El Parque de la Fraternidad no exhibe desde hace tiempo su mejor rostro. Su progresivo deterioro —a ratos acelerado, a ratos ralentizado— ha hecho que se normalicen las imágenes de suciedad y destrucción en este símbolo del urbanismo y la cotidianidad habanera.
Más allá de arreglos y retoques puntuales, el parque parece atrapado en el espiral descendente de la crisis y la indolencia. A solo tres años de su centenario, el céntrico sitio por donde pasan y en el que descansan cientos de personas cada día, luce como si le pesaran milenios sobre la espalda.
Inaugurado en 1928 con su actual nombre y diseño —a cargo del célebre urbanista francés Jean Claude Nicolas Forestier—, el Parque de la Fraternidad Americana, más que un único parque es en realidad un conjunto de varios conectados entre sí. Pero la realidad de todos hoy resulta similar.
Bancos y cercas rotas —o desaparecidas—, jardinería descuidada, basura y fetidez por doquier, incluso sobre el césped y en los alrededores de los monumentos que recuerdan a próceres y figuras relevantes del continente, conforman el cuadro diario en lo que fue un orgullo de la ciudad.
Vendedores ambulantes y otras personas que irrumpen en las áreas verdes, ofrendas religiosas colocadas en las ceibas y esquinas, gente que duerme sobre los bancos e, incluso, pernocta y hace sus necesidades al aire libre, son parte de la imagen cotidiana del parque.
Frente a esta calamitosa situación, poco hacen o parecen hacer las autoridades habaneras. Tampoco ayuda la desidia creciente entre los cubanos, el espíritu básico de sobrevivencia desatado por la crisis, sumados a la falta de recursos y los bajos salarios de quienes deberían limpiar y cuidar el lugar.
La realidad actual del Parque de la Fraternidad no es, ciertamente, exclusiva. Muchos otros parques y lugares públicos de La Habana y toda Cuba exhiben hoy las dolorosas huellas del abandono y la depauperación. Lo particular de este caso es la ubicación tan céntrica y el significado del sitio, su simbolismo.
El declive actual del parque no es insalvable, pero cada día que pasa, cada desperdicio que se acumula en él, cada rotura y vandalismo de la que es víctima, acerca su final. Ojalá y, a pesar de la crisis, las imágenes hechas esta misma semana por Otmaro Rodríguez que hoy mostramos puedan quedar pronto en el pasado. Ojalá.