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Yadira no está. Busco sus nuevas entradas en el muro de Facebook, que tiene varios días de silencio. Cada mañana, sus publicaciones me alegraban el día. Publicaba mayormente poemas de otros. También, observaciones agudas, lúcidas, comprometidas con las mejores ideas y los sentimientos más nobles.
Se había apoderado de un hashtag que ahora veo multiplicarse en las redes, entre sus conocidos reales y virtuales: #porfavorleapoesia. No es un mandato, sino un ruego. Sé que ya no estará. Pero me resisto a creerlo.

El domingo 4 de enero su corazón de guerrera se detuvo. Luchó hasta el último minuto. Fue estoica, valiente. Cuando intercambiábamos saludos, nunca me habló de su dolor, a pesar de que sabía que yo sabía, pues fui testigo de los primeros síntomas de la enfermedad.
Desde México, para adornar en lo posible sus mañanas de tratamientos agresivos, le mandaba a Y —así la llamaba— fotos de ramos de flores que tomaba en los mercados, y le pedía que escogiera uno. Era un juego entre nosotros. Me dijo que prefería las silvestres. Entonces comencé a fotografiar para ella las humildes flores de las calles, las que nacían, contra todo pronóstico, en las grietas de las aceras, las que se asomaban por ventanas y balcones para tomar un poco del aire y la luz solar que se les negaba, las de los escasos solares yermos. Flores que, como ella, se empeñaban en ser.
Yadira Álvarez Betancourt (Yadira Albet, para las redes) había nacido en La Habana en 1980. Fue pedagoga, narradora de ciencia ficción y cronista. Esta última faceta la cultivó en medios alternativos hasta que se le prohibió seguirlo haciendo. Sus crónicas y artículos, argumentados con minuciosidad, eran elegantes y veraces, y contribuían a formar una visión cercana y plural de nuestro complejo día a día.

Cuando supo que tenía la terrible enfermedad, comenzó a publicar un blog que llamó “Diario de una carrera”, y que dedicó a algunas de las mujeres de su familia que no llegaron a la meta: corría con ellas, por ellas, para cortar la cadena de sucesos trágicos. Así veía su batalla, como una competencia contra Patricia, como nombró a la adversidad, su contendiente, una lucha a vida o muerte (sic).
En el momento que comenzó la tos perniciosa, había encontrado un nuevo amor y se estrenaba en un trabajo con jóvenes artistas. Su compañero permaneció a su lado cada minuto durante las sesiones de quimio, y en los raros intervalos de sosiego. Al menos, en este tramo, no le fue esquiva la gratificante sensación de saberse amada.
He pedido permiso a su pareja para compartir algunas entradas del diario. Hubiera querido publicarlas todas. Si se reunieran en un volumen, me brindo como editor ad honorem. Velaría porque cada palabra, cada signo de puntuación estuviera en su lugar, y porque fuera un libro bello, como fue su vida, como es el recuerdo que nos deja.
Y, ¿me escuchas? Una semana sin ti es mucho tiempo. “No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada.”

El aire, la luz
25 de abril de 2025
Hace unos días tuve que salir del hospital a hacerme un examen en otra institución. Llevaba casi una semana bajo techo y, por si acaso, me llevaron en silla de ruedas, aunque puedo caminar.
El aire… qué especial el aire, el resplandor, el ruido. Cuando las tenemos damos por sentadas muchas cosas. Nos damos cuenta de lo que valen al perderlas, aunque sea temporalmente.
Cuando las becas descubríamos que la calle era maravillosa, pero solo se podía gozar cada quince días. Con la cuarentena descubrimos que extrañábamos a mucha gente y no la podíamos ver. Si nos da indigestión salvaje entendemos que los mangos son lo más rico del mundo, pero no los podemos tocar. En fin. Darnos cuenta de que todo lo dado por sentado y seguro podría de pronto no estar a tu alcance… y lo añoras.
Todo lo “dado”, una multitud de dones. Algunos muy sencillos, otros no tanto.
El sol, la gente, andar por ahí, ver el Malecón, y en la noche lograr dormir sin inclinar la cama (llevo casi dos meses durmiendo sentada). En veinte minutos de gestión médica me emborraché de luz.
Dones que damos por sentados. ¿Por qué esperar a perderlos para saber lo que valen? Una no quiere sonar a coaching emocional, con su positividad tóxica, sin embargo cae en la verdad de perogrullo de que la vida es preciosa, incluso en sus eventos más minúsculos, más básicos.
Salgan a caminar un ratico o siéntese en un lugar cómodo y seguro y respiren hondo. Oigan música, canten, bailen sin gracia o con gracia.
No den por sentada la vida y ninguno de sus regalos: los dones son para ser usados, compartidos, amados, con entusiasmo y agradecimiento, aunque sean pequeñitos.

