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El debate político cubano no tiene suficientes espacios formales de realización y transcurre por vericuetos a veces muy intrincados y viciados, como el de las redes sociales o los panfletos de uno u otro signo. Suele ser, además, un deporte de riesgo para quienes se atreven a pronunciar ideas incómodas en público (de uno u otro signo).
OnCuba ha cumplido este mes 14 años. Desde que nació, uno de sus propósitos ha sido, precisamente, el de informar e intentar incidir, desde los diversos puntos de vista de nuestros columnistas y periodistas, en el curso de un proceso de reformas económicas y políticas que parecía irrevocable desde 2007.
Ese año Raúl Castro pronunció aquel discurso en Camagüey donde dejó claro que “para tener más, hay que partir de producir más y con sentido de racionalidad y eficiencia” y que “para lograr este objetivo habrá que introducir los cambios estructurales y de conceptos que resulten necesarios”. Se trata del famoso discurso del “vaso de leche” —que, por cierto, fue eliminado en las transcripciones publicadas luego. Meses después también reconoció “el exceso de prohibiciones” en Cuba.
Ese proceso, abierto por aquellas fechas, tuvo su culmen en 2011 con los Lineamientos de la Política Económica y Social. Le siguió la Conceptualización del Modelo Económico y Social y, más recientemente, el Plan Nacional de Desarrollo hasta 2030.
En septiembre de 2010, el periodista Jeffrey Goldberg narró que Fidel Castro, al ser interrogado sobre Cuba como “exportadora de revoluciones”, respondió que “el modelo ya no funciona ni para nosotros”.
Diez años antes, un 1ro de mayo, desde la Plaza y en ejercicio de todas sus funciones, había dejado plantada esta frase: “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado”. Una especie de mantra que se invoca y se traiciona con la misma frecuencia.
Un amigo me recordaba hace unos días un discurso de Miguel Díaz-Canel de julio de 2020 al aprobarse otro plan, de los tantos: la “Estrategia económico-social para el impulso de la economía y el enfrentamiento a la crisis mundial provocada por la covid-19”. Allí dijo: “El peor riesgo [de la implementación] estaría en no cambiar, en no transformar y en perder la confianza y el apoyo popular”.
Llevamos 20 años oyendo hablar de cambios desde las instancias de poder en Cuba. Sin embargo, una parte creciente, quizás mayoritaria ya, de los cubanos —dentro y fuera de la isla— atribuye la crisis actual al “inmovilismo” del Gobierno, que ha dejado pasar años sin tomar decisiones recomendadas y consensuadas en múltiples sectores, no solo en la economía.
Dilapidar el tiempo, la voluntad de resistencia de la gente y las oportunidades de regeneración, en combinación letal con las sanciones incrementadas de EE.UU. sobre la isla, nos ha traído hasta esta orilla.
En ese contexto, y mientras la vida de la gente empeora hasta niveles críticos, y al mismo tiempo menguan las posibilidades del país para sostener su soberanía, periódicamente se levantan las armas de quienes dicen apoyar ese mismo poder, para atacar a quienes proponen o exigen —depende del tono— cambios en el modelo económico y político de la isla.
Los “superrevolucionarios”
Los identifico como una suerte de “superrevolucionarios”, más papistas que el Papa, aunque hay que reconocer que han perdido mucha visibilidad e impacto en la sociedad actual —después de haber hecho tanto daño con acusaciones infundadas y prontuarios parapoliciales de los que disponían—. La vida los va poniendo en su lugar.
Hoy representan más claramente que nunca a los sectarismos tradicionales y extinguidos en otras épocas. Y, como entonces, es de suponer que no son lobos solitarios aullando en la madrugada, sino voces emergentes de sectores de poder palaciego. Con todo lo que ello implica.
Si la petición de cambio de modelo o de “reformas” —palabra anatemizada— se promueve desde un espacio alternativo o crítico al Gobierno, se le califica instantáneamente de propaganda liberal, promoción del capitalismo; del “capitalismo de desastre”, doctrina del shock, anexionismo, entre otras lindeces.
Pero, al mismo tiempo, cuesta encontrar en sus enunciados propuestas concretas para “cambiar lo que tiene que ser cambiado”. Por eso me he preguntado muchas veces, ¿qué es exactamente lo que quieren los que no quieren reformas en Cuba?

El bloqueo, sí
Tomemos sus premisas en serio, porque algunas son ciertas y merecen ser expresadas claramente.
El bloqueo no es un dato de contexto que se deba mencionar para aparentar rigor y se pueda descartar con un “pero”. Es una variable estructural dominante en la economía cubana desde hace más de seis décadas, aunque su impacto mayor se desató en los 90 cuando Cuba se quedó sin aliados y con una economía absolutamente dependiente del petróleo soviético. Otra vez, el petróleo.
