Nostalgia de camellos
Faustino está nostálgico. Mira desde la puerta de su casa rematada con una luceta de 1924 la parada vacía de San Lázaro y Águila y le parece mentira. “En el Período Especial pasaban los camellos. Ahora ni chivos” (bicicletas), dice exagerando la nota de inspiración zoológica. “Mira páesto. Nunca pensé que llegaríamos a estar así… Nada de nada”, suelta, muy irritado, aludiendo al colapso esta semana del transporte público en La Habana, mientras hace resonar las palmas de sus manos una contra otra.

Faustino intentará acudir a su empleo esta noche, “cogiendo lo que sea”, pero tal vez sea la última para cerrar la semana. Es custodio en un negocio privado de comida rápida que echa la llave a las diez y que está poco después del puente sobre el río Almendares. Unos siete u ocho kilómetros de distancia, que ya su salud y edad no podrían solventar a pie.
Exfumador, de los duros, “de los de caja y media y hasta dos al día”, padece de una arteriopatía periférica. Tampoco es que pueda “quemar” de su presupuesto unos 400 pesos en un pasaje de ida y vuelta tres o cuatro veces a la semana en uno de los autos de línea que surcan la ciudad. “La cuenta no da”, se queja.
“Perderé el trabajo. Qué se le va a hacer”, lamenta. “Buscaré otro por aquí cerca”, reacciona con forzado optimismo mientras su esposa, Mirta, “costurera y bisnera universitaria”, lo mira fija e inexpresivamente y exhala una suave bocanada de humo.
“Hasta ella tendrá que soltar el vicio”, avizora, en momentos en que ya una cajetilla del peor cigarrillo negro —Criollos— llega a los 250 pesos. “Créete eso. Es el único gusto que me doy. Lo siento”, responde furiosa en defensa de su humeante tiranía y se balancea con más fuerza en su sillón de aluminio y tiras de goma. El ambiente se caldea y un espeso silencio se instala a manera de tregua.

Apenas son las 9 de la mañana y en la propia avenida, frente a la mole brutalista del hospital Ameijeiras, se agolpan grupos de ansiosos en espera de poder tomar lo primero que se detenga con tal de salir del inmovilismo y el viento frío que mantiene un mar picado y las manos en los bolsillos.
“No pasan guaguas, solo los triciclos (privados y estatales), pero casi todos ya vienen llenos de La Habana. Son muy chiquiticos”, dice una señora con gafas de sol, pamela y una bolsa transparente del Corte Inglés repleta de tomates rojos. Vive “por La Palma”, en el suroeste de la ciudad, y trabaja en el Vedado como asistente en una clínica estomatológica.

Cuenta que los viajes desde su casa a La Rampa ya saltaron de 250 pesos a 300 pesos y que hoy quiere ver a su tío enfermo, al que quiere como a un padre, que reside por el Obelisco, en Marianao. El monumento fue inaugurado en 1944 por el entonces presidente Batista en honor a su primer golpe de Estado, el 4 de septiembre de 1933, cuando era un lépero sargento taquígrafo venido de Banes.

Palas iguales, paisajes diferentes
“En Canadá mi hijo tiene que palear la nieve para sacar el carro del garaje. Yo también tengo que palear, pero la mierda”. La frase salió de la boca y el disgusto resignado de Augusto, un médico intensivista de 70 años con misiones sanitarias en medio mundo que enfrenta el corrimiento del basural de su calle hasta el acceso a su carporsh, una suerte de empalizada que el mismo dueño tilda de “gallinero hecho a machetazos” por medio de reciclajes y oportunidades.

La casa del médico está a unos pasos de la esquina. La esquina de Suchel o el palacio de las moscas, como suelen llamarle algunos ilustrados vecinos. Otros son menos cínicos y más pasionales en sus descripciones. Ya saben. Irrepetibles.
Por años, varios tanques plásticos, cual de ellos no descuartizado por tradición depredadora, se rebosan en un par de días o a lo sumo tres, y entonces los desechos ocupan el parterre y avanzan indetenibles hacia la calle, casi llegando a convertirse en barricadas naturales. Poco ha faltado para que la vía quede estrangulada por los desechos, que terminan siendo evacuados por las palas de la topadora, ese férreo caballo de Atila que erosiona la acera, extirpa el ralo césped de los parterres y rompe con sus fauces algún que otro segmento de contén que se interponga.
Lo que resulta de tal acometida es algo así como un paisaje después de la batalla, para robarle el título a Wajda de su película de 1970 —un drama existencial post bélico en el que parece que no hay salida para los polacos al pasar de la ocupación nazi al régimen estalinista—.

