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Hace unos días se cumplieron 35 años del concierto que Chucho Valdés, Irakere y yo hicimos en el Estadio Nacional de Chile. A propósito se han producido algunos comentarios. En Cuba incluso se hizo un programa de televisión, recordándolo. Algunas personas han dicho que les gustaría que contara algo. Aquí voy.
Chile fue el primer país latinoamericano que visité. En setiembre de 1972 Gladys Marín, a quien conocí por Isabel Parra, nos invitó a Noel Nicola, Pablo Milanés y a mí a un congreso de la Jota. Ya en Santiago, todas las noches íbamos para la Peña de los Parra, donde tuvimos una idea de lo amplio que era el movimiento de la canción chilena de entonces. Por aquellos días fuimos a Valparaíso, con Víctor Jara, a cantar en la Universidad, pero yo me quedé durmiendo en el auto porque estaba enfermo de la garganta. También recuerdo que el presidente Allende nos recibió en La Moneda. Estuve en tres ocasiones muy cerca de él.
Por todo esto, desde hacía mucho quería volver a Chile. Pero hacía 18 años que, por el gobierno militar, era imposible que alguien de Cuba viajara a ese país. Sin embargo, teníamos noticias de que nuestras canciones solían circular clandestinamente. Sabíamos, por amigos, que nuestros discos y casetes eran camuflados para pasarlos por las aduanas. También hubo promotores y artistas que, como Ricardo García y Gloria Simonetti, se arriesgaron a reproducir nuestros temas. Son factores que sin duda contribuyeron mucho a crear la carga emotiva necesaria para que se produjera aquel encuentro en el Estadio Nacional.
Todos los que habíamos estado en Chile y habíamos conocido a Allende; todos los que después habíamos seguido el trágico proceso del golpe, las torturas, los asesinatos y los campos de concentración, vivíamos en vilo, esperando el cambio, que de pronto llegó. A los pocos días me propusieron hacer el concierto y, sin pensarlo dos veces, dije: claro que sí.
Recuerdo que volamos directo a Buenos Aires. Yo no sabía que allí me estaba esperando Santiago Feliú, que llevaba más de medio año perdido de Cuba, donde algunos pensaban que había emigrado definitivamente. La realidad era que Santi había estado viviendo interesantes experiencias en varios países, sobre todo en Colombia, donde conoció a Carlos Pizarro y pasó algún tiempo en las montañas, acompañando a su insurgente nuevo amigo.
Santiago había perdido su pasaporte y cruzaba fronteras con mucho riesgo, pero lo único que quería era volver a su país. Así que lo amarré a mi destino y, haciendo malabares, logré que volara a Santiago de Chile como parte de nuestro grupo y, por último, que regresara a Cuba con nosotros. Recuerdo que pasó todo el concierto sentado en la escalera de acceso al escenario.
A lo largo de mis casi seis décadas de actividad profesional he tenido la suerte de tocar junto a músicos extraordinarios. Pero, si me preguntaran sobre alguna impresión especialísima, podría empezar mencionando a Chucho Valdés.
Todos lo hemos visto crear y tocar maravillas, pero yo tuve el privilegio de verlo realizar un milagro: las tres horas y media de música que montó con su banda para acompañarme en aquel concierto. Quizá alguien dirá: ¿qué tienen de extraordinario tres horas y media de música? Ripostaré que todo ese trabajo se hizo mientras él e Irakere participaban en el Festival Jazz Plaza del 90, ¡en solo tres semanas!
Hace algunos años, estando en Ojalá, sonó el teléfono; era Chucho. Me sorprendió un poco su llamada porque él no es de llamar mucho. Entonces, de pronto, me soltó: “Silvio, estuve escuchando el concierto nuestro en Chile. Y déjame decirte que creo que eso es lo mejor que yo he hecho en mi vida. Quería que lo supieras. Nos vemos”. Y colgó.

Como se sabe, toda la primera etapa de mi generación de trovadores fue un tanto turbulenta. La revolución era joven, el personal variado; las ideas chocaban, no estaba formado un criterio profundo, realmente humano, sobre algunas cuestiones importantes. Por eso varios jóvenes trovadores fuimos vistos como proscritos.
En 1971 Isabel Parra vino a Cuba por segunda vez (había estado en el Encuentro de la Canción Protesta de 1967, auspiciado por Casa de las Américas). Una mañana tocaron a la puerta de mi apartamento y —oh, sorpresa— era ella. Sus palabras, casi exactas, fueron:
—¿Tú eres Silvio? Bien; yo soy Isabel Parra, y vengo a ver si eres tan malito como dicen algunos.
Aquel encuentro nos hermanó para siempre. Tiempo después llegó el exilio, cuya primera parte pasó por supuesto en Cuba, donde compartió conciertos con el Grupo de Experimentación Sonora. Luego se fue a París, donde nos vimos siempre que yo pasaba por allá. Alguna vez viajó a España, para que nos viéramos; la recuerdo en un avión, poniéndome unos cascos para que descubriera a The Police. Y luego vino Buenos Aires, donde esperaba el cambio para cruzar la cordillera.
La verdad es que no podía hacer aquel concierto de reencuentro con Chile sin mi querida amiga —grandísima de la canción latinoamericana— Isabel Parra, que, si mal no recuerdo, estuvo con su hija Tita, con su sobrino Angelito y con otros jóvenes músicos.

Con lo que me pagaron empecé a reunir para hacer estudios de grabación más avanzados en mi país. Ojalá, Abdala y los estudios Eusebio Delfín son testigos.
Debo confesar que al día siguiente del concierto, en un mercado popular de Santiago, tuve la debilidad de comprar una escafandra —quién fuera— que todavía vive en un lavabo de mi casa.
Este texto fue publicado originalmente en el blog Segunda Cita. Lea el original.