En el país de la enfermedad
7 de mayo de 2025
Pequeñas escenas que no puedo tomar en fotos pero sí en palabras.
Hace unos veinte años en la sala de oncología del Juan Manuel Márquez, un niño acostado, con la expresión tensa, abriendo y cerrando la mano de la vía venosa. “Es que ese medicamento arde mucho cuando pasa”, dice la madre. Los labios del niño se mueven y leo en ellos quince, dieciséis, diecisiete… Dolor, fuerza.
Hace unos días, un padre jugando al ajedrez con su hijo, ganándole con ventaja y luego llamando a la enfermera: «Seño, ya se me acabó el suero, ¿me lo puede cambiar, por favor?»… Diversión, tranquilidad, paz.
Hace unas horas, mi compañera de cuarto, que tiene una mínima pelusilla en la cabeza, se cepillaba con mimo y se perfumaba después del baño… Esperanza, coquetería, serenidad.

Ayer, también mi compañera de cuarto, riéndose escandalosamente por un chiste y su mamá regañándola: “Ay, déjala que se ría como le dé la gana, chica, que ahora se siente bien, que se ría”, dice la enfermera… Júbilo, alivio, alegría.
Hace una semana, la acompañante de mi anterior compañera de cuarto, esgrimiendo una cafetera: “¿Quieres que le eche un poquito de café a la leche blanca esa que te estás tomando? ¿No? Bueno. Voy a llevarle a las enfermeras”, y salió después de tirarme un beso al aire… Generosidad, afecto, compañía.
Ahora mismo, junto a la ventana: “Qué ganas tengo de comerme un mango”, dice la hija. “Ahorita bajo y veo si encuentro alguno por ahí”, responde la madre y le toca la frente a la muchacha: la fiebre está subiendo de nuevo… Anhelo, preocupación, amor.
Habitamos temporalmente el país de la enfermedad y a él traemos todo lo que nos hace humanos.

Diario de una carrera
23 de septiembre de 2025
Desde una de estas ventanas, tal vez esta misma, Yamila se despidió de mí. Al lado de ese Chevrolet negro de techo gris puedo imaginar un polaquito que en aquel entonces aún tenía el color naranja polaco con que todos llegaban a Cuba. Yo tuve que quedarme abajo porque los niños tienen vetado el acceso a los hospitales de adultos y en el año 86 no había excepciones ni indisciplina posibles en eso.
Primero subió mi papá a verla. Luego mi mamá y se quedó esa noche, como casi todas las noches. Yo estaba sentada en el capó, tan poquito era mi peso que no lo deformaba.
Cuando mi papá bajó me dijo que me fijara en una ventana. Dos personas se asomaron a contraluz y empezaron a decir adiós.
Yo tenía una muñeca de cuerda que gateaba, chiquitica. Eran dos: una vestida de rosa y la otra azul. La azul era de Yamila, pero ese día yo andaba con esa, no volví a jugar con la otra. Estiré la mano con la muñeca y la agité, entonces empecé a llorar, agitando la muñeca a un lado y a otro hasta que las personitas lejanas se apartaron de la luz.
Yo no sabía nada. No sospechaba nada. Ni siquiera sabía qué era el cáncer, menos aún el linfoma. Pero lloré, a saber qué estaba sintiendo. Olvidamos esas cosas. Fue la última vez que vi a Yamila, lejos y como sombra minúscula que dice adiós. Al otro día me llevaron a Bauta, a casa de una familia amiga, y ahí me quedé hasta que todo terminó.
Yamila, la bisabuela Nena y la tatarabuela cuyo nombre nunca supimos, solo que enamoró a un chino emperador e inició nuestra línea familiar, no lograron llegar a la meta de su carrera.
Yo corro por ellas tres, y aunque no crea en otro mundo ni otra vida después de la muerte, me gusta pensar que me miran, que las cosas que me digo para animarme vienen de ellas, que la fuerza y el humor que tengo son una herencia de Yamila, Nena y de quien llamo Abuela China.
Está siendo una carrera dura. Mi cuerpo la está sufriendo y Patricia es una contrincante feroz para mis docs. Se ha reducido y al parecer no ha logrado colonizar zonas lejanas al mediastino, pero aún se empeña en construir torres de su castillo gótico como se ve en el nuevo crecimiento de la región subclavicular, más pequeño que la primera. Aún es peligrosa.
Pero yo corro más rápido de lo que ella construye. Le gano o le gano, y seremos cuatro mujeres de la misma familia quienes ganaremos.
Desde el piso 12A, cama 20, del Hospital Amejeiras, Año de la Distopía de Baja Calidad.

