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Desde la manigua doblaba la campana de la independencia, en el contexto de la Guerra de los Diez Años. No era algo que el gobierno estuviera dispuesto a consentir sin, por lo menos, ajustar algunas cuentas. Como prólogo de la tragedia que vendría después, en la primera semana de febrero de 1870 se cernía sobre Santiago de Cuba un silencio opresivo. Ese que suele traer la brisa en horas de presagios oscuros.
Todo fue premeditado, entre copas. A finales de enero, durante un banquete de voluntarios celebrado en el Círculo Español en cuya mesa presidencial estuvieron el párroco Eduardo Lecanda y el jefe de contraguerrilla Carlos González Boet, ambos de la facción del Conde de Valmaseda, se decidió escoger —sin pruebas de absoluta certeza— algunos laborantes señalados de brindar auxilio a los patriotas. Cuando de dar un buen escarmiento se trata, nada más tajante que una multa de sangre. Las calles polvorientas de Santiago se teñirían de rojo aun antes de que en La Habana se cometiera la atrocidad de fusilar ocho estudiantes a mansalva.
“En aquel acto, muy semejante a un conciliábulo de la Inquisición, se trató de ‘comer carne fresca de gente gorda’, señalándose los nombres de varios prestigiosos ciudadanos que, considerados como sospechosos, quedaban desde aquel momento condenados a la más terrible de las muertes”, suscribió un testigo del suceso. Con instinto de tigre, Boet olió su oportunidad, y asumió ejecutar la siniestra operación. La guerra era a muerte.
La noche
Las sombras de la muerte danzaron sobre la caterva tocando las cabezas predestinadas. El día 7 comenzó la brusca cacería. Denunciados y apresados cayeron los señores Manuel Camacho, Diego Palacios, Desiderio Hechavarría, los primos José María y Buenaventura Bravo, Juan Francisco del Pozo, Juan Francisco Portuondo, Diego Vinagre, Magín Robert, Andrés Puente, Bernardo Cabezas, Joaquín Santisteban y Ramón Garriga. Para hacer más contundente la cifra, la cadena de secuestros siguió en zona rural con la inclusión de Víctor Limonta, Baldomero Cosme, Eugenio Trespalacios, Melchor Catasús, los Buenaventura Cruz (padre e hijo), y otros infortunados cuyos nombres no grabó la Historia. Superaron la veintena.
El comandante González Boet demostró tener una personalidad enfermiza. Con ínfulas de todopoderoso y refinada ferocidad hacia los cubanos, se deleitaba en el sufrimiento ajeno. La frialdad de su mirada era una ventana a su abismo interior y, por todas partes donde pasaba, dejaba una traza de terror y luto. Saltándose las jurisprudencias, ordenó conducir a los presos desde Santiago, por siete leguas, hasta el derruido ingenio San Juan de Wilson, en las inmediaciones de El Cobre. Allí radicaba su cuartel de fechorías.

Despeinados, aturdidos, atropellados de obra y palabra, los detenidos fueron amontonados en los corredores de la casona del ingenio. Desconocían la magnitud del horror que les esperaba, pero el aspecto misterioso de la extracción y del traslado al amparo de la oscuridad era un anuncio macizo del veredicto más probable. Por casi una semana fueron sometidos a interrogatorios y careos en los que el propio Boet asumió de fiscal. La tortura cobró forma en la persona del alférez de la guerrilla, Miguel Estévez; y ellos, en su zozobra, comenzaron a entender que el calvario sería su compañero inseparable en los días venideros.
“¿Qué final nos espera?”, preguntó más de uno en susurro, con quemante inquietud. “Antes de nacer, nada; dentro de un momento, nada”, zanjaba Diego Palacios. Algunos cuerpos temblaban, no solo por el frío que les impuso la madrugada, sino por el espanto que caló hasta los tuétanos. Cada cual resistió como pudo, se aferró a la vida, aunque la esperanza pintara gris con cada minuto que expiraba. Pensaban en las madres desoladas, en los padres ancianos, en las esposas o enamoradas ya imposibles de amar y poseer.
A cada lamento respondía Boet mandando a tensarles las ligaduras, con blasfemias y golpes. En medio de aquella agonía de hambre y sed los verdugos se repartían cínicamente delante de las víctimas la comida, las ropas y las prendas, “pues yendo a morir no les iban a hacer falta”, se burlaban con sadismo. Como un lance “cómico” de la hecatombe: el viejo Eugenio Trespalacios, al entregar su colcha a los verdugos, tuvo la ocurrencia de pedir que no le tiraran a la cabeza, “porque le dolería mucho”. Reírse es propio del cubano. Sobre todo, reírse de su desgracia. Pero huelga decir que ninguno de esos infelices tuvo ánimos para la risa.
Con palos y humillaciones los represores pretendían robarles no solo la vida, sino pisotearles la dignidad antes. La brutalidad extrema tuvo su orgía en San Juan de Wilson, pero allí también se fraguó el espíritu de resistencia.

