Benito levanta todas las banderas de América, nombrándolas bajo un mismo “God Bless America”. Una imagen que reformula, desde el Caribe, lo que la palabra “universo” puede aún significar.
En el minuto 3:32 del espectáculo de Benito Antonio Martínez Ocasio, en el Super Bowl, Bad Bunny se “cae” del techo de la casita. Patea la puerta y sale a la calle. Apenas cruza el umbral, suenan los clásicos del género: Tego Calderón, Don Omar, Héctor el Father, Daddy Yankee.
Pero antes de ese gesto —la reverencia inmediata a los padres fundadores del reguetón— hay dos segundos decisivos. Benito recorre el interior de la casa. Hay voces que reaccionan a la caída, gestos de asombro. Bad Bunny sonríe, bellacoso, y se dirige a la puerta, esa frontera.
En esos dos segundos aparece una pista apenas audible, accesible para quien escuche con atención: “Eh, mamá, eh-eh, mamá…” Es “Quimbara”, de Celia Cruz. La misma canción que anuncia: “La rumba me está llamando… mientras canto un guaguancó.”
Antes de saludar a sus maestros inmediatos, Benito Antonio Martínez Ocasio ya ha dicho que lo suyo no es de ahora. Declara una genealogía más larga: el azúcar, el cañaveral —primer escenario del concierto—, el complejo histórico y cultural de la plantación y, más específicamente, el complejo afrocaribeño que dio vida, con violencia y belleza, a la música, a la cultura, de una parte fundamental del continente.
Con ese gesto, dice que viene de donde todo antes fue depreciado: la rumba, el jazz, el blues; y de esa larga historia de músicas tratadas como ruido y furia mientras archivaban, con rigor invisible, la vida de los marginados. El bolero como narración de la intimidad sentimental del Caribe; la salsa como relato de la ciudad latina, sus migraciones y solidaridades; la rumba con su ADN africano; el rap, esa “CNN de la América negra”; el reggae, y la espiritualidad ingobernable de los pueblos caribeños. Todos esos géneros han pasado por lo mismo: demérito, relegamiento, folklorización, mercantilización, marginación, extractivismo.
El cantante puertorriqueño Bad Bunny durante su actuación en el descanso del Super Bowl en Santa Clara, California, Estados Unidos. Foto: EFE/Acoustyle.
Bad Bunny rehace esa historia: sus boleros de Tinder, su reguetón y trap de crónica social, su bomba y plena con instrumentos como el cuatro, su uso de sintetizadores y beats electrónicos. Tiene conciencia de la función histórica de ese linaje y de cómo patear la puerta con él: construye archivo de lo que se ha querido borrar, y lo hace con una ambición histórica infinita.
Benito dice que viene de la identidad latinoamericana, construida en el siglo XIX tras las independencias, donde predominó la nación —mexicana, argentina, colombiana, cubana— fundada en narrativas criollas y mestizas. En esa lógica, Bad Bunny proviene muy específicamente de la identidad puertorriqueña, con su bandera azul clarito, y su historia insular de colonia y resistencia.
Bad Bunny, ciudadano estadunidense, por historia, miembro pleno también de la diáspora boricua fuera de los 100×35, viene a su vez de la identidad latina, categoría pan étnica, en realidad, bastante reciente, elaborada en el siglo XX para agrupar —desde afuera— a inmigrantes múltiples bajo una misma etiqueta: lo “no blanco” y “no negro”, unidos sobre todo por el idioma. Una identidad impuesta, racializada, que desde hace décadas busca transformarse en nueva conciencia pan latina, una historia que Benito activa con deliberación.
Benito durante el intermedio del Super Bowl. Foto: EFE/ Chris Torres.
Viene de frente contra el excepcionalismo estadounidense: esa doctrina antigua y renovada según la cual EEUU sería un pueblo cualitativamente superior por su origen, valores y sistema político. Del Destino Manifiesto al “líder del mundo libre”, esa narrativa sostuvo un patriotismo providencial que justificó, en nombre de una misión moral, la expansión territorial, la conquista indígena y mexicana, la intervención en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y el tutelaje permanente sobre el Caribe, y ahora sobre Suramérica.
