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La tarde se apagaba en Santa Clara, California, y en el Levi’s Stadium se escuchó un “God Bless America” que tuvo una coletilla cargada de simbolismo.
Como muy pocas veces había sucedido, la tradicional frase patriótica estadounidense se transformó en una oración de paz, protección, bendiciones y unidad no de un país, sino de todo un continente, justo cuando bajaba el telón del show del medio tiempo más latino en la historia del Super Bowl.
En la final del fútbol americano (NFL), uno de los cinco sucesos deportivos con mayor alance a nivel global, el partido entre los New England Patriots y los Seattle Seahawks casi pasó a un segundo plano para millones de espectadores que, tras señalar este 8 de febrero en el calendario, definitivamente no terminaron decepcionados.
¿El motivo? Simple: Benito Antonio Martínez Ocasio, alias Bad Bunny. “Si hoy estoy aquí en el Super Bowl 60 es porque nunca, nunca dejé de creer en mí. Y tú también deberías de creer en ti. Vales más de lo que piensas. Créeme”, dijo “El Conejo Malo” en un escenario repleto de símbolos y costumbres puertorriqueñas, desde los cañaverales hasta las partidas de dominó, las barberías o los bailarines vestidos de jíbaros.

Su mensaje, cantando en español de principio a fin en el show por excelencia de los “gringos”, trascendió las fronteras estadounidenses con una dedicatoria a todos los países del continente, a los cuales mencionó uno a uno en un desfile de banderas que terminó justo en la línea de anotación del estadio, que exhibía en una de sus pantallas la potente frase con la que Benito reventó la ceremonia de los Grammy la pasada semana: “The only thing more powerful than hate is love” (“Lo único más poderoso que el odio es el amor”).
Allí, entonces, Bad Bunny mostró el “Juntos somos América” grabado en la pelota que llevaba en la mano, la cual lanzó contra el suelo como quien marca un touchdown ganador en las narices del rival más poderoso que jamás haya existido.

Cuba en la casa
“Sea Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, Colombia, Venezuela, Guyana, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, México… Cuba, República Dominicana, Jamaica, Haití, las Antillas, United States, Canadá y my motherland, mi patria, Puerto Rico. Seguimos aquí”.
Bad Bunny no dejó a nadie en el camino. Todos los países de América se vieron reflejados en el show del Super Bowl más visto de la historia.
Cuba fue una de las naciones que se llevó un guiño, no solo por el paseo de la bandera de la estrella solitaria en Levi’s Stadium, sino por la invitación directa a un hijo de La Habana.
Hablamos de Juan Carlos Piñeiro, basquetbolista profesional y dueño de un carrito de piraguas en San Juan, quien le sirvió un raspado (granizado para los cubanos) a Bad Bunny al inicio del show, cuando la estrella boricua cantaba “Tití me preguntó”.
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Piñeiro salió de Cuba en junio de 2012 para participar con la selección nacional en el Centrobasket que se celebró en Hato Rey, al norte de la capital puertorriqueña. Allí se quedó y emprendió una carrera profesional que lo ha llevado por los Brujos de Guayama, los Caciques de Humacao, los Cangrejeros de Santurce (equipo del que Bad Bunny es dueño), los Cariduros de Fajardo y los Capitanes de Arecibo, su club actualmente.
“Más que un atleta, Juan Pablo es familia, es cultura y es puro corazón. Hoy celebramos su versatilidad: de jugador de nuestros Capitanes y piraguero, a brillar ante millones de personas”, publicó el club en su cuenta de Instagram.
Piñeiro no fue el único deportista invitado a participar en el show de Bad Bunny en el Super Bowl. En su recorrido por ese camino tan boricua recreado en el escenario aparecieron boxeando el puertorriqueño Xander Zayas, campeón unificado del peso superwelter, y el mexicano-estadounidense Emiliano Vargas, mientras en “La Casita” (parte de la escenografía de su actual gira mundial) estuvo el pelotero venezolano Ronald Acuña Jr.
Patriots-Seahawks, a la sombra del “Conejo Malo”
Cuando Bad Bunny apareció en el Levi’s Stadium vestido inmaculadamente de blanco, con el número 64 en el pecho y su apellido materno (Ocasio) en la espalda, los Seahawks controlaban con puño de acero el Super Bowl contra los Patriots.

