Getting your Trinity Audio player ready...
|
Con la moda llegó el escándalo. Y también el choque con las costumbres sociales imperantes. El escándalo ha sido un recurso históricamente asociado al mundo de la moda, si bien en los tiempos modernos los cambios ocurren con tal frecuencia que apenas nos da chance a pensar dos veces en ellos. Por suerte, la reacción ante un salto radical o nueva tendencia de la moda no tiene hoy la misma cosmovisión e impacto que hace cien años.
A lo largo de los siglos el modo de vestir ha servido para subyugar a las mujeres, de ahí que la moda también haya desembocado en diversas manifestaciones de expresión individual y liberación femenina. Pobre de la mujer que mostrara una rodilla o un tobillo a mediados del siglo XIX o en las primeras décadas del XX, cuando “para proteger la moral del bello sexo” las faldas caían largas y molestas, la corsetería era traumatizante, y portar cualquier atuendo que luciera remotamente masculino hacía fruncir el ceño a la sociedad.
La represión patriarcal y conservadora en cuanto a la ropa fue tanta que en la mayoría de los países existían leyes para prohibir a las mujeres, por ejemplo, usar pantalonetas y bombachas. Entonces se consideraba a los pantalones prendas exclusivamente masculinas y, como tal, que una mujer los usara se consideraba una transgresión inadmisible.
Vino a romper con esos cánones la “escandalosa” falda-pantalón, mucho antes de que Coco Chanel, icono de la moda en el siglo XX, resemantizara los conceptos de feminidad y empoderara a sus congéneres con vistosas prendas amoldadas a sus siluetas.
En la evolución de la moda abundan las innovaciones que han dado hilo a polémicas mayúsculas, dejando al desnudo esos códigos incorpóreos que determinan, desde que fue colgado en la caverna el taparrabos, la manera correcta de vestirse.
Eco parisiense
En 1911 el escándalo fue monumental. Con el oficio de un ovillo lanzado desde los bulevares de la capital de la elegancia, París, a mediados de febrero comenzó a rodar por las principales tiendas de ropa, ateliers y periódicos de Europa el último grito de la alta costura parisina: el jupe-cullote, traducido en falda-pantalón.
“Según los bien informados, la nueva falda-pantalón es una evolución lógica de la entravée. Viene a ser una entravée partida tan discretamente, que viéndola desaparecen todos los escrúpulos. A primera vista parece una falda, se ve que es pantalón cuando se separan los pies. De todos modos, la falda-pantalón, según dicen los modistos, no es agresiva, ni revoltosa, ni indecente. Por ahora no pasa de una tentativa tímida. ¿Y después qué usaremos los hombres? ¿La falda?”, sembraba la alarma el periódico español Crónica Meridional.
Precisamente en la capital de España, el 22 de febrero de 1911, dos mujeres osaron pasear por las calles aledañas a la Puerta del Sol luciendo la novedosa pieza, y acabaron por generar un ambiente de fascinación y resistencia a partes iguales. Las crónicas del suceso aseguran que fueron rodeadas por trescientos hombres partidarios de la moral pública y que producto del descomunal disturbio hasta la circulación del tranvía quedó interrumpida. Perseguidas y humilladas —incluso se dice que apedreadas—, las chicas se refugiaron en una perfumería y solo pudieron escapar de los energúmenos un rato después, gracias a la intervención de la policía y disfrazadas con sobretodos largos. Era el comienzo de lo que estaba por venir.
Escenas de ese tipo se sucedieron, en los meses siguientes, no solo en Madrid. Barcelona, Londres, Roma, Turín, Viena, San Petersburgo, entre otras ciudades cosmopolitas, fueron epicentro de encontronazos en los que señoritas ataviadas con la prenda del momento resultaron acorraladas, silbadas, abucheadas y acosadas por tumultos hostiles que la consideraban una “extravagancia”.

Lo curioso es que la presión tuvo efectos contrarios. A pesar de los incidentes en diferentes puntos y lejos de amedrentarse, muchas valientes persistieron en sacar del closet sus flamantes pantalones, los diseñadores y almacenes tuvieron más encargos todavía, y nunca las comisarías estuvieron tan llenas de heroínas dispuestas a seguir el “alboroto”.
