En uno de sus epigramas clásicos, Antonio Machado decía: “El ojo que ves, no es / ojo porque tú lo veas: / es ojo porque te ve”.
Nada transmite una impresión más cercana a esa sensación que un pelotón de estudiantes estadounidenses, irlandeses y australianos que acaban de llegar a La Habana. La batería de preguntas que sigue es solo una pálida muestra de lo que puede resultar la primera sesión.
¿Cómo los cubanos se representan las imágenes de Cuba y de ellos mismos que tienen los extranjeros? ¿Qué piensan de esas imágenes?
¿De dónde los cubanos que nunca han visitado el Norte pueden saber cómo son los EE. UU.? ¿Cómo imaginan a la gente de allá (no al Gobierno, sino a los estadounidenses comunes y corrientes)? ¿Qué conocen sobre sus vidas?
¿Cuál es el sentido lógico del bloqueo de Estados Unidos a Cuba? ¿Qué beneficios les causa? ¿No se beneficiarían más si realizaran exportaciones a Cuba e importaran productos cubanos a EE. UU.? ¿Por qué existe el bloqueo? ¿Cuál es su razón de ser y de mantenerse?
¿Cuál sería la respuesta del Gobierno de Cuba, o eventualmente de los intelectuales, si escucharan el discurso callejero que pone entre comillas “el bloqueo”? ¿Cómo responderían a la idea de que el bloqueo es una herramienta que el Gobierno usa para justificar sus fracasos y errores? ¿De dónde sale la idea de que el bloqueo de EE. UU. no es más que eso?
¿Qué efecto tendría sobre Cuba el levantamiento del bloqueo? ¿Que las relaciones se normalizaran plenamente? ¿Cuál sería el primer cambio perceptible si el embargo se suprimiera de la noche a la mañana? ¿Dejarían de emigrar los jóvenes?
¿Cómo son las relaciones de Cuba con los países enemigos de los Estados Unidos; por ejemplo, China, Rusia, Corea del Norte? ¿Por qué EE. UU. tiene más diálogo con esos países —y hasta intercambio comercial en algunos casos— que con Cuba?
¿Cuáles son las diferencias entre las políticas cubanas hacia el mercado y las de otros países comunistas como China,
Vietnam, Laos? ¿Son estos todavía países comunistas? Y si lo son, ¿por qué Cuba no sigue sus pasos?
¿Qué cambios deberían producirse dentro de Cuba para que llegara a un acuerdo con Estados Unidos? Para facilitar que los dos países alcanzaran un entendimiento.
¿A quién le toca dar el primer paso?
Como el lector se ha dado cuenta, cada una de estas preguntas da para varias páginas. Harían falta para responder a la voracidad de los interrogadores; ni hablar de recorrerlas en toda su extensión.
Los visitantes extranjeros, estudiantes, turistas, gente que ha leído sobre Cuba, y ha experimentado al menos la curiosidad suficiente como para venir, pueden ser como conejillos de Indias, dicho con todo respeto; o sea, vectores con las bacterias necesarias para comprobar cómo nos proyectamos en otros espejos.
Quiero decir que a nosotros nos costaría muchísimo trabajo distanciarnos de nuestras propias imágenes y problemas. Es como pretender que, al mirarnos en un espejo, nos viéramos con el mismo semblante con que caminamos distraídamente por la calle, pensando en las musarañas. En cuanto nos sorprendemos a nosotros mismos en el reflejo, un mecanismo de autocorrección tiende a recomponer nuestras facciones, a poner cara de esto o de lo otro, a la manera de cuando nos toman una foto. Como saben los grandes fotógrafos de personas, las imágenes que revelan quiénes somos son las que nos toman de forma inadvertida, o desde un ángulo imprevisto. Ahí se nos sale esa identidad de la que más bien casi nunca tenemos conciencia, ni otros tampoco.
Aunque no carecen de vidrios, los ojos de los visitantes vienen a ser como espejos experimentales. Pueden distorsionar la naturaleza de las cosas, como son, o según las vemos con los vidrios nuestros, pero no están contaminadas por el espectro de luz que no vemos. Pueden estar contaminadas, naturalmente, de todos los demás espectros de luz que ellos no alcanzan a ver. Y casi siempre, digamos, simplifican los problemas. Pero yo digo que es más fácil para nosotros advertirlos, por ese mismo modo simple de formular sus preguntas. Con la utilidad de abrir la rendija hacia un problema que puede ser —y a menudo es— mucho más profundo.
No es lo mismo, claro, un estudiante, un visitante curioso, un lector de noticias, una mente motivada por dudas, que un periodista con una línea editorial haciendo preguntas que buscan demostrar o darle carne a una serie de verdades anticipadas o preconcebidas. Aunque esas también hay que contestarlas, se trata de otro tipo de cuestionamientos, los de la plaza pública. Los que comparto aquí pertenecen al río de una conversación con estudiantes o visitantes, en la intimidad de una sala, con café si es posible.