Las horas
La madrugada fue una eternidad. Para cuando la negrura se fundió en el alba del 13 de febrero lo tuvieron más claro: la fatalidad se había posado sobre sus hombros como una tiñosa en la cerca de púas. Entonces irguió su voz indignada y altiva José María Bravo, inquiriendo: “¿Dónde está el asesino Boet?”. Este se presentó al instante, destilando la resaca de su nocturna borrachera, y Bravo, mirándolo desafiante, le espetó en cara sus despotismos y transgresiones. El comandante, incapaz de esconder la ofensa detrás de sus garrafales barbas, llamó a su alférez y sentenció: “¡Conduzcan a este a la vuelta y le dan cuatro tiros!”.
A los pocos minutos se escuchó la plomiza descarga que daba por liquidada la orden. Entonces Boet, volviéndose hacia el grupo, dijo: “Ahora, a todos”. Amarrados los empujaron hacia el antiguo cementerio del ingenio, haciéndolos desfilar por delante del cuerpo agujereado del señor Bravo. “Aquellos instantes fueron terribles, y se han grabado de tal modo en mi cerebro que su recuerdo pavoroso morirá conmigo”, afirmaría años después un sobreviviente.
El alférez Estévez, de origen gallego, los fue arrodillando en línea, mientras no perdía minuto para apostrofarlos. Fijándose en los dos Buenaventura Cruz, serenos y resignados, preguntó: “¿Quién mata a quién… el padre al hijo o el hijo al padre?”. Cuando preguntaron la edad a Diego Palacios, ironizó Boet: “¿Treinta y tres años? ¡Mala edad para redentores!”. Y después de haberlos mortificado a placer, señaló alegadamente al lugareño Baldomero Cosme: “Este primero”. Cosme, anciano noble y franco, respondió con un rugido que quedaría vagando por esas lomas como un espectro: “¡So ca…!”. Cuatro fusileros lo callaron para siempre.
Siguió en turno el señor Manuel Camacho, que manifestó antes de desplomarse: “Muero asesinado, porque soy inocente”. Al remolino de la ejecución el miedo se convertía en delirio, en impotencia. Acribillados por el terror antes que por las balas, a algunos se les quebraron los nervios y rogaron ser el inmediato fusilado, fatal deseo derivado de las ansias por librarse, una vez y por todas, de semejante suplicio. Otros, rodillas en tierra, se mantenían aparentemente firmes. Sin embargo, Estévez arbitró de súbito: “Basta por hoy: mañana continuaremos”. Y, al compás de “La Marsellesa”, que entonaban socarronamente Boet y compañía, los regresaron a su corredor de muerte, devenido en capilla expiatoria.
Ese día, cuando penaba la tarde, el administrador del ingenio, de apellido Pouton, les sirvió un plato de comida a modo de último regalo. Pero por algunas gargantas el nudo de angustias no daba paso a los alimentos. En sus ojos el reflejo del horror se mezclaba con la resignación y, echados sobre el piso, como animales apestados en espera del matadero, acabaron rindiéndose al agotamiento, hamacando pesadillas y añoranzas de una salvación imposible.
El día 14, que amaneció con cielo espléndido como el anterior, continuó el via crucis. Por la “magnánima” voluntad de Boet no se envió “carne fresca” al paredón; en cambio, “invitó” a los condenados a escribir cartas de despedida a sus familias, lo cual constituía un nuevo tormento moral. Lánguidamente, todos garabatearon algunas líneas que nunca tuvieron destino.

La cuerda
El rumor de los disparos en San Juan de Wilson llegó como un reguero de pólvora al despacho del coronel de artillería Juan Ojeda, gobernador del departamento oriental. Todo indica que estuvo ajeno a las maquinaciones y desmanes de González Boet. Por ello, a la mañana siguiente envió al coronel Emilio Calleja con la misión expresa de devolver a la ciudad a los presos políticos. Asimismo, portaba la orden de arrestar al oficial de guerrilla en caso de haber ejecutado sumariamente a algún detenido.
“Quieren salvar a los ‘pejes gordos’ pero solo se salvarán los que no tienen padrinos”, rumiaba Boet doblando el pliego con la disposición superior. La suerte estaba echada. Enseguida dispuso que separaran del grupo a la decena de nombres en reclamación. Esta vez eran los ya mencionados Buenaventura Bravo, Desiderio Hechavarría, Diego Palacios, Andrés Puente Badell, Diego Vinagre, Bernardo Cabeza, Joaquín Santisteban, Juan F. Portuondo, Carlos (“Chalí”) Damery, Juan Francisco del Pozo y Ramón Garriga.
