|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Caminaba hacia mí, despacio y con las manos juntas. El ceño fruncido y la mirada fija en ese pedazo de tela roja que, casi por azar, se tropezó removiendo los resquicios empolvados del viejo armario. Que yo recuerde, Cecilia nunca fue de lágrima fácil. Tiene uno de esos rostros firmes y, muy pocas veces se anima a llorar delante de los otros. Es, por mucho, una mujer hermosa. A sus casi setenta años tiene la expresión cautivadora de esas damas glamorosas que enamoran con los ojos, y el verbo sabio y previsor de quien ha sido devastado alguna vez por los vientos tempestuosos de la vida.
Hace siete décadas está en este mundo y, podría decirse, es una mujer feliz. Tiene 6 nietos, de ellos una que la vida le puso en el camino, más allá de los designados por la biología. Se casó dos veces. Es una mujer fuerte y parece una de esas señoronas que salen en las películas de Almodóvar, con esas voces aterciopeladas, arrugas trazándole senderos debajo de los ojos y carmín en las mejillas para simular que la sangre aun le bate con la misma fuerza que a sus 25. Trazos hispánicos: piernas fuertes y gruesas, curtidas por el trabajo duro desde la juventud, y la piel blanquísima, manchada a retazos por el azul frío de las várices que ya no remedian ni las caminatas matutinas ni las largas horas de piernas encima de almohadones altos.
A pesar de su evidente hispanidad ancestral, Cecilia es criolla. Nació en un pueblito en el interior de Granma, una de las provincias más orientales de la isla de Cuba. Tierra rojísima hecha un fino polvillo que se mete entre las uñas de los dedos, y solo sale realmente después de muchos baños consecutivos. La tierra del “Espejo de Paciencia”, uno de los pocos lugares de Cuba donde aún puede olerse la sangre indígena. La tierra del cimarrón rebelde huyéndole al látigo del capataz criollo, que no era ni español ni indio ni africano. Una mezcla rara de la colonización. Donde la caña de azúcar es más dulce y las santanillas más bravas protegen las plantaciones de café. La tierra del cacao y los cucuruchos de dulce de coco.
Manzanillo: se fue de ahí con apenas 16 años, bien moza, dejando atrás una madre abandonada por el marido del que Cecilia apenas tenía recuerdos a flashazos, que le hizo 5 hijos, ella la quinta. Por aquel entonces, no era fácil la vida en esa tierra. Ataviada con uno de los dos vestidos de fiesta que tenía y una maleta de madera, salió de su casa con el recuerdo de tantas y tantas noches que se fue a la cama después de haber comido un pedazo de pan duro y tres dedos de café —pasado por segunda vez— porque en aquellos tiempos de hambre y escasez era un lujo descartar la borra a la primera colada.
“Mamá nos alimentaba a veces como podía, se mataba cosiendo para las mujeres del pueblo que podían pagarse un remiendo o el encargo de un ajuar para algún nacimiento o boda. Con eso vivíamos después de que papá nos dejó solos. Lo mismo cenábamos como reyes que nos íbamos a dormir corriendo al día siguiente, antes de que el hambre nos mordiera las tripas y fuera imposible conciliar el sueño”, contaba a veces, mirando al techo, como si el acto de inclinar la cabeza hacia arriba le contuviese las lágrimas que, a ratos, se le querían escapar de los ojos.
Aquella noche se acercó a mí con aquel pedazo de tela roja entre las manos. El pañuelo de Mario, escurridizo, que se le enredó en los dedos mientras removía entre los retazos guardados celosamente por años en la gaveta del clóset. Mario, su primer novio, se lo había dejado justo antes de irse para la Unión Soviética a estudiar ingeniería, junto con un anillo de acero inoxidable y una promesa de boda después de su regreso. Algunas veces me había hablado de él, entre dientes, como para no arañar con las palabras los delicados y frágiles recuerdos que le quedaban de aquel amorío.

Sin embargo, los ojos se le salían del rostro cuando rememoraba detalle a detalle cada encuentro con Mario en los parques del Vedado, cuando tenía apenas 18 años. Por aquel entonces Manzanillo era ya un simple —aunque duro— recuerdo de dificultades. Trabajaba como sirvienta de una imponente señorona habanera que la miraba de reojo porque “la guajirita era demasiado linda y zalamera”, había que tenerla al hilo.
Lo poco que ganaba lo guardaba celosamente en un compartimento de la vieja lata de galletas que dividía con botones y carretes de hilo. Algunas veces mandaba lo que podía para su madre y hermanas, aunque después que conoció a Mario la mayor parte de su salario quedó destinado a la compra de las telas de su vestido de novia: nada pretencioso, uno de raso blanco con bordes de encaje sería más que un sueño. Lo cosería ella misma.
