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Roberto Fonseca es, dentro de su generación, uno de los pianistas cubanos más reconocidos dentro y fuera de la isla, aún cuando no podemos decir que “popular” sea un término para describirlo. El impacto de su obra en el exterior es poco conocido por el público cubano en general, y esa carrera tan intensa en escenarios del mundo no le permite tampoco una presencia demasiado activa en los escenarios cubanos.
Sin embargo, su nombre resuena en momentos esenciales, como puntos clave, como el hecho de haber sido parte del Buena Vista Social Club; o, en solitario, haber logrado llenar el Olympia de París; como productor musical, haber merecido el Gran Premio Cubadisco… Además, es desde hace más de una década el director artístico del Festival Internacional Jazz Plaza, cuya 41 edición comenzó este domingo 25 de enero.
De las cuatro provincias en las que este año se desarrolla el evento, el pianista forma parte del programa en tres de ellas. El sábado 24 ofreció una especie de pre-inauguración del Jazz Plaza en Santiago de Cuba. El 25 abrió el evento en Holguín, la ciudad que este año se suma por primera vez a la cita; y el 1 de febrero asumirá una vez más la clausura oficial del festival en el Teatro Nacional de Cuba en La Habana.

“Ya llevo varios años haciendo esto, que es una locura, porque pensar qué voy a hacer siempre se me hace en un momento bastante difícil porque cada concierto debe ser mejor que el anterior y tener mucha más creación que el anterior. Esta vez vamos a hacer un concierto que se llama Selección de Maestros. Básicamente es un homenaje a todos los maestros, sobre todo a los maestros con los cuales tengo el honor de tocar, pero más bien a todos esos maestros que de alguna manera nos han ayudado a llegar a donde estamos hoy, ya sea en la música o en otras ramas”, detalla Roberto Fonseca a OnCuba.
Al frente de la dirección artística del Jazz Plaza el artista ha dejado huellas en aspectos muy marcados, como el hecho de que el evento salga de La Habana, un crecimiento por el que se ha seguido apostando incluso en momentos muy complejos para el país.
“Yo estoy muy contento. A pesar de los tiempos que estamos viviendo, hay músicos que han venido aquí a visitarnos, a compartir con nosotros y nos preguntan cómo podemos hacerlo, porque sobre todo con los cortes de electricidad, es bastante difícil que eso no te afecte mentalmente. Yo sé que habrá apagones, pero el deseo es justamente compartir y tener al menos una semanita con otros músicos; de vivir ese ambiente que nos deja el Festival de Jazz Plaza. Eso es súper importante”, afirma y justo por su papel en el Comité Organizador del evento comenzamos la conversación.

¿Por qué consideraste que era importante no solo ser uno de los músicos que forma parte del Jazz Plaza, sino tener un papel dentro del evento propiamente?
Yo crecí yendo al Festival Jazz Plaza, y tuve la posibilidad de ver grandes músicos a los que conocí personalmente cuando chiquitico. Tuve la posibilidad de darle la mano a muchísimos grandes músicos, y ver lo que causaba en mi familia ese ambiente. Para mí era como una fiesta interminable y llena de mucha música. Fui creciendo, empecé a tocar en el Festival de Jazz y uno se preparaba para ese momento. Daba mucha adrenalina estudiar el año entero para el concierto del Festival, o las jam sessions que se hacían en el Festival y ver a la gente.
Pero por varias cosas, varias situaciones, hubo años que el Festival se hacía en febrero, después lo pasaron para diciembre, inclusive no lo hacían todos los años, y a partir de ahí empezó a caer en un bache, y se iba perdiendo popularidad y prestigio.
Ahí es cuando yo empiezo a trabajar como músico de la Empresa Nacional de Música Popular. Ahí es donde conozco a Víctor Rodríguez, Vitico, y hablando con él y viendo los trabajos que pasaban para hacer ciertas cosas, y que hacía falta orientación le ofrecí que podía meterme en el Festival de Jazz y hablar con gente que yo conozco fuera de Cuba, hacer colaboraciones, que vinieran músicos.
También hablé con mi manager, Daniel Florestano, que tiene muchos y buenos conectos, y ahí fue cuando hablamos con la Blue Note, y empezamos a hacer las colaboraciones con el Festival de Jazz, y de pronto hubo una inyección fortísima, buenísima, para el Festival. La gente empezó a ver otro ambiente que se está pareciendo a lo que era antes.
El papel mío es justamente hacer eso, darle consejos al Comité Organizador desde la perspectiva del músico, y entonces empezamos a limpiar lagunas y cosas que no nos hacían bien a los músicos, porque es llevar mi experiencia, que como mismo me han tratado a mí en festivales internacionales, fuera de Cuba, así es como quiero yo que todo el mundo se sienta.
¿Qué has aprendido de ese rol y estos años?
He aprendido muchísimo. He aprendido a ser director artístico, que por muchas cosas personales que tú veas que no están bien, por muchas actitudes personales que tú veas tienes que llamarte a contar y decir, tú eres el director artístico del Festival. Tienes que ser muy diplomático, tienes que pensar en el Festival de Jazz.
También me ha ayudado mucho a acercarme más a los músicos y no músicos, porque la gente piensa a veces que yo soy inaccesible. Le digo a los colegas míos que cualquier problema que tengan, que por favor que me lo digan, cuando yo me entero que pasó algo que pudo haber sido mejor, yo llamo al músico que tuvo ese problema porque justamente la función mía aquí es que esas cosas no pasen.
Lo otro es que mucha gente me critica por tratar de que el Festival de Jazz sea una excusa como punto de reunión donde otros estilos sean bienvenidos. Mucha gente que son conservadores del jazz se ofenden porque uno invita a un grupo de rumba a tocar con nosotros, pero es que justamente es lo que hicieron Dizzy Gillespie y Chano Pozo, o sea, ve a la historia. ¿Cómo es posible que el mundo exterior quiera vernos a nosotros y quiera aprender de nosotros, y nosotros querramos cerrarle las puertas a los diferentes estilos?
¿Tú crees que a estas alturas podemos decir que el jazz es transversal en la música cubana?
Por supuesto que sí, hablar de música cubana y no hablar de jazz es imposible porque en el mundo entero música cubana y jazz siempre están ligados, desde la manera de componer, de arreglar, de tocar. Estamos muy cerca de los que crearon el jazz, y al mismo tiempo tenemos una base muy sólida de la música afrocubana, y yo sí soy partidario de que existe el jazz cubano, ya que por el mercado lo llaman de otra manera, pero claro que existe el jazz cubano.

