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Por estos días, la miniserie británica Adolescencia ha despertado tanto interés como preocupaciones. Más allá de sus méritos cinematográficos, la serie pone el foco en una familia nuclear, en la que los padres se ocupan de sus hijos. Ni ellos, ni los espectadores, dan crédito al hecho de que Jamie, un joven de 13 años, de aspecto más bien infantil y noble, esté siendo acusado del homicidio de una compañera de escuela.
Después de un primer capítulo sobrecogedor, la serie se orienta hacia un mensaje claro: existen grandes riesgos asociados a esta etapa de la vida. Con ello, quizás sin quererlo, construye una representación de criminalidad latente respecto a los adolescentes.
Como psicóloga clínica, he escuchado a los jóvenes quejarse de lo difícil que resulta para ellos que la sociedad los catalogue como irrespetuosos, complicados, rebeldes y otros tantos calificativos despectivos.
Adolescencia nos deja muchas preguntas, pero hay una que casi todos nos hacemos: ¿Puede un niño cometer un acto de violencia solo por sentirse menospreciado?
Biología, sociedad y psiquis: una tríada complicada
La adolescencia es una etapa más del ciclo evolutivo de nuestra especie, ubicada justamente en la transición entre la niñez y la adultez joven. Tiene un valor extraordinario en la consolidación final de la personalidad y de la identidad en formación.
La subjetividad humana está determinada por tres aspectos fundamentales: lo biológico, lo social y lo propiamente psicológico. En cada ser humano, se produce una conjugación única de los tres. Veamos cómo se articularon estos elementos en esta dramática historia para poder aprovechar mejor los mensajes que nos deja.
Desde lo biológico, a nivel cognitivo, los adolescentes han logrado la abstracción del pensamiento y tienen nuevas y crecientes capacidades para entender la vida. Sin embargo, todavía tienden a la rigidez y les falta avanzar en la comprensión de los matices y la diversidad del mundo. Por eso, pueden ser excluyentes u hostiles con lo que no se parece a ellos o con lo que simplemente no conocen.
Asimismo, se apasionan de manera irracional con aquello con lo que se identifican. Esto explica la tendencia a las burlas y la crueldad con la que pueden tratarse entre sí. Por ello, es preciso que los adultos los eduquen amablemente en este sentido.
Además, viven constantemente en un torbellino de emociones, que experimentan con gran intensidad y variabilidad, sin ser todavía capaces de lograr la autorregulación emocional necesaria. Es por eso que, si se ven en una situación negativa que los desborda, pueden descontrolarse y proyectar depresión y agresividad, tanto sobre sí mismos como sobre otras personas.
Es responsabilidad de los adultos hacerles saber que deben buscar ayuda si se sienten “al límite” en algún momento, pero también educarlos para que esto no ocurra. La violencia y el maltrato pueden llevar a eventos tan graves como los que nos muestra la serie.
Lo social, por otra parte, es tremendamente importante en este momento de la vida. La familia y la escuela son definitorias en el desarrollo adolescente. Por estar en una etapa clave de la búsqueda del “yo” y la conformación del amor propio, necesitan saber quiénes son, y para eso, la retroalimentación y aceptación de los padres y coetáneos es fundamental.
La importancia de acoger y ser ejemplo
En la serie, vemos una familia poco cercana a Jamie, el protagonista. Les falta energía y tiempo para ayudarlo a edificar su psiquis y sostenerlo emocionalmente.
El sistema escolar, por su parte, es muy desfavorable. La serie presenta un ambiente institucional marcado por el maltrato, la violencia, la hostilidad y las burlas. Jamie es víctima de bullying, al igual que sus únicos dos amigos. Su autoimagen de fracasado ha sido completamente condicionada por esa ola de rechazo social.
Cuando los adolescentes no logran nutrir satisfactoriamente su autoestima, se vuelven vulnerables a influencias nocivas. Esta respuesta es un mecanismo para llamar la atención e intentar reparar los egos dañados. Es aquí donde aparece el mundo digital y, en el caso de la serie, la ideología de la manosfera, una red de sitios web, blogs y foros en línea que promueve la solidaridad masculina, en particular entre hombres que son incapaces de lograr relaciones románticas con mujeres (célibes involuntarios), mientras propicia la degradación y hostilidad hacia el sexo femenino.
Este es solo un ejemplo entre muchos de ideologías que pueden llegar a los adolescentes. Ante una baja autoestima y un acompañamiento pobre por parte de los adultos, esto puede afectar gravemente la conformación de la personalidad de los jóvenes y generar conductas inadecuadas, e incluso perjudiciales para ellos o para terceros.