El conflicto no quedó en las calles, sino que abrió un debate en el entorno académico con toda clase de juicios a favor y en contra. Aunque antes las mujeres habían usado esa —en apariencia— inofensiva prenda, dada su prestancia y comodidad para montar a caballo o en bicicleta, el hecho de asumirla ahora como vestuario “de calle” fue lo que desató la ira colectiva.
La falda-pantalón resultó casi tan útil para ampliar los derechos femeninos como las manifestaciones de las sufragistas. El golpe de su irrupción sacudió el muro machista, al usurpar la prenda simbólica de virilidad y supremacía masculina.
¿Salir de noche?
La moda rebelde tardó en llegar a La Habana lo mismo que un barco tardaba en cruzar el Atlántico. La noche del 16 de marzo, como en sus mejores galas, el Teatro Albisu fue colmado por una concurrencia expectante de ver con ojos propios el último grito de la moda mundial, del que tanto hablaban los despachos cablegráficos, las películas del cinematógrafo y el Chic Parisien, un folleto especializado en modas que vendía en Obispo 63 el librero Pedro Carbón.
Tratándose del succés del momento, la compañía teatral no dudó en llevar a sus tablas Faldas y Pantalones, comedia en un acto escrita por Miguel de Zárraga, crítico teatral de El Triunfo, y con la entusiasta actriz María Luisa Villegas en el rol protagónico, quien estrenó una vistosa falda-pantalón recogida hasta los tobillos y traída expresamente desde París. La puesta en escena fue calificada de exitosa. Claro, el público era selecto.
El primer ataque oficial ocurrió esa misma noche, cuando la moda pisó la calle. Bajo el expresivo título “Un tumulto”, el Diario de la Marina se hizo eco a la mañana siguiente: “La falda-pantalón ha tenido en La Habana un estreno casi tan desdichado como en Madrid”. El caso fue que la famosa cupletista Pepita Sevilla había salido de paseo nocturno por el centro habanero exhibiendo el controversial ajuar. No la dejarían llegar muy lejos. Pronto la frenó el murmullo y quedó aturdida en un remolino de ofensas voceadas por grupos de transeúntes que la persiguieron apenas vieron cómo vestía.

“Lo peor fue que el público empezó a gastar bromas pesadas con la bailarina y hasta a llevar las manos más allá de donde se debía. El conflicto hubiera alcanzado graves consecuencias sin la rápida intervención de varias personas sensatas y algunos agentes de la autoridad. El escándalo de anoche con motivo de los que se mofaban de Pepita Sevilla por el uso de la falda-pantalón pudo tener desagradables consecuencias, que precisa evitar a toda costa”, señaló el rotativo.
Había mucha tela para cortar. Cualquier mínimo informe asociado a la pieza textil, en cualquier lugar del país, cobraba valor de noticiable. En sus Crónicas de Santiago de Cuba (Tomo I), el destacado periodista Carlos Forment recogió que el 26 de marzo: “En el paseo de esta noche en el reparto Vista Alegre, una señorita extranjera lució por primera vez en Santiago de Cuba la falda-pantalón, y fue tal el gentío que la seguía que tuvo que abandonar el parque y tomar un coche. Se trata de la discutida moda iniciada en París, la jupe-cullote, que constituye la nota de palpitante actualidad que ha dividido la opinión de los hombres, quienes en su mayoría rechazan esta innovación que extendida por Europa ha llegado hace poco a nuestro continente americano”.
Mientras, un periódico de Sagua la Grande —por aquella época Isabela de Sagua— recalcaba: “¿Qué vienen a hacer entre nosotros esas odaliscas? […] Lo único que rara vez se pone de moda es el sentido común”. En medio de la cacería se daba un rayo de esperanza: “En Matanzas piropearon, sin insultar, a una señora que lució la falda-pantalón. Matanzas es culta”; significaba a inicios de abril el influyente Diario de la Marina, muy volcado al asunto.
En tela de juicio
Vista con los ojos actuales, no se lograría entender cómo la prenda de marras pudo causar semejante ruido. Hoy la falda-pantalón se ve como un atuendo de lo más normal y casi nunca falta en el ropero femenino; sin embargo, en 1911 trajo más de un dolor de cabeza y en general acabó siendo tan cacareada como María Antonieta en su tiempo. Algunos opinaron que moriría “en pañales”, negando a priori que su uso crecería demasiado; mientras algún bromista no podía dejar de pensar en lo “encantadora” que luciría su suegra enfundada en una falda-pantalón por el Prado.