Otra de las particularidades que ha tenido tu presencia en el Festival Jazz Plaza ha sido esta idea de extender el festival a otros lugares del país, ¿por qué crees que vale la pena apostar por eso justo en un momento tan complejo para el país?
Te voy a hablar desde un punto muy personal. No es menos cierto que un concierto en un teatro enorme, de seis mil personas es maravilloso y súper importante, pero soy de los que opina y siente que no es tanto el lugar, sino el público el que te da esa importancia. Entonces, seguir haciéndolo ahora es súper importante. Estamos en un momento que todo el mundo sabe que es súper difícil, pero si hay una sala pequeñita donde la gente se reúne y tocan un poquito, y estamos ahí, eso es súper bonito, porque realmente el jazz, y sobre todo las improvisaciones, como son tan personales, es un momentico que uno tiene de expresar todo lo que siente, y escuchar todo lo que está expresando, todo lo que siente la otra persona.
Y el por qué de hacerlo en toda Cuba es justamente de las experiencias que yo he vivido. En Francia, por ejemplo, hay festivales el año entero en muchas ciudades. Y no es solamente la música, sino todo lo que sucede con el festival. Primero, le da trabajo a la gente, que siempre es bueno. El festival te cambia también el ambiente de la ciudad, ese movimiento de gente, músicos, poetas, escritores, todas esas cosas que reúne el Festival de Jazz, es muy importante.
Empezamos en Santiago, y ya tenemos a Holguín y Santa Clara. Estamos enamorando a Matanza, porque logísticamente hay que buscar la manera de que las cosas sean factibles y nos golpea la infraestructura, pero esperamos que sí, que lo podamos hacer en toda Cuba, siempre y cuando la ciudad lo quiera y tenga la logística.
¿Cuánto te gratifica o te presiona saber que el papel que juegas en el Jazz Plaza viene a formar parte de una lista de músicos muy importantes que también han pasado por la dirección del evento?
Sinceramente, para mí es un honor enorme, pero yo no siento ni presión, ni pienso que soy el otro de la lista. Mi intención siempre fue ayudar al festival y sobre todo que el pueblo cubano siga aumentando su cultura, que es enorme, Y al mismo tiempo mostrar la cultura del pueblo cubano, que todo el mundo vea las cosas buenas que hacemos aquí.
Vamos, entonces, a hablar un poquito más del Fonseca artista. La pianística cubana tiene una historia, un peso y muchos nombres inmensos, en ese entramado ¿cómo se mira a sí mismo Fonseca? ¿Qué considera él que lo distingue?
Yo siempre me quise ubicar como en un pianista cubano, pero al mismo tiempo con un sonido universal, urbano. Eso viene en parte por mi familia. Yo escuchaba mucha música clásica en la casa, mucho rap, mucho jazz, rock también en la casa, y eso, de manera rebelde, yo siempre lo quise poner en el piano. Y mira que me critican.
Yo tuve una familia humilde. Vivíamos en un apartamento en el Vedado, de un solo cuarto. Éramos cinco y los cinco dormíamos ahí. Siempre hago la historia de que mis padres hicieron unas camas plegables y nos levantábamos, subíamos esas camas, y entonces mi hermano armaba la batería, mi otro hermano estudiaba piano y yo con un teclado a lo mejor, entonces eso me hizo ocupar el tiempo en escuchar música de otros estilos, porque no tenía la posibilidad de estudiar tanto y quedé enamorado con muchos estilos diferentes.
Una cosa muy importante fue que tuve la inmensa suerte y la inmensa bendición de poder haber entrado en Buena Vista Social Club. Eso fue el cuño, ya. Con el son montuno, yo dije, “aquí terminé”. Viendo a Omara, viendo a Ibrahim, Cachaito, Guajiro Mirabal, Manuel Garbán, Angá, que yo veía que era el tumbaíto tranquilito y tú podías expresar muchas cosas.
Intenté hacer eso en el piano y justamente la sonoridad que siempre quise lograr es la que estoy haciendo ahora. Pocos acordes, espacios… El silencio para mí es música, no soy un pianista muy técnico, no porque no pueda, es que no me gusta utilizar la música en función de la técnica. Al contrario, pongo la técnica en función de la música.
¿Lanzarse al mundo como pianista cubano, con esa historia que tiene la pianística cubana, es más una presión o un impulso?
Son las dos, cuando tú dices pianista cubano automáticamente la gente te quieren ir a ver, pero al mismo tiempo es la presión por qué vas a decir. Ya se conoce que hay muchos pianistas cubanos, pero el marcar la diferencia ese es el problema, y que la gente te reconozca y no digan “ah, es uno más”, ahí es donde está el reto de todos los que escogimos el piano.
Constantemente estás reconfigurando el formato de la banda que te va a acompañar, ¿por qué esa necesidad?
Eso es más bien por el lenguaje musical que quiero expresar. Ahora mismo tengo un proyecto con un chelista francés, es un dúo y me siento tan bien como si estuviese con La Gran Diversión, o con un cuarteto. Para mí la música no es un trabajo, para mi es un disfrute, yo no soy un trabajador de la música, yo intento ser un creador de música, de vibraciones, por eso los formatos para mí dependen de lo que se quiere lograr, el mensaje que se quiere dar.