Cualquier análisis que reduzca el bloqueo a telón de fondo mientras eleva las “políticas erráticas del Gobierno” a causa principal está haciendo una operación política, no analítica. Dar fe del bloqueo solo cuando conviene no es rigor, sino retórica.
Ahora bien, hagamos notar que todos los planes y estrategias elaborados desde principios de la presidencia de Raúl Castro hasta esta fecha se pensaron teniendo en cuenta que el bloqueo existía y denunciándolo. En todos los casos se fijaba la vista en un horizonte de transformación posible, a pesar del bloqueo; y hasta se podría decir que gracias a él, en la medida en que incentivaría soluciones que en otro contexto no se hubieran contemplado.
En este sentido, recurrir constantemente al argumento de que el bloqueo de EE. UU. es la causa principal de la crisis actual, que ha impedido el despegue, sobre todo después de la pandemia, soslaya interesadamente que el propósito debía ser, precisamente, remontar la crisis haciendo que el bloqueo fuera lo más irrelevante posible para la economía y la vida social cubana.
Este ha sido un objetivo ampliamente incumplido y un razonamiento constantemente obliterado. Como escribí en una ocasión, hace diez años, “el bloqueo es una política unilateral, cuya solución es bilateral”.
También es cierto que Cuba ya demostró capacidad de sobrevivencia sin apoyos externos masivos, al menos durante un tiempo. Los años más duros del Período Especial fueron devastadores, y el país consiguió remontarlos con reformas como la despenalización del dólar y la consiguiente implantación de un mercado cambiario, el desarrollo del turismo, la entrega de tierras en usufructo, la implementación de mercados agropecuarios de libre formación de precios, la promoción de la inversión extranjera, entre otras. Todo eso antes de que el petróleo venezolano entrara en la ecuación, con el bloqueo activo y las amenazas incrementadas. (La ley Helms-Burton se firmó en 1996).
Después de la caída estrepitosa de más del 30 % del PIB entre 1990 y 1993, en 1994 la economía cubana creció al 0,6 % y siguió haciéndolo en los años posteriores: 2,5 % en 1995 y 7,8 % en 1996. Pretender borrar ese capítulo de la historia para construir un relato de dependencia estructural perpetua es, efectivamente, amputar intencionadamente la memoria. Pero también hay que decir que ya no estamos en los 90 y no es posible hacer encajes entre una y otra época.

El mercado, también
Nadie duda de que las reformas orientadas hacia el mercado, tal como promovían los propios Lineamientos de 2011, no son ideológicamente neutras. Y tampoco son fuente de igualdad per se, si no son reguladas por un Estado que ejerza sus funciones redistributivas.
La apertura al mercado generalmente beneficia más a quienes tienen de una situación de partida privilegiada, ya sea porque tienen capital, acceso a divisas, redes comerciales, información privilegiada o know how. O todo a la vez.
El sector privado más dinámico de Cuba hoy no es una clase media dispersa y emprendedora con un estilo naïf. Aunque no tengo datos precisos, me atrevo a asegurar que es un grupo relativamente concentrado con barreras de entrada altas. Esto hay que decirlo.
La oposición al mercado es una alternativa más de posicionamiento dentro de muchas posibles. Y es sano para el país tener intelectuales y políticos, artistas y personas influyentes dedicadas a prever y señalar tendencias que dejen fuera de los beneficios a las mayorías o que comprometan la seguridad, la integridad y la soberanía del país, por ejemplo, mediante una hipotética privatización masiva de activos.
Lo que ocurre es que en Cuba, algunos de estos “superrevolucionarios” eligen, sistemáticamente, exonerar a los “líderes” y apuntar solo a quienes no tienen responsabilidades en la toma de decisiones para quedarse flotando en la nata de la impugnación meramente ideológica.
A veces estos lances son pura ordinariez en posts de Facebook utilizando ensartes de adjetivos, acusaciones, relatos parciales, suposiciones y sofismas de todos los colores. Otras vienen envueltas en un lenguaje analítico, con referencias cultas y listas bibliográficas.

La pregunta sigue en pie: ¿qué quieren?
Denunciar que el “capitalismo de desastre” funciona aprovechando las crisis no responde qué hace Cuba mientras la crisis ocurre.
Demostrar que el sector privado emergente tiene intereses propios no resuelve la crisis energética estructural ni borra el hecho de que los apagones ya eran insoportables para la población y para la economía, mucho antes del 3 de enero.
Recordar el Período Especial de los 90 como prueba de resiliencia cubana es justo y necesario, pero ese período también costó una emigración masiva, una década de empobrecimiento severo y transformaciones que el propio Gobierno cubano tuvo que hacer y que en su momento fueron igualmente cuestionadas como “concesiones al capitalismo”.
La posición que dice “no así, no para ellos, no bajo estas condiciones” puede ser absolutamente correcta en su diagnóstico y al mismo tiempo absolutamente insuficiente como respuesta. ¿Cuáles son las opciones?
