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Por Eulalia Piñero Gil, Universidad Autónoma de Madrid
El 10 de abril de 2025 se conmemoran los primeros cien años de la publicación de El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), una de las novelas más caleidoscópicas e influyentes de la literatura norteamericana del siglo XX. Sin duda, es una obra que no ha dejado indiferentes a los lectores desde su publicación en la “era del jazz”, como la denominó Fitzgerald, o en los locos años veinte.
Las razones de su éxito arrollador son múltiples. Los críticos consideran que es “la gran novela norteamericana” y una de las cien obras literarias más populares e influyentes de los siglos XX y XXI.
La historia de Jay Gatsby
Fitzgerald situó su novela en la zona opulenta de Long Island, al lado de la vibrante, moderna e innovadora ciudad de Nueva York del año 1922.
La década de los años veinte fue un periodo pleno de contradicciones y paradojas. Muchos norteamericanos, al igual que los protagonistas Jay Gatsby, Nick Carraway, Daisy y Tom Buchanan, celebraban la vida de manera alegre y desenfrenada, como respuesta a la experiencia traumática de la Primera Guerra Mundial y de la pandemia de la mal llamada gripe española de 1918.
En este contexto de días de vino y rosas asistimos a un consumismo exacerbado en el que sus protagonistas son retratados en sus excesos, sueños e inmoralidades. El narrador, Nick Carraway, hombre culto y sensible, emigra a la metrópolis desde el medio oeste. Carraway representa los valores más idealistas del sueño americano que es, sin duda, el tema fundamental de la novela. El carácter reflexivo del narrador nos muestra esta quimera con sus luces y sombras al quedar expuestas con crudeza y crueldad por sus personajes.
De hecho, Fitzgerald aborda el fracaso del sueño americano. La evidencia palmaria es que Jay Gatsby, un personaje misterioso, evasivo y melancólico, también originario del medio oeste, se dedica, en realidad, al contrabando de alcohol con el fin de amasar una fortuna enorme en el contexto de la denominada Prohibición (1920-1933). La ley Volstead —conocida como Ley seca— y la presión social ejercida por la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza hicieron que se prohibiesen la venta, importación y fabricación de bebidas alcohólicas en Estados Unidos. Esto provocó la proliferación de gánsteres y delincuentes violentos que vieron una oportunidad de oro para enriquecerse.
Las razones por las que Jay Gatsby se dedica a este negocio ilícito tienen su origen en la necesidad imperiosa de ser rico para merecer el amor de Daisy Buchanan. La joven flapper moderna y hedonista creyó que solo casándose con un hombre rico podría satisfacer sus deseos materialistas y no esperó a su amado, que se encontraba luchando en la Gran Guerra. Desde su lujosa mansión, Gatsby desea, sobre todas las cosas, reconquistar a Daisy quien, en realidad, no ama a su marido y se esconde tras su dinero para ocultar su vacío existencial.
La pareja Buchanan representa el lado más oscuro del sueño materialista e inmoral, ya que Tom es un hombre despiadado que no tiene escrúpulos ni oculta su racismo y desprecio hacia aquellos que no han tenido la fortuna de heredar un patrimonio.
En este sentido, la novela abunda en las virtudes de los norteamericanos que perseguían el sueño de prosperar de manera honesta —como Nick Carraway o los trabajadores de la zona conocida como el Valle de las Cenizas, que separa Long Island de Nueva York— frente a los que lo conseguían por medios ilegales o que dilapidaban su fortuna de forma obscena, como los Buchanan.
Seres de carne y hueso
La novela, por su carácter visual, ha sido objeto de numerosas adaptaciones al cine a lo largo de estos cien años. La última versión es la del cineasta Baz Luhrmann, de 2013. La cinta capta los excesos, el desenfreno, las paradojas y contradicciones de los locos años veinte. Lo hace a través de un seductor y soñador Leonardo DiCaprio como Gatsby y una bellísima Cary Mulligan como Daisy, consciente de los errores cometidos y entregada al amor idealizado.
No cabe duda de que los personajes están bien construidos, resultan verosímiles y no son seres etéreos o idealizados por la pluma de la prosa lírica y brillante de Fitzgerald. Al contrario, el escritor los imagina como seres humanos de carne y hueso que conviven de manera natural con sus ideales y comportamientos inmorales y temerarios.
El final de la novela es un canto reivindicativo, pero a la vez escéptico, al sueño americano en su versión más pura e idealista, representada por su protagonista: “Gatsby creía en la luz verde, en el futuro orgásmico que con el paso de los años retrocede ante nosotros”.
En suma, Gatsby se presenta a través de la conciencia narrativa de Nick Carraway y un tono poético en el que la esperanza en el sueño americano nos retrotrae al pasado. A aquel momento histórico en el que los primeros emigrantes europeos visualizaron el asombroso verdor de las interminables extensiones de bosques vírgenes en todo su esplendor y belleza, como símbolo de esperanza y de un futuro prometedor.
Para Gatsby, la redención está en su sueño romántico e idealista de ser digno merecedor de su amada Daisy Fay. De este modo, Fitzgerald convierte a un traficante de alcohol, profundamente enamorado de una mujer idealizada, en el héroe norteamericano por antonomasia. Un héroe que, finalmente, muere de manera injusta. Así, un contrabandista soñador se transforma en un personaje literario inmortal, atractivo y fascinante: “el gran Gatsby”.
Eulalia Piñero Gil es Catedrática de Literatura Norteamericana y Estudios de Género de la Universidad Autónoma de Madrid.