, aprender cómo son los rodajes tan largos, etcétera. Además de la historia tan dura de Jean y, por supuesto, trabajar con Molina.

¿Qué terminas llevándote de los personajes que interpretas?
Es como aprender de los errores de otros en primera persona. Aprendes hasta psicología y a analizar a los demás, y vives situaciones muchas veces incómodas y duras que hacen que tu cerebro y tu cuerpo descubran sensaciones, emociones, maneras de pensar y actuar. Creo que es de las cosas más lindas de actuar.
Cuando preparas un personaje, ¿qué es lo más difícil?
Cuando empiezo a conocerlo, analizarlo, descubrirlo en los primeros estudios. Creo que esa es la parte que más dolores de cabeza me ha dado.
¿La actuación es también una manera de experimentar otras vidas?
Es la magia de este trabajo. Puede servir en ambos sentidos. Muchas personas, incluyéndome, lo usamos como forma de exorcizar nuestros demonios, de usar al personaje como vía conductora de nuestros pensamientos. Pero también es una oportunidad, como te decía antes, de experimentar mucho, de conocerse a uno mismo. Te repito: es la magia de este arte.

¿De qué nunca te desprenderías?
De mi familia, de mis amigos, del arte. Me sería imposible dejarlo ir. Sobre todo, no podría desprenderme del niño que todos llevamos dentro.
En ese proceso de construcción, ¿el personaje termina atrapándote a ti o eres tú quien consigue atrapar al personaje?
Al principio tengo que atraparlo yo, entenderlo. Ya después dejo que él me atrape a mí. Eso es lo que intento buscar.
En la telenovela Entre aguas interpretaste a Ernes, junto a Yamira Díaz. ¿Cuál fue el principal desafío de ese personaje?
Trabajar al lado de un monstruo actoral como es Yamira. Es una gran actriz, de las que intimidan. Intentar estar a su altura fue un desafío y un placer.

En medio de las limitaciones económicas, ¿qué cosas sigues disfrutando de un rodaje?
Los amigos, las risas, los chistes, las ocurrencias. Hoy por hoy, sin eso —y vale decir que no ocurre en todos los proyectos— sería muy difícil trabajar. Gracias a todo eso, uno puede, en algún que otro momento, olvidarse de lo difícil que resulta un rodaje, y más en las condiciones actuales.
Es más tiempo el que esperamos que el que estamos delante de cámara y siempre es agotador. Sin esos momentos de risa, de charlas y de ocurrencias, sería aún más difícil todo.


También has incursionado en el cine. ¿Cómo valoras esa experiencia y qué esperas de ella en el futuro?
Lo poco que he hecho lo he disfrutado mucho, intentando aprender siempre y dar lo mejor de mí. Eso sí, quisiera seguir trabajando en proyectos para el cine. Me parece que el cine cubano tiene aún demasiadas historias que contar y me gustaría ser parte de ellas, ser quien las lleva a la gente.
Después de todo este recorrido, ¿es la actuación tu mejor manera de realizarte?
Sí. Es cuando único me olvido de todo lo que se está viviendo ahora, que no es poco. Es pedirle al personaje permiso para vivir un momentito de su vida y olvidarme de la mía.
Actuar es mi modo de vivir.