En el aspecto psicológico, cada adolescente contará con los recursos que haya adquirido hasta ese momento para aportar en la construcción del “yo”. Será la propia psique de cada uno un factor favorable o desfavorable en este proceso.
Se tratarán con cariño si desde la infancia se han sentido queridos. Sabrán lidiar con los problemas si han recibido educación emocional y han desarrollado habilidades sociales. Pedirán consejo si se han sentido sostenidos y no enjuiciados por sus adultos significativos.
Adolescencia nos muestra a un Jamie que, aunque proviene de una familia aparentemente funcional, recibe poca asesoría y apoyo por parte de sus padres. Muchas veces, la independencia que se pide a esta edad hace pensar que los adolescentes no necesitan apoyo, cuando en realidad les hace mucha falta tener cerca a adultos accesibles y disponibles, que acudan en su ayuda cada vez que lo necesiten. Además, es esencial que los adultos responsables conozcan los consumos culturales e ideológicos de los jóvenes, con qué se identifican y qué hacen en el mundo virtual, para poder acompañarlos de modo constructivo, sin regañar ni reprimir, porque en esos casos se pierde la posibilidad de ayudarlos, justo cuando más lo necesitan.
El ciberespacio es parte de la realidad que vivimos. Cuando un niño, niña o adolescente cierra la puerta de su habitación y se conecta a Internet, no está, como en otros tiempos, simplemente oyendo música, escribiendo en un diario o hablando por teléfono con un amigo.
Hoy se adentran en un mundo de influencias absolutamente real e inconmensurable. No podemos subestimar esta realidad. Mientras más crece un niño, mayores son sus posibilidades de entrar en contacto con todo tipo de experiencias, a veces invisibles para sus responsables parentales. ¿Quiere esto decir que debemos prohibirles a los adolescentes el uso de los medios tecnológicos o revisarles el celular todos los días? Claro que no. Las prohibiciones son inefectivas a esta edad; el derecho a la privacidad entra en contradicción con nuestro deber de supervisión. Es complejo, pero no son esas las claves a seguir.
El mundo virtual estará cada vez más presente en la vida y, además, es una herramienta muy beneficiosa para el aprendizaje, la socialización, etc. Pero debemos prepararlos para que hagan consumos responsables y estar al tanto de lo que hacen en las redes a través de la confianza y la comunicación permanente. Además, deben saber que ante cualquier inquietud, pueden contar con nosotros. En esta misma línea, corresponde también a la escuela, a los medios de comunicación y a la sociedad en general alfabetizar tecnológicamente a los niños, adolescentes y a los adultos a su cargo.
Todos somos cómplices
Aunque una interpretación superficial podría llevar a pensar que la miniserie Adolescencia define esta etapa de la vida como una experiencia incómoda y potencialmente dañina para la sociedad, ha sido el medio para llamar la atención sobre una fase que puede y debería ser hermosa, además de prolífica en aprendizajes y vivencias memorables.
El trato que le demos a la infancia definirá, en buena medida, la tendencia positiva o negativa con la que los menores llegarán a esta edad, más o menos preparados para las turbulencias normales que vivirán.
La serie nos habla de cuánto importan la escuela —sobre todo a partir de la adolescencia— y las relaciones entre coetáneos; también nos alerta sobre el efecto devastador del bullying, al que definitivamente debemos prestar mucha más atención.
Adolescencia pone el énfasis en abandonar la ingenuidad y entender que el mundo virtual ha amplificado a niveles exponenciales las experiencias de nuestros hijos e hijas. Nos recuerda que es muy importante lograr conectar con ellos para poder acompañarlos mientras terminan de desarrollarse, y que los métodos coercitivos obturan esa posibilidad, porque los adolescentes tienen suficiente capacidad para hacernos creer lo que ellos quieran y eludir nuestros controles.
Por eso, aunque aún persiste mucha resistencia respecto a la importancia de cambiar el trato tradicional que como adultos damos a la niñez, la crianza no tiene hoy otro camino que el de la comunicación, el afecto y el respeto, justamente para que sigamos siendo capaces de educar y proteger.
La adolescencia es, en teoría, el último escalón hacia la adultez, pero la madurez esperada y exigida en esta fase no llega espontáneamente. Para que se den las condiciones naturales propicias, se necesita mucho apoyo, acompañamiento y supervisión. Esa es tarea de toda la sociedad.