Las discordias entre animadversores y amparadores tuvieron amplia difusión en la prensa local. Una somera revisión hemerográfica permite “leer” que más allá de las consideraciones estético-morales de la prenda en sí, importaban las huellas sociológicas de aquella suerte de revolución feminista que orbitaba alrededor. La malicia radicaba en los observadores, no en lo observado.

“No preocupa tanto la provocación carnal que dimana de ciertos atavíos femeninos como los efectos sociales de ella”, confirmaba el propio Diario de la Marina. Y proseguía: “En las recientes modas, y particularmente en la falda-pantalón que nos amenaza, vemos una nueva afirmación de aquel feminismo mal entendido que el Vaticano no vaciló en condenar resuelta y repetidamente […] Ya saben, pues, cómo se piensa en el Vaticano de los escotes generosos, las faldas trabadas y las faldas-pantalones, con túnica o sin ella. (¡Dios nos coja confesados!)”.
Por su parte, el cronista social Enrique Fontanills valoraba en su columna “Habaneras” del 28 de marzo: “Pasó la alharaca que armó en los primeros momentos el anuncio de la falda-pantalón y ya, a esta fecha, solo ha quedado reducido el punto a los comentarios y divagaciones de la prensa. […] No hay que pensar ya en que se implante la falda-pantalón en La Habana. No gusta”.
En realidad, no todas las mujeres aplaudieron el uso de la vestimenta. Ni siquiera activistas de mentalidad avanzada como Blanche Zacharie de Baralt, escritora y conferencista cubano-estadounidense, la primera mujer en recibir la licenciatura de Filosofía en la Universidad de La Habana y entrañable amiga de Martí. En un escrito sobre el particular, declaró que la palabra “falda-pantalón me causa tedio” y la denominó “pesadilla del día”. Con letra tajante se desmarcaba la Baralt:
“El objetivo principal de la decantada prenda se ha logrado, dando un tema nuevo a la caricatura, notoriedad extraordinaria a algunas actrices del género chino y otra gente análoga, chistes a los autores cómicos, comidilla a los gacetilleros y asunto de charla amena a los salones. Las mujeres serias que no piensan aceptar el cambio de indumentaria (exceptuando siempre los deportes y ocasiones señaladas), no necesitan hablar de eso. Como las acciones son más elocuentes que las palabras, bastará que se opongan con su silencio y su indiferencia”. El artículo venía acompañado de las fotografías de cuatro damas portando la falda-pantalón de corte recto en modelos de los diseñadores Bechoff-David, Margaine-Lacroix y Drecoll.
Opuesto a la conducta pública de censuras, el cronista Prudencio Crespo se vestía de cruzado e invocaba la reflexión: “Los extremos se tocan. La bella mitad del género humano se ha empeñado en ‘arrancarnos los pantalones’, por cuya causa algunos ‘feos’ han protestado. Yo creo que hasta último momento debemos seguir siendo los galantes de siempre y permitirles a ellas este nuevo capricho […] ¿Qué es lo que ellas persiguen al ‘quitarnos los pantalones’? Ocupar el puesto, que al decir de las más adelantadas feministas les corresponde. Bueno, sea… Pero por Dios, nada de escándalos, nada de irreverencias, admitamos esta nueva moda con calma […] ¡La falda-pantalón es igualdad!”.

El rol social de las mujeres seguiría en tela de juicio durante años. La igualdad de género no se tejería con firmeza hasta décadas después. Lo mismo sucedió con la vuelta de la falda-pantalón, que a pesar de la lucha encarnizada de sectores conservadores, como ha demostrado esta historia, dejó reminiscencias airosas e influencias rescatadas con posterioridad en el ámbito de las pasarelas. Las más importantes marcas sucumbieron a la tentación y nadie pudo evitar que se popularizara la falda-pantalón, con renovados bríos y estilos bastante alejados de aquellos modelos pioneros.
Ahora, si se opta o no por llevarla es solo cuestión de gustos individuales, y no de moral inmoderada. Para bien o para mal, la falda-pantalón resultó imparable. Más que una moda superflua, fue un símbolo de empoderamiento.