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Delfín Prats Pupo cumplió 80 años el pasado 14 de diciembre y, aunque él no sea hombre de estridencias, ese aniversario no debería pasar de largo. Me contaron que lo celebró en su casita del barrio polvoriento de Pueblo Nuevo, en Holguín, donde vive desde hace más de dos décadas. Hasta allí llegaron amigos, poetas, afectos fieles que han sostenido su obra y, sobre todo, su vida en los tramos más ásperos: los del silencio, la escasez y la adversidad. No hubo solemnidad ni protocolo. Fue, como casi todo en Delfín, un encuentro íntimo, tejido con conversaciones, lealtades antiguas y esa forma de la memoria que no se impone, sino que acompaña.
Yo lo conocí en enero de 2006. Fui a su casa con el poeta y periodista Leandro Estupiñán Zaldívar, que iba a entrevistarlo. Yo apenas empezaba en la fotografía y sabía poco de aquel hombre del que Leo hablaba con una admiración casi reverencial. Recuerdo la puerta, el barrio, la luz; y recuerdo también la sensación inmediata de estar frente a alguien que no necesitaba presentaciones.
Delfín no posó: se ofreció. Permitió que la cámara entrara en una zona de confianza donde el poeta, en realidad, se autorretrata y el fotógrafo apenas acompaña. De aquel encuentro salimos transformados. Leo publicó semanas después una entrevista memorable en La Gaceta de Cuba. Yo me quedé con una serie de retratos que aún hoy considero irrepetibles y con una certeza que fue creciendo con los años: cada regreso a Holguín debía incluir, por simple coherencia afectiva, una visita a Delfín.

En este cumpleaños, más que insistir en la dimensión literaria —indiscutible dentro y fuera de la isla—, quiero subrayar su estatura humana. Delfín pertenece a una estirpe rara: la de quienes viven como escriben, sin dobleces. Tiene gestos inmediatos, abrazos francos, una hospitalidad que desafía la precariedad. En un país donde a veces la escasez también estrecha el ánimo, él abre la puerta, el tiempo y la conversación con una generosidad que no parece calculada.
En nuestro último encuentro, hace un par de años, insistió en regalarme la única foto suya de joven alfabetizador. En otra ocasión me entregó su único ejemplar de Abrirse las constelaciones, un libro que salió plagado de erratas y que él corrigió para mí, verso por verso, con tinta azul, como si cada rectificación fuese una forma de cuidado. Esa generosidad no es un gesto decorativo: es una ética. Y esa ética, en Delfín, ha sido una manera silenciosa —pero firme— de resistir.

Su biografía también cuenta una historia mayor. Nacido en 1945 en La Cuaba, a las afueras de Holguín, estudió Filología y Lengua Rusa en la Universidad Lomonósov de Moscú y trabajó durante años como traductor. En 1968 ganó el Premio David de la UNEAC con Lenguaje de mudos, un libro precoz y deslumbrante que fue censurado y destruido poco después. Ese acto de violencia simbólica lo empujó a un largo silencio editorial en Cuba.
No volvió a publicar en la isla hasta 1987, cuando apareció Para festejar el ascenso de Ícaro, Premio Nacional de la Crítica. Desde entonces, su obra se consolidó como una de las más singulares de la poesía cubana contemporánea: breve en cantidad, inagotable en densidad.

Quizás por eso —porque nunca negoció con la estridencia ni con los circuitos más complacientes— tardaron tanto en entregarle el Premio Nacional de Literatura, el más importante de las letras cubanas, que finalmente recibió en 2022. No se trata de un ajuste de cuentas, sino de una evidencia: Delfín ha permanecido al margen de las maquinarias de legitimación más visibles, fiel a una idea de la poesía como oficio riguroso, no como vitrina.
Para acercarnos un poco a su universo natal, a propósito de su cumpleaños, vuelvo a Lenguaje de mudos, ese libro “maldito” y fundacional, y comparto el poema “Sitio predilecto”.

Allí la infancia no es postal ni refugio: es un territorio áspero, sensorial, a veces inquietante, donde conviven el deseo, el juego, la violencia y la muerte. La memoria aparece como un sedimento que regresa en fragmentos y no como relato ordenado. Por eso sus versos no buscan explicar ni consolar, sino exponer. Y, al exponer, incomodan con belleza. En esa incomodidad radica buena parte de su vigencia: Delfín no es una figura congelada en el homenaje, sino un poeta vivo, con una obra que sigue dialogando con lo más complejo de la experiencia humana y con una vida que sostiene, sin ruido, el peso de sus palabras.
Sitio predilecto
En este sitio hemos estado creciendo
al amparo amigo de las bestias
hicimos el amor entre sus hembras
mamamos de sus ubres la leche de los caracoles
y los ritos
en el río gajos blancos
se clavan en la tierra: cuerpos niños
y risas insolentemente desnudas
mi hermano burlándose de las negritas
pidiéndoles el bollo
aquellos años revueltos como la charca
de los cochinos
“he hecho mi fusil
con una penca que arranqué de la mata de coco
un brazalete con un trapo rojo
de mamá que había detrás del armario
mañana me voy con los rebeldes”
las mujeres ríen y giran
envueltas en un sopor de alcanfores
y círculos concéntricos de leche
yo me he sentado sobre la cabeza de mi hermano
las mujeres visten sus trajes verdes
y a ti te gustan los muslos rubios de mi tía
se van en una carreta roja que cruje
y ya cruzan el puente que haces
del arco de tu cuerpo sobre el río
cuando les digo adiós son humo
reparten chocolate y galletitas de sal
los muertos me visitan esta tarde