“Muy pronto tendré que ponerle alas al carro para salir volando de aquí”, dice, mientras calienta el motor brevemente y la nata de moscas se alebresta por el ruido de la combustión.
A los enterados de arte en Cuba, la fantasía del doctor Augusto los remite a “Hybrid of a Chrysler”, una pieza escultórica creada en 2003 por el artista cubano Esterio Segura.
Pero en lo que la magia llega a la vida de Augusto, con la pala hizo lo que tocaba: correr la frontera del basurero, que por estos días ha vuelto a resurgir con fuerza fúngica en casi toda La Habana, multiplicando las señales de la escasez petrolera y su rebote en necrosis de los servicios públicos.

Al médico le quedan unos diez litros de gasolina en el tanque de su mimado “Tico”, un Daewoo Tico de los 90, que el galeno cuida como “la niña de sus ojos”, porque es una “maravilla”: alrededor de 20 km por litro de gasolina.
Y lo es ciertamente, en un momento en que el gobierno acaba de decretar cero combustible para el mercado en pesos (Augusto quedó varado en la cola virtual con un ticket que lo pone a distancia intergaláctica del surtido) y racionado la oferta en dólares, permitiendo solo 20 litros por vehículo en las gasolineras destinados para tal fin, donde las filas de autos se extienden por cuadras y cuadras y la paciencia está obligada a ser más larga que la espera.

Celeste, la pasión turca y la realidad
A Celeste le importa un pito la política. Lo de ella, excajera bancaria por casi medio siglo y manicura y pedicura a la orden de cualquier vecina o vecino, es si el galán de la novela El turco (2025), un soldado del Imperio Otomano herido en la Italia del siglo XVII, podrá finalmente ser feliz con lo que parece ser un romance imposible con una joven pueblerina austriaca.
Pero la política o la realidad, que por momentos son casi lo mismo, es más poderosa que cualquier telenovela y ya le tocó la puerta. La jaba de pan que compraba “tempranito, antes de clarear” ya escaló poco más de 23 % de precio. Ocho unidades bien horneadas, de unos 80 gramos, se tasan ahora en 370 pesos. Hace unos días eran 300 pesos. “Imagínese, tía, el dueño tiene que poner la planta para hacer el pan cuando no hay luz y eso es petróleo que tiene que comprar carísimo”, resume Celeste la explicación que le concedió el apenado repartidor.
En un apartamento encajado al final de un pasillo, donde el olor a carbón se impregna en la ropa, la excajera vive con su hermana, unos años mayor que ella, ambas oriundas de Baracoa, “pero habaneras por derecho de antigüedad”, y es quien se encarga de la cocina. “Hace unos guisos de rechupete”, dice llevándose los dedos a la boca, y es como si el adjetivo saliera de su clandestinidad léxica, pues es muy raro escuchar este coloquialismo en el habla común del cubano contemporáneo.

Cada mazorca para el guiso costó 80 pesos y, según cuenta la hermana de Celeste, el puestero le dijo que tal vez serían las últimas en vender en el socorrido agro del barrio. De hecho, la cadena de suministro es la primera en reaccionar al bloqueo energético.
“Para venir de Matanzas acá, el camionero tuvo que comprar 70 litros de petróleo a mil pesos cada uno y luego los productos que trasladó a La Habana sumaron unos 100 mil. Es por eso que el puestero tiene que subirle un poco a casi todas las viandas y las frutas para compensar y que ninguna se eche a ver. De lo contrario, le anunció, tendría que cerrar”.
Y un dato revelador: “Ah, y le contó que en los puestos de control para entrar a La Habana están pidiendo 50 mil pesos a los camioneros… Trun no nos quiere, pero entre nosotros somos peores”, dice Celeste, con aire de fastidio.











