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Tras la agresión de Estados Unidos a Venezuela en la madrugada del pasado sábado 3 de enero, la incertidumbre se ha convertido en una variable que transversaliza todo análisis. Luego de la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, mediante una acción armada donde resultaron muertos 32 militares cubanos, las expectativas se centran no solo en lo que suceda en Venezuela en adelante, sino también en la repercusión que ello tiene para Cuba.
La estrecha relación con Caracas, desde comienzos de este siglo, con la llegada de Hugo Chávez al poder, ha sido un factor vital para que la isla pudiera sortear los rigores de una crisis económica de larga data condicionada por el bloqueo desde Washington y las erráticas políticas económicas del Gobierno.
En el nuevo escenario esas alianzas probablemente se verán dañadas. Las amenazas contra Cuba se han incrementado. Unas horas después de la captura de Maduro, el secretario de Estado Marco Rubio dijo que “si estuviera en La Habana estaría preocupado”.
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Trump, por su parte, asegura que la isla no resistirá mucho más, que está a punto de caer y que Estados Unidos ha ejercido la máxima presión sobre Cuba, “salvo entrar y destruir el lugar”. El mandatario estadounidense ha exigido un pacto “antes de que sea demasiado tarde” y luego ha hablado de un acuerdo y conversaciones con el Gobierno cubano. Sin demora, desde La Habana, respondían que no había tales conversaciones y que “nadie nos dicta lo que hacemos”, aunque se mantenía abierta la puerta para un diálogo “serio y responsable”.
Sobre la repercusión de este escenario en la isla, OnCuba conversó con el profesor de Historia de la Universidad de La Habana, Fabio Fernández. Cuenta que, aunque no es usual en su rutina, la noche del ataque se acostó temprano y no supo de la noticia hasta la mañana siguiente.
“Me despertó la bulla de la casa, que nacía, precisamente, del debate acalorado que derivaba de lo ocurrido en Caracas. A partir de ahí y hasta la jornada de hoy, el grave escenario creado consume buena parte de mis conversaciones, de mi inmersión cotidiana en las redes”, dice.

¿Cuál es el riesgo real de una agresión directa de EEUU contra Cuba?
La incertidumbre ahora mismo lo marca todo. Quien diga “esto es lo que va a pasar” se lanza a un ejercicio de imaginación muy atrevido. La posición norteamericana oscila entre el “aquello se cae solo” y el “bombardear sin piedad”. No hay dudas de que el riesgo es grande, de que la amenaza está ahí. Subestimar el peligro resulta siempre insensato. Una agresión a Cuba —habría que ver su dimensión, claro— implicaría previamente la construcción del motivo, la preparación de la opinión pública y algunos gestos militares.
A todas estas cuestiones hay que prestarles atención. Existe un debate en torno a si le interesa a Estados Unidos agredir a Cuba. Se nos compara con Venezuela en materia de recursos naturales deseables. Creo que no conviene subestimar el peso simbólico de la isla y el papel de los símbolos en lo geopolítico. A pesar de su desgaste, de todo lo que tan mal está, Cuba encarna el pecado de no bailar al compás de la música que se toca en Washington. Eliminar esa “distorsión” entusiasma a unos cuantos. La ideología importa.
¿Crees que el hecho de que haya sido eficaz la intervención militar de EEUU en Venezuela significa necesariamente que pueda tener los mismos resultados si agreden a Cuba? ¿Por qué?
La agresión a Venezuela —violatoria del derecho internacional y la soberanía de las naciones, vale subrayarlo siempre— logró el objetivo de separar a Maduro de la conducción del Gobierno. Ahora mismo uno capta señales contradictorias. Se ven dinámicas de concertación entre Caracas y Washington y, en simultáneo, la permanencia de elementos tradicionales en el discurso del chavismo. Está por ver en dónde desemboca esta interacción y las consecuencias de lo que se va cocinando. El éxito en la operación de secuestro contra Maduro ha envalentonado a la Administración Trump y ello podría guiarla a actuar contra Cuba. Sin embargo, nada le garantiza que una acción similar contra la isla vaya a tener éxito. La limitación relativa del factor sorpresa y a las capacidades combativas cubanas podrían citarse, a modo de ejemplo, como variables cuya interacción puede arrojar otros resultados.