Solo necesitaba comprar zapatos, pues el único par que tenía para salir había casi perdido las suelas de tanto rock and roll y swing en los salones de fiesta donde iba con Mario los fines de semana. Eso y el pasaje de su madre. El resto lo pondría Mario, ya trabajaba y después que regresara de la Unión Soviética seguramente habría podido reunir lo suficiente para la fiesta y un fin de semana en Varadero. No hacía falta nada más.
Una tarde, mientras lavaba la loza del almuerzo en casa de la patrona, Cecilia recibió una llamada telefónica. “Oigo”. Era Mario, se escuchaba entrecortado, por la distancia, seguramente.
“Mi madre me ha contado que te andas viendo con un tipo, Cecilia. Que te lleva al trabajo todas las mañanas y te recoge por las tardes. Yo no soy bobo. Esto se acabó. Me esperaría una cosa así de cualquiera, menos de ti. Que te vaya bien en la vida”.
Colgó.
Pero Cecilia seguía enganchada al auricular, con las manos aún enjabonadas del detergente y la mirada fija en el agua que se escurría por el tragante, a ratos contenida por algún grano de arroz que le cortaba el flujo.
“Aquel hombre era el marido de mi amiga Rosario, que trabajaba de chofer para un general vecino de mi patrona. Nunca me insinuó nada. Nunca tuvimos nada. Simplemente me daba botella todas las mañanas. Yo era una niña, mima. Una niña enamorada, una guajirita que salió sin nada de Manzanillo y que amaba locamente a ese hombre que me parecía un desconocido desde aquel teléfono. Me rompió el corazón”, me contaba risueña, la risa de quien transforma en broma las tristezas del pasado, como si no dolieran, como si no hubiese en ellas el peso de lo que se frustra por tanto absurdo. Una tragicomedia real, la de su vida.
“La última vez que nos vimos yo ya tenía unos treinta años. Llevaba unos jeans apretados a la cintura, una blusa de flores y el pelo a lo Angela Davis. Eran los 70. Iba de la mano con Laurita, la mayor de mis dos hijas, se nos hacía tarde para la escuela. De repente un hombre se nos cruza en el camino y lo reconocí al instante. Habían pasado 12 años desde que me dio este pañuelo. Mario. Más gordo de lo que recordaba, seguramente por la tranquilidad de un matrimonio feliz, una casa propia y un puesto como ingeniero en el Ministerio de Telecomunicaciones, hipótesis que luego confirmé cuando me llamó a mi trabajo.
Esa mañana intercambiamos teléfonos después de un largo abrazo. Su hijo estudiaba en la misma escuela de Laurita y estaba casado; con una profesora del pedagógico que conoció en una recepción en la embajada rusa después de su regreso. Vivían en Guanabacoa, pero el niño estudiaba en el Vedado porque le era camino para el trabajo. Trabajaba cerca de allí”.
Mario. A mitad de camino entre los 30 y los 40 y con la misma picardía en la mirada que tenía a los veintitantos. No hubo después otro contacto. Ella se divorció a los 40, 10 años después de aquel encuentro, con dos hijas hechas y derechas a las que nunca quiso ponerles padrastro. Muchas veces pensó en marcar aquel número de teléfono que le quedó de aquel día, cuando la soledad le calaba los huesos en las noches frías. O cuando se miraba desnuda en el espejo y confirmaba la presencia de las urgencias de la carne, que no habían menguado con el paso de los años. Pero dudó.
El peso de la rutina le pasó la cuenta y, de repente, un día se vio en la piel de una abuela dedicada, los jeans que usaba ya no eran tan apretados y optaba por tonos más pastel cuando se pintaba los labios. No sabe qué será de Mario, si sigue casado o no, si vivirá en Cuba o si decidió emigrar por fuerza filial a los Estados Unidos, o a España. “Tal vez siga aquí, un viejo jubilado como yo”. Un viejo más, sin ninguna historia de vida trascendente, que se permite colar un café fuerte todas las mañanas y ponerse colonia en las tardes para sentarse en el parque, a ver la gente pasar. Tal vez, también, a recordar.
Vi como dobló despacio el pañuelo en cuatro partes, lo guardó en la gaveta, solo que esta vez en una de su mesita de noche, reservado por costumbre para unas toallas de manos que usaba a veces para secarse el rostro por las mañanas. Olía a astillas de jabón Lux cuando regresó a donde estaba yo juntando papeles de la universidad. “¿Quieres que haga batido de platanito?” Y nos sentamos juntas sin decir palabra, ella en el sillón de madera en el que dice que se va a morir cuando tenga 83 años, y yo en el butacón que está frente al televisor. La boca embarrada, formando un gracioso bigote por la espuma del batido, y los ojos clavados en la novela, aunque de vez en cuando me escabullía, fingía que no la veía cuando, a ratos, se le acentuaba el trillo de piel por debajo de las tiras de los espejuelos. Sonreía. Cecilia, mi abuela prestada, sonreía. Sabrá Dios pensando en qué lejanas historias.
Este texto fue publicado en el blog “Jugarme la boca”. Lea el original.











