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Conocí a la actriz Martha Proenza a comienzos de los años noventa. La encontraba cada noche en el más amplio estudio de grabaciones de la CMKO de Holguín, cuyas puertas tapizadas atravesaba ella, ya convertida en bruja, riéndose a carcajadas en su vuelo de escoba y dejándonos frases a los niños y jóvenes que la observábamos curiosos.
Para entonces, discretamente había atestiguado su proceso de transformación: Martica llegaba a la estación de radio con un bolso al hombro, moviéndose con su compás cabizbajo que disimulaba ensimismamiento. Saludaba a quienes se encontraran en el hall y se sumergía en el pasillo para alcanzar un casillero dispuesto al pie de la puerta de la fonoteca.
Cuando regresaba a donde solíamos esperar sobre unos muebles mullidos el horario de ensayo y grabación, lo hacía con un libreto en la mano y no siendo ella en su totalidad; pues debido a los papeles escritos con papel carbón ante sus ojos, y tan solo con leer los primeros bocadillos de impresión confusa, se transformaba en esa bruja que se llamaba Brujolda.
El personaje había sido creado y escrito para ella por mi primera maestra de creación literaria, la dulce e inolvidable Ana Irma Sanz. Ana Irma conocía a Martica a saber desde cuándo, y Martica le insuflaba tal verosimilitud al personaje que difícilmente otra actriz pudiera sacarle semejante esencia.
Para muchos niños que llegaban hasta allí con la ilusión de convertirse en actores o realizadores de radio, Martica en el fondo era la propia Brujolda. Había algo de misterio en su existencia; la perseguía el ángel de la locura y la hurañía.
La actriz tenía ese carácter, esa personalidad huidiza, esa mirada dura con la que nos fulminó tantas veces cuando alguno de los presentes llegaba a molestarla antes de alcanzar su completa transfiguración.
Brujolda terminaba cocinándose también con el ingrediente añadido por otras personas; por ejemplo, Miguel Gutiérrez Guetón, el director del dramatizado Fiesta de Colores, donde la actriz daba vida al personaje que había imaginado Ana Irma. A veces, Guetón le hacía correcciones y le decía: “No, Martica, así no, repite ese bocadillo”. Y ella seguía sus consejos.
Muchos niños pasamos por allí, y muchos crecimos observando el trabajo de Martha Proenza, de quien, a propósito de su muerte el pasado sábado en Holguín, se ha recordado que nació en marzo de 1952 y que comenzó en la radio desde principios de los sesenta, medio por el cual trabajó en radioteatros, aventuras, seriales y radionovelas.
Fue actriz en la programación dramática de Telerebelde, cuando esta se transmitía desde Santiago de Cuba. Fue parte de elencos de telenovelas y aventuras.
En el teatro debutó con el grupo Antígona y luego integró el Teatro Guiñol de Holguín. Según la nota, estuvo vinculada desde 1981 y llegó a ser asistente de dirección y miembro del consejo técnico-artístico.
Uno en ocasiones no da la importancia que merecen las personas que coinciden consigo en la vida; cada quien nos deja alguna enseñanza, y Martica nos habrá dejado las suyas. Al menos una vez le hice una foto junto al trovador Gerardo Alfonso, a quien en la intersección de Frexes y Maceo, en la ciudad de Holguín, mostraba un texto escrito por ella. He buscado durante días la imagen en mis archivos, hasta que la encontré.

También recordé una de las tantas anécdotas con las que se aliñaban los descansos de grabación de aquel programa infantil. Tiene que ver con los días en los que Martica era actriz para la televisión. Encarnaba un personaje y en determinada escena que se transmitía en vivo debía gritar: ¡Asesinos, asesinos! Martica, en cambio, gritó: ¡Aguacates, aguacates! Nunca supo por qué, pero son las cosas que pasan ante las cámaras y micrófonos que se vuelven parte de la leyenda.
A veces me topaba con Martha Proenza en las calles de Holguín, donde me saludaba con gran cariño. Solía hablarme de los tiempos en los que habíamos estado juntos en la radio. También me mostraba algún poema o me traía a colación cualquier otro asunto que ahora lamento no recordar; habría sido bonito.











