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En las ciudades y pueblos habría que instalar esculturas. No solo las estatuas solemnes de héroes de mármol, sino también figuras de la vida cotidiana: gente que hizo feliz a los demás con su quehacer; personajes que, sin proponérselo, se convierten en iconos populares. Deberían estar ahí, en las aceras, en los portales, en los parques, como si aún caminaran entre nosotros. Así los lugares conservarían, de manera tangible, la memoria de quienes verdaderamente les dieron alma.
Esa idea me volvió cuando vi en redes la noticia del fallecimiento de Eleuterio Estrada Valdés, el manisero de Holguín. Pero no cualquier manisero: “el” manisero. El hombre que, con su sonrisa amplia, sus ojos azules penetrantes y sus pregones inconfundibles —“Cambio maní por money”, “Sin money no hay maní”, “Las mujeres bonitas no pagan, pero tampoco comen”—, se volvió parte inseparable del paisaje sonoro de la ciudad de los parques.

La última vez que lo crucé fue hace un par de años. Caminaba por el parque Calixto García cuando escuché, detrás de mí, ese pregón imposible de confundir. Más que verlo, lo escuché.
Fue un reflejo: me giré y ahí estaba, vestido con una combinación improbable de colores, como salido de un cuadro naíf. Verlo fue, en cierto modo, ver pasar mi propia vida en Holguín en un instante. Su voz —juguetona, repetitiva, casi musical aunque rasposa— forma parte de la banda sonora de esa ciudad a la que siempre regreso.
Lo detuve, le compré unos cucuruchos de maní y le pedí una foto. Se rio, con esa risa suya que también era pregón.

—Compay, ahora con los celulares me paran a cada rato para retratarse. Hasta los que se han ido pa’l Norte me piden videítos diciendo lo de “Sin money no hay maní”.
Conversamos unos minutos. Él, afable como siempre; yo, sorprendido de estar hablando por primera vez con alguien a quien había visto cientos de veces. Y pensé, al despedirnos, cuán curioso es todo: de no ser por la nostalgia que me provocó escucharlo, ni lo habría retratado ni le habría pedido conversación. Cuántos personajes así se nos escapan por rutina.
Eleuterio me contó que nació en Bayamo y que, de joven, se mudó con su familia a Holguín. Durante años fue albañil: andamios, sol rajando la mañana, manos endurecidas. Pero llegó el Periodo Especial y, como tantos, tuvo que reinventarse. Por sugerencia de un vecino comenzó a vender maní. Un oficio sencillo que él convirtió en un espectáculo callejero.

Le pregunté de dónde habían salido sus pregones tan singulares. Lo contaba siempre con orgullo.
—Fui a ofrecerle un cucurucho a un señor sentado en el parque. Me dijo que no tenía money. Yo le regalé el maní y él, a cambio, me encendió la lamparita. Ahí mismo se me ocurrió: “Cambio maní por money”. Después vino “Si no hay money, no hay maní”, y más tarde lo de “Las mujeres bonitas no pagan, pero tampoco comen”. Y ya tú sabes… la gente se reía cuando me escuchaba llegar. Y claro, compraban.
Eleuterio no necesitó más. Con un cucurucho y una frase ingeniosa levantó un pequeño monumento de afecto popular.
La noticia de su muerte corrió rápido. Los grupos de holguineros en redes se llenaron de mensajes, recuerdos, fotos y grabaciones de su voz. Los medios locales —y hasta un par en Miami— también lo informaron. Algo inusual para un vendedor ambulante, pero natural tratándose de un símbolo de la ciudad.
“Holguín está de luto”, escribió una página comunitaria. “Perdimos a Eleuterio, el manisero. No era un vendedor más: era una institución. Su pregón único se convirtió en banda sonora de nuestra vida diaria”.
Otro mensaje resumió lo que muchos sentían: “Es increíble cómo una persona tan sencilla y humilde logró tantos elogios de su gente”.
Entre la tristeza, un comentario hizo sonreír a más de uno: “Allá arriba debe andar vendiendo y pregonando maní por money a los santos”.
No cuesta imaginarlo así: caminando entre nubes, con su lata, su gorra y esa mezcla de malicia y ternura en la mirada. Seguramente ya hizo reír a San Pedro.
Eleuterio no tendrá una estatua en el parque. Al menos por ahora. Pero su figura —su voz, sobre todo— seguirá resonando en la memoria de quienes crecimos escuchándolo. Esa es la escultura invisible que nos queda: la que se activa cada vez que alguien dice money al modo suyo, o cuando un pregón callejero nos detiene porque nos recuerda a él.
Holguín, como tantas ciudades, está hecha también de personas anónimas que sostienen su identidad sin aparecer en los libros: vendedores, pregoneros, choferes, trovadores, señoras que vigilan la calle desde el portal, viejitos que fuman tabaco en un banco del parque; personajes que dan color sin saberlo. La ciudad sería otra sin ellos.
Quizás por eso aquel pregón me descolocó: fue como regresar a un fragmento de infancia. La memoria no solo se escribe con grandes acontecimientos, sino también con las voces cotidianas, como los pregones que nos acompañan. Como la de Eleuterio: “Cambio maní por money”.