Los cuatro miedos
20 de octubre de 2025
Rato sin venir por acá. La maratón ha salido de la pista y se ha vuelto carrera a campo traviesa. Pensaba que sería, no fácil, pero tampoco así de atravesado. Ilusa yo: nunca he hecho nada fácil en mi vida, ¿por qué iba a ser distinto esto? Conmigo todo es épico, dramático, complicado.
Patricia es quimiorresistente y, además, habita lugares extraños y peligrosos. Una parte tendrá que ser radiada y la otra habrá que ver qué se le hace, opciones hay, y de todas formas esto no se acaba hasta que se acabe.
Metida en esos montes llenos de fango y hojarasca me ha dado tiempo de analizar mis miedos, un ejercicio útil si quieres conocerlos y no ser esclava de ellos. Así he descubierto cuántos son y qué cara tienen, asomada al abismo.
El primer miedo, común a todos y que tantos confunden con el miedo a morir, es el miedo a cómo morir.
Morir es natural. Mientras no sea un accidente o violencia, formas injustas de morir, o negligencia y abandono, formas tristes, innecesarias, es tan natural como nacer, como parir. Por vejez o enfermedad, el cuerpo malfunciona y se apaga, y nos vamos. Hormigas, árboles, elefantes, ballenas, gatos, gente, nos vamos.

Ese no es mi miedo, es el cómo. Tengo miedo al cómo, a que duela, a la falta de aire, a la ansiedad, a la soledad, a la naturaleza despiadada del tránsito.
El segundo miedo es aterrador, un miedo espiritual: el de la gente que ama. Temes lo que pasará con otros si te vas. ¿Podrán tu familia y amores soportar el duelo? ¿No te convertirás en una herida crónica invalidante, un fantasma pegajoso que no dejará a nadie ser feliz, una enfermedad incurable? ¿No tendrán tus amigos añoranzas que les provoquen tristeza cuando te piensen? ¿Estarán amparados sin ti? Es un miedo tremebundo: no querer ser para quienes te aman una razón de infelicidad o desamparo, ni siquiera momentáneos.
El tercer miedo es el de no cumplir tus propósitos. Todas las historias no contadas, los sueños no concretados, los saberes no alcanzados, las cosas no hechas. Desde las más sublimes hasta cuestiones tan pedestres como que debes comprar la comida de los gatos. El eterno “¡no, necesito más tiempo, me queda mucho por hacer, solo puedo hacerlo yo!”

Y el cuarto miedo, el más egoísta de todos: el de no haberle dicho a todo el mundo lo que querías decir. No haberle dicho a unos que los amabas y que los apoyabas, a otros lo agradecida que estás, incluso a otros que, definitivamente, no merecieron tu perdón (porque perdonar no es obligatorio y algunos se buscan que les canten las cuarenta).
Asomada a ese abismo veo mis miedos y los conjuro. Corro sintiendo su peso en mi espalda, pero no me detienen porque sé quiénes son y cómo enfrentarlos. Hay otros propios de la carrera: el dolor de las venas, del mal sabor en la boca, de los vómitos, de los accesos de tos, del aburrimiento y sensación de cárcel de la quimio, de las malas noticias, pero esas son pequeñas cicatrices.
Corro, con el miedo en el equipaje pero sin ser su esclava, sin parar.