Esperar un cambio de contexto geopolítico. Esta es la más pasiva de todas las variantes. Esperar que cambie la Administración estadounidense, o que por lo menos se debilite después de las elecciones de medio término en noviembre; que Venezuela se estabilice y retome sus envíos o que otro aliado externo asuma el rol de suministrador de combustibles. La apuesta no es descabellada, pero ignora o desprecia el factor tiempo.
Mientras se espera la conformación de un tablero propicio, totalmente incontrolado e incontrolable, el tejido social cubano se sigue deteriorando, la emigración, que ha sido una verdadera sangría, no se detiene y las condiciones materiales de la población empeoran de formas que pueden ser difícilmente reversibles. Cuba no puede congelar la realidad mientras aguarda que el mundo cambie a su favor. Eso no va a pasar.
La resistencia como valor en sí mismo. Pretenden sostener el modelo aunque cueste, porque cualquier concesión al mercado es el primer paso hacia la disolución socialista, como supuestamente demostró la experiencia soviética. Confundir forma con contenido impide distinguir entre las reformas que preservan lo público y las que lo destruyen.
Por cierto, muchas de esas formas de gestión de lo público que supuestamente caracterizan el socialismo han sido desmontadas ya, y en muchos casos sin debate público ni decisión colectiva. De otra parte, está el grandísimo problema de pedir resistencia a los de abajo, sumando privilegios desde arriba. Como he dicho en otras ocasiones, y sostengo, la única oferta para el pueblo cubano no puede ser el ejemplo de Numancia.
La tercera posición, si la reconocieran honestamente, sería hasta plausible: se trataría de asumir que no encuentran una alternativa estructurada. Pero esto requeriría la disidencia abierta y honesta a las políticas continuistas e inmovilistas que el Gobierno mantiene. Requeriría también que se pongan encima de la mesa dudas de hacia dónde dirigir la brújula, dado que se perciben las soluciones que se proponen como peores que el problema que pretenden resolver. Eso puede estar ocurriendo.
El problema es que decir “esto no” sin agregar “esto sí” no es un programa político, es solo una postura. Y en una crisis de esta magnitud, como la que vive Cuba, cuando está todo en juego, las posturas no alimentan ni sanan a nadie, ni hacen llegar electricidad a las industrias y a las viviendas. Se necesita actuar y tomar riesgos.
El binarismo
Hay una acusación que esta tendencia lanza contra quienes proponen reformas: dicen que los otros razonan en binario, que reducen el debate a “cambiar o hundirse”, “reformas o bombas”. La acusación puede ser justa en muchos casos, pero no en todos los casos. Hay textos que construyen esa dicotomía deliberadamente como mecanismo de presión política. Pero otros, no. Lo que necesita un analista honesto es seguir la ruta del pensamiento de un autor, de una publicación, y no fantasear con frases escogidas y sacadas de contexto. Es lo mínimo que se le pide.
Vale la pena preguntarse si el binarismo se manifiesta solo de un lado. Porque la respuesta “reforma capitalista o integridad del proyecto revolucionario” también es binaria. Y tiene el problema adicional de que el segundo término —la integridad del proyecto— describe algo que Cuba lleva décadas construyendo, perdiendo y reconstruyendo de formas que no siempre se reconocen en público. Seamos sinceros, ¿cuánto de socialista le queda al socialismo cubano? Es más, ¿cuánta soberanía nos queda?
La economía cubana de hoy no es una economía socialista clásica, sino fragmentada, con un sector estatal degradado, un mercado informal que hace tiempo fija los precios reales sin control en un ambiente inflacionario y un sector privado que ya existe, ya concentra poder y ya toma decisiones que afectan al conjunto de la sociedad. ¡Y de qué manera! Preguntemos en cada barrio dónde se compra la comida del día a día.

A riesgo de equivocarse
¿Qué quieren entonces los que no quieren reformas en Cuba? Detrás de la falta de propuestas puede estar el miedo a que lo que viene sea peor que lo que hay. La memoria de transiciones que terminaron en desastre lo justifica; la desconfianza ante quienes hacen de la crisis una oportunidad de negocios, también. Ese miedo es comprensible, pero no alcanza para evadir la responsabilidad de ofrecer un proyecto. Detrás de esa ausencia suele haber sobre todo oportunismo político y rigidez intelectual.
Cuba no puede darse el lujo de un debate donde se sepa muy bien lo que rechaza —de manera intransigente— y no sepa todavía lo que se debe proponer. Mucho menos si esa negación proviene de sectores que siguen encontrando espacios de privilegio, simbólicos o materiales.
No se puede construir un país sobre la negativa. Se necesitan soluciones, creatividad política, valentía para nombrar los problemas por su nombre y actuar aunque sea bajo el riesgo de equivocarse. Lo cual, para Cuba hoy, no es el mayor de los riesgos.