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¿La captura de Maduro significa la pérdida de un aliado, aun cuando sigue el chavismo en el poder? ¿Qué impacto económico, político y social podría tener este cambio sobre el futuro de la isla?
Aquí vuelve la incertidumbre. ¿Cuánto ha cambiado en Venezuela? ¿Está lesionada la alianza Caracas-La Habana? ¿Es el factor Cuba un aspecto medular en la interacción entre el Gobierno chavista y la Administración Trump? Solo el tiempo podrá responder tales interrogantes. Si se consumara un giro importante en Venezuela, los efectos no serían buenos para Cuba, para la gente en su cotidianidad y para el Gobierno. Como se sabe, Caracas es un aliado fundamental. El golpe económico sería severo y también el impacto político, diplomático, simbólico. Se complicaría la situación del país con el consiguiente reforzamiento de las ya existentes tensiones.
¿Qué pudiera hacer Cuba para intentar sortear la fuerte crisis por la que atraviesa, más ahora con la incertidumbre de Venezuela y la amenaza mayor de EEUU?
La situación cubana es muy compleja, coinciden muchas tensiones y ahora se ha complicado en grado sumo el escenario internacional. En lo interno, la apuesta debe moverse por el camino de las reformas que logren movilizar la economía y limitar el desgaste del consenso político. Si la cotidianidad de los cubanos no se vuelve más amable, la profunda crisis socioeconómica puede escalar en su dimensión política. Todo lo que fortalezca al país en el terreno de su funcionalidad y cohesión ayudará a afrontar el vendaval externo y creará condiciones para limitar los efectos de la dichosa policrisis que nos acosa. Ahora bien, el escenario regional creado refuerza los obstáculos externos que debe sortear Cuba de cara a resolver los múltiples problemas que enfrenta.
¿Qué de similar con otros antecedentes y qué de diferente hay en esta nueva agresión estadounidense sobre otro Estado? ¿Qué lecturas podrían salir de ello?
Estados Unidos tiene un largo historial de agresiones a otras naciones. La razón imperial se ha mostrado muchas veces. Los intereses de Washington se han canalizado, una y otra vez, por la ruta del intervencionismo militar. América Latina conoce de sobra ese proceder. Para legitimar su accionar, los gobiernos norteamericanos han construido disímiles argumentos. La lucha por la democracia, el combate al comunismo y el enfrentamiento al tráfico de drogas han sido algunos de los móviles esgrimidos. Detrás de ellos ha habido siempre un entramado de intereses económicos y geopolíticos. Las palabras resultan la corteza tras la cual se esconden las reales intenciones. En el caso actual, Trump y su grupo marcan un hito al desnudar sus propósitos. No han tenido embarazo en decir que van por el petróleo y que lo hacen porque la región les pertenece. Estamos ante una política de fuerza en la que encarna la crisis de hegemonía que obliga al uso explícito de prácticas más agresivas, consustanciales a una potencia en declive. Lo distinto es la transparencia en el actuar, la ausencia absoluta de recato y el momento específico de progresiva decadencia que vive el poder imperial de Washington.
El analista Arturo López-Levy dijo recientemente a CNN que quienes subestiman la capacidad de sobrevivencia del Gobierno cubano caen en un error. A la Administración Trump todavía le quedan tres años y la crisis de alimentos, medicamentos, energética… se agudiza cada vez más en la isla. ¿Hasta qué punto la presión mayor de EEUU podría acelerar procesos de cambio o, por el contrario, que La Habana mantenga una posición de plaza sitiada?