Ese excepcionalismo, que idealiza a la nación mientras oculta sus propias explotaciones, convirtió a los “otros” —extranjeros o “minorías” internas— en amenazas a su destino histórico. Hoy reaparece, reciclado, en el discurso MAGA: supremacista, homogeneizador, nostálgico de una pureza imposible. Como los fascismos del siglo XX —Italia, Alemania, España—, repite una idea de “pueblo” que se sostiene en una identidad cerrada, cuya “grandeza” consiste en la cruenta repetición de sí misma.
Bad Bunny viene también con el idioma español. Lo dice en español —Super Tazón, música de Puerto Rico, del caserío y los barrios— y prolonga, a su manera, una antigua tradición: Shakespeare escribió, también, en jerga de taberna; Twain encontró arte en el habla rural de los blancos pobres y en la lengua de los negros del Mississippi. Bad Bunny canta en un español que la Academia Puertorriqueña de la Lengua reconoce como práctica cultural de uso real, legítima y cargada de sentido contextual.
La ironía es perfecta: quienes llaman “vulgar” a su lengua hablan una lengua vulgar por definición, descendiente del latin vulgaris, el habla común del Imperio despreciada por las élites romanas. De caballus —término rústico— y no de equus —término culto— surge “caballo”, la misma palabra que, el domingo pasado, aparece en un video posterior al concierto donde Ricky Martin abraza a Bad Bunny y le dice, entre risas y orgullo: “Eres un caballo”. La lengua del pueblo reclamando su potencia.
El cantante puertorriqueño Ricky Martín durante la colaboración con Bad Bunny en el descanso del Super Bowl en Santa Clara, California. Foto: EFE/Acoustyle
Bad Bunny viene también contra los estereotipos históricos sobre lo latino. Desde el siglo XVI, la mirada europea produjo un catálogo de figuras deshumanizadas —indígenas salvajes, afrodescendientes perezosos, infantiles, demonizados— que legitimó la conquista y la esclavitud. Esa lógica sobrevivió en los EEUU: el latino —sobre todo el mexicano— excluido de espacios “anglos”, retratado como incapaz por hablar español. A inicios del siglo XX se llegó a definirlo como “el animal más dócil del mundo”. Linchamientos, expulsiones, segregación escolar, vigilancia policial desproporcionada, caricaturas humillantes: esas imágenes se hicieron cultura popular y, peor, sentido común.
Contra ese fondo, Bad Bunny confronta el estereotipo que dicta cómo debe comportarse un latino —caliente, extrovertido, “meneable”— y que empuja a diluir la identidad: suavizar el acento, anglicanizar el nombre, esconder ropa, pelo, cuerpo. En el show del pasado domingo ese mecanismo se combate, como lo entendió el teatro chicano de los 60, con la exageración: llevar el estereotipo al límite para mostrar su artificio. bad Bunny performa así la mascarada. Un ejército de culos de catorce quilates perrea sin miedo; una marea de pelos rizados ocupa los cuatro puntos cardinales del estadio y recuerda siglos de alisamientos y “pelo malo”. Hay historia en todo eso. Hay verdad.
Bad Bunny viene, finalmente, a favor de un panamericanismo que es un universalismo. Aimé Césaire lo formuló con claridad: Europa llamó “universal” a un orden que excluía a los pueblos colonizados mientras encubría su violencia con la retórica de la misión civilizadora. Ese universalismo era imperial y, por ello, mentiroso. Césaire propuso otro, que no confunda particularidad con encierro ni universalidad con borramiento. En esa lógica, Bad Bunny levanta — puñeta— en el Super Tazón todas las banderas de América, nombrándolas bajo un mismo “God Bless America”. Una imagen que reformula, desde el Caribe, lo que la palabra “universo” puede aún significar.
Profesor e investigador. Ha escrito varios libros y un número largo de ensayos y artículos. Hubiera querido ser trompetista, pero la vida es como es. Siente la misma pasión por el cine, la historia, la música y la cultura popular. Descree, en profundidad, de quien no sepa cocinar. Investiga temas de política, historia y derecho, pues cada cual se divierte como puede.
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