El 15 de febrero de 1870 partió Callejas con la cuerda de siluetas cabizbajas. No era un paseo. Los presos marchaban a pie de dos en dos, amarrados por encima de los codos. Los escoltaban cuatro voluntarios y veinte soldados de Boet encabezados por el no menos perverso Estévez, todos a caballo y armados. En la marcha al Cobre decidió Callejas adelantarse, para organizar el traslado expedito a Santiago. En mala hora. Su ausencia dejaba listo el teatro para la masacre.
Al llegar a los Altos de Cosme, el punto indicado, Estévez —que llevaba instrucciones secretas de su jefe— alzó la mano en señal de detener la marcha y decretó que, por órdenes recibidas, debían ajusticiar a los prisioneros. Con talante de gran maestro masón, Andrés Puente le increpó “que eso era una iniquidad y una venganza por la muerte de Gonzalo de Castañón”.
Chalí Damery pidió sin miedo que le dieran un machete, para batirse con todos. Igual de irritado Desiderio Hechavarría profirió: “¿A qué discutir con estos asesinos? ¡Despachad pronto, verdugos de Cuba! ¿Cuál es el lugar?” Y se plantó en espera del tiro que puso fin a su rapto de locura. Cayeron uno a uno, Puente, Chalí y toda la hilera maniatada; excepto Garriga, quien —salvado de milagro por un voluntario, amigo suyo, que lo sacó de un tirón— vivió para contarlo.
Para justificar la matanza, Boet informó que “habiendo intentado uno de los presos fugarse por entre la manigua y tratando los demás de secundarle al grito dado por uno de ellos de ‘¡Viva Cuba Libre!’, en tales momentos de escisión se vieron en la necesidad de apelar a las armas”. En otro capricho, perdonó la vida a los dos Cruz, Catasús, Robert, Limonta y Trespalacios, que habían quedado en el ingenio. Por la tarde, cuando los liberados emprendían el retorno a sus hogares, se toparon con el montón de cuerpos marcados por la crueldad y despojados de prendas, que aún permanecían en ubicación simétrica frente a un portillo a la vera del camino.
La memoria
Por la ruta de sus odios y represalias continuó González Boet, hasta ser sometido a corte marcial por aquel fusilamiento atroz. “La exhumación y reconocimiento de los cadáveres viene a robustecer la prueba. Seis cráneos se hallaron destrozados, heridos a corta distancia y de atrás a adelante. Otros dos no se encontraron, pero los testigos aseguran haberlos visto recoger con palas y arrojar los pedazos a la fosa. Los restantes se hallaron ilesos, pero los cuerpos a quienes pertenecieron tenían señales de haber sido heridos por la espalda y a quemarropa”, detallaba el expediente incoado en junio de 1871. El fiscal pidió seis años de cárcel en África, pero al final Boet pudo evadir la justicia. Con el tiempo fue condenado a diez años por nuevos crímenes, y purgando sus culpas en una celda del Morro habanero murió en julio de 1882.
Como mudos testigos, la tierra de San Juan de Wilson ocultó la sangre en sus entrañas y el coliseo de montañas sumió los ecos de los alaridos en un silencio sepulcral. Casi treinta años después, el superviviente Buenaventura Cruz publicó una memoria detallando las horripilantes escenas de aquel episodio que lo atormentó hasta el final de sus días. En el Tomo IV de las Crónicas de Bacardí desempolvamos dicho testimonio a fin de dar alma a estas líneas.
Para tapar la cicatriz abierta en el sitio donde cayeron fulminados, años después familiares y continuadores levantaron un obelisco. Entonces se hizo costumbre de grupos intelectuales y promotores santiagueros —encabezados por Emilio Bacardí, Antonio Bravo Correoso (hijo de una de las víctimas), Federico Pérez Carbó y José Joaquín Tejada— peregrinar en aniversarios patrióticos hasta el remoto paraje, para coronar con flores la placa marmórea que perpetuó los nombres. Desconozco el estado actual del monumento.

Por otra parte, en algún momento los caídos fueron inhumados clandestinamente en la bóveda de la familia Hechavarría, en el cementerio de Santa Ifigenia. Luego, en diciembre de 1928, los hermanos Eligio y Antonio Bravo Correoso, miembros de la Logia no.1 Fraternidad, construyeron un panteón familiar al que trasladaron los restos, pues entre ellos figuraban masones distinguidos. Allí, a pocos metros de la tumba de Martí, descansan al sol de hoy bajo un techo abovedado de ornamentaciones clásicas.
El crimen de San Juan de Wilson se perdió como un grito mudo en la noche de los tiempos. No se trata de un relato de buenos contra malos absolutos. Sino que, más allá de los detalles exactos, el histórico suceso sirve de recordatorio para que la memoria colectiva no olvide las pérdidas que marcaron el sueño de la independencia, ni las consecuencias de que muchas vidas queden a merced de un poder despiadado. La sociedad de hoy, abrumada y olvidadiza, los fusila doblemente cuando ignora el sacrificio de aquellos héroes.