La capacidad de resistir ha sido una constante en el actuar de las estructuras políticas surgidas a partir de 1959. El desafío actual, derivado del reforzamiento de la hostilidad norteamericana, no es menor. Estamos ante un gobierno que no es el 1961, 1962, 1983, 1989 o 2004, por citar años en los que -en mayor o menor medida- llegaron al país vientos de agresión. No existe el liderazgo de antaño, los equilibrios geopolíticos de ayer y por supuesto que estamos ante una sociedad cubana distinta y vale decir que muy lesionada por la dureza del último lustro. Definir hasta qué punto podrá resistir Cuba tiene aroma de futurología.
Habrá que ver la capacidad gubernamental para timonear la nave en estas aguas procelosas, para moderar la crisis económica e impulsar una mejoría en la cotidianidad de las personas. Todo esto es un reto mayúsculo con tantos obstáculos foráneos a vencer y múltiples trabas propias que echar a un lado. La gestión diplomática, la interacción con la emigración y el vínculo con los tradicionales “grupos de la solidaridad” pueden jugar también un papel importante dentro de una estrategia de resistencia.
Asimismo, sería útil para el Gobierno capitalizar eficientemente el sentir nacionalista que es probable se vea potenciado por el arreciamiento de la agresividad trumpista. Ello requeriría de un ejercicio de comunicación política que pasa por renovar conceptos y formas. Empero, estará en los ciudadanos la clave de la resistencia o el giro radical de las circunstancias cubanas.
¿Qué errores estratégicos debería evitar el liderazgo cubano en este momento? ¿Cómo evitar una crisis humanitaria y de seguridad en Cuba?
Intentaré sortear esta pregunta listando errores que el Gobierno cubano, creo yo, debería evitar:
- Subestimar la complejidad de la situación actual.
- Sobreestimar sus capacidades.
- Desconocer las profundas contradicciones que se manifiestan en la isla.
- No estar preparado para la volatilidad de la gestión trumpista.
- No prestar atención al terreno de la comunicación política.
Sobre la crisis humanitaria y de seguridad, toca decir que parte importante de su potencial desencadenamiento estaría en la acción hostil de Estados Unidos contra Cuba. Nuestro país no amenaza la seguridad de la región y los complejos problemas de la cotidianidad cubana son en buena medida hijos, el propio Trump lo esbozó, de la política de máxima presión que emana de Washington. Por supuesto que al Gobierno cubano le toca gestionar, de la mejor manera posible, los pocos recursos con los que cuenta e impulsar, en la medida de sus capacidades, los cambios que le otorguen organicidad a la vida nacional.
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Por último, ¿cuáles son tus proyecciones en torno a toda esta situación y su repercusión en Cuba? ¿Qué crees que pasaría, cuáles son los escenarios posibles, a lo interno y en la relación bilateral con EEUU?
La incertidumbre actual garantiza, casi al 100 %, la posibilidad de errar en los vaticinios. Habrá que ver qué cambios se consuman en Venezuela, hasta dónde llega la agresividad trumpista respecto a Cuba y qué dimensión podría llegar a tener una agresión contra la isla. Ojalá los tambores de la guerra no repiquen.
Para terminar, quisiera darte una consideración casi visceral. Asquea — uso la expresión poco académica con toda intención— el mundo que ahora vivimos. Asistimos al proceso de demolición de reglas elementales para la convivencia internacional, preceptos históricamente violados, pero que ahora se desconocen con impudicia. Asimismo, y de cara a Cuba y sus dilemas, espanta el odio acumulado que lleva a unos cuantos compatriotas a pensar que las bombas del emperador abonan el camino mejor para la patria. ¿Qué tan rota puede estar la gente para pensar así? ¿En quiénes estriba la responsabilidad de que tanta malquerencia se haya alojado en parte del alma nacional?
A su vez, constituye nota interesante el renacimiento de una especie de “virtud doméstica 2.0”, proyección política que emula con aquella que en tiempos de la república burguesa recomendaba —desde la internalización de los códigos de la dependencia— portarse bien, seguir las pautas procedentes del Norte y no romper ni un plato para evitar el garrote interventor. Estos dos fenómenos que te apunto hablan de cuestiones de peso en el tejido nacional que ahora mismo, en medio de la crisis y el riesgo, afloran.