La línea defensiva de Seattle, con un jugador de raíces cubano-mexicanas (Julian Love) en sus filas, había reducido a cenizas el empuje del talentoso mariscal Drake Maye, quien al medio tiempo mantenía en cero su casillero de puntos de New England.
A los Patriots le faltaba sazón y sabor, justo lo que sobraba en el show de Bad Bunny, que convirtió el escenario en emoción, amor y orgullo latino en cada segundo con un recorrido por 13 de sus canciones más sonadas, una de ellas (LO QUE LE PASÓ A HAWAii) en voz de Ricky Martín, otra estrella boricua. Y si de leyendas hablamos, no faltaron los flashazos de homenaje a clásicos de Tego Calderón, Don Omar, Héctor “El Father” y Daddy Yankee.
Hasta Lady Gaga bailando salsa –nunca lo vimos venir– con su éxito Die With a Smile tuvo más ritmo que los jugadores de New England, atascados en una estrategia fallida, sin bríos, sin chispa y, sobre todo, muy redundante, aunque quizás no tanto como los ataques a Bad Bunny.


El líder de esa ofensiva contra el cantante no podía ser otro que Donald Trump, claramente molesto, a juzgar por sus publicaciones en su red Truth Social: “El espectáculo del descanso del Super Bowl es absolutamente lamentable, uno de los peores de todos los tiempos. Es absurdo, una afrenta a la grandeza de Estados Unidos, y no refleja en absoluto nuestros valores de éxito, creatividad y excelencia”.
Lo que no nos queda claro es si este discurso Trump lo había escrito antes del Super Bowl o si se traicionó a sí mismo y terminó “disfrutando” el show de Bad Bunny solo para poder criticarlo. De ser así, entonces debe haberse perdido la puesta en escena de sus admiradores Kid Rock, Lee Brice, Brantley Gilbert y Gabby Barrett en el show alternativo de la organización conservadora The Turning Point USA.
Por cierto, este show contó con poco más de seis millones de espectadores. En tanto, Bad Bunny tuvo una audiencia en el Super Bowl de 135,4 millones de espectadores, superando el anterior récord de Kendrick Lamar (133.5 millones en 2025). Tan fanático de los números, a Trump le debe haber costado conciliar el sueño.

Lo mismo aplica a Laura Loomer, activista de extrema derecha conocida por sus publicaciones racistas y homófobas en internet, quien cargó en X contra la NFL, exigiendo una disculpa al pueblo estadounidense “por llenar el Super Bowl de banderas extranjeras”. Para ella, esto fue “una vergüenza”.
“¡Qué rico es ser latino!”
“Como latinos, debemos sentirnos orgullosos de que Benito le cantó en español a la fiesta más importante de los americanos. ¡Viva Bad Bunny!”, exclamó el reportero mexicano John Sutcliffe durante la transmisión en vivo de ESPN desde Santa Clara. Casi entre lágrimas y con la voz entrecortada, el periodista lanzó un mensaje que es un pequeño botón de muestra de lo mucho que caló la presentación del “Conejo Malo”.
Los elogios llovieron. “Estoy contigo de la misma manera que tú estuviste conmigo. ¡Tan orgullosa de ser boricua!”, escribió Jennifer López, que justo había invitado a Bad Bunny al show del Super Bowl de 2020. También una leyenda de la música boricua como Gilberto Santa Rosa dejó clara su visión: “¡Felicidades Benito! Insuperable tu presentación!!! Gracias por hacernos quedar bien a todos los latinos y demostrarle a los detractores que lo que nos une debe ser siempre más fuerte que lo que nos separa… y que sin duda alguna PR es otra cosa… Camínalo!!!”.
Bad Bunny cumplió con las expectativas y protagonizó un show cargado de simbolismo, amor y positividad. Toda la puesta en escena fue un canto a las raíces latinas, a las adversidades de nuestros pueblos y a la necesidad de unirse en los tiempos turbulentos que corren. Desde el salón de manicura, el puesto de cocos, el apagón, la inédita –pero real– boda de dos desconocidos o la entrega del Grammy a un niño (quizás un recuerdo de quién fue) que veía la ceremonia en un televisor viejo con su familia, todo encajó en un fiestón de poco más de 13 minutos.
El perreo contagió, la música retumbó y marcó el ritmo, pero Benito, definitivamente, no pretendía aprovechar el escenario solo para promocionar su obra. Su objetivo iba mucho más allá, pasaba por hacer disfrutar a todos juntos, a los que entienden y corean y sus letras y a los que no saben una palabra en español.

Si tras el anuncio de su presentación en el Super Bowl hace ya varios meses dijo que en Estados Unidos tenían poco tiempo para aprender español y poder cantar sus canciones, la pasada semana ya había dejado caer que eso era lo de menos en una entrevista con Apple Music: “Va a ser fácil. La gente solo tiene que preocuparse del baile. Sé que les dije que tenían cuatro meses para aprender español. Ni siquiera tienen que aprender español. Es mejor si aprenden a bailar”.
Y tenía toda la razón.











