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Confieso algo que no me enorgullece, pero que tampoco creo excepcional: durante años repetí frases de José Martí con la seguridad de quien cree saber, aunque nunca hubiera leído los textos de los que salían. Fui —como tantos— un citador serial.
“Ser culto es el único modo de ser libre” era una de esas sentencias que decía con soltura: en actos escolares, en conversaciones solemnes, en discusiones sobre el destino del país. Llegué incluso a apropiármela como si fuera una convicción personal. Lo cierto es que nunca me detuve a preguntar de dónde salía exactamente, ni mucho menos a leer el ensayo del que fue arrancada.
En septiembre del año pasado, durante su concierto en la escalinata de la Universidad de La Habana, Silvio Rodríguez hizo algo poco habitual: no repitió la frase como consigna, sino que leyó un fragmento más amplio del ensayo “Maestros ambulantes”. La devolvió a su contexto. Y ahí ocurrió algo revelador: detrás de una frase domesticada por el uso apareció un pensamiento incómodo, complejo, profundamente político. Martí escribía: “(…) Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”.

Esa línea —sistemáticamente omitida— cambia todo. Porque Martí no está proclamando un eslogan cultural ni repartiendo certificados morales. Está hablando de responsabilidad, de condiciones materiales, de ética concreta. Ser culto, en su concepción, no es acumular títulos ni exhibir lecturas; es aprender a pensar por cuenta propia, desconfiar de los dogmas y ejercer la libertad con criterio. Es un acto político, sí, pero en el sentido más exigente del término: emanciparse de la ignorancia y no permitir que otros piensen por nosotros.
En mi opinión, el problema no pasa por convertirnos en eruditos martianos ni por dominar su obra completa al pie de la letra para citarla o refutarla con precisión filológica. Incluso el no saber —cuando es honesto— puede ser un punto de partida: la ignorancia también empuja a buscar, a leer, a preguntar.
Lo verdaderamente grotesco de estos usos de Martí no es la falta de conocimiento, sino la manipulación. No se trata de desconocer a Martí, sino de usarlo mal; de torcer su palabra para que diga lo que conviene, de vaciarla de conflicto y devolverla como certeza cerrada. Ahí es donde el pensamiento se pervierte: cuando la cita deja de ser una invitación a pensar y pasa a ser un atajo para evitar la discusión.






Sin embargo, en Cuba —y no solo allí— hemos convertido a Martí en una cantera de frases sueltas. Cortamos sus textos a conveniencia, seleccionamos el fragmento que sirve a nuestro argumento y lo usamos como muletilla para justificar decisiones, silencios o consignas. Casi siempre para cubrir la falta de pensamiento propio. De esa forma, Martí termina reducido a un recurso retórico, utilitario, repetido hasta el desgaste. Decía un amigo, con ironía, que si Martí cobrara derechos de autor, el país no tendría cómo pagarlos.
Pero hay algo todavía más problemático que la cita recortada: el modo en que se tironea a Martí. Su figura y su obra son estiradas hacia un lado y otro, obligadas a tomar partido, forzadas a confirmar verdades cerradas. Cada sector se apropia de “su” Martí y descarta el resto. En ese tironeo constante, su pensamiento pierde espesor, se aplana, se vuelve funcional y deja de ser pregunta para convertirse en argumento; deja de incomodar para servir; deja de pensar para legitimar.

Nada de eso es inocente. Arrancar una frase de su contexto no solo empobrece el pensamiento, sino que lo deforma. Nos acostumbra a creer que pensar es repetir lo que suena bien. Que basta con citar para tener razón. Así, Martí se convierte en un santo laico, intocable y domesticado: un busto de yeso que adorna, pero no incomoda; que legitima, pero no interpela.

El problema es que Martí, leído de verdad, es todo lo contrario. Es incómodo. Discute, duda, cambia de posición. Se contradice incluso, como cualquier pensador vivo. Y ahí está una parte esencial de su grandeza: no ofrece respuestas cerradas, sino preguntas que siguen vigentes.


Por eso su obra no debería funcionar como un adorno patriótico ni como un manual de consignas, sino como un ejercicio permanente de libertad crítica. Martí nos exige leer, escuchar, contrastar, pensar. Nos recuerda que la cultura no es un trofeo moral, sino una herramienta para no ser manipulados. Y que cuando una cita se convierte en consigna —y cuando el pensamiento se deja tironear—, deja de iluminar y empieza, paradójicamente, a oscurecer.
Tal vez haya que empezar por un gesto mínimo, pero urgente: volver a leer. Leer completo. Leer sin apuros. Volver a Martí sin altares, sin manuales, sin recortes convenientes. No para usarlo como arma arrojadiza, sino para conversar con él. Para medir cuánto nos incomoda todavía y cuánto nos interpela en este presente saturado de consignas huecas y libertades recortadas.











