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Siempre ha existido una estrecha relación entre todas las artes. Cuando nacen de una genuina necesidad de expresar algo, todas nos conmueven, nos emocionan y nos acompañan. En todas deben estar presentes la belleza, la creación y el compromiso con la verdad; es decir, la poesía.
En este texto hablaré de la relación entre la literatura y la pintura. El poeta griego Simónides de Ceos (nacido en el año 556 a. C.) dijo: “La pintura es una poesía muda; y la poesía es una pintura que habla”, una definición que me parece muy acertada.
Existen numerosos ejemplos de novelas y poemas ilustrados por dibujantes y grandes pintores. Entre ellos, Hablot Knight Browne, más conocido por su seudónimo “Phiz”, dibujante y grabador que ilustró varias novelas de Charles Dickens; John Tenniel, autor de las célebres ilustraciones de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas; Ernest H. Shepard, creador de los tiernos dibujos de Winnie the Pooh y The House at Pooh Corner; o Gustave Doré, gran pintor y escultor francés que ilustró La Divina Comedia y Don Quijote. Y así, muchísimos más.
Pero también ocurre a la inversa: la “ilustración” con palabras de cuadros, grabados o esculturas. En Cuba, varios escritores dedicaron poemas a obras plásticas. Julián del Casal, gran admirador del pintor francés Gustave Moreau, escribió varios poemas inspirados en sus cuadros. José Martí, por su parte, dejó en uno de sus Versos sencillos (No. XXI), después de contemplar un cuadro en una exposición de “los pintores de ayer”, estos versos: “Sentada en el suelo rudo/está en el lienzo: dormido/al pie, el esposo rendido:/al seno, el niño desnudo”.
Mi padre, Eliseo Diego, también escribió varios poemas dedicados a cuadros o retratos que lo emocionaron. Entre ellos está su libro Muestrario del mundo o Libro de las maravillas de Boloña, compuesto por poemas inspirados en los grabados del catálogo del impresor Don José Severino Boloña.
Fina García Marruz, por su parte, dedicó un breve poemario a cuadros del gran pintor y grabador neerlandés Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606–1669), titulado Los Rembrandt de L’Hermitage.
En las décadas de 1970 y 1980 se vendieron en Cuba unos libros de lujo de la Editorial Aurora Arts, de la antigua Unión Soviética, dedicados a divulgar las grandes colecciones pictóricas conservadas en sus museos, especialmente en el Hermitage —en Leningrado, hoy San Petersburgo— y en el Museo Pushkin de Bellas Artes, en Moscú. En ellos se reproducían obras de grandes pintores del movimiento impresionista, así como de Picasso y muchos otros.
De Rembrandt, entre ambos museos, se conservan veinticuatro cuadros. Sus obras fueron reproducidas también en forma de postales grandes (21 cm x 14,5 cm), y fue a partir de esas postales que Fina comenzó a escribir sus poemas. En total, “ilustró” con su palabra quince cuadros. Estos textos se publicaron primero en una plaquette, en 1990, y más tarde, en 1993, en su libro Habana del Centro, ambos editados por Ediciones Unión. El libro fue dedicado a mi padre y a Octavio Smith.

Entre los papeles de mi padre encontré una carta de Fina dirigida a él —fechada en agosto de 1983— que contenía doce de esos quince poemas manuscritos. Ella no estaba satisfecha con dos de ellos, sobre todo con uno, y le pidió a mi padre que lo escribiera él. En la carta también menciona a Octavio. Ambos eran católicos y ella, en su modestia habitual, pensaba que podían reflejar mejor lo que ella deseaba decir.
Al parecer, a mi padre y a Octavio les gustó el poema, pues no he encontrado respuesta a esa carta ni recuerdo que mi padre haya escrito otro sobre ese pasaje bíblico narrado por San Juan. Finalmente, Fina decidió incluir su propia versión, a pesar de que no le acababa de gustar.
En la carta —que se reproduce a continuación— describe el cuadro, y resulta impresionante, al menos para mí, todo lo que logra revelarnos: elementos que están ahí, visibles para todos, pero que solo la delicada y sensible mirada de la gran poeta que fue puede ver y transmitir.

De todas maneras, en un acto de honestidad intelectual y de respeto a sí misma y al lector, en el título del poema señala su inconformidad. Es una pena que nunca se haya podido hacer una edición que reúna los poemas junto a los cuadros; sería lo ideal. Ojalá pueda hacerse algún día.
Eli, estos poemitas dedicados a los Rembrandts del Hermitage, los hice en realidad pensando en lo que me gustaría leer una serie de poemas tuyos ‒o también de Octavio‒ dedicados a ellos. Rompí ‒por demasido pobre‒ el que hice a mi preferido, “Cristo y la mujer de Samaria”, tocada de ese raro y gracioso sombrero rojo, ya no pecadora sino casi inocente ante sus ojos arrasados de piedad, y luego, ese diálogo de las dos manos, la que habla de la fuente que “salta a vida eterna” y la que la busca, sin dejar de asirse a su cacharro oscuro, esa trinidad de las manos entre las tres columnas, esa intemperie hecha de abrigo que desplaza el centro a la izquierda, al “oscuro” de luz del corazón. No imagino sino en versos o prosas tuyos estas escenas. Ya ves que el de los Magos, a pesar de todos los oros que le puse, salió que es un descalabro. ¿Verdad que te vas a animar a hacer este poema, o el otro, y dedicárselo a tu hermanita?
Fina
Agosto, 1983
Poema fallido a “Cristo y la mujer de Samaria”
Una luz rojiza toca
las gradaciones del pardo entre las sombras.
Pero no es lo más raro
el gracioso sombrero
rojo de que va tocada, ni las arremangadas mangas dispuestas a su diario trabajo.
Ni siquiera ese desconocido
que pide como un mendigo y habla como un rey
y ante quien ya es apenas pecadora, sino vuélvese casi inocente, ante sus ojos,
arrasados de piedad. ¡Es ese diálogo
trino de las manos, la de él, que llama
a la fuente que salta a vida eterna, la de ella, que se alza, como buscándola!
Mientras en la sombra, se acerca al brocal un niño
que apenas se ve, y del antebrazo izquierdo
la mano de la mujer no deja de asir su cacharro oscuro.