Como son muchas, elijo un puñado, solo para empezar.
¿Desde cuándo y por qué los cubanos que nunca han visitado EE. UU. ya están al tanto de todo, como si vivieran allá?
Cualquiera diría que todos tenemos amigos y parientes de aquel lado, que nos mantienen actualizados de todo. Claro que no es lo mismo escuchar cuentos y anécdotas que amanecer y trabajar, establecerse y criar familia, hacer una carrera y criar hijos; ir de paseo que quedarse. Aun antes de compartir fotos y relatos por WhatsApp, hemos estado convencidos de portar todo el conocimiento, las imágenes, las nociones elementales del “modo de vida estadounidense”, sea lo que sea. Es parte del paquete de ser cubano.
Más allá de las múltiples aferencias de lo norteamericano en nuestra cotidianidad, esa afinidad tiene que ver con nuestros hábitos, gustos, costumbres, aficiones de todo tipo, entretenimientos. Casi que lo bebemos en la leche materna. Una rara mezcla de patriotismo y admiración por los gadgets de la modernidad de allá, por las hamburguesas y los frijoles negros, la música country y la trova, el ron y el whisky, lo de ellos y lo de nosotros. Algo bastante raro, dado que muchos siguen identificando a Cuba como ”un país comunista”.
Según esta imagen casi consanguínea de nuestra convivencia, es esto del bloqueo lo que echaría todo a perder.
¿Qué pasaría si se evaporara? ¿Se acabarían nuestros rencores y encontraríamos la paz? ¿Seríamos mutuamente felices?
He imaginado muchas veces el efecto que el fin del bloqueo, ese tabique atravesado desde la Crisis de los Misiles, se eliminara de la noche a la mañana. Cómo lo asimilaríamos, y qué se podría derivar de ese escenario, que modificaría radicalmente, de entrada, el régimen de relaciones entre ambas orillas.
Hablamos de una circunstancia insólita en más de 60 años. Ni los cubanos de a pie ni los del Gobierno han experimentado cómo es vivir en un país que no esté bloqueado. Pertenezco a una minoría capaz de recordar cómo era la isla sin el bloqueo y sé que esa vivencia carece de sentido para el 90 % de los cubanos, lo que viven adentro y también afuera.
El fin del bloqueo suscitaría una exaltación mayor que el anuncio de la normalización de relaciones en 2014, ya que traería consigo un cambio fundamental de las circunstancias y de toda nuestra vida. Luego de un júbilo extraordinario, daría paso a un estado de desconcierto, de desorientación. Tendríamos que empezar a vivir en otra circunstancia, con otros reflejos. Me dirán que nos íbamos a habituar enseguida, porque a lo bueno se acostumbra uno fácil. Probablemente, pero eso no borraría la incertidumbre. Qué es lo que se podría hacer, y lo que todavía no. Si pensamos en relaciones comerciales, estrictamente hablando, no es algo tan simple como comerciar; tendrían que crearse un conjunto de regulaciones adicionales. Incluso si así fuera, si se piensa el fin del bloqueo como el camino a otra relación, sería algo más allá.
Una Cuba post bloqueo sería mucho más impredecible que una Cuba post soviética. Las atribuciones, rasgos, características de la etapa post soviética estaban cantadas en los cambios del contexto ideológico, político, económico, cultural, del fin del socialismo eurosoviético. El desbarajuste económico, el desencanto, la falta de visión en el futuro, la quiebra en el credo del socialismo, fueron sus derivaciones lógicas. La idea del socialismo pudo sobrevivir entonces, culturalmente hablando, porque el original de la Revolución no había surgido de la URSS.
Antes nos pudimos adaptar a la suspensión de las relaciones con Estados Unidos, porque formó parte de un proceso de transformación social que lo abarcaba todo, y que ocurrió en aquel contexto de transformación de las relaciones sociales que fue la Revolución. ¿Cuáles serían los caminos de una Cuba post embargo? Digamos, una que empezara a convivir con EE. UU. sin hostilidad, sin antagonismo.
Mejoraría la situación económica, se abrirían nuevas perspectivas de desarrollo. Ahora bien, ¿dejarían de emigrar los cubanos, los jóvenes, en particular? Quizá no. El fin del bloqueo estrecharía las relaciones, facilitaría los intercambios, intensificaría la comunicación. Nada que pudiera, de por sí, interrumpir el flujo de bienes y servicios, como ocurre ahora, mucho menos de personas. Más bien todo lo contrario.