¿Tu trabajo en la composición y la producción musical ha sido algo que se ha dado de manera natural o ha sido una intención para ti?
Ha sido una intención, nunca pensé solamente ser un pianista, me gusta mucho la producción y eso viene de la parte del hip hop, del rap. Yo era de los que iba a las fiestas de hip hop, que le decían la moña, iba con los socios del barrio y bailábamos break dance. Los músicos cuando estamos en cualquier lugar no estamos descansando, siempre estamos trabajando, y lo que suene lo queremos desglosar y por eso me gusta componer y usar diferentes sonidos.
¿Te consideras ambicioso?
Muy ambicioso, hay muchas cosas que me faltan por lograr.
¿Crees que la ambición es positiva?
Sí, claro. Cuando el objetivo y la meta que te estás trazando es muy satisfactoria espiritualmente eso es súper bueno.
¿Cuáles considera, Fonseca, que son los momentos de su camino fundamentales para reimpulsarte o redirigirte?
Realmente todo. Cuando termino algo y quedó bien, es un impulso para hacer algo que me enseñe primero y que yo me sienta lleno espiritualmente con lo que voy a hacer.
¿Y alguna vez has hecho algo que te ha causado lo contrario?
Miles de veces. Esto no es que ya le diste la patada a la lata y salió bien. No, qué va, esto es horas de estudio, mucho, mucho estudio. Por suerte no he tenido ningún fracaso en un escenario, más bien han sido en la casa, pero sí, muchos, muchos.

¿Talento o disciplina?
Las dos. La disciplina como que, como que soporta mucho al talento y hace que el talento explote más, pero al mismo tiempo si no tienes talento, de nada te vale disciplina. Pero los dos son súper importantes, hay veces que uno no se da cuenta del talento que tiene hasta que no tiene esa disciplina.
¿Por qué sigue siendo Cuba el lugar donde quiere estar Fonseca y desde donde quiere salir al mundo?
Yo no estoy pensando cuán fuerte es mi carrera de afuera. Yo sí sé que la gente me conoce porque tengo discos y esas cosas, pero no me preocupa eso. Lo que me preocupa es que la gente disfrute de los conciertos, ser un pianista diferente y he tenido que batallar muchísimo. Cuba es lo que me ha dado todo, y sin Cuba no hubiese sido Fonseca.