Me dirán que esta conversación se ha ido alejando de lo que puede verse por la ventana. Y más vale no andar pensando en el fin del bloqueo, que no parece precisamente a la vuelta de la esquina. En todo caso, poner los pies en la tierra conlleva, además de reconocer la realidad del bloqueo, atender a nuestros recién llegados cuando preguntan por qué a pesar de su peso en la vida cubana, hay muchos que le llaman “el bloqueo”, como si fuera una fabricación.
Una paradoja de nuestra política interna, diría yo, consiste en que el modo de poner el bloqueo como raíz de nuestros males consigue a menudo un efecto contraproducente.
Además de recurrente, el argumento del bloqueo recubre demasiadas otras causas, por su generalización a casi todas las esferas de la vida social. Este efecto abarcador daña la credibilidad. La medida de ese deterioro es que se desgaste incluso entre la gente más concernida con ese bloqueo y que más sufre sus circunstancias.
Apreciarlo como una cuestión de técnica comunicativa o capacidad para explicar no basta. Verlo como un problema ideológico tampoco. El argumento del bloqueo rebota en la piel de la sociedad, no solo en su mente; y en las condiciones en que ocurre su vida cotidiana.
Digamos que, al final de la jornada laboral, cuando la cara de la economía nacional es la situación familiar, no la macroeconomía ni los problemas globales, se requeriría una larga cadena de asociaciones, cuando se abre la puerta del refrigerador, para distinguir el bloqueo. Para encontrarlo detrás del vacío de los estantes, los altos precios, la ruina del salario, haría falta un verdadero ejercicio de abstracción.
¿Es razonable que el nivel de conciencia política alcanzado o alcanzable, en tales circunstancias, permitiera resistir el maltiempo que sopla en la vida cotidiana? ¿Es probable que esa conciencia se sostenga en la cruzada contra el bloqueo, como si fuera una epidemia instalada entre nosotros? ¿Es realista competir contra ese desgaste, a base del mismo argumento? Y mientras eso no pasa, ¿es razonable que el refrigerador medio vacío siga sin verse en el espejo del bloqueo?
Seguiremos en la próxima clase.
No Rafael, esto no es una clase, es una inyección de derrotismo y desesperanza. Si el efecto del bloqueo es que la gente se aburra de que le digan que la causa de sus problemas es el bloqueo, entonces la política de bloqueo, aplicada por mas de 60 años, ha sido efectiva. Si eso fuera así, hable entonces en su próxima “clase” sobre las terribles consecuencias que eso traería para la nacionalidad cubana. Se cumplirían los supuestos de Chester D. Mallory cuando escribió: “La mayoría de los cubanos apoyan a Castro… el único modo previsible de restarle apoyo interno es mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales… hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, siendo lo más habilidosa y discreta posible, logre los mayores avances en la privación a Cuba de dinero y suministros, para reducirles sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno”. No se limite a narrar, describa las consecuencias que tendría si a la mayoría de la población se le lograra inculcar esa forma de pensar y ayude, con su análisis, a que los cubanos no olviden ni por un momento, la perversidad, el odio, la criminalidad, el desprecio con que los gobiernes de USA los tratan. Sea honesto y ayude con su pluma a una causa justa. Las intenciones del enemigo están ahí, las expresó Allen Dulles cuando escribió: “El objetivo final de la estrategia a escala planetaria, es derrotar en el terreno de la ideas las alternativas a nuestro dominio, mediante el deslumbramiento y la persuasión, la manipulación del inconsciente, la usurpación del imaginario colectivo y la recolonización de las utopías redentoras y libertarias, para lograr un producto paradójico e inquietante: que las víctimas lleguen a comprender y compartir la lógica de sus verdugos” o cuando Elliott Abrams (supongo que sepas quién es) dijo ante el Congreso de los EEUU: “¿Vamos entonces a permitir que en ese país triunfe el socialismo, un sistema al que le hemos venido declarando la guerra desde que nos constituimos en democracia líder del libre mercado?
“Por lo tanto, el que no esté con nosotros debe pasar por los más dolorosas privaciones, las más terribles inseguridades, las más penosas necesidades de todo aquello que durante tanto tiempo disfrutó teniéndonos por aliado y por el sostén de sus costumbres, de sus hábitos y entretenimientos más preciados…”. y no olvidar al propio Barack Obama cuando expresó: “EE.UU. en ocasiones tuerce el brazo a los países cuando no hacen lo que queremos… Tenemos el Ejército más fuerte del mundo y en ocasiones tenemos que torcer el brazo a los países si no quieren hacer lo que queremos a través de métodos económicos, diplomáticos y a veces militares”. El crédito que pueda dar a tu trabajo depende de tu definición. ¿En cuál bando estás tú?: “El que no conoce la verdad es simplemente un ignorante pero, el que la conoce y la llama mentira, ese es un criminal” Bertolt Brecht